Un apodo que reflejaba su fascinación por la cultura azteca, las rancheras y los sombreros de charro. Me gusta toda la vida la música ranchera. No sé, me admira bastante. Confesaría años después en una rara entrevista con el periodista Germán Castro Caicedo. Hombre, no sé, salí conesto mexicano. A mí me gusta toda la vida la música ranchera, no sé, me admira bastante y todas las vincas que tengo más o menos, que es una una cantidad, todas las tengo con nombres mexicanos.
Esta fascinación iba más allá de lo superficial. Gacha nombró sus propiedades con referencias mexicanas. Tenía fincas llamadas Cuernavaca, Mazatlán y Sonora. Y su discoteca más emblemática en Pacho se llamaba Chihuahua. Sin embargo, según Jimmy Álvarez, un extrabajador logístico de Gacha, el apodo tenía un origen más pragmático.
Su primer gran cargamento de sustancias ilegales lo había coronado, llevado exitosamente en el puerto mexicano de Mazatlán. La fortuna de El mexicano creció exponencialmente. José Gonzalo Rodríguez Gacha fue socio de Pablo Emilio Escobar Gaviria. Empezó con el patrón desde los años 70 y 80. Eran muy amigos. El patrón era compadre José Gonzalo. Le cargó un hijo.
Eh, nunca tuvieron absolutamente ningún problema, se apoyaban mutuamente. El mexicano tenía muchísimos hombres armados. Para 1988, la revista Forbes lo incluía entre los 20 empresarios más ricos del mundo, con ingresos estimados de $30,000 por minuto. Su imperio incluía más de 116 propiedades entre fincas, casas, apartamentos y terrenos, valorados en aproximadamente 40,000 millones de dólares.
Su residencia en el barrio Chicó de Bogotá era un monumento a la extravagancia. pisos de mármol romano, paredes forradas con seda italiana, porcelanas checoslovacas y tapices persas. Incluso los rollos de papel higiénico eran importados de Italia y tenían estampados del nacimiento de Venus de Boticheli. En su oficina brillaba el lema del boxeador Kid Pambé.
Es mejor ser rico que pobre. Pero Gacha no era solo un hombre rico, era un estratega. A diferencia de Escobar, quien construyó su imagen como benefactor de los pobres y buscaba reconocimiento público, el mexicano prefería operar desde las sombras. Su poder se manifestaba de formas más sutiles, como cuando la policía cerraba las calles por donde pasaba para que pudiera circular sin contratiempos.
Una de sus pasiones más conocidas era el fútbol. En 1982, junto con dos socios, adquirió el control del Club Millonarios de Bogotá. Bajo su dirección, el equipo contrató jugadores como Pedro Alberto Vivalda, Juan Gilberto Funes, Marcelo Troviani y Mario Vanemerac, ofreciéndoles sueldos astronómicos para la época.
Inclusive he patrocinado varios equipos en Pacho. Llevé a Millonarios y Santa Fe a jugar a Pacho”, declaró en una entrevista. Otra de las pasiones de José Gonzalo Rodríguez Gacha era el fútbol. Le fascinaba jugar fútbol. Jugaba con el patrón, con Pablo Emilio Escobar Gaviria. Habían a veces se hacían picaditos de fútbol en la hacienda de ellos, en la hacienda Nápoles.
Acá en Medellín cuando estábamos acá eh en la guerra y había tiempo de distraerlos, se jugaba fútbol. Eh, no era muy buen jugador, era igual al patrón, pero ahí hacía sus goles el mexicano. Le he dado oportunidad a muchos muchachos que vengan a la profesional aquí a Millonarios, pero no han servido. Pero de todas maneras he tenido el interés de que me salgan unos futbolistas buenos de Pacho.
Su otra gran pasión eran los caballos. Poseía más de 200 ejemplares de Paso Fino, pero su favorito era Tupakamaru, un caballo valorado en un millón de dólares. Tengo un caballo que se llama Tupakamaru. Lo considero como el mejor caballo trochador del país y del mundo. Afirmaba con orgullo. Tengo el caso.
Yo tengo un caballo que llama Tupá Maru. Lo considero como el mejor caballo trochador del país y del mundo. amaba con locura, con locura, los caballos de Paso Fino. Su gran caballo, su caballo estrella era Tupá Amaruk, que para la época valía 3 millones dólares, que era muchísimo dinero en los años 80 y 90. La pecebrera de Tupac en la hacienda Chihuahua tenía 25 m², espejos en las paredes, bebedero automático y un veterinario disponible las 24 horas.
Sin embargo, detrás de esta fachada de empresario excéntrico y amante de los deportes, Gacha estaba construyendo un imperio criminal formidable. En 1981, junto con Pablo Escobar y los hermanos Ochoa, financió la creación del grupo Muerte a secuestradores. Más en respuesta al secuestro de Marta Nieves Ochoa, hermana de los Capos, este grupo paramilitar marcaría el inicio de una nueva era de violencia en Colombia.
