Pensé que había encontrado el amor de mi vida en Estados Unidos, un hombre que me prometió que seríamos una familia, que mi hijo tendría un padre. Pero cuando llegó el momento de la verdad, cuando mi niño más lo necesitaba, él me dijo las palabras que jamás podré olvidar. O él se va o me voy yo.
Nunca imaginé que el precio de mi felicidad sería tan alto, ni que tendría que elegir entre el hombre que amaba y el hijo que había criado sola durante 15 años. Mi nombre es Cecilia Aguilar, tengo 50 años y esta es mi historia, una historia que duele contar, pero que necesito compartir porque sé que hay muchas mujeres como yo.
Mujeres que han sacrificado todo por sus hijos y que han aprendido a la mala que el amor no siempre es suficiente. Todo comenzó en Guanajuato, en mi querido pueblo de Dolores Hidalgo, donde nací y crecí entre el aroma del café de olla y el sonido de las campanas de la parroquia. Era el año 2008 cuando mi mundo se desmoronó por primera vez. Mi esposo, el padre de mi hijo Diego, nos abandonó de la noche a la mañana.
Una mañana despertamos y él ya no estaba. Se había ido con otra mujer, dejándome sola con un niño de 3 años y sin un peso en el bolsillo. Los primeros meses fueron los más duros de mi vida. Trabajaba limpiando casas desde las 5 de la mañana hasta las 8 de la noche, ganando apenas lo suficiente para pagar la renta de nuestro cuartito y comprar frijoles y tortillas.
Diego era muy pequeño, pero ya notaba que algo había cambiado. Me preguntaba por su papá todos los días y yo no sabía qué decirle. ¿Cómo le explicas a un niño de 3 años que su padre decidió que no los quería? Las noches eran las peores. Después de acostar a Diego, me sentaba en la cocina y lloraba en silencio, preguntándome qué había hecho mal, por qué no fui suficiente para que se quedara.
Mis padres ya habían muerto y mis hermanas tenían sus propios problemas. Estaba completamente sola en este mundo con la única responsabilidad de sacar adelante a mi hijo. Durante 5 años luchamos así. Diego creció viendo cómo su mamá trabajaba día y noche, como a veces no había dinero ni para el camión, cómo teníamos que caminar kilómetros bajo el sol para ahorrar esos pocos pesos.
Era un niño muy inteligente y nunca se quejó. Pero yo veía en sus ojos que entendía nuestra situación. Eso me partía el corazón más que cualquier otra cosa. Fue en 2013 cuando comencé a escuchar las historias de otras mujeres del pueblo que se habían ido al norte. Regresaban con dinero, con ropa nueva, con historias de trabajos que pagaban en dólares.
Al principio pensé que exageraban, que era imposible ganar tanto dinero limpiando casas. Pero una tarde mi vecina Rosa llegó de Texas y me enseñó los billetes que traía. Eran más dólares de los que yo había visto en toda mi vida. Cecilia me dijo esa tarde, mientras tomábamos café en mi cocina, allá en Houston hay trabajo para todas.
Las señoras americanas pagan bien por una mujer que sepa limpiar y cocinar como nosotras. En un mes ganas lo que aquí no ganas en un año. Esa noche no pude dormir. La idea de dejar a Diego me desgarraba por dentro, pero también sabía que si me quedaba en Dolores Hidalgo, nunca íbamos a salir de la pobreza.

Mi hijo ya tenía 8 años y necesitaba tantas cosas que yo no podía darle. útiles escolares, ropa que no fuera de segunda mano, medicina cuando se enfermaba. Sobre todo, necesitaba que su mamá no llegara todos los días cansada y triste a la casa. Durante semanas le di vueltas al asunto. Le pregunté a Rosa mil detalles sobre el viaje, sobre el trabajo, sobre la vida allá.
Ella me contó que había familias mexicanas que se ayudaban entre sí, que había iglesias donde daban comida, que los niños podían ir a la escuela sin papeles. Pero también me advirtió sobre los peligros, la migra, los coyotes que no se podía confiar, el frío del invierno, la soledad de estar lejos de todo lo conocido. No te voy a mentir, Cecilia, me dijo una tarde.
Es muy duro los primeros años. extrañas hasta el aire de aquí, pero si lo que quieres es darle un futuro mejor a tu hijo, no hay otra opción. La decisión la tomé una noche de diciembre cuando Diego llegó de la escuela con los ojos rojos de tanto llorar. Otros niños se habían burlado de él porque sus zapatos estaban rotos y se le veían los dedos.
Esa noche, mientras lo ayudaba con la tarea a la luz de una vela porque no habíamos pagado la luz, supe que tenía que intentarlo. Le dije a Diego que mamá se iba a ir a trabajar lejos por un tiempo, que era para conseguir dinero y que después él vendría conmigo. Tenía 9 años y entendía más de lo que yo quisiera. No lloró, no me reprochó nada, solo me abrazó muy fuerte y me dijo que él me iba a esperar, que se iba a portar bien con su tía Carmen, mi hermana mayor, que había aceptado cuidarlo.
Los días antes del viaje fueron un torbellino de emociones. Vendí todo lo poco que tenía, la estufa, la mesa, mis pocas joyas. Con ese dinero y los ahorros que había guardado durante meses, junto los 8,000 pesos que me pedía el coyote que Rosa me había recomendado. La noche antes de partir, Diego y yo cenamos quesadillas y chocolate caliente, su comida favorita.
Le prometí que en seis meses estaría de vuelta para llevármelo conmigo, que íbamos a tener una casa con su propio cuarto y una televisión grande. Él me creyó, o al menos fingió creerme. Ahora que lo pienso, creo que los dos sabíamos que las cosas no iban a ser tan fáciles como yo le decía.
