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Bachelet ATACÓ a Bukele y Terminó Expuesta Frente a Todos

Entonces Bachelet tomó el micrófono cuando el moderador le cedió la palabra y comenzó diciendo que quería dirigirse directamente al tema que muchos evitaban mencionar, afirmando que en la región había líderes que llegaron al poder prometiendo cambios, pero que una vez electos destruyeron sistemáticamente las instituciones democráticas que les dieron ese poder, hizo una pausa calculada y el auditorio entero entendió a quién se refería hasta que giró su cuerpo hacia Bukele y lo señaló directamente, acusándolo de enviar

soldados al Congreso para intimidar legisladores, de remover magistrados de la Corte Suprema, de anular la prohibición constitucional de la reelección para perpetuarse en el poder y de mantener a más de 70,000 personas encarceladas sin juicio bajo el llamado régimen de excepción, provocando un silencio absoluto en la sala mientras las cámaras buscaban el rostro del presidente salvadoreño, que no se movió ni parpadeó.

 Y Bachelet, con un tono aún más intenso, remató diciendo que esas no eran acciones de un demócrata, sino de un autoritario, que lo que ocurría en El Salvador era un grave retroceso democrático, una violación sistemática de los derechos humanos y que él como presidente era responsable, dejando así una acusación formal, directa y pública, porque sin pronunciar la palabra exacta, lo acababa de llamar dictador frente al mundo, lo que llevó a periodistas a inclinarse hacia delante, a diplomáticos a intercambiar miradas tensas y al moderador a dudar si intervenir hasta

que entonces ocurrió algo inesperado. Bukele sonrió. No una sonrisa amable, sino la de alguien que llevaba tiempo aguardando ese instante. Levantó lentamente la mano, tomó el micrófono y con una voz tranquila pero firme se dirigió a ella diciendo que con todo respeto a su trayectoria quería hacerle una pregunta muy simple.

 Aunque nadie en ese auditorio, ni siquiera Bachelet, estaba preparado para lo que vendría porque Bukele continuó preguntándole cuántas personas murieron asesinadas cada año cuando ella fue presidenta de Chile. Una pregunta que la tomó completamente por sorpresa, ya que intentó esquivarla diciendo que no veía la relación, pero Bukele la interrumpió con cortesía y determinación, pidiéndole que respondiera, insistiendo en cuántos homicidios anuales tenía Chile bajo su gobierno, lo que la llevó a vacilar antes de admitir que Chile tenía una de

las tasas más bajas de la región con aproximadamente entre 500 y 600 homicidios al año, cifra que Bukele repitió en voz alta. mientras asentía para luego lanzar el dato clave. Cuando él asumió la presidencia del Salvador en 2019, el país registraba más de 3,800 homicidios anuales y que el año pasado, tras implementar el régimen de excepción, esa cifra había caído a menos de 400, dejando que el número flotara unos segundos en el aire antes de concluir que eso significaba que hoy El Salvador era más seguro que Chile

durante su mandato, que un país gobernado bajo lo que se consideraba Una democracia ejemplar tenía más asesinatos per cápita que El Salvador en la actualidad, preguntándole directamente si eso le parecía posible, provocando un estallido de murmullos en el auditorio, mientras los periodistas tecleaban frenéticamente para verificar las cifras en tiempo real.

 Bacheled abrió la boca para responder, pero Bukele no había terminado porque justo cuando parecía que ella intentaría retomar el control, él añadió con calma quirúrgica que había algo más, levantando un dedo como microñal de que lo verdaderamente incómodo aún no había sido dicho. Y entonces retomó sus palabras para poner contexto a los 70,000 detenidos que ella mencionaba, preguntándole si sabía cuántos salvadoreños habían sido asesinados por las pandillas en los últimos 20 años.

 Más de 120,000, repitió con énfasis medido, 120,000 madres que perdieron a sus hijos. 120,000 familias destrozadas para siempre. Y mientras su voz no subía en ira, sino en intensidad controlada, explicó que durante todo ese tiempo la comunidad internacional, la ONU, la OEA y las grandes instituciones les dijeron que dialogaran con los asesinos, que respetaran sus derechos humanos, mientras esos mismos criminales descuartizaban a ciudadanos inocentes.