La relación de Gacha con las FARC también tuvo sus altibajos. Inicialmente, la guerrilla prestaba servicios de vigilancia a los cultivos y laboratorios del capo a cambio de impuestos conocidos como Gramaje. Sin embargo, en 1983, la destrucción de varios de sus laboratorios de procesamiento, más el hurto de pasta base y dinero en efectivo, lo llevaron a declarar una guerra personal contra la organización guerrillera.

Quien no está conmigo, está contra mí. se convirtió en su filosofía. Apoyado por grupos paramilitares del Magdalena medio como las autodefensas de Pablo Emilio Guarín, Henry Pérez, Ramón Isa, los hermanos Fidel y Carlos Castaño, Gacha emprendió una campaña de eliminación contra la Unión Patriótica, partido político que consideraba el brazo político de la guerrilla.
Era un hombre que manejaba más de 15,000 más de 15,000 guerreros, todos con fusiles ametralladora de M60. se movía con muchísimos hombres. Entre diciembre de 1987 y mayo de 1988, contrató a mercenarios israelíes y británicos para entrenar a su ejército personal. Yair Klein, un exoficial del ejército israelí, lideró un equipo de instructores en Puerto Boyacá durante 1988.
Con este ejército, Gacha se convirtió en el principal comandante del narcoparamilitarismo en Colombia. El punto de inflexión en la relación entre los narcotraficantes y el Estado colombiano llegó el 30 de abril de 1984 con el homicidio del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. En respuesta, el presidente Belisario Betancur declaró a los narcotraficantes fuera de la ley y se pronunció a favor de implementar el tratado de extradición con Estados Unidos.
Esta declaración obligó a Escobar, Gacha y los hermanos Ochoa a huir a Panamá. Allí, en un último intento por controlar la situación, se reunieron con el expresidente colombiano Alfonso López Michelsen en el Hotel Marriot. Sin embargo, el gobierno colombiano negó oficialmente su participación en dichas reuniones.
Tras el fracaso de las negociaciones, los capos regresaron clandestinamente a Colombia y fundaron el grupo Los extraditables, iniciando lo que se conocería como la guerra del narcoterrorismo. Entre 1986 y 1989, esta guerra cobró la vida de jueces, periodistas, políticos y policías, sumiendo a Colombia en uno de sus periodos más oscuros.
Para 1989, la violencia había escalado a niveles sin precedentes. Gacha profundizó su campaña contra la izquierda, ordenando el homicidio de líderes de la Unión Patriótica como Teófilo Forero y José Antequera. También orquestó la masacre de la Rochela el 18 de enero de 1989, donde una comisión judicial fue eliminada.
Paralelamente, Gacha entró en conflicto con sus antiguos socios en el negocio de las Esmeraldas. El 27 de febrero de 1989 ordenó el homicidio de Gilberto Molina Moreno, su antiguo jefe, junto con 17 personas más en Sasaima. Luego intentó eliminar a Víctor Carranza, quien se había convertido en el nuevo sar de las esmeraldas.
José Gonzalo Rodrígueziga contra el que fuera. atacó un gran esmeraldero a Gilberto Molina. Era un hombre, un guerrero muy fuerte de las minas de de Muso en Boyacá. Mata a Gilberto Molina en complicidad con los hermanos Fidel y Carlos Castaño Hill. La guerra con Carranza escaló tras la masacre en el edificio Altos del portal de Bogotá el 5 de julio de 1989, donde un grupo de militares al servicio de El mexicano interrumpió una reunión entre agentes de la DEA y del F2 con un informante eliminando a cuatro personas.
A medida que su poder crecía, también lo hacían sus enemigos. El gobierno colombiano, el cartel de Cali, las FARC, la Unión Patriótica, la DEA y los esmeralderos, todos querían ver caer a el mexicano, pero nadie imaginaba que su caída vendría de la mano de una traición desde dentro de su propio círculo.
Para comprender la caída de Rodríguez Gacha, es crucial analizar su psicología y las dinámicas de poder dentro del cartel de Medellín. El mexicano no era simplemente un lugar teniente de Pablo Escobar. Era un socio con igual poder, pero con una visión fundamentalmente diferente del negocio y de cómo manejarlo.
Quienes conocieron a Gacha lo describen como un hombre de mentalidad militar, metódico y calculador. A diferencia de Escobar, quien actuaba a menudo por impulso y buscaba notoriedad, Gacha era más reservado y estratégico. Era de una sola pieza en su proceder. se aferraba a sus ideas intensamente. Recuerda un exasociado.