El viaje comenzó el 15 de enero de 2014. Nunca voy a olvidar esa fecha porque fue cuando mi vida cambió para siempre. El coyote se llamaba Joaquín, un hombre moreno y serio que no hablaba mucho. Éramos 12 personas, ocho hombres, tres mujeres y yo, todos íbamos por la misma razón, buscando una oportunidad que México no nos daba.
Los primeros dos días viajamos en una camioneta vieja que se descomponía cada pocas horas. Dormíamos donde se podía, en el monte, en casas abandonadas, a veces ni dormíamos. El frío era terrible y yo solo traía un suéter delgado porque pensé que iba a hacer calor. Los demás compartían sus cobijas conmigo, pero de madrugada el frío se metía hasta los huesos.
La comida era poca y mala. Tortillas duras, frijoles fríos, agua que sabía raro. Joaquín nos decía que no nos quejáramos, que esto era un hotel de cinco estrellas comparado con lo que venía después. No entendí qué quería decir hasta que llegamos al desierto. Dios mío, el desierto. Nunca había visto tanta inmensidad, tanta soledad.
Era como estar en otro planeta. Durante el día, el sol quemaba sin piedad y en la noche el frío era tan intenso que me dolían los dientes. Caminábamos de noche y descansábamos escondidos durante el día. Joaquín nos había advertido que si alguien se quedaba atrás no íbamos a esperarlo. Esas palabras me daban terror.
El segundo día en el desierto, una de las mujeres que venía con nosotros se desvaneció. Se llamaba María y tenía mi edad. Simplemente se desplomó caminando como si alguien le hubiera quitado las pilas. Los hombres la cargaron un rato, pero Joaquín dijo que no podíamos seguir así, que nos íbamos a retrasar y la migra nos iba a agarrar a todos.
Dejamos a María en la sombra de un arbusto con una botella de agua y la promesa de Joaquín de que mandaría ayuda. Yo sabía que era mentira, que nadie iba a regresar por ella. Esa noche no pude dormir pensando en Diego, imaginándome que yo podría ser la siguiente en quedarse atrás. Me preguntaba si había hecho bien en dejar a mi hijo para buscar un futuro incierto.
Al cuarto día, llegamos a un lugar que Joaquín llamó el punto de encuentro. Era una casa abandonada en medio de la nada, con las ventanas rotas y olor a animales muertos. Ahí nos dijeron que teníamos que esperar a que llegara la persona que nos iba a pasar al otro lado. Esperamos dos días completos, comiendo solo una tortilla al día y tomando agua de lluvia que recogíamos en botes.
Fue en esa casa abandonada donde conocí a Roberto. Era uno de los hombres del grupo. Tenía unos 45 años y venía de Michoacán. A diferencia de los otros, él siempre trataba de animarnos, de decirnos que todo iba a salir bien. Me contó que tenía tres hijos y que esta era su tercera vez intentando cruzar. Las otras dos veces lo habían deportado, pero él no se daba por vencido.
“Mi esposa me dice que ya no regrese.” Me contó una noche mientras esperábamos en esa casa horrible. Dice que prefiere que esté vivo y pobre en México, que muerto y rico en Estados Unidos. Pero yo no puedo quedarme de brazos cruzados viendo como mis hijos no tienen ni para los útiles de la escuela. Roberto era diferente.
Me daba la mitad de su comida cuando veía que yo tenía hambre. Me prestaba su chamarra cuando el frío era insoportable. Los otros hombres solo pensaban en ellos mismos, pero él tenía algo especial, una bondad que se le notaba en los ojos. La noche antes de cruzar nos juntamos un momento a solas. me contó más sobre su familia, sobre sus sueños de traer a sus hijos a Estados Unidos algún día.
Yo le hablé de Diego, de lo difícil que había sido dejarlo, de mis miedos y esperanzas. Fue la primera vez en años que pude hablar con alguien de mis sentimientos más profundos. Cecilia me dijo esa noche, “Prometo que si algo me pasa a mí, tú vas a estar bien y si algo te pasa a ti, yo voy a encontrar la forma de ayudar a tu hijo.
” Esas palabras me dieron una paz que no había sentido desde que salí de Dolores Hidalgo. Por primera vez en el viaje sentí que no estaba completamente sola. El cruce fue al amanecer del sexto día. Joaquín nos despertó cuando todavía estaba oscuro y nos dijo que teníamos que movernos rápido.
Había una cerca muy alta con alambre de púas y del otro lado podíamos ver las luces de una ciudad americana. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que todos lo iban a escuchar. Roberto me ayudó a pasarla cerca. Mis manos se cortaron con el alambre, pero el dolor no era nada comparado con la emoción de estar finalmente del otro lado.
Habíamos logrado cruzar la frontera. Después de seis días de infierno, estábamos en Estados Unidos, pero nuestra pesadilla apenas comenzaba. Al otro lado de la cerca nos esperaba otro coyote, un hombre joven que hablaba inglés y español. nos metió en la parte de atrás de un tráiler amontonados como animales.
Éramos más de 20 personas en un espacio donde cabían 10. El aire era tan escaso que algunas personas se desmayaron. Viajamos así durante horas. No sabíamos a dónde íbamos. No podíamos ver nada. Solo escuchábamos el ruido del motor y sentíamos cuando el tráiler se detenía. Cada vez que paraba todos conteníamos la respiración pensando que era la migra.
El miedo era tan intenso que me dolía el estómago. Cuando finalmente se abrieron las puertas del tráiler, estábamos en Houston, Texas. Era de noche y hacía un frío que jamás había sentido. Roberto me ayudó a bajar y me dio su chamarra porque yo estaba temblando sin control. Mis piernas apenas me sostenían después de tantas horas encogida en ese espacio horrible.
