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Rocío Dúrcal: La Española que México Amó como a una Hija… y Lloró como a una Reina

pasara. Esta es la historia de María de los Ángeles de las Heras Ortiz, la niña que el mundo entero conocería como Rocío Durcal. Para entender cómo una niña de cuatro caminos terminó convertida en la voz más querida de toda Latinoamérica, hay que volver al principio. Hay que volver a un Madrid en blanco y negro, a una España de posguerra donde soñar en grande era casi un acto de rebeldía.

Madrid, 4 de octubre de 1944. En el barrio de Cuatro Caminos nace una niña en el seno de una familia humilde. Su padre se llama Tomás, su madre María y ella, la primogénita, será la mayor de seis hermanos. En casa la llaman Marieta. Es un nombre cariñoso, de cocina pequeña y mesa compartida, de domingos sin lujos y de ropa que pasa de un hermano al siguiente.

España todavía sangra por las heridas de una guerra civil que terminó apenas 5 años antes. Hay cartillas de racionamiento, hay miedo, hay silencios largos en las casas, conversaciones que se cortan cuando entra un desconocido. Y en medio de todo eso, en aquel hogar modesto crece una niña que parece traer la música metida en el cuerpo.

Desde muy chica, Marieta canta. Canta mientras su madre cocina. Canta en el patio entre la ropa tendida. Canta para quien quiera escucharla y también para quien no. La voz le sale sola, como respirar. Pero hay una persona que la escucha de verdad, su abuelo paterno. Mientras casi todos en la familia ven el canto como un pasatiempo de niños, algo bonito que se le pasará con la edad, el abuelo intuye otra cosa. Cree en ella.

Quienes conocieron a la familia cuentan que era él quien la animaba, quien la llevaba, quien le repetía que esa voz no era un juego. Él fue su primer admirador, el primero de millones que vendrían después. Se la imagina uno a la niña sentada en las rodillas de aquel hombre mientras él le dice que algún día el mundo entero la va a escuchar.

Y ella riéndose sin creerlo, porque ¿quién iba a escuchar a una niña de cuatro caminos? Hay que entender cómo era aquella España para medir lo que significaba ese sueño. Era un país cerrado, vigilado, donde una familia humilde no aspiraba a la gloria, sino a sobrevivir un día más. Las niñas como ella estaban destinadas a casarse pronto, a tener hijos, a trabajar en silencio y a no llamar demasiado la atención.

Soñar con un escenario, con luces, con un nombre escrito en los carteles, era casi una insolencia. El abuelo, sin embargo, no pensaba así. Para él, aquella voz era un regalo, y los regalos no se guardan en un cajón. La llevaba a las emisoras de radio  de la mano. Le hacía repetir las canciones una y otra vez hasta que le salían perfectas.

Le decía que no tuviera miedo, que cantara fuerte, que quien tiene algo que dar tiene la obligación de darlo. Y la niña le hacía caso. Porque cuando alguien cree en ti antes que nadie, cuando alguien te ve grande mientras todavía eres pequeño, esa fe se te queda dentro para toda la vida. Rocío la llevaría consigo hasta el último de sus escenarios.

Lo que el abuelo no alcanzaría a ver es hasta dónde llegaría aquella voz, qué océanos cruzaría, cuántos corazones rompería y curaría al mismo tiempo. Pero plantó la semilla. Ad, ad, ad, ad. Y eso muchas veces lo es todo. Y aquí hay un detalle que dice mucho de quién era esa criatura. Antes de ser Rocío Durcal, antes de ser nadie, se presentaba a concursos de radio cantando flamenco y se inventaba nombres artísticos para hacerlo.

Ella primero se hizo llamar Rocío Benamejí, después Rocío Fiestas, una niña de barrio buscándose un nombre, probándose identidades, como quien se prueba vestidos prestados, ensayando frente al espejo un futuro que todavía no existía para ella. Lo que esa niña no podía imaginar es que el nombre con el que el mundo la recordaría aún no había llegado y que llegaría de la forma más extraña posible.

Tenía 15 años cuando todo empezó a moverse de verdad. Corría el año 1959. La televisión española era una novedad, un aparato casi mágico que muy pocas casas podían permitirse. Existía un programa hoy desaparecido, llamado Primer Aplauso, una especie de concurso de jóvenes promesas. Con permiso de sus padres, Marieta se presentó, cantó y allá afuera, no muy lejos de los estudios, un hombre llamado Luis Sans, estaba viendo el programa desde su casa.

Sans era casatalentos, un buscador profesional de futuras estrellas y lo que vio en aquella pantalla pequeña lo dejó clavado en el sillón. No era solo la voz, era algo en la cara, algo en la forma de pararse frente a la cámara, de mirar de frente, una mezcla rarísima de inocencia y de fuerza, que no se puede enseñar ni comprar en ningún lado.

San supo, en ese mismo instante que esa adolescente del montón podía convertirse en algo enorme y no perdió ni un minuto. se acercó a la familia, habló con los padres, les explicó que su hija tenía algo que no se ve dos veces en la vida y que él podía abrirle las puertas de un mundo con el que ellos ni siquiera se atrevían a soñar.

Para una familia que contaba las monedas, aquella conversación debió de sonar a milagro y a vértigo, porque entregar a una hija de 15 años a la maquinaria del espectáculo no era una decisión pequeña. Dijeron que sí y con ese sí, la vida de Marieta cambió de raí para siempre. Lo que vino después cambiaría todo. Los productores de cine se la pelearon.

La España de los años 60 vivía enamorada de sus niños prodigio, de criaturas que cantaban y actuaban como ángeles y que le devolvían a un país gris un poco de luz y de esperanza. Marisol era una de ellas, Joselito otro. Y ahora aparecía esta chica de cuatro caminos con una voz de metos soprano que llenaba la sala entera.

Faltaba solo una cosa, un nombre. María de las Heras no servía para una marquesina luminosa. Y entonces ocurrió algo que parece salido de una película, pero que ella misma contaría muchas veces a lo largo de su vida. Le pusieron delante un mapa de España, le vendaron los ojos y le pidieron que apuntara con el dedo al azar donde cayera.

Su dedo aterrizó sobre un pueblo pequeño de la provincia de Granada. Un nombre breve, sonoro, fácil de recordar. Durcal. Así, con los ojos tapados y la pura suerte de un mapa, nació Rocío Durcal. La estrella que conquistaría dos continentes, acababa de recibir su nombre de manos del azar, como si el destino esa misma tarde hubiera querido firmar el contrato con su propia letra.

Antes de seguir, queremos preguntarte una cosa. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Su primera película llegó en 1962. Se llamó Canción de juventud. Era todavía una adolescente y le pagaron 75,000 pesetas, una cifra que para una familia humilde de aquella España sonaba a fortuna.

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