El mundo de la música tropical y el pueblo de la República Dominicana se visten de luto ante una de las noticias más impactantes y dolorosas de los últimos años. Se ha confirmado el trágico fallecimiento de Roberto Antonio Pérez Herrera, conocido internacionalmente en las páginas doradas del espectáculo como Rubby Pérez. El icónico artista, aclamado por multitudes como “la voz más alta del merengue”, encontró el final de sus días haciendo precisamente lo que marcó el motor de su existencia: cantar sobre un escenario y entregar el alma a su amado público.
El fatídico incidente ocurrió en plena presentación en vivo dentro de una discoteca, cuando la estructura del techo del establecimiento colapsó de manera repentina, sepultando el talento y la alegría que minutos antes desbordaban el lugar. En los momentos iniciales de desesperación y caos, los rumores y la desinformación corrieron con rapidez. Incluso una de las hijas del merenguero, presente en el sitio del desastre, llegó a declarar con desesperación que su padre había sido rescatado con vida y trasladado de urgencia a una clínica cercana. Sin embargo, la esperanza se desmoronó cuando los organismos de socorro desmintieron la información, confirmando que ninguna persona con las características del cantante había sido evacuada con vida. Poco después, las autoridades recuperaron su cuerpo inerte, desatando una ola de dolor colectivo que ha dejado al ambiente artístico internacional en un profundo estado de conmoción.
Para comprender la magnitud de la pérdida de este titán de la música, es necesario realizar un viaje
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hacia el pasado, descubriendo una trayectoria de resiliencia extrema que comenzó mucho antes de que su voz conquistara los grandes escenarios del continente. Nacido el 8 de marzo de 1956 en Haina, República Dominicana, el pequeño Roberto nunca soñó con ser cantante de merengue. Su verdadera y más grande pasión infantil era el béisbol. Inspirado por su hermano, el destacado pelotero Nafy Pérez, el joven Roberto entrenaba día y noche con la firme ilusión de llegar algún día a las Grandes Ligas.
No obstante, el destino le tenía deparado un giro dramático y desgarrador. En el año 1972, con apenas 15 años de edad, un automóvil lo atropelló de forma brutal en las calles de su ciudad natal. Las heridas fueron tan severas que el adolescente pasó un año entero recluido en un hospital y permaneció en un estado de coma profundo durante 30 días consecutivos. Al despertar, se encontró en una situación deplorable: con el cuerpo completamente inmovilizado y suspendido por aparatos médicos. El proceso de recuperación posterior fue un auténtico calvario que le tomó dos años enteros de su vida, durante los cuales tuvo que aprender desde cero a hablar y a caminar nuevamente. Las secuelas físicas permanentes sepultaron para siempre sus aspiraciones deportivas, sumiendo al joven en una severa depresión donde llegó a perder el deseo de seguir viviendo.
Fue en medio de esa profunda oscuridad hospitalaria donde la música apareció como una tabla de salvación celestial. Con una guitarra prestada y desde su lecho de dolor, comenzó a cantar para aliviar el sufrimiento de los demás enfermos, sin sospechar que estaba forjando la potencia de una voz inigualable. Poco tiempo después de recibir el alta médica, un amigo de su comunidad lo invitó a unirse al coro de la iglesia local, la Sociedad de Orientación Juvenil. Aunque al principio se mostró reacio, esta experiencia musical le abrió las puertas de manera inmediata al Conservatorio Nacional de Música y, de forma colateral, al circuito de las orquestas profesionales.
Su ascenso en el exigente ambiente artístico dominicano fue meteórico. Tras pasar por agrupaciones como Los Pitágoras del Ritmo y Los Juveniles de Baní, la gran oportunidad de su vida llegó en 1980 cuando llamó la atención del legendario Fernando Villalona, “El Mayimbe”. Al escucharlo cantar, Villalona quedó impactado por su registro vocal y lo integró de inmediato a su prestigiosa orquesta. Fue precisamente en esta etapa donde, por sugerencia del propio Villalona para buscar un nombre más comercial, el artista adoptó el seudónimo definitivo de Rubby Pérez. A pesar de las marcadas dificultades económicas iniciales del grupo, donde apenas ganaba 35 pesos por presentación y en ocasiones no tenía dinero para la leche de sus hijos, Rubby siempre consideró a Fernando Villalona como un hermano mayor que lo protegió y lo apoyó incondicionalmente en los momentos de mayor vulnerabilidad.
