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REVELADO: Asi FUE la LUJOSA VIDA de LUCHA VILLA y su Gran FORTUNA

 Este productor tenía colmillo y quiso pegar el chicle lanzando dos cantantes rancheros, un chavo y una chava. Pero tómala. El día del mero estreno en 1960, la chamaca lo dejó plantado. Lucelena no la pensó y saltó al quite. Como andaba bruja, pidió un trapo prestado para verse decente. Pero agárrense noás soltó la voz en el micro y dejó a toda la raza con la boca abierta.

 Su timbre era rasposito, superhondo y macizo, nada que ver con los tonitos suavecitos y chillones que traían de moda las demás cantantes del género. Sonaba a macho, pero dentro de una mujera, guapísima y kilométrica. Una locura nunca antes topada. El tal Dillón olió el billete luego luego le quitó el Lucy Ruiz y la rebautizó como Lucha Villa, un apodo perrísimo que mezclaba Lucha con el apellido del mismísimo Pancho Villa, presumiendo a todo pulmón su sangre 100% chihuahuense.

Un apodo bien pegador, choncho y con el nopal en la frente. En 1960 brotó Lucha Villa enterrando por siempre a Lucelena. Tras aventarse ese palomazo, el cantautor José Ángel Espinoza Ferrusquilla la apadrinó y la metió directito a la XW, la mera mera cadena de radio en aquel tiempo. El Ferrusquilla traía su banda y de volada puso a nuestra lucha como la cantadora estrella del grupo.

 Así pegó en todo el país y le cayó la chance que le voltearía la vida entera. En 1960, Yuno grabó su primer disco con Musart, la disquera más picuda de música regional. Ese acetato traía puros rolones de ferrusquilla del ídolo José Alfredo Jiménez y otros capos de aquella onda musical. Entre esas rolas venía la media vuelta, un himno que le armó a la medida el mismísimo José Alfredo.

Tremendo trancazo. Esa rola reventó todito el país. Ese bozarrón tan rudo sacando el despecho de las letras de José Alfredo hizo un match brutal. Las estaciones no pararon de ponerla día y noche por meses, de que nadie la topara, Lucha brincó a ser la mega estrella del momento en puras semanitas.

 José Alfredo se dio cuenta que ella era su musa soñada y le soltó más rolones. Le regaló joyas como la mano de Dios, que se me acabe la vida y su himno máximo amanecía en tus brazos. Con ese último bombazo, Lucha se trepó al podio de las meras meras del mariachi, dándose un tiro con Lola Beltrán, que hasta entonces mandaba galleta solita, arrancando los 60s.

Nuestra giganta no paró de reventar la radio con hits como besos de papel. Que me lleve el tren, Senaida, hermosísimo lucero, una pura y dos con sal, retirada. Tiraba puro platino, vendía miles de copias de a golpe. A mitad de los 60s, la doña era de las cantantes que más discos despachaba, poniéndose al tú por tú con su compadre y compa de parrandas, Javier Solís.

 En 1963 debutó en pantalla saliendo un ratito en los apuros de dos gallos. Salió de pasadita como un guiño, pero sirvió de llave maestra. Los directores de volada echaron el ojo a lo imponente que se veía a cuadro. Aparte del bozarrón, le sobraba ángel, sabía actuar y la cámara la adoraba. Para 1964 agarró el papelón de su historia.

 El cineasta Roberto Gabaldón andaba armando la versión para el cine de El gallo de oro, ese librito tan chingón de Juan Rulfo. Y el guion lo traían dos figurones de las letras latinas, el buen Carlos Fuentes y el Gabo García Márquez. Era un tiro grande, una película carísima de nuestro cine patrio que prometía volar cabezas.

 Gabaldón andaba urgido de una morra para ser Bernarda Coutinho, la mismísima caponera, una cantadora de ferias bien colmilluda y perversa que enamora al galán. Ocupaba una chava que escupiera las rancheras con furia, que estuviera bien plantada y trajera el carácter explosivo exacto para llenar esos zapatotes en la pantalla.

 Lucha le cayó como anillo al dedo. La cinta reventó la cartelera. Un 18 de diciembre de 1964, directito en el cine Alameda de la capirucha. Pegó con tubo en taquilla y crítica. La peli se embolsó millonotes no más en la semanita de estreno. Todos aplaudieron el papelón de lucha coronándose en 1965 con la diosa de Plata por mejor actriz.

Y el soundtrack ni se diga voló de los estantes despachando arribita de 100,000 copias físicas. Gracias a el gallo de oro, nuestra querida lucha demostró que no solo cantaba, también devoraba la pantalla. Desde mediados de los 60 hasta cerrar los 1970, la grandota de Camargo no paró de filmar.

 Se aventó más de 50 cintas, ya fuera como figura principal o Armando Mancuerna. A lo largo de esos 20 años compartió set con los cineastas más picudos de la época y se codeó con la crema inata de la pantalla grande nacional Puros Pesos Pesados. Ignacio López Tarzo, Chente Fernández, Pedro Infante, hijo, Jorge Rivero, David Reinoso y Luis Aguilar.

 Su racha de trancazos taquilleros arrancó con guitarras Lioren guitarras allá por 1965, seguida de joyitas como Los Tres Calaveras. Ese mismo 1965. Los Sánchez deben morir en 1966. Mi caballo rebelde y el imperio de Drácula, ambas de 1967. Además de Jalisco, nunca pierde para 1970 y dos reventó la taquilla junto a Vicente Fernández.

 En su mero apogeo a Lucha le llovía lana por todos lados, coronándose como una de las artistas mejor retribuidas de su tiempo. Hablemos de las regalías discográficas. se metió al estudio para grabar más de 60 discos entre 1960 y 1 y 1996. En los 60 se llevó 12 discos de oro al hilo, un premio que solo te daban si rebasabas las 100,000 copias vendidas.

Imagínense esto. En la época de los 60 y 70, las disqueras soltaban entre tres y cinco pesitos de ganancia por cada vinilo desplazado. Haciendo cuentas, si movió más de 1,200,000 copias con esa docena dorada, se echó a la bolsa entre 3,600,000 y 6 millones de pesos puras regalías. Ya entrando a los 70 y 80, cualquier material nuevecito acomodaba de 50.

000 1000 a 150,000 ejemplares según qué tanto le metieran a la promo. Sacaba de dos a tres placas anuales, cobrando de 5 a 8 pesos por unidad, nada más de pura música vendida. Sus entradas anuales bailaban entre los 500,000 y los 3 millones de pesos. Y agárrense con las tocadas en vivo. Como platicamos antes, esta Madona se embolsaba de 12 a 36 millones de pesos al año, purificando los palenques setenteros.

 Para los 80 cobraba más caro, sobre todo en 1985, cuando la rompió cantando rolas de Juan Gabriel, su tarifa se fue a las nubes. Pedía 800,000 pesos por pisar un palenque de renombre y hasta 1,illón y medio si se trataba de las ferias patronales más chonchas. Se aventaba un centenar de fechas anuales, lo que le dejaba un jugoso margen de entre 80 y 150 millones de pesos nada más por plantarse a cantar. Vámonos al cine.

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