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VINO POR EL MUNDIAL… Y MÉXICO LE DEVOLVIÓ A SU PADRE | LA HISTORIA QUE HIZO LLORAR AL MUNDO

 

El sabor de un país que no era el mío. Son las 6:40 de la mañana en la Ciudad de México. Acabo de bajar de un vuelo de 14 horas desde Buenos Aires y la verdad es que no dormí ni un minuto. No fue por los nervios del viaje, fue porque cada vez que cerraba los ojos lo veía él. Camino solo por los pasillos del aeropuerto con una mochila al hombro y el cansancio metido hasta los huesos.

 La luz gris del amanecer entra por los ventanales enormes y afuera ya se escucha algo que no sé nombrar todavía, un murmullo, una vibración, como si la ciudad entera estuviera despertando con el corazón acelerado. Me detengo frente a uno de esos ventanales y saco de la chamarra una fotografía vieja gastada en las esquinas de tanto tocarla.

 En ella, un hombre mayor sonríe con una camiseta de fútbol descolorida. Este es mi viejo, don Alberto, el hombre que me enseñó que el fútbol no es un deporte. sino una manera de querer. De chico me sentaba en sus rodillas y me contaba los mundiales como si fueran cuentos de hadas. México 70, con aquel sol que partía las canchas.

 México 86, con la mano de Dios y el gol del siglo. Siempre México. Decía que ese país tenía algo, una alegría que no se aprendía, que se traía de nacimiento. Y me prometía con esa voz ronca de tanto gritar goles, que algún día íbamos a venir juntos, los dos, a ver un mundial acá. Te lo prometo, mi hijo”, me decía mientras me despeinaba con la mano. “Vos y yo vamos a ir.

” Se nos fue hace dos años, un martes cualquiera, sin avisar. ¿Cómo se va la gente que uno cree eterna? Estaba sentado en su sillón con la radio prendida esperando un partido que ya no alcanzó a ver. Y la promesa quedó ahí colgada en el aire sin nadie que la sostuviera. Así que aquí estoy solo con su foto en el bolsillo y una promesa que llegué a cumplir 2 años tarde.

 Vine a México a ver el mundial con mi viejo, aunque mi viejo ya no esté. Levanto la mirada hacia un letrero enorme que cuelga del techo. Bienvenidos. Mundial 2026. Debajo tres banderas, la de México en el centro, la de Estados Unidos y la de Canadá a los lados. Guardo la foto con cuidado, como quien guarda algo sagrado, y camino hacia la salida, hacia ese murmullo que cada vez se escucha más fuerte.

Afuera, el primer taxi que me levanta lo maneja un señor de unos 55 años, bigote canoso y una sonrisa que le ocupa toda la cara. Se llama Memo, me dice. Y apenas arranca por Avenida Reforma empieza a cantar. No me pregunta si quiero oírlo, simplemente canta como si fuera lo más natural del mundo. Ay, ay, ay, ay. Canta y no llores.

 Y su voz ronca y desafinada llena el coche entero. Por las ventanas veo banderas tricolores colgando de los balcones, gente con playeras verdes caminando hacia el centro, niños con la cara pintada, vendedores ofreciendo cornetas y sombreros. La ciudad entera vestida de fiesta. Canta usted muy bien, don, le digo, más por cortesía que por otra cosa.

 En México todos cantamos, joven me responde mirándome por el retrovisor. Cuando el corazón está contento, la boca canta solita, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones. ¿Y usted de dónde nos llega? De Argentina. Suelta una carcajada que le sacude los hombros. Órale, un argentino. Bienvenido, hermano. Oiga, pues hoy usted no es argentino, hoy es mexicano.

Aquí lo decimos así. Los mexicanos nacen donde su corazón decibe y viene solo. Nadie lo acompaña. Me quedo callado un segundo. Miro por la ventana las calles que se van llenando de gente. Vengo con mi viejo. Digo, al fin en voz baja, a su manera. Don Memo me mira otra vez por el espejo, no pregunta nada más, solo asiente despacio, como si entendiera algo que no llegué a decir.

 Pues entonces que su viejo disfrute el viaje, joven. Aquí lo vamos a cuidar a los dos. Cuando llegamos al centro y saco la cartera, levanta la mano y la sacude en el aire. No, no, hoy no le cobro. Hoy es día de fiesta. Que viva México y que viva la Argentina. Ándele, váyase. No se vaya a perder la inauguración.

 Y oiga, hágame un favor, cómase unos tacos al pastor por mí, no ande nás con el estómago vacío, que el alma también se alimenta por la boca. Se aleja cantando con una mano fuera de la ventanilla despidiéndose y yo me quedo parado en la banqueta mirando cómo el taxi se pierde entre el tráfico. No me conocía, no sabía nada de mí y aún así no me cobró.

Me llamó hermano y le habló a mi padre como si lo hubiera conocido toda la vida. No llevaba ni 10 minutos en este país y México ya me estaba abrazando. El olor me detiene en seco a media cuadra, maíz, hoja de elote, algo tibio y antiguo, como un recuerdo que no sabía que tenía guardado. En una esquina, sobre un carrito, una olla enorme suelta vapor hacia el cielo de la mañana.

Detrás de ella, una señora de unos 60 años, con mandil y el pelo recogido atiende a una fila de clientes madrugadores. Pásele, joven. Me llama al verme dudar. Un tamalito. Lo veo pálido. No ha desayunado. La verdad no. Admito. Acabo de llegar del aeropuerto. Ay, no, no. Destapa la olla y el vapor le envuelve la cara.

 Así no se puede andar por la vida. Venga para acá. Estos tamales llevan más de 2,000 años acompañando a mi pueblo. ¿Sabía? Dicen que los dioses nos hicieron de maíz. Por eso aquí decimos que no hay país sin maíz. Tenga. Este es de rajas con queso y este otro de mole con pollo. “Me llamo Rosa,” me dice doña Rosa. Y me pone los dos tamales en la mano como si fueran un regalo y no una venta.

 Desenvuelvo uno de la hoja, el vapor me sube por la cara, lo pruebo y de pronto, parado en una esquina de un país que no es el mío, comiendo algo que jamás en mi vida había probado, se me llenan los ojos de lágrimas. Porque me acordé de mi vieja, de cómo me hacía el desayuno cuando era chico, antes de que mi viejo me llevara a la cancha de la mano.

 El mismo calor en las manos, la misma ternura sin palabras, como si la comida supiera de qué duelo venía yo cargando y hubiera decidido recibirme con un abrazo. ¿Está bien, mijo? Me pregunta doña Rosa, suavizando la voz al ver mis ojos. “Sí, doña”, le digo, limpiándome con el dorso de la mano, sonriendo apenado. “Es que está muy rico, me recordó a alguien.

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