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Asi fue la VIDA de JOAQUÍN PARDAVE y su CASA | El Hijo Secreto, el Enterrado Vivo y su Triste FINAL

Asi fue la VIDA de JOAQUÍN PARDAVE y su CASA | El Hijo Secreto, el Enterrado Vivo y su Triste FINAL

En la esquina de Concepción Beeg y avenida Cuautemoc, en la colonia Narbarte de la Ciudad de México, hay una placa de piedra pegada a una pared que hoy ya no es lo que fue. La placa dice que ahí vivió Joaquín Pardavé. Dice que ahí murió en la madrugada del 20 de julio de 1955. Pero no dice lo que empezó a circular en los periódicos al día siguiente.

No dice porque su nombre sigue siendo buscado en internet 70 años después de su muerte por personas que quieren saber una sola cosa. Si el hombre más gracioso del cine mexicano fue enterrado vivo. La mansión de tres plantas que ocupó esa esquina ya no existe como era. fue modificada hasta quedar irreconocible, hasta convertirse en otra cosa, en esa transformación silenciosa que tienen los edificios cuando los que los habitaron ya no están y nadie con autoridad suficiente decide preservarlos. Pero en esa esquina, en

ese punto exacto del mapa de la Narbarte, vivió el hombre que hizo reír a México durante cuatro décadas consecutivas, el hombre que compuso más de 120 canciones sin poder leer una sola nota musical. El hombre que actuó en más de 100 películas, dirigió 24 y escribió los guiones de varias más. El mismo que murió a los 54 años en la cima de su carrera, trabajando en dos películas al mismo tiempo y en una obra de teatro, como si el cuerpo fuera algo que se pudiera exigir sin límite y sin consecuencias. Detrás del cómico que

hacía reír a las familias mexicanas en las salas oscuras de los cines de los años 40, hay una historia que empezó en un escenario cuando tenía 4 años, que pasó por la orfandada a los 16, por la telegrafía en Monterrey, por las carpas del Teatro Popular, por la gloria del cine sonoro, por un matrimonio que duró 30 años sin producir un solo hijo reconocido, por un amor clandestino en una feria de Aguascalientes que dejó un niño sin padre en Ojuelos, Jalisco, y que terminó en una madrugada de verano en esa mansión de la Narbarte con el

hombre más gracioso de México diciéndole a su esposa que se sentía muy mal y cerrando los ojos. O eso es lo que su familia dice que pasó, porque hay otra versión y esa versión es la que nadie ha podido enterrar del todo. Joaquim Pardavé Arce llegó al mundo el 30 de septiembre de 1900 en Penjamo, Guanajuato.

Y ya el primer dato de su vida dice todo sobre lo que sería el resto de ella, porque Joaquín Pardavé no nació en una casa común, nació en el mundo del espectáculo. Sus padres, Joaquín Pardé Bernal y Delfina Arce Contreras, eran actores de teatro de origen español que habían llegado a México con la compañía Teatral Betril, una de las muchas compañías europeas que en esa época recorrían América Latina llevando zarzuelas, comedias y dramas a ciudades y pueblos que no tenían otra forma de acceder a ese tipo de entretenimiento. Así que cuando Joaquín

nació, nació literalmente detrás de los bastidores. Nació en un México todavía porfiriano, organizado alrededor de la figura de un presidente que llevaba décadas en el poder y que había construido un país que brillaba para unos y aplastaba a otros. El Pénjamo de 1900 era una ciudad pequeña de provincia, pero la compañía Betril no se quedaba en ningún lugar demasiado tiempo.

Los Pardabé eran nómadas por vocación y por oficio. Su hermano José también heredaría el talento familiar y trabajaría en el cine con papeles cómicos que le darían cierta notoriedad, aunque nunca alcanzaría la dimensión de Joaquín. Era una familia donde el arte no era una elección, era el aire que se respiraba desde que uno abría los ojos por primera vez.

Y Joaquín lo respiró desde muy niño. A los 4 años, con la naturalidad que tienen los hijos de actores para subirse a un escenario sin que nadie se los pida, hizo su primera aparición en la obra La cara de Dios al lado de sus padres. 4 años, cuando la mayoría de los niños todavía están aprendiendo que el mundo tiene más de un cuarto, Joaquín Pardé ya sabía que frente a él podía haber un público y que ese público podía reír o llorar dependiendo de lo que él hiciera con su cuerpo y con su voz.

Esa primera experiencia sobre un escenario no fue un accidente ni un capricho de sus padres. fue el inicio de lo que sería la única vida posible para este hombre, porque Joaquín Pardé nunca consideró seriamente hacer otra cosa. No hay en su historia esa etapa de duda que tienen algunos artistas, ese periodo en que uno se pregunta si el arte es lo suyo o si habría que buscar algo más estable, más predecible, más seguro.

Joaquín sabía desde que tuvo uso de razón que era esto, el escenario, las cámaras, la composición, la historia narrada con el cuerpo. No había segunda opción, pero la vida no le fue fácil en los primeros años. No lo es para nadie. Pero para Joaquín hubo dos golpes que lo definieron antes de que tuviera edad para procesarlos del todo.

El primero llegó en 1916. Joaquín tenía 16 años cuando murió su madre, Delfina Arce. La cantante de Sarzuela, la mujer que le había dado el primer escenario a los 4 años, la que había recorrido México con su marido y sus hijos llevando arte a las provincias. murió cuando Joaquín era todavía un adolescente.

Esa pérdida lo descolocó de una manera que solo se entiende cuando se considera lo que era la madre en esa familia. No solo el sostén emocional, también el vínculo activo con el mundo del espectáculo. Delfina Arce era el sonido de casa. Después de su muerte, Joaquín tomó una decisión que en su momento debió parecer práctica y que en retrospectiva fue el primer signo de ese carácter independiente que lo definiría toda la vida.

Se fue a Monterrey, no a la Ciudad de México, que era la capital del espectáculo, no a Guadalajara, que tenía su propio circuito teatral. Se fue a Monterrey, donde consiguió trabajo como telegrafista en los ferrocarriles nacionales de México, específicamente en la estación Paredón. Piensa en eso un momento. El futuro cómico más importante del cine mexicano.

El hombre que en 15 años haría reír a salas llenas en toda la República, está sentado frente a una máquina telegráfica mandando mensajes de punto y raya mientras el tren pasa y la ciudad de Monterrey hace su vida alrededor de él. No actúa, no tiene escenario, no tiene público. Tiene 16 años, acaba de perder a su madre y está ganándose el sustento con las manos en lugar de con la voz.

Pero la música no lo dejó en paz. Fue durante esa época en Monterrey, en ese trabajo de telegrafista que parece tan alejado de los escenarios cuando Joaquín Pardabé compuso su primera canción. Se llamó Carmen y la compuso para su novia de entonces, Carmen Delgado. Era una canción romántica y sencilla, hecha por un muchacho de 16 años que sentía lo que sienten los de esa edad y lo expresaba de la única manera que sabía, convirtiendo la emoción en música.

Esa canción no se hizo famosa, no está en el canon de sus obras más recordadas, pero es importante porque es el momento en que Pardavé descubrió algo sobre sí mismo que no sabía todavía, que podía componer, que las canciones no solo existían en otros, que él podía crearlas desde adentro y eso, combinado con el entrenamiento teatral que había absorbido desde los 4 años, era una combinación que el cine mexicano todavía no sabía que necesitaba.

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