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José Mujica escucha risas por su ropa en primera clase — su calma deja a todos helados

Cuando finalmente anunciaron el embarque, Rodrigo y Valeria fueron de los primeros en dirigirse a la puerta. Mientras esperaban en la fila, Rodrigo notó que el hombre mayor de aspecto humilde también hacía cola para primera clase. Intercambió una mirada de sorpresa con su esposa. El hombre llevaba consigo solo aquel bolso deteriorado, sin equipaje de mano elegante ni maletín ejecutivo.

 Sus manos mostraban callosidades que hablaban de trabajo físico, no de salas de juntas. Una vez a bordo, Rodrigo y Valeria se acomodaron en los asientos 2A y 2B. El hombre mayor pasó por el pasillo y se sentó en el 4C al otro lado. La zafata, una mujer joven llamada Carolina, se acercó con una sonrisa profesional para ofrecer champán de bienvenida.

Cuando llegó al asiento del hombre mayor, su rostro cambió completamente. Sus ojos se abrieron con sorpresa y algo parecido a la reverencia. “Señor Mujica”, dijo en voz baja casi un susurro. “Es un honor tenerlo a bordo.” El hombre levantó la vista con una sonrisa amable y algo tímida.

 “No, mi hijita, el honor es mío y llámame José no más.” Valeria le dio un codazo a Rodrigo, pero él ya había escuchado el nombre. José Mujica, el expresidente de Uruguay, el hombre al que la BBC había llamado el presidente más pobre del mundo. Rodrigo sintió una mezcla de curiosidad y escepticismo. Había oído hablar de Mujica, por supuesto, de su famoso discurso en la ONU sobre el consumismo, de su negativa a vivir en la residencia presidencial, pero siempre había pensado que era más un acto político que una convicción genuina. Ningún político podía ser

realmente así. Mientras el avión rodaba hacia la pista, dos pasajeros más abordaron apresuradamente. Eran Federico y Mónica Esté, una pareja de uruguayos adinerados que Rodrigo reconoció vagamente de eventos sociales en Punta del Este. Federico era heredero de una fortuna familiar construida sobre inversiones inmobiliarias y mineras.

 Se sentaron en los asientos delanteros frente a Rodrigo y Valeria. Mónica llevaba un abrigo de visón a pesar del clima templado de noviembre y sus dedos exhibían anillos de oro con piedras preciosas que capturaban la luz. “¿Vieron quién está atrás?”, murmuró Mónica a su esposo, pero lo suficientemente alto para que otros oyeran.

 “Es Mujica el que vive en esa granja. No puedo creer que esté en primera clase. Federico soltó una risa breve y despectiva. Debe ser una donación de algún admirador. Todos sabemos que él nunca pagaría un boleto así con su filosofía de pobreza voluntaria. Rodrigo observó discretamente en dirección a Mujica, quien parecía completamente ajeno a los comentarios.

El expresidente miraba por la ventanilla mientras el avión aceleraba por la pista. Su expresión era serena, casi contemplativa. Había algo en su quietud que contrastaba marcadamente con la energía nerviosa que impregnaba el resto de la cabina de primera clase. Una vez en el aire, Carolina regresó con el carrito de bebidas.

 Cuando llegó a Mujica, preguntó, “¿Qué le gustaría tomar, señor? Un vaso de agua está bien, gracias. Tenemos zumos, refrescos, vino, champán. El agua está perfecta, mi hijita. No necesito más que eso.” Valeria no pudo contenerse y susurró a su esposo. “Es tan predecible el show del hombre simple.” Rodrigo asintió, pero algo en su interior lo incomodaba.

 Era realmente un show. El hombre no parecía estar actuando para nadie. De hecho, daba la impresión de que le resultaba completamente indiferente quién lo observara o qué pensaran de él. El avión alcanzó su altitud de crucero y la señal de cinturones de seguridad se apagó. Federico se levantó para estirar las piernas y al pasar junto a Mujica se detuvo.

 Rodrigo observó la interacción con interés. “Expresidente Mujica”, dijo Federico con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. “Federico Estévez, es un placer conocerlo.” Mujica extendió la mano para estrecharla de Federico. Su apretón era firme, honesto. “José, llámame José. El placer es mío. Debo confesarle que me sorprende verlo aquí en primera clase.

 No es exactamente consistente con su imagen pública, ¿no? La sonrisa de Mujica no vaciló, pero en sus ojos apareció un brillo de comprensión. El boleto me lo regaló un amigo. Me dijo que a mi edad, con mis dolores de espalda, estaría más cómodo. Acepté porque sería descortés rechazarlo. Pero tenés razón, no es mi estilo habitual.

 Normalmente voy en económica o mejor aún en mi Fusca. Su famoso Volkswagen comentó Federico con un tono que rozaba la burla. Debe ser difícil mantener esa imagen de austeridad cuando el mundo entero está mirando. Rodrigo esperaba que Mujica se pusiera a la defensiva, pero el expresidente simplemente asintió con calma.

 No es una imagen, amigo, es simplemente como vivo. Siempre he pensado que cuando compras algo, no lo comprás con plata, lo comprás con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para conseguir esa plata. y mi tiempo vale más que cualquier lujo. Federico rió con condescendencia. Una filosofía interesante para alguien que nunca tuvo que preocuparse realmente por generar riqueza.

 Es fácil predicar la pobreza cuando se tiene un salario presidencial y una pensión garantizada. Durante mi presidencia doné casi el 90% de mi salario a programas sociales”, respondió Mujica sin alterarse. “Y ahora vivo de mi pensión. y de lo que cultivo en mi chakra. No predico la pobreza, amigo, predico la libertad que viene de no ser esclavo de las cosas.

 Mónica se había levantado también y se unió a la conversación. Qué pintoresco dijo con una sonrisa forzada. Pero, ¿no cree que su actitud es un poco condescendiente? No todos podemos vivir en granjas y pretender que el dinero no importa. Algunos de nosotros tenemos responsabilidades reales, negocios que mantener, empleados que dependen de nosotros.

 Nunca dije que el dinero no importa, respondió Mujica. Dije que no debe controlarnos y en cuanto a responsabilidades, pasé 14 años en prisión, muchos de ellos en condiciones que ni los animales merecen. Salí de ahí sin odio, intentando construir un país mejor. Esa fue mi responsabilidad y la tomé sin necesitar un reloj de oro o un auto de lujo para validarme.

 El silencio que siguió fue tenso. Rodrigo sintió algo removerse en su pecho, una incomodidad que no podía identificar claramente. Federico Carraspeó. Bueno, expresidente, cada quien con su filosofía, yo prefiero disfrutar de los frutos de mi trabajo. Y es tu derecho, dijo Mujica. Solo te pido que te preguntes de vez en cuando, ¿esos frutos te hacen más feliz o solo más ocupado? Federico volvió a su asiento sin responder.

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