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Lo que Nelson Mandela le dijo a José Mujica sobre perdonar — su silencio lo dijo todo

Mujica se incorporó lentamente, limpiándose las manos en el pantalón gastado. Sus ojos, pequeños y penetrantes detrás de unas gafas sencillas mostraban curiosidad. ¿Quién es de Sudáfrica? Dicen que es de la oficina de Nelson Mandela. El nombre hizo que Mujica detuviera sus movimientos.

 Mandela, un hombre cuyo camino había seguido desde la distancia con una mezcla de admiración y curiosidad, cuya liberación en 1990 había celebrado desde esta misma chakra con Lucía a su lado y una botella de vino barato que compartieron bajo las estrellas. cuando todavía era un expresidente Tupamaro tratando de reinsertarse en una sociedad que lo había encarcelado durante 14 años.

 14 años que habían transformado todo en su interior, dos hombres que habían pasado más de una década presos por luchar contra la injusticia. dos hombres que habían emergido de la oscuridad más profunda sin odio, o al menos sin permitir que el odio los definiera. Mujica siempre se había preguntado como Mandela lo había logrado, cómo había salido de 27 años de encierro sin buscar venganza, sin convertirse en aquello que había combatido.

 Entró a la casa donde el teléfono viejo de disco descansaba sobre una mesa de madera rústica. Lucía le pasó el auricular y se quedó cerca, sus ojos reflejando la misma curiosidad. Aló. Habla José Mujica. La voz al otro lado era formal con un acento inglés sudafricano marcado. Señor Mujica, mi nombre es Zelda La Grange.

 Trabajo con el señor Nelson Mandela. El señor Mandela está organizando una reunión privada con líderes que han transitado caminos similares al suyo, experiencias de encarcelamiento, perdón y reconciliación. Le gustaría invitarlo a Ciudad del Cabo para una conversación personal. Mujika se quedó en silencio por un momento. A través de la ventana podía ver su viejo Volkswagen Escarabajo del 87, el mismo que conducía cada día estacionado junto a la huerta.

 Su vida era simple, cuidar la tierra, criar perros, vivir con lo mínimo. La idea de viajar a Sudáfrica, de sentarse frente a Mandela, le parecía casi irreal. ¿Y cuándo sería esto? Preguntó finalmente. En dos semanas, señor Mujica. Por supuesto, todos los gastos están cubiertos. El señor Mandela específicamente pidió su presencia. Ha leído sobre su tiempo en prisión y su filosofía de vida.

 Después de colgar, Mujica se quedó sentado en silencio, sosteniendo la taza de mate cocido que Lucía le había traído. Ella lo conocía. lo suficiente como para no interrumpir sus pensamientos. “¿Vas a ir?”, preguntó finalmente. Mujica asintió lentamente. “Si Mandela quiere hablar, voy a escuchar. Ese hombre pasó 27 años preso y salió sin odio.

 Yo estuve 14 y todavía tengo días en que me cuesta.” Los siguientes días transcurrieron en la rutina habitual de la chakra. Mujica seguía levantándose al amanecer, alimentando a los perros, trabajando la tierra, pero algo había cambiado en su interior. Pensaba en el perdón, esa palabra que había pronunciado tantas veces en discursos y entrevistas, pero que en el fondo de su corazón sabía que aún le pesaba.

 recordaba las noches en el penal de puntacarretas encerrado en un calabozo de 2 m por dos donde pasó años en aislamiento. Recordaba las voces de los guardias, los interrogatorios, el frío que se metía en los huesos. Recordaba los nombres de aquellos que lo habían torturado, caras que todavía aparecían en sus sueños. Una tarde, mientras reparaba una cerca, su vecino, don Alberto se acercó.

 Era un hombre de 80 años, flaco como un alambre que había vivido toda su vida en esas tierras. Pepe, te veo pensativo. ¿Pasa algo? Mujica sonrió levemente. Voy a viajar a Sudáfrica, Alberto. Me invitó Mandela. Don Alberto silvó impresionado. Ese sí que es un hombre grande. ¿Sabes que me acuerdo cuando salió de la cárcel y no habló de venganza? Todos esperaban que Sudáfrica se prendiera fuego, pero él habló de perdón. No sé cómo hizo.

 Yo tampoco, murmuró Mujica, “por eso voy antes del viaje, Mujica y Lucía se sentaron afuera bajo un cielo estrellado. El sonido de los grillos llenaba el aire y a lo lejos se oía el ladrido ocasional de Manuela, su perra de tres patas. ¿Tenés miedo?”, preguntó Lucía. No miedo, incertidumbre. Mandela me quiere hablar de perdón y yo no estoy seguro de haber perdonado realmente.

Decirlo es fácil, Lucía. Vivirlo es otra cosa. Ella tomó su mano áspera y marcada por el trabajo. Vos saliste de la cárcel y no buscaste venganza. Trabajaste por la democracia, por la gente. Eso es perdón. Eso es política, respondió Mujica. El perdón verdadero es lo que pasa acá adentro.

 Se tocó el pecho y ahí todavía hay nudos. El vuelo a Sudáfrica fue largo, interminable. Mujica viajaba en clase económica a pesar de que le habían ofrecido primera clase. No necesito lujos había dicho simplemente. Llevaba una mochila pequeña con ropa sencilla, un libro gastado de Eduardo Galeano, que había leído tantas veces que las páginas estaban amarillentas y sueltas, y un cuaderno donde a veces anotaba pensamientos que lo asaltaban en momentos inesperados.

Durante el vuelo observaba por la ventana, viendo como el océano Atlántico se extendía infinito debajo de él, una masa de agua que conectaba su pequeño Uruguay con el vasto continente africano que estaba a punto de pisar. pensaba en su juventud cuando era un tupamaro idealista que creía con fervor casi religioso que la revolución armada era el único camino, el único modo de cambiar las injusticias profundas que veía a su alrededor.

pensaba en los errores que cometió, en la violencia que ejerció creyendo que era necesaria, en las vidas perdidas en ambos bandos, de un conflicto que parecía no tener salida. Pensaba en cómo el tiempo en prisión lo había transformado radicalmente. Lo había obligado a repensar todo lo que creía saber sobre revolución, justicia y venganza.

 Las paredes de una celda de aislamiento tienen una manera particular de desnudar tus ideas hasta sus huesos, de mostrarte quién eres realmente cuando no hay nadie más que tú mismo. Al llegar a Ciudad del Cabo, el aire era diferente, más seco, con un olor a océano y tierra roja. Zelda La Grange lo recibió en el aeropuerto, una mujer alta y rubia con una sonrisa cálida.

Señor Mujica, es un honor. El señor Mandela está ansioso por conocerlo. Durante el trayecto hacia la casa de Mandela en Hutton, Johannesburgo, Zelda le contó sobre la vida del líder sudafricano después de su presidencia, su fundación, su trabajo por la paz, su lucha contra el VIH. Mujica escuchaba en silencio, observando las calles de Johannesburgo, tan diferentes a Montevideo, pero con un alma similar, ciudades marcadas por luchas, por desigualdad, por esperanza.

 El señor Mandela está bien de salud, preguntó Mujica. Tiene sus días buenos y malos. Tiene 86 años, pero cuando supo que usted aceptó venir, se animó. Dice que quiere hablar con alguien que entiende lo que significa salir de la oscuridad. La casa de Mandela era grande, pero no ostentosa. Elegante en su simplicidad. Jardines bien cuidados con rosas, bugambillas y árboles nativos, muros altos por seguridad necesaria para un líder de su estatura, pero por dentro una calidez que sorprendió a Mujica.

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