 Y entonces lanzó la pregunta clave, ¿sabe qué ocurrió cuando seguimos esos consejos? Las pandillas se fortalecieron. Llegaron a controlar cerca del 80% del territorio nacional. Cobraban extorsión a cada negocio. Reclutaban niños a la fuerza, violaban mujeres con total impunidad. Y sin embargo, la comunidad internacional guardaba silencio porque simplemente no era su problema, porque ustedes vivían seguros en Ginebra, en Nueva York o en Santiago, mientras los salvadoreños sobrevivían en un infierno cotidiano, momento en el que Bachelet intentó

recuperar el control señalando que nadie negaba que la violencia fuera un problema grave. Pero Bukele la interrumpió inclinándose hacia delante para rematar el punto, preguntando con ironía si entonces debían seguir muriendo de manera educada, si debían respetar el debido proceso, mientras los pandilleros no respetaban el derecho básico a la vida, recostándose luego en su silla con los brazos cruzados para afirmar que ella lo llamaba autoritario por encarcelar a 70,000 criminales, pero omitía que el 92% de los salvadores

apoyaba esas medidas y la razón era simple y devastadora. Por primera vez, en 30 años podían caminar por sus calles sin miedo. Las madres podían enviar a sus hijos a la escuela con la certeza de que regresarían vivos y los comerciantes podían trabajar sin pagar extorsión. Y eso dijo con firmeza, era lo que ella llamaba autoritarismo, pero él llamaba gobierno, dejando al auditorio completamente en silencio mientras todas las cámaras se enfocaban en él.

 Y Bachelet comprendía que había perdido la narrativa. Y entonces Bukele continuó con un tono casi conversacional para abordar el tema de los magistrados, recordándole que habían sido nombrados mediante pactos corruptos entre partidos que saquearon el país durante décadas. Los mismos que liberaban pandilleros asesinos por tecnicismos legales y protegían a políticos corruptos, preguntando si debía respetar esa institucionalidad solo porque llevaba el nombre de democracia para luego mirarla directamente y recordarle, con respeto

explícito, que ella había crecido bajo una dictadura real, que su padre fue torturado por Pinochet y que justamente por eso ella sabía la diferencia entre un dictador y un presidente elegido democráticamente. Porque Pinochet tomó el poder con un golpe militar mientras él fue elegido con el 53% de los votos.

 Pinochet cerró el Congreso mientras él gobernaba con un congreso electo por el pueblo. Pinochet torturó opositores políticos mientras en El Salvador los periodistas lo criticaban libremente todos los días haciendo una pausa calculada para que cada palabra cayera con su propio peso antes de lanzar la pregunta central. La verdadera cuestión no era si él era autoritario, sino por qué la comunidad internacional se preocupaba más por los derechos humanos de los criminales que por los derechos humanos de las víctimas. ¿Por qué había más reportes de

la ONU sobre las condiciones de las cárceles que sobre los 120,000 asesinados en dos décadas? Justo cuando Bachelé intentó recuperar terreno, afirmando que el fin no justificaba los medios y que las detenciones masivas sin debido proceso eran inaceptables, a lo que Bukele la interrumpió nuevamente preguntando si eran peores que permitir que las pandillas siguieran matando.

 y entonces lanzó otra pregunta aún más incómoda, pidiéndole que imaginara de forma hipotética que su hija fuera secuestrada por una pandilla y cuestionándole si esperaría que el Estado respetara escrupulosamente cada procedimiento legal, mientras los secuestradores decidían si la mataban o no, o si exigiría acción inmediata dejando a Bachelet en silencio por un instante, atrapada en una trampa retórica perfecta.

Mientras Bukele suavizaba ligeramente el tono para concluir que entendía su posición como representante de instituciones que debían defender principios universales, principios importantes, pero que también debía entender la suya, porque él no gobernaba desde Ginebra, sino desde un país que durante décadas fue reen del miedo.

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