El coyote nos llevó a una casa en un barrio que se veía peligroso. Había más mexicanos ahí, pero todos tenían cara de miedo, como si algo malo fuera a pasar. Esa noche dormimos en el suelo, amontonados como perros. Yo me agarré de la mano de Roberto y no la solté en toda la noche.
A la mañana siguiente comenzó mi nueva vida en Estados Unidos. Una vida que sería muy diferente a todo lo que había imaginado, llena de sorpresas que cambiarían mi destino para siempre. A la mañana siguiente, el coyote nos despertó a las 5. Nos dijo que teníamos que salir de esa casa inmediatamente, que era peligroso quedarse ahí más tiempo.
Roberto y yo nos despedimos de los otros del grupo, prometiéndonos que nos mantendríamos en contacto. Él tenía la dirección de un primo que vivía en el norte de Houston y yo tenía el teléfono de Rosa, mi vecina de Dolores Hidalgo, que me había dado el contacto de una señora mexicana que ayudaba a conseguir trabajo.
Nos subimos a un autobús urbano sin saber muy bien a dónde íbamos. Todo me parecía gigantesco, los edificios, las calles, los carros. Houston era mil veces más grande que cualquier ciudad que hubiera visto en mi vida. Roberto trataba de mantener la calma, pero yo notaba que él también estaba asustado. Ninguno de los dos hablaba inglés. Y cada vez que alguien se nos acercaba pensábamos que era la migra.
La señora que Rosa me había recomendado se llamaba Esperanza Vázquez. vivía en un barrio llamado Gulfton, donde había muchos mexicanos y centroamericanos. Cuando llegamos a su casa, una casita pequeña pero limpia, ella nos recibió como si nos conociera de toda la vida. Era una mujer mayor de unos 60 años, con el cabello canoso y una sonrisa que me recordó a mi mamá.
Mi hijos, bienvenidos”, nos dijo mientras nos ofrecía café y tortillas calientes. “Sé que vienen cansados y asustados, pero aquí van a estar seguros mientras consiguen trabajo.” Esperanza nos explicó cómo funcionaban las cosas. Ella tenía contactos con familias americanas que necesitaban empleadas domésticas, jardineros y trabajadores de construcción.
A cambio de conseguirnos trabajo, nosotros le pagábamos $50 de cada cheque semanal durante los primeros 3 meses. También nos alquilaba un cuarto en su casa por $200 al mes. Roberto y yo decidimos quedarnos juntos en el mismo cuarto. No era nada romántico, simplemente nos daba seguridad de estar acompañados en ese lugar tan extraño.
Dormíamos en camas separadas, pero por las noches hablábamos en voz baja sobre nuestras familias, nuestros miedos. nuestros planes. Mi primer trabajo fue con una familia americana que vivía en un barrio muy elegante llamado River Oaks. Los señores Thompson tenían una casa enorme con cinco recámaras, cuatro baños, una alberca y un jardín más grande que todo el pueblo donde yo crecí.
La señora Thompson era una mujer rubia de unos 40 años que hablaba muy rápido y siempre andaba apurada. El primer día fue terrible. Yo no entendía nada de lo que me decía y ella se desesperaba porque no le respondía correctamente. Me enseñó la casa corriendo, señalando cosas y diciendo palabras en inglés que sonaban como trabalenguas.
Bathroom, kitchen, laundry room, living room. Todo se me confundía. La señora Thompson me dejó una lista escrita de todo lo que tenía que hacer cada día. Esperanza me había enseñado algunas palabras básicas, clean, wash, vacum, iron, pero había muchas otras cosas en esa lista que no entendía. Pasé el primer día limpiando todo lo que veía, tratando de adivinar qué era lo que ella quería que hiciera.
El trabajo era agotador, la casa era tan grande que me tomaba todo el día limpiarla completa. Tenía que aspirar alfombras enormes, limpiar baños con productos que me lastimaban las manos, lavar y planchar montañas de ropa. La señora Thompson tenía dos niños pequeños que ensuciaban todo lo que yo acababa de limpiar, pero lo más duro era la soledad.
Durante todo el día no hablaba con nadie. La señora Thompson salía temprano y regresaba tarde. Los niños estaban en la escuela la mayor parte del tiempo. Yo me quedaba sola en esa casa gigante limpiando y pensando en Diego. Me preguntaba qué estaría haciendo, si habría ido a la escuela, si mi hermana Carmen lo estaba cuidando bien. Las primeras semanas fueron las más difíciles de mi vida.
Lloraba todos los días de camino al trabajo y de regreso a la casa de esperanza. Roberto trataba de animarme. Me decía que las cosas iban a mejorar, que solo necesitaba tiempo para acostumbrarme, pero yo me sentía perdida como un pez fuera del agua. El inglés era mi mayor problema. La señora Thompson me hablaba como si yo entendiera perfectamente y cuando no le respondía bien, se molestaba.
Una vez me gritó tanto que me puse a llorar ahí mismo en su cocina. Ese día llegué a la casa de esperanza, decidida a regresarme a México, pero Roberto me convenció de que no me rindiera. Cecilia, me dijo esa noche. Todos pasamos por esto. Yo también quise regresarme las primeras semanas cuando intenté cruzar la primera vez, pero piensa en Diego, piensa en por qué estás aquí.
Roberto había conseguido trabajo en una empresa de construcción. Salía todos los días a las 6 de la mañana y regresaba a las 7 de la noche, completamente agotado. Trabajaba bajo el sol de Texas, cargando materiales pesados, mezclando cemento, haciendo trabajos que requerían mucha fuerza física. Pero él nunca se quejaba. Decía que cada dólar que ganaba era un paso más cerca de traer a su familia.