Era especial y generoso con los suyos y despiadado con sus enemigos. Esta dualidad en su personalidad, la capacidad de ser extremadamente leal con sus allegados y brutalmente despiadado con sus adversarios era parte integral de su éxito. Sin embargo, también sembraba las semillas de su eventual caída. En un mundo donde la lealtad se compra y se vende al mejor postor, Gacha confiaba demasiado en quienes consideraba su gente.
La relación entre Gacha y Escobar, aunque presentada públicamente como una alianza inquebrantable, estaba plagada de tensiones subyacentes. Ambos hombres tenían egos enormes y visiones diferentes sobre cómo manejar el negocio. Escobar era más propenso a la violencia espectacular, a los actos terroristas que captaran la atención mediática.
Gacha, por su parte, prefería una aproximación más calculada, más empresarial. Esta divergencia se hizo más pronunciada a medida que aumentaba la presión del gobierno colombiano y estadounidense. Tras el homicidio de Luis Carlos Galán, el 18 de agosto de 1989, el presidente Virgilio Barco declaró una guerra total contra el narcotráfico. Escobar respondió con una campaña de terror sin precedentes, incluyendo el atentado contra el vuelo 203 de Avianca, que dejó 107 víctimas mortales.
Según fuentes cercanas a ambos capos, Gacha comenzó a cuestionar la estrategia de Escobar. Consideraba que la guerra frontal contra el Estado era contraproducente y que estaban subestimando la determinación del gobierno colombiano y la presión internacional. Algunos informes sugieren que Gacha estaba explorando la posibilidad de negociar por separado, quizás ofreciendo información sobre Escobar a cambio de clemencia.
Esta posible traición no pasó desapercibida para Escobar. El patrón de Medellín tenía informantes en todas partes, incluso dentro del círculo íntimo de Gacha. Si el mexicano estaba considerando abandonar el barco, Escobar lo sabría. Al mismo tiempo, el cartel de Cali, liderado por los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, veía en esta fractura una oportunidad de oro.
Eliminar a uno de los dos pilares del cartel de Medellín debilitaría significativamente a su principal competidor. La pregunta que ha persistido durante décadas es, ¿quién dio la información que llevó a las autoridades hasta Gacha? La versión oficial señala a Jorge Velázquez, alias el navegante, un informante infiltrado en las estructuras de gacha en la costa atlántica.
Pero muchos en el mundo del narcotráfico creen que el navegante no actuaba solo, que detrás de él había intereses mucho más poderosos, ya fuera el cartel de Cali o el propio Pablo Escobar. La mañana del 14 de diciembre de 1989 amaneció despejada en Cartagena de Indias. Rodríguez Gacha, quien llevaba semanas moviéndose constantemente para evitar ser capturado, se encontraba en una casa de seguridad protegido por 25 guardaespaldas.
Su hijo Freddy Gonzalo Rodríguez Helades y su mano derecha Gilberto Rendón Hurtado, alias Mano de Yuca estaban con él. Lo que el mexicano no sabía era que entre sus hombres de confianza se encontraba Jorge Velázquez, alias el navegante, quien había sido contratado por el cartel de Cali para infiltrarse en su organización.
Durante semanas, el navegante había estado pasando información sobre los movimientos de gacha a las autoridades. Esa mañana, Velázquez recibió una llamada que lo alertó. Las autoridades estaban cerrando el cerco. Con una calma calculada, informó a Gacha que habían sido detectados y que debían moverse inmediatamente. La recomendación de Velázquez fue clara.
Debían dirigirse a Tolú, donde tendrían acceso a rutas de escape más seguras. Gacha, confiando en su hombre, aceptó el plan. Junto con su hijo, Mano de Yuca y cuatro escoltas más abordaron una lancha rápida y se dirigieron hacia Tolú. El navegante iba con ellos jugando su papel de leal lugar teniente mientras transmitía en tiempo real la ubicación exacta de la embarcación a las autoridades.
El mexicano muere el 15 de diciembre del año 1989. El mexicano sale de una en una avioneta desde una pista cerca de la hacienda Nápoles en Magdalena Medio y va hacia la ciudad de Cartagena. Lo cita allí Jorge Velázquez el navegante. ¿Quién es Jorge Velázquez el navegante? Era un hombre que era de muchísima confianza de José Gonzalo Rodríguez Gacha.
El mexicano tenía gran aprecio, eran grandes amigos y eran socios en el tráfico de la cocaína. Al caer la noche llegaron a la costa de Coveñas. Velázquez, con la excusa de asegurar el perímetro, se separó momentáneamente del grupo. Fue entonces cuando estableció contacto con la policía, confirmando la ubicación exacta de Gacha y detallando sus planes para el día siguiente.
La mañana del 15 de diciembre, sin sospechar que estaba siendo vigilado, Gacha y su grupo se trasladaron a un complejo de cabañas llamado El Tesoro, ubicado entre Coveñas y Tolú. El plan era descansar allí brevemente antes de continuar su viaje hacia el interior del país. Alrededor del mediodía, el sonido de helicópteros rompió la tranquilidad de la costa.
