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Javier Milei le pregunta a Mujica: “¿Qué nos hace humanos?” — su respuesta deja sin palabras a todos

vine”, respondió con esa intensidad verbal característica que electrizaba a sus millones de seguidores y simultáneamente enfurecía a sus numerosos detractores. Necesito entender realmente comprender como un hombre que conscientemente predica la pobreza voluntaria, que regala casi todo lo que gana, logró gobernar un país entero durante 5 años sin destruirlo económicamente, sin generar hiperinflación, sin provocar una crisis terminal.

 Es una paradoja viviente que ninguna teoría económica convencional puede explicar satisfactoriamente. Los modelos matemáticos no predicen esto. Las ecuaciones fallan y yo necesito saber por qué. La camioneta oficial reducía progresivamente la velocidad, levantando menos polvo a medida que el conductor preparaba la llegada.

 A lo lejos, entre hileras de eucaliptos centenarios, cuyos troncos descascarados brillaban bajo el sol y cielos amplios de un azul imposible, se divisaba una construcción verdaderamente modesta que desafiaba todas las expectativas presidenciales. una casa de ladrillos sin revocar, que parecía más un galpón rural funcional, quizás un depósito de herramientas agrícolas, que la residencia del hombre que había gobernado una nación, no había guardias de seguridad visible apostados en las esquinas, ni cámaras de vigilancia evidentes, ni rejas doradas

adornadas con símbolos patrios, ni jardines profesionalmente manicurados con fuentes y estatuas. Solo había una huerta generosa con hileras perfectamente ordenadas de tomates carnosos y lechugas verdes, algunas plantas aromáticas cuyo perfume llegaba hasta el camino, y un perro callejero de raza indefinida que dormitaba plácidamente bajo la sombra protectora de un ombú centenario completamente indiferente a la llegada de una comitiva presidencial extranjera.

 Cuando la camioneta finalmente se detuvo frente a la casa, el motor apagándose con un suspiro mecánico, Miley sintió algo extraño e inesperado en el pecho, una sensación incómoda que no podía nombrar fácilmente. que había pasado años enteros de su vida profesional defendiendo apasionadamente la acumulación de capital como motor del progreso humano, la libertad económica absoluta como derecho inalienable y el sagrado derecho de cada individuo a enriquecerse sin límites ni culpas morales.

 estaba a punto de encontrarse cara a cara con un hombre que representaba todo lo contrario, alguien que había donado voluntariamente el 90% de su salario presidencial mensual a fundaciones de vivienda social, que vivía contentamente en una chakra valuada por tasadores en menos de $200,000 cuando podría haberse comprado mansiones millonarias que conducía diariamente un Volkswagen escarabajo azul desvencijado del año 1987, cuando podría tener una flota de vehículos de lujo, último modelo.

La puerta de madera desgastada de la casa se abrió con un crujido familiar y apareció José Mujica en persona, exactamente como aparecía en las fotografías, pero de alguna manera más real, más tangible, más humano. 89 años de vida intensa, marcados en cada línea de su rostro curtido por el sol uruguayo.

 Pantalones de trabajo gastados por el uso constante con manchas de tierra en las rodillas, camisa a cuadros desteñida con las mangas cuidadosamente arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos bronceados y fuertes, sandalias de cuero viejas, pero cómodas, que habían caminado miles de kilómetros. Sus ojos azules, penetrantes e inteligentes, brillaban con una lucidez extraordinaria que desafiaba abiertamente el peso inevitable de las décadas, mirando directamente a mi ley sin titubeos, sin falsas reverencias, sin el protocolo artificial que tanto

abundaba en encuentros entre dignatarios. caminaba despacio, pero con firmeza, con ese andar pausado y deliberado de quien ha aprendido a través de años de experiencia que la prisa es una mentira moderna, una invención urbana, un engaño que nos roba el placer del camino. Bienvenido, Guri”, dijo Mujica con esa voz inconfundiblemente ronca, profundamente curtida por años interminables, de cárceles húmedas y torturas, de luchas políticas agotadoras, de discursos apasionados y desengaños inevitables, extendió una mano callosa, mano genuina

