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Antes de morir, LOLA BELTRÁN confesó el ROMANCE SECRETO con PEDRO INFANTE que ambos negaron

Y lo que vas a escuchar no es un rumor, no es la versión exagerada de algo que alguien interpretó mal o que el tiempo distorsionó hasta volverlo irreconocible. Es la historia de un amor que existió durante años en el espacio entre dos de las figuras más grandes que ha dado la música y el espectáculo mexicano.

Un amor que los dos negaron públicamente con una consistencia que durante décadas fue suficiente para mantenerse invisible. Un amor que tuvo momentos de una intensidad, que las personas que conocieron sus detalles descritos como de las cosas más hermosas y más dolorosas que han escuchado en sus vidas. Y un amor que terminó de la manera más cruel que puede terminar cualquier amor, no por decisión de ninguno de los dos, sino porque la muerte llegó antes de que hubiera tiempo de resolver lo que había quedado sin resolver. A lo largo de este video vas a

escuchar cinco revelaciones, cinco verdades sobre Pedro Infante y Lola Beltrán, que juntas forman una historia que ninguno de los dos contó en vida de manera completa y que hoy, gracias a las personas que estuvieron presentes en los últimos meses de Lola y gracias a los elementos documentales que ella dejó, pueden contarse por primera vez.

No te adelanto lo que son, porque cada una tiene un peso que solo se puede sentir completamente cuando llega en el momento correcto. Lo que sí te digo es esto. Cuando termines de escuchar todo lo que hay aquí, la imagen que tienes de Pedro Infante va a tener una dimensión que nunca tuvo antes.

La imagen que tienes de Lola Beltrán va a tener una profundidad que ninguna de sus canciones, por hermosas que sean, alcanza a transmitir completamente. Y la imagen que tienes de la época dorada de la música y el cine mexicano, ese mundo brillante y aparentemente simple que produjo a las figuras más grandes de la cultura popular de este país va a ser más compleja, más rica y más verdadera que cualquier versión que hayas escuchado antes.

Empecemos desde el principio, desde el lugar donde todo comenzó. Porque para entender el amor que Lola Beltrán confesó en sus últimos meses, primero tienes que entender quiénes eran estas dos personas antes de que sus caminos se cruzaran de la manera en que se cruzaron, quiénes eran no solo en sus carreras, sino en su interior, en la parte de ellos, que no apareció en los escenarios, ni en las pantallas, ni en las entrevistas quedaban con la sonrisa profesional de quienes saben exactamente lo que el público quiere ver. María Lucila Beltrán Ruiz nació el

7 de marzo de 1932 en El Rosario, Sinaloa. Creció en un ambiente donde la música no era entretenimiento, sino parte del aire que se respiraba, donde los corridos y las rancheras eran el lenguaje con que las personas expresaban lo que la vida cotidiana no siempre les permitía decir de otras maneras. Desde niña tuvo una voz que las personas que la escucharon en esos primeros años descritas con el mismo asombro que describe algo que no tiene explicación técnica suficiente.

No era solo potencia, no era afinación en solitario, era algo que venía de un lugar más profundo que cualquier técnica vocal podía producir. Era una voz que tenía dentro de ella toda la emoción de una tierra, de una manera de vivir, de una manera de sufrir y de amar que es específicamente mexicana y que cuando se escucha en la voz correcta produce algo que va más allá de la experiencia estética y se convierte en algo que se siente en el cuerpo.

Esa voz la llevó del Rosario a Culiacán, de Culiacán a Guadalajara y de Guadalajara a la Ciudad de México, con la misma inevitabilidad con que los ríos llegan al mar. No fue un camino fácil, no fue el tipo de ascenso instantáneo que las historias de éxito simplifican hasta volverlo irreconocible. Fue un camino de trabajo duro, de audiciones, de noches en escenarios pequeños frente a públicos que a veces eran generosos y a veces no, de la construcción paciente de una presencia artística que fue creciendo año con año hasta convertirse en algo

que ya no necesitaba presentación. Para finales de los años 40, Lola Beltrán era ya una figura reconocida en el mundo de la música mexicana. No todavía la leyenda que se convertiría. No todavía la reina de la canción ranchera que el país entero adoraría durante décadas, pero sí alguien con un nombre, con una voz que la gente buscaba escuchar, con una presencia en los escenarios que hacía que los recintos donde cantaba se llenaban con la expectativa específica de quién sabe que va a escuchar algo que no escucha en ningún otro lugar. Y fue

en ese contexto, en ese mundo de la música mexicana de finales de los 40 y principios de los 50, donde los caminos de Lola Beltrán y Pedro Infante comenzaron a acercarse de una manera que al principio fue completamente profesional y que con el tiempo se fue convirtiendo en algo que ninguno de los dos había planeado y que ninguno de los dos supo detener cuando todavía había tiempo de hacerlo con menos costo.

Pedro Infante Cruz. El nombre solo ya es una emoción para cualquier mexicano de cierta generación. Nacido el 18 de noviembre de 1917 en Mazatlán, Sinaloa fue una de esas personas que parecen haber llegado al mundo con un exceso de vida adentro que ningún espacio ordinario puede contener completamente. Cant, actor, piloto, carpintero, mecánico, padre, esposo, amante, ídolo, hombre.

Todas esas cosas al mismo tiempo, con la misma intensidad, con esa incapacidad específica para la mediocridad que tienen las personas que sienten todo demasiado y que viven todo demasiado y que por eso mismo a veces hacen daño sin querer, simplemente porque su manera de estar en el mundo es demasiado intensa para que todo lo que pueda salir ileso.

A principios de los años 50, Pedro Infante era ya el ídolo más grande de México, no una de las figuras más grandes, el más grande, el que llenaba los cines con una constancia que ningún otro actor de su generación podía igualar, el que vendía discos en cantidades que en esa época eran extraordinarias, el que cuando apareció en un escenario produjo en el público una reacción que las personas que la presenciaron describieron como algo que estaba a medio camino entre la admiración artística y algo más primitivo y más poderoso que eso. Algo

que tenía que ver con la presencia física de un hombre que era extraordinariamente bello en el sentido más completo de la palabra, que cantaba con una voz que llegaba a lugares del corazón, que otras voces no alcanzaban, y que tenía una manera de conectarse con el público, que hacía que cada persona en cada sala sintiera que Pedro Infante le estaba cantando específicamente a ella.

Ese don, ese don de la conexión individual en medio de la masividad fue lo que lo hizo insuperable. Y fue también, paradójicamente parte de lo que complicó su vida privada de maneras que las historias oficiales sobre él siempre tendieron a romantizar en lugar de examinar con honestidad. Porque un hombre que se conecta con todo el mundo de esa manera, que tiene esa capacidad de hacer sentir a cada persona que es especial para él, inevitablemente genera en las personas que lo rodean expectativas que no siempre puede cumplir. Expectativas de exclusividad

que chocan con una naturaleza que, por definición no es exclusiva, sino expansiva, desbordante, incapaz de contenerse dentro de los límites que las relaciones convencionales requieren. Pedro Infante tuvo varias mujeres en su vida. Eso no es un secreto, eso está documentado y es parte de la historia conocida.

María Luisa León, con quien se casó primero. Lupita Torrentera, con quien tuvo una relación larga y complicada. Irma Dorantes, con quien se casó en una ceremonia que generó escándalo porque fue una boda que ocurrió cuando técnicamente seguía casado con María Luisa. Esas historias son conocidas, han sido contadas muchas veces, forman parte del mosaico complicado y fascinante de la vida sentimental, de un hombre que amaba con la misma intensidad desmedida con que hacía todo lo demás.

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