Por las noches, después de cenar, Roberto me ayudaba a estudiar inglés. Esperanza nos había prestado unos libros viejos y Roberto había comprado un diccionario en una tienda de segunda mano. Él aprendía más rápido que yo porque en su trabajo tenía que hablar con americanos todo el día, pero era muy paciente conmigo.
Clean me decía señalando la escoba. Repeat. Clean. Clean repetía yo. Y él se reía de mi pronunciación. No, Cecilia, Clan, tienes que hacer el sonido de la i más largo. Esas clases de inglés se convirtieron en mi momento favorito del día. Roberto era un buen maestro y poco a poco comencé a entender palabras sueltas de lo que decía la señora Thompson.
Después de dos meses trabajando con los Thompson, comencé a sentirme más cómoda. Ya sabía dónde estaba cada cosa en la casa. había memorizado mi rutina diaria y podía entender las instrucciones básicas que me daba la señora Thompson. Incluso había logrado tener una conversación simple con ella sobre el clima, pero lo más importante era que ya había juntado suficiente dinero para llamar a Diego.
Esperanza tenía un teléfono en su casa que podíamos usar para llamadas internacionales. Cada domingo en la tarde yo llamaba a casa de mi hermana Carmen para hablar con mi hijo. Esas llamadas eran lo que me mantenía viva. Diego siempre sonaba contento de escucharme. que contaba sobre la escuela, sobre sus amigos, sobre las cosas que hacía con su tía.
Pero yo notaba algo diferente en su voz, una tristeza que trataba de esconder. Mi hermana me decía que Diego estaba bien, que era un niño muy obediente y estudioso, pero yo sabía que la extrañaba mucho. “Mami, ¿cuándo vienes por mí?”, me preguntaba al final de cada llamada. Pronto, mi amor”, le respondía yo, aunque sabía que no era cierto.
“Mamá está juntando dinero para que tengamos una casa bonita aquí.” Después de colgar, siempre me encerraba en mi cuarto a llorar. Roberto me consolaba. Me recordaba que todo lo que estaba haciendo era por Diego, que él iba a entender cuando fuera mayor. En esos meses, la relación entre Roberto y yo había cambiado.
Ya no éramos solo dos desconocidos que habían compartido una experiencia difícil. Nos habíamos convertido en algo parecido a una familia. Él me protegía, me cuidaba, se preocupaba por mí y yo había comenzado a sentir algo por él que no había sentido desde que me casé con el papá de Diego. Roberto era muy diferente a mi exesoso. Era trabajador, responsable, cariñoso, nunca me gritaba, nunca se emborrachaba, nunca me hacía sentir menos, al contrario, siempre me decía que era una mujer muy valiente, que admiraba todo lo que estaba haciendo por mi hijo. Una
noche de abril, después de tres meses de vivir juntos, Roberto me tomó de la mano mientras estudiábamos inglés y me dijo que me quería, no como amiga, sino como mujer. Me dijo que sabía que yo tenía un hijo, que sabía que mi situación era complicada, pero que no podía seguir fingiendo que solo éramos amigos.
Yo sabía que también lo quería. Durante semanas había estado luchando contra esos sentimientos, diciéndome a mí misma que no era el momento para enamorarme, que tenía que concentrarme en trabajar y juntar dinero para traer a Diego. Pero el corazón no entiende de planes ni de razones.
Esa noche nos convertimos en pareja. Roberto me abrazó como no me habían abrazado en años, con ternura, con respeto, con amor verdadero. Me dijo que quería que fuéramos una familia, que cuando Diego viniera a Estados Unidos, él lo iba a querer como si fuera su propio hijo. Los meses siguientes fueron los más felices que había vivido desde que llegué a Estados Unidos.
Roberto y yo trabajábamos durante el día y en las noches planeábamos nuestro futuro juntos. Él había comenzado a ganar más dinero porque su jefe lo había ascendido a supervisor y yo había conseguido un segundo trabajo limpiando una oficina. Los fines de semana rentamos un departamento pequeño, pero bonito, en un complejo donde vivían muchas familias mexicanas.
Tenía dos recámaras, una para nosotros y otra para Diego cuando llegara. Roberto pintó las paredes del cuarto de Diego de azul, su color favorito, según lo que yo le había contado. En octubre de 2014, exactamente 10 meses después de haber llegado a Houston, por fin tenía suficiente dinero para traer a Diego. Roberto me ayudó a contactar a un coyote confiable que se especializaba en traer niños.
Era más caro, pero también más seguro. La noche antes de que Diego comenzara su viaje, lo llamé para darle las últimas instrucciones. Mi hermana Carmen había hecho todo lo necesario. Le había comprado ropa nueva, una mochila pequeña con algunas cosas importantes y le había explicado cómo tenía que comportarse durante el viaje.
Mami, me dijo Diego por teléfono, ¿es cierto que allá hace mucho frío? Sí, mi amor, pero ya te compramos chamarra y ropa caliente. Ya no vas a pasar frío nunca más. Y el señor Roberto me va a querer. Claro que sí, mi cielo. Roberto ya te quiere mucho. Siempre habla de ti. Roberto estaba a mi lado durante esa llamada y cuando Diego preguntó eso, él me pidió el teléfono.
“Hola, Diego”, le dijo Roberto con voz suave. Soy Roberto. Tu mamá me ha contado muchas cosas bonitas de ti y quiero que sepas que te estoy esperando con muchas ganas. Ya tenemos tu cuarto listo con una cama nueva y juguetes. Escuché la voz emocionada de Diego del otro lado de la línea haciéndole mil preguntas a Roberto sobre su nuevo hogar.