de trabajador rural que conocía la tierra y las herramientas, tan radicalmente diferente a las manos suaves. inmaculadas y cuidadosamente manicuradas de los políticos profesionales que mi ley conocía y frecuentaba habitualmente. Pasá, pasá no más. Lucía preparó mate calentito y tortas fritas recién hechas. Acá no hay protocolo ridículo ni boludeces formales de esas que tanto les gustan a los burócratas.

 Somos todos iguales, che. Mi ley estrechó la mano extendida, sintiendo inmediatamente la firmeza inesperada del apretón, la rugosidad de la piel trabajada, el calor humano sin pretensiones. Por un instante fugaz, pero significativo, el economista libertario, que había prometido públicamente y con vehemencia dinamitar el Banco Central Argentino, que había jurado desmantelar el Estado benefactor, que había hecho campaña prometiendo revolucionar el sistema económico completo, se sintió extrañamente fuera de lugar, desconcertado,

como si hubiera cruzado inadvertidamente a un universo paralelo regido por leyes completamente diferentes a todas las que él predicaba con fervor religioso. Entraron a la casa atravesando el umbral de madera. El interior era incluso más austero, más despojado de lo que Miley había imaginado en sus especulaciones previas al viaje.

 Paredes completamente desnudas, pintadas de un blanco amarillento por el paso del tiempo. Muebles viejos, pero evidentemente cuidados con esmero y mantenidos con dedicación. Un televisor pequeño de marca genérica, probablemente de hace 15 años. libros abundantemente apilados en estanterías improvisadas de madera sin barnizar que cubrían una pared entera.

Títulos que iban desde Marx y Vacunin hasta Galeano y Benedetti, mezclados con manuales de agricultura y libros de poesía popular. No había cuadros costosos firmados por artistas reconocidos, ni alfombras persas importadas de oriente, ni esos símbolos sostentosos de estatus social y poder económico que mi ley había visto inevitablemente en todas las residencias presidenciales y mansiones de funcionarios que había visitado a lo largo de su carrera política.

 Solo había objetos puramente funcionales, gastados significativamente por el uso constante y honesto con esa belleza silenciosa e inadvertida de las cosas simples que cumplen su función sin pretender ser arte, sin aspirar a impresionar a nadie. Lucía Topolanski, la compañera de vida de Mujica y expresidenta del Senado uruguayo, apareció desde la cocina modesta, envuelta en un aroma a masa frita y hierbas, también vestida con absoluta sencillez, pantalones vaqueros remendados y una blusa de algodón sin marca visible, también portando con

naturalidad esa dignidad profunda que no necesita adornos externos, que no requiere joyas ni cosméticos ni vestidos de diseñador para manifestarse. ¿Queres mate dulce o amargo, muchacho?, preguntó con absoluta naturalidad, con el mismo tono casual que usaría para preguntarla hora a un vecino, como si recibir al presidente de la República Argentina fuera algo perfectamente cotidiano, tan común como regar las plantas o darle comida al perro.

Amargo. Gracias. respondió mi ley con cortesía, aceptando la calabaza humeante que desprendía ese aroma característico e inconfundible de la hierba mate recién cebada. Se sentaron todos en sillas rústicas de madera sin barnizar alrededor de una mesa igualmente rústica que mostraba las marcas del tiempo, rayones profundos de cuchillos, manchas de tinta antigua, círculos dejados por tazas calientes a lo largo de décadas de uso.

 El asistente de mi ley permanecía torpemente de pie junto a la puerta, visiblemente incómodo con toda la situación, sin saber exactamente dónde ubicarse en ese espacio doméstico que desafiaba radicalmente todas las formalidades protocolares que había estudiado en manuales diplomáticos, todas las reglas no escritas de los encuentros entre mandatarios.

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