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El Mecánico Arregla El Auto Gratis Sin Saber Que Era El Chapo — Y Lo Que Pasó Fue Increíble

 Nada en su apariencia sugería riqueza o poder. Medía aproximadamente unos 60 complexión robusta pero no intimidante, rostro común que se perdería fácilmente en cualquier multitud de campesinos. Llevaba un sombrero tejano de palma que ocultaba parcialmente sus facciones mientras caminaba hacia el taller con pasos que no revelaban prisa ni nerviosismo.

Ramiro limpió sus manos en un trapo que estaba más sucio que sus propias palmas y salió a recibir al cliente. El sol le golpeaba directamente la cara, obligándolo a entrecerrar los ojos para distinguir al hombre que se acercaba. notó inmediatamente algo en la forma de caminar del desconocido. No era el paso apurado de un turista preocupado por llegar a su destino.

Tampoco era el andar nervioso de alguien transportando mercancía ilegal. Era la marcha confiada de quien está acostumbrado a que las cosas se resuelvan a su favor, aunque en este momento específico la suerte mecánica no estuviera de su lado. “Buenas tardes, jefe.” Saludó Ramiro con la cortesía automática que había perfeccionado durante décadas de tratar con todo tipo de clientes.

“Problemas con el carro.” El hombre asintió quitándose el sombrero para secarse el sudor de la frente. Sus ojos eran dos puntos negros que absorbían cada detalle del taller, del mecánico, de los dos ayudantes que trabajaban en el fondo. Se me quedó allá en medio del camino. Creo que es la bomba de gasolina, pero no estoy seguro.

La voz era calmada, casi suave, con el acento particular de quien ha crecido en los ranchos de la sierra. Ramiro había escuchado ese mismo acento miles de veces. Era el sonido de Badiraguato, de la tuna, de los pueblos perdidos donde la ley federal llegaba tarde o nunca llegaba. Lo que no sabía Ramiro, lo que no podía saber en ese momento era que estaba hablando con el hombre más buscado de México.

Joaquín Guzmán lo era. Acababa de escapar del penal de máxima seguridad de Puente Grande apenas tres meses atrás. una fuga que había puesto en alerta roja a todas las corporaciones policías del país. “Vamos a echarle un ojo”, respondió Ramiros caminando hacia su camioneta de remolque, una Chevrolet del 78 que había reparado y reconstruido tantas veces que ya no quedaba ninguna pieza original.

“¿Trae herramienta en el carro?”, el Chapo negó con la cabeza. Nada. Salí con prisa y se me olvidó revisar. Mientras Ramiro preparaba la grúa improvisada, uno de sus ayudantes, un muchacho de 19 años llamado Toño, se acercó al desconocido ofreciéndole agua. Era un gesto automático de hospitalidad serrana.

 Esa costumbre de las comunidades rurales donde negar agua a un sediento era considerado pecado imperdonable. El joven no reconoció al hombre parado bajo la sombra del mezquite. Para él era simplemente otro viajero con mala suerte mecánica. 20 minutos después, el sur azul descansaba sobre el piso de cemento agrietado del taller. Ramiro se metió debajo del vehículo con una lámpara portátil alimentada por una batería de auto reciclada.

Sus movimientos eran metódicos, precisos, producto de tres décadas diagnosticando problemas mecánicos con recursos limitados. El Chapo observaba desde una distancia prudente, sentado en una silla de plástico blanco agretada por el sol, bebiendo el agua que Toño le había traído en un vaso de vidrio, que alguna vez fue un frasco de mayonesa.

Es la bomba, como usted dijo, confirmó Ramiro saliendo de debajo del auto con la cara salpicada de aceite viejo. Y el filtro está tapado. tiene suerte de que se quedó aquí cerca y no más arriba en la sierra. Allá no hay quien le ayude en kilómetros. El hombre del sombrero tejano asintió sin mostrar preocupación visible.

¿Cuánto tiempo lleva arreglarlo? Ramiro miró su reloj, un Casio plateado que había comprado en el mercado de Culiacán 15 años atrás y que milagrosamente seguía funcionando. Si tengo la bomba en stock, unas dos horas. Si no, tendría que ir a Culiacán por la refacción y eso nos retrasa hasta mañana.

 Revise qué tiene”, respondió el Chapo con esa calma que Ramiro empezaba a notar. Era su estado natural. No había ansiedad en su voz, no había impaciencia, solo una aceptación tranquila de las circunstancias. El mecánico desapareció en la parte trasera del taller, donde guardaba un inventario caótico de refacciones usadas y nuevas acumuladas durante años.

Bombas de gasolina de todas las marcas y modelos colgaban de clavos oxidados en la pared de madera. Después de 10 minutos de búsqueda, encontró una que podría funcionar. No era exactamente para ese modelo de Tsuru, pero con algunas modificaciones menores se podía adaptar. Ramiro había aprendido hacía mucho que en la Sierra Mexicana la ingeniería improvisada no era opción, sino necesidad absoluta.

 Mientras el mecánico trabajaba, el Chapo permanecía sentado en la sombra observando el flujo constante de vehículos que pasaban por la carretera, pickups cargadas con sandías, autobuses de pasajeros cubiertos de polvo, ocasionalmente algún autogobierno con vidrios polarizados que desaceleraba ligeramente al pasar frente al taller antes de continuar su camino.

Cada vehículo era registrado mentalmente, evaluado, clasificado. Era un hábito que había salvado su vida más veces de las que podía contar. Toño se acercó nuevamente, esta vez con dos tacos de frijoles envueltos en papel aluminio. Mi mamá mandó esto. Dice que nadie debe trabajar con hambre. El muchacho extendió uno de los tacos hacia el desconocido sin esperar nada a cambio.

 El Chapo aceptó la comida con una sonrisa que transformaba completamente su rostro. Dígale a su mamá que Dios la bendiga. Desenvolvió el taco y lo comió despacio, saboreando cada bocado como si fuera el platillo más fino de un restaurante de cinco estrellas. En realidad, los frijoles refritos con queso rallado y salsa verde casera le recordaban a su infancia en La Tuna, cuando su madre preparaba exactamente lo mismo para alimentar a nueve hijos con recursos que nunca alcanzaban.

Ramiro trabajaba con la concentración absoluta que requería adaptar una bomba de gasolina de modelo diferente. Soldó, cortó, ajustó. modificó. Sus manos se movían con la precisión de un cirujano realizando una operación delicada. No era la primera vez que hacía este tipo de adaptaciones y ciertamente no sería la última.

 En la sierra la creatividad mecánica era moneda corriente. 2 horas y 15 minutos después, el motor del churu azul cobró vida con un ronroneo irregular que gradualmente se estabilizó hasta convertirse en un zumbido constante. Ramiro salió de debajo del cofre limpiándose las manos con satisfacción visible. Ya quedó. le va a durar bastante si no la fuerza mucho en las subidas.

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