En ese momento yo pensé que éramos la familia más afortunada del mundo. Diego llegó a Houston una semana después, el 31 de octubre, el día de Halloween. Roberto y yo fuimos a recogerlo al lugar donde se reunían con las familias. Cuando vi a mi hijo después de 10 meses de separación, no pude contener las lágrimas. Había crecido tanto, se veía más alto, más maduro, pero seguía siendo mi bebé.
se lanzó a mis brazos y nos quedamos abrazados durante varios minutos llorando de felicidad. Roberto esperó pacientemente a que termináramos nuestro reencuentro y luego se acercó a nosotros. “¿Tú eres Roberto?”, le preguntó Diego con curiosidad. “Sí, soy yo. ¿Qué tal estuvo el viaje?” “Muy largo y aburrido, pero ya estoy aquí con mi mami.
” Roberto se agachó para estar a la altura de Diego y le extendió la mano. “Mucho gusto, Diego. Bienvenido a tu nuevo hogar.” Diego le estrechó la mano muy serio, como todo un hombrecito. En ese momento yo pensé que habíamos superado la parte más difícil de nuestras vidas. Estábamos juntos, teníamos trabajo, teníamos un hogar y teníamos amor.
Pero la vida tenía otros planes para nosotros. Planes que pondrían a prueba todo lo que habíamos construido y que me obligarían a tomar la decisión más difícil de mi vida. Los primeros días con Diego en Houston fueron como un sueño. Roberto había tomado tres días libres en su trabajo para ayudarme a que mi hijo se adaptara a su nueva vida.
Recorrimos el departamento juntos, le mostramos su cuarto, le explicamos cómo funcionaban las cosas que él nunca había visto. El aire acondicionado, la lavadora de ropa, el microondas. Diego estaba fascinado con todo. En Dolores Hidalgo vivíamos en un cuartito sin agua caliente y aquí teníamos una regadera que salía agua tibia cuando él quería.
Había un supermercado gigantesco a dos cuadras donde vendían frutas de todos los colores, yogurts con sabores que él ni sabía que existían, cereales con formas de animales. “Mami”, me dijo la primera noche mientras cenábamos los tres juntos. “Aquí siempre hay tanta comida.” Sí, mi amor”, le respondí mientras le servía más pollo.
“Aquí nunca te va a faltar nada.” Roberto se esforzaba mucho por hacer que Diego se sintiera cómodo. Le había comprado una pelota de fútbol, algunos libros en español y ropa nueva para el frío que ya se acercaba. Por las tardes, cuando regresaba del trabajo, jugaba con él en el patio del complejo de departamentos.
Al principio, Diego respondía bien. Era un niño educado y agradecido. Siempre decía, “Por favor y gracias” cuando Roberto le daba algo. Pero yo notaba que había cierta distancia entre ellos, algo que no lograba entender completamente. La primera semana de noviembre inscribimos a Diego en la escuela del barrio. Era una escuela pública donde había muchos niños mexicanos, así que los maestros estaban acostumbrados a recibir estudiantes que no hablaban inglés.
Diego era muy inteligente y sabía leer y escribir perfectamente en español, así que los maestros dijeron que no iba a tener problemas para adaptarse. Pero las cosas comenzaron a complicarse cuando Diego empezó a ir a clases todos los días llegaba a la casa callado, de mal humor, y se encerraba en su cuarto.
Cuando le preguntaba qué le pasaba, me decía que nada, que estaba bien, pero yo lo conocía y sabía que algo andaba mal. Una tarde la maestra me llamó por teléfono. Me explicó con la ayuda de una intérprete que Diego se había peleado con otro niño durante el recreo. Aparentemente el niño se había burlado de él porque no sabía hablar inglés y Diego le había dado un puñetazo en la cara.
Esa noche tuve una conversación muy seria con mi hijo. Le expliqué que no podía andar peleándose en la escuela, que eso nos podía traer problemas con las autoridades. Diego me escuchó en silencio, pero cuando terminé de hablar dijo algo que me partió el corazón. Mami, yo no quiero estar aquí. Quiero regresar a México con la tía Carmen.
Me quedé sin palabras. Después de todo lo que había sacrificado para traerlo, después de 10 meses separados, mi hijo me decía que quería regresar. ¿Por qué dices eso, mi amor? ¿No te gusta tu cuarto nuevo? ¿No te gusta la comida rica que comemos ahora? Sí, me gusta, me respondió con lágrimas en los ojos. Pero allá tenía amigos.
Aquí nadie me entiende cuando hablo y los niños se ríen de mí. Además, agregó mirando hacia la sala donde Roberto estaba viendo televisión. Él no es mi papá. Esas palabras me dolieron más que todo lo que había pasado durante el viaje al norte. Diego tenía razón. Roberto no era su papá, pero yo había pensado que con tiempo, cariño y paciencia ellos podrían formar una relación especial.
Esa noche hablé con Roberto sobre lo que había pasado. Le conté lo que Diego me había dicho y él se quedó pensativo durante varios minutos antes de responder. Cecilia, yo entiendo al niño. Es normal que se sienta confundido. Ha pasado por muchos cambios muy rápidos. Solo necesitamos darle más tiempo. Roberto tenía razón y yo quería creerle.
Pero las semanas siguientes fueron cada vez más difíciles. Diego se volvió rebelde y contestó, “No quería que Roberto lo llevara a la escuela. No quería comer la comida que él cocinaba cuando yo llegaba tarde del trabajo. No quería que me abrazara cuando él estaba presente.” Una noche, Diego tuvo una pesadilla terrible y despertó gritando.
