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Vivien Leigh: El Mundo Entero la Adoraba… y Murió Sola

Vivien Leigh: El Mundo Entero la Adoraba… y Murió Sola

era la mujer más hermosa del mundo y por dentro se estaba apagando. El planeta entero la adoraba como Scarlett Ohara, fuerte, indomable, capaz de levantarse de entre las cenizas de cualquier ruina. La mujer real era casi lo contrario, frágil, enferma, prisionera de una batalla que nadie a su alrededor sabía siquiera nombrar.

Ganó dos premios Óscar. Se casó con el hombre más deseado del teatro inglés. tuvo el rostro que millones soñaban con tener. Five. Y al mismo tiempo libró durante casi 30 años una guerra silenciosa contra un trastorno que la medicina de su época no comprendía, no sabía diagnosticar y no sabía tratar. Esta es la historia de Vivian Ley y es sobre todo la historia de la distancia inmensa que puede existir entre lo que el mundo ve y lo que una persona lleva por dentro.

La noche del 29 de febrero de 1940, el gran salón del hotel Ambasador de Los Ángeles resplandece como nunca. Cientos de personas, las más poderosas de Hollywood, ocupan las mesas redondas bajo las palmeras artificiales del Coconut Grove. Hay smokines, vestidos largos, copas de champán que se elevan en brindis interminables.

El humo de los cigarrillos flota bajo las lámparas y en una de esas mesas, una joven de 26 años espera con las manos cruzadas sobre el regazo, apretándolas para que nadie note que le tiemblan. Cuando dicen su nombre, el salón entero se pone de pie. Mejor actriz del año, por interpretar a Scarlett Ohara en una película que ya está cambiando para siempre la historia del cine, Lo que el viento se llevó, ella se levanta y sonríe.

Esa sonrisa que el mundo entero aprenderá a reconocer. Los flashes la persiguen mientras avanza hacia el escenario, delgada, perfecta, con esos ojos de un verde imposible que parecen contener luz propia. A su lado queda el hombre del que está perdidamente enamorada, Lawrence Olivier, el actor más admirado de su generación.

Es la noche más alta de su vida. La cima absoluta. Sostiene la estatuilla dorada. El público la aclama. Es exactamente lo que aquella niña de 6 años, abandonada en un convento al otro lado del mundo, había soñado en silencio, ser amada por multitudes, ser imposible de ignorar. En ese instante, Vivian Lee es la envidia del mundo entero y sin embargo, hay algo que ninguna de esas cámaras logra captar.

Apenas unos meses antes, en plena filmación de esa misma película, esta mujer, que ahora levanta un Óscar, había tocado fondo en silencio. Una noche, bajo una presión que no podía sostener, tomó más pastillas para dormir de las que debía. Su secretaria la encontró a tiempo. Hizo una llamada desesperada a Olivier, que estaba en Nueva York. Nadie habló de ello jamás.

Nadie lo entendió. Lo enterraron deprisa como un mal momento, un ataque de nervios sin importancia. Lo que en realidad estaba ocurriendo dentro de Vivian Lee era algo mucho más profundo, algo que la acompañaría hasta el último día de su vida. Pero para entender a esta mujer, para entender de verdad quién fue, hay que volver mucho más atrás hasta una niña de 6 años de pie frente a la puerta de un convento a miles de kilómetros de su casa.

Nació el 5 de noviembre de 1913 en Dargiling, al pie de los Himalayas, en la India, que entonces formaba parte del imperio británico. La llamaron Vivian Mary Hartley. Su padre, Ernest, era un oficial inglés de espíritu mundano, aficionado al teatro, a las fiestas y a la vida elegante. Su madre, Hertrude, de raíces francesas e irlandesas, era profundamente religiosa y soñaba con una hija refinada y devota.

La niña creció entre criados, jardines tropicales y el rumor lejano de las montañas más altas de la tierra. El aire olía a té, a especias, a tierra húmeda. Era un mundo inmenso, cálido, lleno de color. Y en ese mundo, muy pronto, apareció una señal de lo que esa criatura llevaba dentro. A los 3 años su madre la subió a un pequeño escenario improvisado ante el grupo de teatro aficionado de la familia para que recitara una canción infantil.

3 años. La mayoría de los niños a esa edad se esconden, lloran o salen corriendo, vivian. no se plantó frente a los adultos y recitó cada palabra con una seriedad solemne, casi adulta, que dejó a la sala en silencio algo en ella. Ya entonces buscaba ser mirada. Necesitaba esos ojos puestos en ella. Cuando cumplió 6 años, todo cambió de golpe.

Sus padres decidieron enviarla a Inglaterra a un internado católico para señoritas, el convento del Sagrado Corazón, a las afueras de Londres. Era lo que hacían muchas familias británicas afincadas en la India. Mandaban a sus hijos a educarse en la metrópoli, al otro lado del planeta. Pero para una niña de 6 años, aquello significaba algo brutal.

La arrancaban del único mundo que conocía, del calor, de los olores de su madre. La dejaban sola en un país frío y gris, entre monjas y reglas estrictas. Pasaría casi dos años sin volver a ver a su madre. Las jornadas en el convento eran largas y silenciosas. Misas al amanecer, clases interminables, normas estrictas, pasillos de piedra que retumbaban con cada paso.

Para una niña acostumbrada al sol de la India, aquel mundo gris y disciplinado debió de sentirse como otro planeta. Por la noche, en el dormitorio común, muchas niñas lloraban llamando a sus madres. Vivian, según se contaría después, aprendió pronto a no hacerlo en voz alta. La pequeña Vivian aprendió rápido que el llanto no servía de nada, que nadie iba a venir a buscarla esa noche, ni la siguiente, ni la otra.

Aprendió a tragarse el miedo, a guardarse el dolor por dentro, a poner una cara serena mientras por debajo todo dolía. Aprendió a estar sola y aprendió otra cosa, quizás la más importante de toda su vida. En aquel convento había una compañera un poco mayor que ella, una niña irlandesa llamada Mourino Sullivan, que con los años también llegaría a ser actriz.

Una tarde las dos hablaban de lo que querían ser de grandes. Maurí dijo lo que dicen las niñas y entonces la pequeña Vivian, con una calma que elaba la sangre respondió, “Yo voy a ser actriz, una gran actriz, una actriz famosa.” No lo dijo como un sueño, lo dijo como quien anuncia algo que ya está decidido, como una certeza. Tenía 7 años.

Esa niña, que se sentía abandonada al borde del mundo, había encontrado, sin saberlo, su forma de sobrevivir. Si lograba ser tan brillante, tan deslumbrante, tan extraordinaria que fuera imposible apartar los ojos de ella, entonces nunca más volverían a dejarla sola. El aplauso de las multitudes ocuparía el lugar de los brazos que no estaban.

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