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Así FUE la TRÁGICA y MILLONARIA VIDA de SARA GARCÍA | El Sacrificio Extremo de La Abuelita de México

Así FUE la TRÁGICA y MILLONARIA VIDA de SARA GARCÍA | El Sacrificio Extremo de La Abuelita de México

una actriz que a los 40 años tomó una decisión que nadie en la industria hubiera tomado. Renunciar a su belleza, renunciar a su juventud para quedarse para siempre. Hoy vamos a descubrir la vida de una mujer que lo perdió todo más de una vez y eligió seguir. Una historia que va de la orfandad al escenario, de la tragedia al aplauso, del más profundo dolor a convertirse en el abrazo más famoso de México.

 Porque hablar de Sara García no es solo hablar de una actriz, es hablar del alma de una nación, del arquetipo de la madre que todo lo da, de la mujer que decidió envejecer en la pantalla para que el mundo nunca la olvidara. Más de 150 películas, seis décadas frente a las cámaras y un legado que hoy vive en cada taza de chocolate que se sirve en México.

 Quédate hasta el final porque lo que viene te va a romper el corazón de la misma manera que a ella le rompieron el suyo. Comencemos aquí en Fortuna Salvaje. Orígenes, la niña que sobrevivió todo. Sara Rita García nació el 3 de septiembre de 1892 en Orizaba, Veracruz. Aunque algunas fuentes señalan el año de 1895, incluso un nacimiento en altamar mientras sus padres viajaban desde Cuba a México.

 La fecha más documentada es septiembre de 1892. Sus padres, Isidoro García Ruiz, arquitecto andaluz, y Felipa Hidalgo de Ruiz, llegaron a México cargados de esperanza y de un dolor que pocas familias conocen. Antes de que naciera Sara habían perdido a 10 hijos. 10 veces la esperanza, 10 veces el duelo. Sara fue la undécima, la que llegó para quedarse.

 Quizá esa carga, ser la única sobreviviente de 11 intentos, marcó a Sara de maneras que ella misma nunca pudo nombrar. Probablemente creció con la sensación de que su existencia era ya de entrada un milagro. Y quizá eso explica por qué nunca se rindió. Nunca. ni una sola vez. Pero la tragedia no había terminado. A principios del siglo XX, una epidemia de Tifo Mourño azotó México.

 Sara se contagió y sin quererlo, sin saberlo, infectó a su madre. Felipa murió meses después. Sara tenía menos de 12 años. Su padre había fallecido cuando ella tenía cinco. Para cuando era una niña que apenas aprendía a leer, ya era huérfana. La directora del colegio de las bizcaínas le abrió las puertas con una beca llamada lugar de gracia.

 Allí creció, estudió y conoció a Rosario González Cuenca, hija de la familia que había acompañado a su madre en el barco desde Cuba. Una amistad que duraría toda la vida. Más que amistad, mucho más. La directora del internado notó su sensibilidad y la encaminó hacia la pintura. Pero Sara tenía otra vocación que todavía no reconocía.

En cada fiesta del colegio era ella quien organizaba las comedias, quien inventaba los personajes. Años después lo recordaría en entrevista. A mí me encantaba todo lo que fuera teatro. Cuando era colegiala en El Santo de la directora hacíamos comedias, fiestas y yo era la primera actriz. Imagínese nada más una muchachita.

El ascenso, la maestra que se perdió en los estudios. Era 1917. México terminaba de vivir su revolución y empezaba a construir algo nuevo. Una tarde, Sara García, maestra de arte, 25 años, orfandad a cuestas, caminaba por la Alameda central cuando algo llamó su atención. Un edificio pequeño, un cartel, un nombre.

 Azteca Films entró por curiosidad, como entran los que no saben que están a punto de cambiar su destino. Dentro la primera gran diva del cine mexicano, Mimí Derba, que había sido compañera de Sara en el internado, filmaba una escena. Un funcionario vio a Sara observar fascinada y la invitó a participar en en Defensa propia.

 1917, su primera película. Un papel de extra, sin diálogo, dos escenas, pero Sara García ya había cruzado el umbral. Ese mismo año conoció a Fernando Iváñez, joven actor poblano. El romance fue rápido, el matrimonio también. El 15 de enero de 1920 nació su única hija, Sara Fernanda, Amada Mercedes y Báñez García.

Poco después, Fernando comenzó a tener aventuras. La infidelidad fue la herida, el divorcio, la cicatriz. Sara se quedó sola con una niña en brazos en una ciudad que no perdonaba a las madres solteras. Vale la pena preguntarse qué lleva a una mujer a seguir cuando todo conspira para detenerla. Probablemente Sara García encontró en el arte lo que el matrimonio no le dio.

Certeza. La actuación no la abandonaba. No le era infiel. El escenario la esperaba siempre. Pero el verdadero cambio llegó en 1934. Sara tenía 39 años. Llegó a una audición y el director le dijo, “Busco una actriz con experiencia.” Sara, sin dudarlo, respondió, “Me parece perfecto, señor. Yo soy.” ¿Qué le parece? “Es mío el papel.

” lo obtuvo. Era un personaje de abuela con 39 años. En ese momento nació en los escenarios del teatro principal el arquetipo que definiría a la abuela mexicana para siempre. Entre 1936 y 1940, Sara García trabajó sin parar. No basta ser madre en 1937. por mis pistolas en 1938, papacito lindo en 1939. Los directores competían por trabajar con ella porque sabían que con Sara en el set el trabajo fluía, aunque también sabían que su carácter podía ser feroz.

Un extra que llegó tarde a una filmación recordó décadas después que Sara lo fulminó con una mirada que dijo, “Valía más que cualquier regaño.” Vida personal, la tragedia que nadie vio venir. Después del divorcio, Sara se reencontró con Rosario González Cuenca, su amiga de infancia, trabajando en una corsetera del centro.

 un reencuentro que parecía casual, que no lo era. Rosario se convirtió en el pilar silencioso de la vida de Sara, dama de compañía, secretaria, ama de llaves, pero sobre todo compañera. En los años 50, Sara compró su casa en la calle Enrique Repsamen 929, colonia Narbarte, Ciudad de México. Llevó a Rosario con los ojos vendados hasta la puerta y le dijo, “Quiero que seas mi secretaria, dama de compañía, gobernanta de esta casa.

” vivieron juntas durante décadas y al morir Sara, Rosario fue declarada su heredera universal, quedando en posesión de todos sus bienes y de esa casa de paredes blancas y puerta roja que aún existe hoy. nunca fue confirmado públicamente, pero estudios biográficos y testimonios de quienes las conocieron sugieren que la relación entre Sara García y Rosario González Cuenca fue mucho más profunda que una simple amistad.

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