Cuando corrí a su cuarto a consolarlo, él se aferró a mí llorando y me dijo que había soñado que un hombre malo se llevaba a su mamá. y él se quedaba solo otra vez. Roberto había venido detrás de mí para ver qué pasaba y cuando Diego lo vio parado en la puerta, gritó más fuerte. Que se vaya, no lo quiero aquí. Roberto salió del cuarto sin decir nada, pero yo vi el dolor en sus ojos.
Esa noche me quedé durmiendo con Diego en su cama, consolándolo hasta que se calmó. Pero cuando regresé a mi cuarto, Roberto estaba despierto mirando el techo. Cecilia, me dijo sin voltear a verme. Creo que el niño me tiene miedo. No es miedo, le respondí, aunque no estaba segura. Es que está celoso. Piensa que le vas a quitar su lugar conmigo.
Y no es cierto, me preguntó. Y esa pregunta me dejó sin respuesta. La situación empeoró cuando Roberto comenzó a poner reglas en la casa. Diego tenía la costumbre de dejar sus juguetes tirados en la sala, de no recoger su plato después de comer, de quedarse despierto hasta muy tarde viendo televisión. En México yo nunca le había exigido mucho porque éramos solo él y yo.
Y después de trabajar todo el día no tenía energía para andar regañándolo. Pero Roberto había crecido en una familia muy estricta donde los niños tenían que obedecer sin rechistar. comenzó a decirle a Diego que tenía que hacer la tarea antes de jugar, que tenía que ayudar a poner la mesa, que tenía que irse a dormir a las 8:30 en punto.
Diego no estaba acostumbrado a que un extraño le diera órdenes y comenzó a desafiar a Roberto abiertamente. Cuando Roberto le decía que recogiera sus juguetes, Diego me miraba a mí esperando que lo defendiera. Cuando Roberto le decía que era hora de dormir, Diego le respondía que él solo obedecía a su mamá.
Yo me encontraba en el medio de esa guerra silenciosa tratando de mantener la paz en mi propia casa. Por un lado, entendía que Roberto tenía razón, que Diego necesitaba disciplina y estructura. Por otro lado, no podía soportar ver a mi hijo tan infeliz, tan rebelde, tan diferente al niño cariñoso que había sido siempre.
Las discusiones entre Roberto y yo comenzaron en diciembre. Discusiones en voz baja para que Diego no escuchara, pero discusiones al fin. Él decía que yo era muy permisiva con Diego, que lo estaba malcriando, que un niño de 10 años tenía que aprender a respetar a los adultos. Yo le decía que Diego había pasado por muchos cambios, que necesitaba comprensión, no más presión.
Cecilia, si no pones límites ahora, ese niño se va a volver incontrolable cuando sea adolescente”, me decía Roberto. “Yo he visto lo que pasa con los hijos de inmigrantes que crecen sin disciplina. Se meten en problemas, se juntan con pandillas, terminan en la cárcel. Diego, no es así”, le gritaba yo. Es un niño bueno que solo está confundido.
Necesita amor, no regaños. ¿Y qué crees que estoy haciendo yo? Todo lo que hago es por su bien, porque lo quiero como si fuera mi hijo. Pero esa era precisamente la mentira que ninguno de los dos quería admitir. Roberto no quería a Diego como si fuera su hijo y Diego sabía perfectamente que Roberto no era su papá.
La crisis llegó una noche de enero después de 3 meses de tensión constante en la casa, Diego había llegado de la escuela con una nota de la maestra, diciendo que no había hecho la tarea durante toda la semana. Roberto se molestó mucho y le dijo a Diego que estaba castigado, que no podía ver televisión ni jugar hasta que se pusiera al corriente con todas sus tareas.
Diego se puso furioso y le gritó a Roberto que él no podía castigarlo, que no era nadie para darle órdenes. Roberto, que estaba cansado después de un día difícil en el trabajo, perdió la paciencia y le gritó de vuelta que mientras viviera en esa casa tenía que obedecer las reglas. Esta no es tu casa. le gritó Diego.
Es la casa de mi mamá. Tú no pintas nada aquí. Ya basta, gritó Roberto. Y por un momento pensé que le iba a pegar a Diego, pero se controló. Respiró profundo y me miró directamente a los ojos. Cecilia, o ese niño aprende a respetarme o yo no puedo seguir viviendo aquí. Esa noche, después de que Diego se durmió, Roberto y yo tuvimos la conversación más difícil de nuestra relación.
me dijo que me amaba, que quería pasar el resto de su vida conmigo, pero que no podía seguir viviendo en una casa donde se sentía como un extraño. Desde que llegó Diego, tú y yo, casi no hablamos, me dijo. Siempre estás defendiéndolo de mí como si yo fuera el enemigo. Entiendo que es tu hijo y que lo amas, pero yo también necesito mi lugar en esta relación.
Tenía razón. Desde que Diego había llegado, yo me había volcado completamente en él tratando de compensar los 10 meses que habíamos estado separados. Roberto había pasado a segundo plano y nuestra relación se había vuelto tensa y fría. No sé qué hacer, Roberto, le confesé llorando. Diego es lo más importante en mi vida, pero tú también eres importante.
No quiero perderte, pero tampoco puedo cambiar a mi hijo. No te estoy pidiendo que cambies a Diego, me respondió. Te estoy pidiendo que me apoyes cuando trato de educarlo, que no me hagas sentir como si fuera el malo de la película cada vez que le digo que haga algo. Prometí que iba a intentar encontrar un balance, que iba a hablar con Diego para explicarle que Roberto no era su enemigo, pero en el fondo yo sabía que el problema era más profundo que eso.
