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¡Colombia enloquece al mundo 700 australianos se quedan por su amabilidad que no tiene precio!

¡Colombia enloquece al mundo 700 australianos se quedan por su amabilidad que no tiene precio!

Ya no vuelvo a casa y no es porque el vuelo sea bueno. Esa voz, la mía, resonó con una claridad que me asustó en medio de la terminal de salidas del aeropuerto internacional El Dorado en Bogotá, mientras el anuncio del vuelo hacia Cyney se repetía como un metrónomo implacable, una sentencia de muerte para el alma que acababa de despertar.

Normalmente en ese lugar habría un murmullo constante de maletas rodando, el eco de los pasos apresurados y esa ansiedad contenida que flota en las salas de espera. Pero hoy, en este instante, casi 700 personas permanecían inmóviles, como si un hechizo hubiera congelado el tiempo entre los mostradores y las puertas de embarque.

Yo, un hombre australiano de 64 años, Arthur, me separé de la multitud con las manos temblorosas, apretando ese pase de abordaje en clase ejecutiva, un pedazo de papel tan caro que representaba el boleto de regreso a mi vida anterior, a mi soledad de cristal. Miré la palabra salidas iluminada en las pantallas y sin pensarlo más dejé caer el pase al suelo pulido.

Cayó sin ruido, inútil como una hoja seca, antes de que yo susurrara con un peso inmenso en el pecho. Mi corazón despertó aquí porque en una calle empedrada de Colombia encontré una amabilidad que no tiene precio y eso hace que volver a mi silencio sea lo más aterrador que he enfrentado jamás. Tres meses antes, yo estaba parado exactamente en este mismo aeropuerto, El Dorado, con mi pase business class en la mano y una coraza de indiferencia blindando mi pecho.

Mi vida en Syney era como una máquina perfectamente calibrada, un reloj suizo donde no había espacio para que el corazón respirara. Tenía 64 años, una casa espaciosa frente al mar, un cespe tan inmaculado que ninguna brisna de hierba se atrevía a crecer fuera de lugar. Mi rutina era un ritual de aislamiento.

Por la mañana regaba mis plantas en un silencio absoluto. Por la tarde paseaba mi perro por un parque tan poco transitado que el sonido de mis propios pasos era demasiado nítido, casi acusador. Por la noche veía las noticias en una pantalla gigante, observando el caos del mundo lejano con el sonido apagado, como si me dijera a mí mismo, “Al menos mi casa está a salvo, al menos aquí nada me toca.

” Pero esa seguridad era demasiado silenciosa, tan silenciosa que algunas noches el zumbido del refrigerador era mi única compañía y comencé a temer más el hecho de volver a casa que cualquier riesgo del mundo exterior. No era pobre, no me faltaba nada material, pero me faltaba lo esencial.

Alguien que me preguntara cómo está su merced. Ya almorzó sin esperar nada a cambio. En una ciudad donde todo requiere una cita, una reserva, una razón lógica y un horario estricto, las relaciones humanas se convirtieron en algo que simplemente se agenda. Vivo en la misma ciudad que mi hijo, pero a veces pasamos meses sin cenar juntos.

No discutimos, simplemente nos desvanecimos el uno del otro con la mayor cortesía posible. protegidos por nuestras paredes de éxito y bienestar. Entonces apareció este viaje a Colombia como una vía de escape, una grieta en el muro. El folleto de la agencia decía: “Colombia, el riesgo es que te quieras quedar.

Clima variado, gente cálida, paisajes que quitan el aliento. Todo parecía una promesa comercial. Volverás a sentirte vivo sin cambiar nada de ti. Me inscribí de inmediato, no por el deseo de aventura, sino por huir del silencio que me estaba carcomiendo las entrañas. En la reunión previa al viaje me senté entre cientos de personas, la mayoría jubilados o profesionales exitosos.

Sus rostros no eran los de turistas emocionados, sino los de gente que estaba escapando de algo invisible. Vi parejas que se miraban como si hubieran agotado las palabras hace décadas. Personas como cargando con un olor a soledad demasiado bien disimulado bajo perfumes caros. No dijimos que íbamos porque estábamos solos, pero el vacío en esa sala era ensordecedor.

Antes de partir nos entregaron un manual de supervivencia lleno de advertencias que parecían órdenes de guerra. Cuidado con sus pertenencias. No use el celular en la calle. No confíen extraños que se le acerquen con excesiva amabilidad. No coman puestos callejeros. No se aleje de las zonas turísticas. Recuerdo haber subrayado esas frases con un bolígrafo rojo, como un estudiante preparándose para un examen de vida o muerte.

En realidad no era una guía de viaje, era una inyección sistemática de desconfianza. Nos enseñaron que ir a un país como Colombia era entrar en un territorio donde cada sonrisa ocultaba un interés y cada gesto de ayuda era una trampa. Y lo más triste es que nadie lo cuestionó. Asentimos todos ordenadamente como soldados. Vinimos a gastar dólares para comprar diversión empaquetada para ver paisajes desde la ventana de un bus con aire acondicionado y volver a casa siendo exactamente los mismos, sin permitir que nadie se acercara a nuestro corazón.

Todavía recuerdo mi expresión de aquel entonces, un orgullo silencioso, el orgullo de venir de un país civilizado, de saber protegerme, de conocer las reglas. Lo llamábamos inteligencia, pero era el agotamiento de no haber confiado en la humanidad por demasiado tiempo. Cuando el avión tocó la pista del Dorado, yo todavía me sentía el turista más preparado del mundo, sin saber que estaba a punto de ser salvado por las cosas pequeñas que siempre había ignorado.

Apenas se abrió la puerta del avión, el aire de Bogotá, esa mezcla de frío andino, olor a combustible y un rastro lejano de leña quemada me golpeó la cara. Me detuve un segundo para decirme, “Mantén la guardia alta.” Pero mi cuerpo no obedeció. El aeropuerto era moderno, luminoso, eficiente, mucho más de lo que mis prejuicios me habían permitido imaginar.

Al subir al autobús del tour, con sus vidrios polarizados y el aislamiento del aire acondicionado, el mundo exterior comenzó a pasar como una película. Bogotá por la tarde era un caos vibrante, el Transmilenio rugiendo por las avenidas, los taxis amarillos zigzagueando como hormigas, los cerros de Monserrate y Guadalupe vigilando la ciudad desde las nubes.

El sonido de las bocinas no era de ira, sino un lenguaje extraño de comunicación constante. Los vendedores de tinto en las esquinas, con sus termos de colores, me hacían pensar, ¿cómo pueden estar ahí parados todo el día? Y el manual en mi cabeza repetía, “¡Cuidado, no confíes sentado al fondo del bus apretando mi maleta como si fuera mi propia vida.

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