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ERIK LIRA: El CRACK MEXICANO que esta SORPRENDIENDO al MUNDO

ERIK LIRA: El CRACK MEXICANO que esta SORPRENDIENDO al MUNDO

Eric Lira fue una de las figuras del debut mundialista. Recuperó un balón clave para que Julián Quiñones marcara el primer gol del Mundial. Ese mediocampista chaparrito, que no muchos conocían cuando la Voz del Estadio  Azteca anunció la alineación y apareció como titular, hoy es el mismo al que medios de Inglaterra, Italia y Argentina llenan de elogios, llamándolo el motor de la selección mexicana.

Pero lo que muchos no saben es que ese motor  de niño fue rechazado por el club de sus amores. Vivió momentos que a cualquier otro futbolista lo habrían derrumbado, pero jamás se rindió y siempre supo que algún día jugaría  un mundial con México. Esta es la historia de perseverancia de Eric Lira  y lo que estás por conocer te dejará impactado.

Para entender a ese futbolista chaparrito que la mayoría de los aficionados que estuvieron en el Azteca desconocían y como se adueñó del medio campo del tri, primero hay que entender de dónde viene. Y justamente no viene de la comodidad, viene del sur de la Ciudad de México, de una familia universitaria de corazón, de los domingos en el Pedregal, de una camiseta azul y oro vivida como herencia, como algo que no se elige porque ya viene puesto desde la cuna.

Eric creció yendo al olímpico con su gente, mezclado entre los miles de niños que iban a ver jugar a Pumas. Con el respaldo de su papá, a los 9 años se paró en una avisoria de la cantera universitaria. A la edad en la que la mayoría de los niños todavía aprende a no salirse de las líneas, él ya estaba peleando un lugar en la institución que amaba y lo consiguió.

Superó las pruebas, entró a las fuerzas básicas y empezó ese camino largo y silencioso que separa a la promesa del futbolista de verdad. Desde entonces cargaba con algo que no aparece ningún reporte técnico, un liderazgo natural, una voz de mando que sus compañeros sentían sin que nadie se lo ordenara. Los capitanes no se nombran con un comunicado, se reconocen solos con el tiempo y a Eric lo reconocieron desde niño.

Lo que ocurrió después cambiaría todo. Cuando terminó la preparatoria, llegó el primer golpe de su vida y dolió porque vino justo del lado que menos esperaba. Pumas, el club que lo había formado desde niño, lo metió dentro de una negociación entre directivos. Eric fue parte del paquete de una transferencia, una pieza de canje en un movimiento de oficina.

Lo mandaron a Necaxa, Aguas Calientes, lejos de su casa, lejos de su familia, lejos del estadio donde había soñado debutar. Pero lo peor todavía estaba por llegar. En ese primer momento de su carrera profesional, su cuerpo se rompió. El ligamento cruzado, la lesión que más miedo le mete a un futbolista, la que parte una carrera en dos, 8 meses fuera de las canchas y no en casa, rodeado de los suyos, sino solo en Aguascalientes, con el cuerpo pidiendo lo que el médico no autorizaba y la cabeza peleando una batalla que ningún doctor puede curar,

porque no está en la rodilla, sino en la voluntad. Y hay algo que poca gente entiende de una lesión así a esa edad. No es solo el dolor físico, es el miedo. El miedo a que el cuerpo no vuelva a responder igual. El miedo a quedarse atrás mientras los de tu generación siguen jugando. Siguen creciendo, siguen siendo recordados.

El miedo a mirarte al espejo y preguntarte si esto era todo. Si el sueño se terminó antes de empezar. Eric vivió esos meses con esa pregunta clavada. Si la familia cerca para sostenerlo las noches malas, haciendo terapia para un cuerpo roto y sobre todo para una cabeza que tenía que decidir si seguía creyendo o no a esa edad.

En esa soledad muchísimos talentos se apagan para siempre y nadie vuelve a saber de ellos. Nadie habría notado su ausencia. Habría sido un hombre más en la larga lista de promesas que el fútbol mexicano traga y olvida sin remordimientos. Eric no se apagó. Tiempo después, hablando de esa etapa con la franqueza directa que lo caracteriza, lo resumió en una frase fácil de decir, pero durísima de vivir.

Todo me hizo más fuerte. Esa frase en su boca no era un cliché para las cámaras, era una conclusión ganada a fuerza de noches difíciles. Pero, sin embargo, nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir, porque la vida todavía le tenía guardadas más pruebas. Llegó la pandemia, el mundo entero se detuvo, los estadios se cerraron, el fútbol se jugó en silencio para cámara sin público y a Eric lo mandaron todavía más abajo, a la categoría de plata.

Ese fútbol que se juega sin reflectores y sin tribunas llenas, donde las carreras se hacen o se mueren en el más absoluto anonimato. Ahí, lejos de todo, estuvo a un paso de ser cedido a otros clubes. Estuvo a punto de desaparecer del mapa para siempre, justo cuando apenas empezaba. Y aquí es donde la historia toma un giro inesperado, porque años más tarde, ya con un hombre, le tocaría vivir una de las noches más duras que un jugador puede vivir.

Una goleada histórica de siete goles en contra. Una humillación que no duele solo como número en la tabla, sino como imagen, como herida pública, como esa clase de noche en la que todo lo que construiste parece desmoronarse en 90 minutos frente a millones de personas que no perdonan. Hay jugadores que después de una noche así nunca vuelven a ser los mismos, que se esconden, que piden no jugar el siguiente partido.

Eric estuvo en esa cancha, vivió esa vergüenza con la cara de frente y lo que hizo después, en lugar de esconderse, marcaría para siempre la diferencia entre un jugador con talento y un jugador con carácter. La revancha del descartado, porque hay una ley silenciosa en el fútbol. A veces las puertas más importantes se abren por la desgracia de otro.

Y Eric llevaba años esperando, sin hacer ruido, a que una de esas puertas se abriera para él. Cuando volvía a la Ciudad de México, sin proyecto claro y sin un lugar asegurado, un compañero del primer equipo de Pumas cayó lesionado. El entrenador de ese momento, Andrés Lilini, que lo conocía bien de las fuerzas básicas y que siempre había confiado en su carácter, lo recordó y lo llamó no para que calentara la banca, para que jugara.

Lo metió de titular en el medio campo frente al Atlas. Fue el 3 de agosto de 2020 en el estadio Jalisco con Triunfo de Pumas por 2 a 1 en la primera división en el club donde había soñado debutar desde los 9 años. El niño que veía a Pumas por televisión debutó con Pumas en cuestión de semanas.

Eso no es una frase de efecto, es literalmente lo que pasó. El fútbol que tanto le había quitado le devolvía de golpe el sueño más viejo de su vida. Y entonces llegó el momento que lo volvió leyenda antes de tiempo. El Guardianes 2020, torneo extraño jugado en plena pandemia, semifinal, Pumas contra el equipo más fuerte de aquel año, nada menos que el Cruz Azul que mandaba en el campeonato.

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