Los siguientes meses fueron una montaña rusa emocional. Había días buenos cuando Diego y Roberto parecían llevarse bien, cuando cenábamos los tres juntos riéndonos y contando anécdotas. Pero también había días terribles cuando Diego hacía berrinches y Roberto perdía la paciencia, cuando yo me sentía dividida entre los dos hombres más importantes de mi vida.
En abril, las cosas empeoraron aún más cuando Roberto perdió su trabajo. La empresa de construcción donde trabajaba tuvo que despedir a varios empleados y como Roberto no tenía papeles, fue uno de los primeros en irse. Eso significaba que yo era la única que estaba trabajando y el dinero se volvió muy ajustado. Roberto comenzó a buscar otro trabajo, pero no era fácil.
Pasaba días enteros en la casa con Diego y eso aumentó la tensión entre ellos. Diego se quejaba de que Roberto lo molestaba mucho, que no lo dejaba ver televisión en paz, que siempre le decía que fuera a estudiar o a hacer algo productivo. Una tarde llegué del trabajo y encontré a Diego llorando en su cuarto. Roberto estaba en la sala con cara de enojo.
Cuando le pregunté qué había pasado, Roberto me contó que Diego había estado jugando videojuegos toda la tarde en lugar de hacer la tarea y que cuando él le dijo que los apagara, Diego le había faltado al respeto. ¿Qué le dijiste exactamente? Le pregunté a Diego. Mi hijo me miró con lágrimas en los ojos y me dijo algo que nunca voy a olvidar.
Le dije que ojalá nunca hubiera venido a vivir con nosotros, que estábamos mejor cuando éramos solo tú y yo. Esa noche, Roberto me dijo que ya no podía más, que amaba mucho, pero que la situación se había vuelto insostenible. Me pidió que tomara una decisión. O Diego aprendía a aceptarlo como parte de la familia o él se iba de la casa.
No puedes pedirme que escoja entre tú y mi hijo”, le dije llorando. No te estoy pidiendo que escojas, me respondió. Te estoy diciendo que así como están las cosas, esto no funciona. Algo tiene que cambiar. Pero yo sabía que no iba a cambiar nada. Diego tenía 11 años y había vivido toda su vida siendo el centro de mi universo. No iba a aceptar fácilmente compartir a su mamá con otro hombre.
Y Roberto tenía 37 años. Había crecido sin hijos propios y no sabía cómo manejar a un niño que lo veía como un intruso. Durante semanas traté de encontrar una solución. Hablé con Diego. Le expliqué que Roberto no quería quitarle su lugar, que solo quería ser parte de nuestra familia. Hablé con Roberto.
Le pedí que fuera más paciente, que recordara todo lo que Diego había pasado, pero en el fondo yo sabía que se acercaba el momento de tomar una decisión que cambiaría nuestras vidas para siempre. Una decisión que ninguna madre debería tener que tomar, pero que las circunstancias me estaban obligando a enfrentar. La gota que derramó el vaso llegó una noche de julio, exactamente 2 años después de que Roberto y yo nos convirtiéramos en pareja.
Diego había comenzado las vacaciones de verano y estaba en casa todo el día. Roberto había conseguido un trabajo nuevo, pero era de medio tiempo y ganaba menos dinero que antes. El estrés económico se sumaba a los problemas familiares que ya teníamos. Esa noche llegué del trabajo más cansada que de costumbre. La señora Thompson me había tenido limpiando toda su casa porque iba a tener una fiesta el fin de semana y yo había pasado 8 horas de rodillas tallando pisos y limpiando ventanas.
Lo único que quería era llegar a casa, darme un baño caliente y cenar tranquila con mi familia. Pero cuando abrí la puerta del departamento, me encontré con una escena que jamás voy a olvidar. Diego estaba sentado en el sofá con la cara roja de tanto llorar y un moretón en el brazo. Roberto estaba parado frente a él con los puños cerrados y una expresión en el rostro que nunca le había visto.
¿Qué pasó aquí?, pregunté, aunque por el ambiente tenso ya me imaginaba que había sido algo grave. “Tu hijo me faltó al respeto por última vez”, me dijo Roberto sin voltear a verme. Le pedí que recogiera el cochinero que hizo en la cocina y me dijo que se podía ir al infierno, que él no era mi sirviente.
Me acerqué a Diego y vi que tenía marcas rojas en el brazo, como si alguien lo hubiera agarrado muy fuerte. “¿Te puso las manos encima?”, le pregunté a mi hijo. Y él asintió con lágrimas en los ojos. Solo lo agarré del brazo para que no se fuera cuando le estaba hablando. Se defendió Roberto. No le pegué, pero ya estoy harto de que me conteste como si yo fuera un perro.
Roberto, él es un niño, le grité. No puedes agarrarlo así. Ese niño tiene 12 años, Cecilia. Ya sabe lo que está bien y lo que está mal. Y lo que está mal es que me trate como si fuera basura en mi propia casa. Esta no es tu casa. Gritó Diego desde el sofá. Mi mamá pagó la renta antes de que tú llegaras.
Tú no eres nada aquí. Roberto se volteó hacia Diego con una furia que me dio miedo. Por un momento pensé que le iba a pegar y me puse entre los dos. Ya basta los dos, grité. Roberto, vete a nuestro cuarto. Diego, tú quédate aquí conmigo. Roberto me miró con una mezcla de dolor y enojo que nunca había visto en sus ojos.
sin decir una palabra, se fue al cuarto y cerró la puerta con un portazo que hizo temblar todas las paredes. Me senté junto a Diego y lo abracé mientras él seguía llorando. Le revisé el brazo y vi que tenía marcas de dedos, pero no estaba lastimado gravemente. Aún así, mi corazón se partía al ver a mi hijo así. “Cuéntame exactamente qué pasó”, le dije con voz suave.
