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Angélica María: El ASQUEROSO Día que Tuvo que Aceptar lo Impensable por Proteger a su Hija

Enero de 1997, Ciudad de México. Un consultorio médico en la colonia Roma con paredes color crema y una cortina que no terminaba de cerrar fue el lugar donde Angélica María escuchó las seis palabras que le partirían la vida en dos. Encontramos algo y es agresivo. Hacía apenas 68 días que su madre, Angélica Ortiz había muerto de cáncer.

El 26 de octubre de 1996, esa mujer que le había construido la carrera desde los 5 años, que le había armado cada audición, cada obra, cada contrato, dejó de respirar en una cama de hospital mientras su hija le sostenía la mano. Y ahora, en el mismo enero que debía servir para sanar el duelo, un ginecólogo le decía que ella también tenía cáncer de mama.

El mismo cáncer, la misma sentencia, la misma puerta. Afuera de ese consultorio, la Ciudad de México seguía funcionando como si nada hubiera pasado. Los puestos de periódicos exhibían su cara en portadas de revistas viejas. Las estaciones de radio seguían pasando, Eddie, Eddie, como si el tiempo no existiera. Y en algún canal de televisión, algún conductor la mencionaba como la novia de México, ese apodo que le habían dado hacía más de tres décadas, cuando todo lo que hacía era sonreír y cantar y parecer invulnerable. Pero del otro lado

del consultorio, Angélica María no era la novia de nadie. Era una mujer de 52 años, recién viuda de madre, recién destruida por dentro y a punto de tomar la decisión más brutal de su vida, porque lo primero que pensó no fue en ella, lo primero que pensó fue en su hija. Yo no puedo dejar a mi hija sola. Se acaba de ir mi madre.

Yo no me voy a ir. Guarda esa frase, guarda la fecha, guarda ese consultorio, porque todo lo que vas a escuchar en este video arranca y termina en esa misma idea. Una madre dispuesta a arrancarse lo que fuera del cuerpo, del orgullo, de la dignidad, con tal de que su hija no se quedara sola en un mundo que a ella ya le había demostrado una y otra vez que no le iba a regalar nada.

¿Cuántos sacrificios puede hacer una mujer antes de que el cuerpo le pase la factura? ¿Cuántas traiciones puede tragar en silencio una esposa que sabe que si habla la que pierde es su hija? Cuántas veces puede levantarse alguien que ya lo perdió todo y fingir frente a las cámaras que todo está bien. ¿Y qué pasa cuando la mujer que lleva décadas protegiendo a todos descubre que nadie la estaba protegiendo a ella? En este video vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo la imagen de Angélica María.

La primera, el pacto silencioso que hizo con Raúl Vale durante años para que su hija no creciera en un hogar roto, aunque eso significara vivir con un hombre que se acostaba con sus amigas. La segunda, lo que realmente pasó el día que decidió operarse, quitarse un seno entero y pedirle al cirujano que no le explicara nada, que simplemente cortara, porque no podía darse el lujo de tener miedo.

La tercera. La razón verdadera por la que Angélica Vale dejó de hablarle a su padre durante dos años y cómo esa ruptura le dejó una herida que ni la fea más bella pudo cerrar. Y la cuarta, la que casi nadie conoce, la que explica por qué Angélica María aceptó lo que aceptó, la decisión que tomó una noche sola mirando a su hija dormir y que definiría el resto de sus vidas.

Si te vas antes del final, te vas a perder la cuarta y la cuarta es la que lo cambia todo. Para entender lo que esa mujer hizo en enero de 1997, hay que retroceder mucho más. Hay que volver a un hospital de Nueva Orleans en septiembre de 1944, donde una mujer mexicana llamada Angélica Ortiz dio a luz a una niña que no estaba planeada para nacer ahí.

Ortiz vivía en Estados Unidos acompañando a su esposo, el músico norteamericano Arnold Frederick Hartman, que recorría la Unión Americana de gira en gira, de club nocturno en club nocturno. A los 8 meses de embarazo, hicieron una escala de emergencia en Luisiana y ahí, el 27 de septiembre, nació Angélica María Hartman Ortiz, una niña que llegaría al mundo en tránsito sin un lugar fijo, con una madre que ya empezaba a cargar sola.

5 años después, Arnold Hartman y Angélica Ortiz se divorciaron. No hubo acuerdo amistoso, no hubo repartición justa. Lo que hubo fue una madre mexicana que tomó a su hija, cruzó de regreso a la Ciudad de México y se instaló en la casa de sus padres, Los Ortiz Sandoval, en una colonia que olía a tortilla quemada y a ropa tendida al sol.

Angélica María no recuerda la casa de Nueva Orlens. Lo que recuerda es la cocina de su abuela en México, el ruido de los camiones pasando por la calle, el radio encendido a todas horas y la voz de su madre diciendo que iban a salir adelante. Piensa en eso un momento. Una mujer sola en los años 40, sin pensión, sin carrera, sin red, arrastrando a una hija de 5 años a un país donde ser madre soltera era casi un delito social.

Angélica Ortiz no se sentó a llorar. Se reinventó. Había crecido rodeada de arte. Su hermana Yolanda Ortiz era actriz. Su hermano Álvaro Ortiz se convertiría en galán del cine de oro mexicano. La familia Ortiz Sandoval no tenía dinero, pero tenía acceso. Y Angélica Ortiz entendió desde el primer día que su hija iba a hacer su proyecto, su empresa y su razón para no rendirse.

Empezó a llevar a la niña a fiestas del medio, a presentaciones, a castings que ni siquiera estaban pensados para ella. La estrategia no era sutil, era desesperada. y funcionó. En 1949, Yolanda Ortiz llevó a la pequeña Angélica María a una fiesta donde se encontraba el productor de cine, Gregorio Wallerstein. Wallerstein estaba buscando un niño para protagonizar su próxima película, una cinta llamada Pecado.

La niña, que tenía 5 años, escuchó la conversación, se recogió el pelo y pidió que le cortaran el cabello para parecer varón. El productor, entre divertido y asombrado, la invitó a la audición y Angélica María, sin entrenamiento, sin experiencia formal, sin nada más que el hambre de una madre detrás de ella, se quedó con el papel. La película se estrenó en 1950.

Angélica María tenía 6 años. Su carrera había empezado y no pararía en 76 años. Guarda ese nombre, Gregorio Wallerstein, porque fue el primero que vio en esa niña lo que su madre ya sabía, que tenía algo que no se enseña, que no se compra y que no se imita. un magnetismo natural que hacía que la cámara la siguiera, aunque no estuviera haciendo nada extraordinario.

Wallerstein la puso en pecado. Después vinieron una mujer decente, la hija de la otra, los amantes, fierecilla, todas entre 1950 y 1952. Todas con Angélica María como actriz infantil en plena época de oro del cine mexicano. A los 8 años ya había trabajado con los mismos directores que filmaban con Pedro Infante. A los 10 ya tenía nombre propio en los créditos.

A los 12 ya no era la hija de nadie, era Angélica María. Pero aquí hay algo que casi nunca se dice cuando se cuenta esta historia. Angélica María no tuvo infancia, no tuvo recreos largos, no tuvo tardes de juego, no tuvo el lujo de aburrirse un sábado por la mañana. Su madre la llevaba de set en set, de ensayo en ensayo, de estudio de grabación en estudio de grabación.

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