Dos aeronaves artilladas sobrevolaban la zona mientras por los altavoces se escuchaba una orden clara. Gonzalo Rodríguez Gacha está rodeado. Entréguese pacíficamente. En ese momento, Gacha supo que había sido traicionado. Con la frialdad que lo caracterizaba, ordenó a sus hombres vestirse como lugareños y simular ser trabajadores de una finca ganadera.
Mientras los helicópteros continuaban su búsqueda, el grupo esperaba en silencio, calculando sus opciones. Aprovechando un momento en que los helicópteros se alejaron, Gacha y sus hombres corrieron hacia un camión Chevrolet rojo estacionado fuera de la villa, armados con granadas, un fusil galil, una subametralladora MP5, una pistola 9 mm y un revólver calibre 38 emprendieron la huida por la carretera hacia Sincelejo.
No habían recorrido ni 2 km cuando fueron interceptados. En un acto desesperado, Freddy Gonzalo, mano de Yuca y tres guardaespaldas saltaron del vehículo abriendo fuego contra uno de los helicópteros para atraer su atención mientras intentaban alcanzar un cerco de robles. La respuesta fue inmediata. Las ametralladoras del helicóptero acabaron con dos de los escoltas instantáneamente.
Cinco comandos de la fuerza élite descendieron y se enfrentaron a los sobrevivientes. Freddy Gonzalo, el hijo del mexicano, cayó abatido en medio del intercambio de disparos. Mientras tanto, Gacha continuaba su huida en el camión junto con un último guardaespaldas. La suerte, sin embargo, no estaba de su lado.
En la carretera se encontraron con una patrulla de la infantería de Marina que custodiaba una finca cercana. Al verlos, Gacha detuvo el vehículo y ambos hombres saltaron, internándose en una plantación de plátanos adyacente a la carretera. Los artilleros abrieron fuego tratando de localizar a los fugitivos entre la vegetación. Gacha, armado con su MP5, corría desesperadamente cuando sufrió un contratiempo fatal.
Su cabeza se enganchó en una alambrada, desgarrándole el cuero cabelludo. El dolor lo hizo perder el equilibrio y caer. En ese momento crítico, Gacha hizo lo que había hecho toda su vida, luchar. Comenzó a disparar contra sus perseguidores, revelando su posición. Una ráfaga de balas calibre 7.62 mm respondió alcanzándolo en la pierna.
Segundos después, un impacto certero en el rostro puso fin a la vida de uno de los narcotraficantes más poderosos de Colombia. A las 2 de la tarde, el teléfono sonó en el despacho presidencial. Virgilio Barco contestó y escuchó la voz del general Carlos Casadiego. Presidente, misión cumplida. Barco incrédulo preguntó, “¿Están completamente seguros?” “Absolutamente, señor presidente”, fue la respuesta.
La muerte de Rodríguez Gacha marcó el principio del fin para el cartel de Medellín. Sin su ministro de guerra, Pablo Escobar quedó más vulnerable, más expuesto. Menos de 4 años después, el 2 de diciembre de 1993, Escobar también caería abatido en un tejado de Medellín. Un hombre muy fuerte, un guerrero leal, un hombre que siempre estuvo en todas las guerras con Pablo Emilio Escobar Gaviria.
Fue un hombre que nunca tuvo ni un sí ni un no con Pablo Escobar. colocó dinero, colocó sus hombres y todo esto para el bien del cartel de Medellín, entre comillas, la traición que condenó a el mexicano sigue siendo uno de los grandes enigmas del narcotráfico colombiano. ¿Fue realmente el navegante actuando para el cartel de Cali? ¿O había una mano más poderosa, quizás la del propio Escobar orquestando su caída? Lo cierto es que Gacha, como muchos otros en el mundo del crimen organizado, vivió y murió por la espada.
Su filosofía de quien no está conmigo está contra mí terminó volviéndose en su contra. En un negocio donde la lealtad es tan volátil como el precio del polvo blanco, confió en las personas equivocadas. Dos días después de su muerte, el cuerpo de Gonzalo Rodríguez Gacha y el de su hijo fueron enterrados en Pacho, su pueblo natal.
Más de 3,000 personas asistieron al funeral, muchas de ellas beneficiarias de su generosidad. Para ellos, el mexicano no era un criminal, sino un benefactor, un hombre que había llevado prosperidad a una región olvidada por el Estado. Hoy, tres décadas después, el legado de Gacha persiste en la memoria colectiva de Colombia.
Su historia es un recordatorio de cómo el poder, la ambición y la traición se entrelazan en la sombría danza del narcotráfico, donde nadie, ni siquiera el más poderoso, está a salvo de la traición. No.