En 1981, buscando una mayor estabilidad económica para el sustento de su familia, Rubby aceptó una lucrativa oferta para unirse a Los Hijos del Rey, cobrando la asombrosa suma de 100 dólares por baile. Un año más tarde, en 1982, su talento excepcional lo llevó a la legendaria orquesta de Wilfrido Vargas, inicialmente como un préstamo temporal para inyectar vitalidad a la agrupación. Fue bajo la estricta tutela de Wilfrido Vargas donde el talento de Rubby Pérez alcanzó su máxima expresión y resonancia internacional.
En su primer viaje con la agrupación a Colombia, Wilfrido le encomendó interpretar de imprevisto el tema El Africano, pieza que se convirtió en un éxito colosal de la radio de manera inmediata. La disciplina imperante en la orquesta de Wilfrido Vargas, descrita por el propio Rubby como un auténtico régimen militar, moldeó el carácter profesional del cantante. Su impacto dentro de la banda fue tan descomunal que logró romper la estricta norma del director de no permitir que un vocalista grabara más de una canción para evitar que adquiriera demasiada fama y abandonara el grupo. Rubby Pérez grabó la impresionante cantidad de 22 temas emblemáticos durante los cinco años que permaneció al lado del maestro Vargas.
Hacia finales de 1985, tras un malentendido provocado por el extremo agotamiento de las giras internacionales, Rubby salió de la orquesta de Wilfrido Vargas. Sin embargo, las puertas del éxito masivo se abrieron de par en par cuando el maestro Ramón Orlando y el productor Bienvenido Rodríguez le ofrecieron interpretar una canción que había sido rechazada previamente por otros artistas: Volveré. Lanzado a las ondas radiales el 19 de diciembre de ese año, el tema se convirtió en un fenómeno cultural sin precedentes en apenas tres días, transformándose en el himno definitivo de su carrera y consolidándolo como una superestrella de la música tropical.
Tras firmar con el sello Karen Records, Rubby fundó su propia orquesta en 1986, debutando con el exitoso álbum Buscando tus besos, el cual incluyó éxitos bailables memorables como Dame Veneno y Contigo. A pesar de los triunfos iniciales, la relación con la disquera se deterioró significativamente cuando el productor volcó toda su atención hacia el emergente fenómeno de Juan Luis Guerra, dejando a Rubby y a otros talentos en un evidente segundo plano. Sin fondos económicos pero con una determinación inquebrantable, Rubby Pérez tomó la valiente decisión de emigrar de la República Dominicana para internacionalizar aún más su propuesta musical, cosechando un éxito arrollador en plazas exigentes como Venezuela, Brasil y Colombia a través de producciones notables como Simplemente Amor, Ojos, Amores Extraños y su más reciente propuesta Hecho Está en el año 2022.
Más allá del brillo de los reflectores, los premios Casandra, los discos de oro y de platino, la vida personal de Rubby estuvo marcada por el amor incondicional de su esposa, Inés Lizardo, con quien compartió su vida desde que ambos tenían 12 años de edad. A lo largo de más de 47 años de matrimonio y cuatro hijos en común, Inés se convirtió en el pilar fundamental que sostuvo al artista, tolerando incluso las turbulencias de su vida personal y aceptando a los hijos nacidos fuera del matrimonio. La tragedia golpeó con fuerza el corazón del merenguero cuando Inés falleció en el año 2022 tras una dura batalla contra el cáncer de mama. Fiel a su amor y al arte de su compañero, Inés le pidió en su lecho de muerte que jamás abandonara los escenarios, una promesa que Rubby cumplió con creces hasta el último suspiro de su vida.
Hoy, la imponente voz que conmovió a múltiples generaciones se ha apagado físicamente, pero su extraordinario legado musical, su inigualable ejemplo de superación ante la adversidad y la alegría inconfundible de sus canciones permanecerán grabados eternamente en el alma y la identidad de la cultura latinoamericana.