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Inés Gómez Mont: Sus Siete Hijos Pagan el VERGONZOSO Precio de Su Huida

Medio país se rió. El otro medio se preguntó cómo alguien podía tener tan poca vergüenza y tanta gracia al mismo tiempo. Ese gesto visto hoy dice más de lo que parece. Inés era capaz de hacer frente a millones de personas lo que cualquier otro no se atrevería ni a pensar. Sin miedo al ridículo, sin miedo al que dirán.

con una seguridad que rozaba lo temerario. Esa misma audacia, esa misma capacidad de pararse frente al mundo y hacerlo impensable sin que le temblara la voz, la vas a volver a ver al final de esta historia. Solo que entonces ya no será un anillo de juguete frente a un deportista. Será un país entero buscándola y ella mirándolo de frente sin entregarse.

Esa era Inés, la mujer que se atrevía a todo. Y ese era exactamente el personaje que el destino necesitaba para lo que venía. Para que entiendas el tamaño de lo que estaba en juego, tienes que recordar lo que era la televisión en aquellos. Era poder puro. Una cara que salía cada semana en la pantalla entraba a millones de hogares al mismo tiempo.

A la hora de la comida, a la hora de la cena, en el cumpleaños, en la sala, en la cocina, con el radio prendido. cara se volvía parte de la vida de la gente y la gente, sin darse cuenta, le entregaba algo que vale más que el dinero, su confianza. Inés tenía esa confianza de medio país en la mano. Las señoras la veían y decían, “¡Qué muchacha tan ocurrente.

” Las jóvenes querían su ropa, su pelo, su seguridad. Los hombres se reían de sus locuras. Era de esas figuras que caen bien sin esfuerzo, que desarman al más serio, que convierten cualquier momento en un escándalo simpático. Y eso en el mundo del que vamos a hablar vale más que el oro. Piensa en lo difícil que es desconfiar de alguien que te hace reír.

Es casi imposible. Cuando una persona te cae bien, tu cabeza la defiende sola sin que tú se lo pidas. Le buscas explicaciones, le das el beneficio de la duda, le perdonas cosas que a otro jamás le perdonarías. Por eso una figura querida es la mejor caja fuerte del mundo. Nadie revisa lo que hay adentro de algo que ama, porque aquí está lo que la televisión nunca te cuenta sobre sus propias estrellas.

La fama trae aplausos, trae dinero, pero por encima de todo la fama es un escudo. Cuando un rostro es querido por millones de personas, ese rostro se vuelve intocable. Nadie quiere creer cosas malas de alguien que lo hace reír los domingos. Y donde hay un rostro intocable, tarde o temprano aparece alguien que sabe usarlo.

Guarda este dato. Te va a aparecer un detalle menor. No lo es. En febrero de 2013, en una fiesta de cumpleaños, Inés conoció a un hombre. La fiesta era del hijo de un expresidente de México. Recuerda eso. En el mundo donde se movía Inés, hasta las fiestas de cumpleaños estaban llenas de poder. El hombre se llamaba Víctor Manuel Álvarez Puga, abogado, empresario.

Un hombre que junto con su hermano Alejandro manejaba despachos y empresas de las que casi nadie sabía nada. Un hombre que se movía entre políticos como pez en el agua, discreto, elegante, de los que nunca salen en la foto, pero deciden quién sale en la foto. Desde el año 2012, el periódico de New York Times había publicado una investigación sobre los negocios de outsourcing de los hermanos Álvarez Puga y sus conexiones con políticos mexicanos de primer nivel.

O sea, que cuando Inés lo conoció, ese mundo ya estaba bajo la lupa. Pero Inés no veía un expediente. Inés veía a un hombre fuerte, seguro, poderoso, que la miraba como nadie. Y aquí conviene que conozcas mejor a ese hombre, porque su sombra cubre toda esta historia. Víctor Álvarez Puga pertenecía a otra especie.

Nada de telenovelas, nada de escenarios. Su poder era del callado, del que da más miedo. Era de los que se sientan a la mesa con los que mandan y nadie sabe muy bien a qué se dedican. Junto a su hermano Alejandro había construido un imperio de empresas de subcontratación, de despachos, de papeles, un mundo de oficinas elegantes y firmas discretas donde el dinero cambiaba de dueño sin que nadie lo viera moverse.

La fiesta donde conoció a Inés lo dice todo. El festejado era el hijo de un expresidente de México. En ese tipo de reuniones se cerraban negocios que ningún ciudadano común llegaría a entender jamás. Y entre los nombres de su círculo cercano sonaban apellidos pesadísimos. La hija de uno de los hombres más ricos del país, dueño de una televisora, la esposa de un abogado famoso por defender a los políticos más poderosos e intocables de México.

Ese era el terreno donde se movía Víctor. Y a ese terreno entró Inés del brazo de él con su sonrisa de pantalla, sin imaginar lo que ese mundo le iba a cobrar. Ella venía de un primer matrimonio con un empresario llamado Javier Díaz, con quien se había casado en 2008 y con quien tuvo cuatro hijos. Una hija a la que en su casa le decían Inesita y tres niños que llegaron juntos al mismo tiempo.

 Trillizos, Bruno, Javier y Diego, cuatro criaturas pequeñas y una mujer que por fuera parecía tenerlo absolutamente todo. Cuando ese matrimonio terminó, Inés ya estaba enamorada de Víctor. Se casaron en secreto en el estado de Chiapas a principios de 2015. Una boda íntima, casi escondida, que cuando se supo causó revuelo en todo el mundo del espectáculo.

Y con esa boda dos mundos se unieron. El mundo de las cámaras y los aplausos. y el mundo del dinero callado, los contratos y el poder. Fue una boda de cuento, discreta para el público, pero rodeada de lujo para los pocos que estuvieron. Después, una luna de miel en el Caribe, fotos de felicidad, una mujer que parecía haber encontrado por fin al hombre que la completaba.

Para ese momento, Inés ya esperaba un hijo de él. Llegaba al altar con una familia que crecía y un futuro que parecía dorado. Lo que esa boda significó de verdad, nadie lo dijo en voz alta. Entonces significó que el rostro más querido de la televisión y el cerebro más discreto de los negocios turbios quedaban unidos por la ley y por los hijos.

La cara pública perfecta y la maquinaria privada perfecta juntas bajo el mismo techo. Cuando uno mira esta historia desde el final, esa boda parece menos un romance y más el momento exacto en que dos piezas encajaron para formar algo que terminaría en una ficha roja de la Interpol. De ese matrimonio nacieron dos hijos más, un niño Bosco y una niña María.

Inés también abrazó como propio amallito el hijo que Víctor traía de antes. Siete hijos en total bajo el mismo techo. Una familia enorme fotografiada hasta el cansancio, sonriente en cada publicación. Niños con fiestas temáticas que costaban fortunas. Niños que viajaban en jet privado, niños que no sabían todavía que un día tendrían que aprender a vivir escondido.

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