Diego me contó que había estado comiendo cereal en la cocina mientras veía caricaturas en su tablet. Cuando terminó, dejó el plato y la cuchara en la mesa y se fue a su cuarto a jugar. Roberto llegó del trabajo, vio el desorden y le gritó que fuera a limpiar inmediatamente. Yo le dije que iba a limpiar después, que estaba jugando me explicó Diego, pero él me dijo que tenía que hacerlo ahora, que no era su sirvienta para andar limpiando lo que yo ensuciaba.
Entonces yo me enojé y le dije que se fuera al infierno, que él no era mi papá para darme órdenes. Diego, eso no se dice. Lo regañé suavemente. Roberto vive con nosotros y tienes que respetarlo. ¿Por qué? Me preguntó mi hijo con los ojos llenos de lágrimas. ¿Por qué tengo que respetarlo si él no me respeta a mí? Desde que llegué, él siempre me está regañando.
Siempre me dice que hago todo mal. Yo no pedí que viniera a vivir con nosotros. Sus palabras me dolieron porque sabía que tenía razón. Roberto no había sido malo con Diego a propósito, pero tampoco había sido el padre comprensivo que yo había esperado que fuera. Esa noche, después de que Diego se durmió, tuve la conversación más difícil de mi vida con Roberto.
Él estaba sentado en la cama con la cabeza entre las manos. Cecilia, no puedo seguir así, me dijo sin levantar la vista. Cada día que paso en esta casa siento que sobro. Tu hijo me odia y tú siempre lo defiendes a él. Yo no siempre lo defiendo. Mentí, aunque los dos sabíamos que no era cierto. Solo trato de protegerlo. ¿De mí? Me preguntó.
Y esa pregunta me quedé callada porque no sabía cómo responder. Roberto se levantó de la cama y comenzó a caminar de un lado a otro del cuarto. Cuando te conocí, pensé que había encontrado a la mujer de mi vida. Pensé que podríamos ser una familia feliz los tres juntos, pero me equivoqué. Tu hijo nunca me va a aceptar y tú nunca vas a poner límites porque tienes miedo de que él se enoje contigo. Eso no es cierto.
Protesté, pero mi voz sonaba insegura hasta para mí misma. No. ¿Cuándo fue la última vez que me diste la razón cuando tuve un problema con Diego? ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste que yo también tengo derechos en esta casa? No pude responder porque Roberto tenía razón.
Durante los últimos meses, cada vez que había un conflicto entre ellos, yo automáticamente tomaba el lado de Diego, no porque pensara que Roberto estaba mal, sino porque no podía soportar ver a mi hijo triste. “Roberto, dame una oportunidad más”, le supliqué. “Voy a hablar con Diego. Le voy a explicar.” “No, Cecilia”, me interrumpió.
“Ya hemos tenido esta conversación demasiadas veces. Las cosas no van a cambiar. Tu hijo me ve como el enemigo que le quitó a su mamá. Y tú no estás dispuesta a hacer lo que sea necesario para cambiar esa situación. Roberto se sentó en la cama junto a mí y me tomó de las manos. Te amo, Cecilia. Te amo más de lo que he amado a cualquier mujer en mi vida.
Pero no puedo seguir viviendo en una casa donde no soy bienvenido. No puedo seguir sintiendo que estoy sobrando en mi propia relación. ¿Qué quieres que haga? Le pregunté llorando. ¿Quieres que mande a Diego de regreso a México? ¿Quieres que abandone a mi hijo? Quiero que tomes una decisión. me dijo con voz firme, “Oh, decides que quieres construir una vida conmigo con todo lo que eso significa.
¿O decides que prefieres estar sola con tu hijo, pero no puedes tener las dos cosas?” Esas palabras cayeron sobre mí como un balde de agua fría. Roberto me estaba pidiendo que escogiera entre él y Diego, entre el hombre que amaba y el hijo que había criado sola durante tantos años. “No puedes pedirme eso”, le dije entre soyosos. Es mi hijo, Roberto.
Es lo único que tengo en este mundo. ¿Y yo qué soy? Me preguntó con dolor en la voz. No significo nada para ti. Significas mucho, pero pero él es más importante. Terminó la frase por mí. Lo entiendo, Cecilia, y por eso me voy a ir. No pude dormir esa noche. Me quedé despierta hasta que amaneció pensando en todo lo que había pasado desde que llegué a Estados Unidos.
Recordé los primeros meses de soledad, cuando Roberto era la única persona que me consolaba cuando extrañaba a Diego. Recordé cómo habíamos planeado nuestro futuro juntos, cómo habíamos pintado el cuarto de Diego, esperando que fuéramos una familia feliz, pero también recordé los 10 meses que había pasado sin mi hijo, trabajando día y noche con la única meta de traerlo conmigo.
Recordé su vocecita por teléfono preguntándome cuándo iba a regresar por él. Recordé la promesa que le había hecho de que nunca más lo iba a abandonar. A la mañana siguiente, Roberto se levantó temprano y comenzó a empacar sus cosas. Diego estaba desayunando en la cocina cuando vio las maletas en la sala. ¿Se va?, me preguntó con una mezcla de alivio y curiosidad.
Sí, le respondí. Roberto se va a ir a vivir a otro lado. No le dije que era por culpa de él, aunque los dos sabíamos la verdad. Diego asintió sin decir nada más y siguió comiendo sus cereales como si nada hubiera pasado. Roberto terminó de empacar al mediodía. Cuando llegó el momento de irse, se acercó a mí y me abrazó por última vez.
No te odio, Cecilia, me susurró al oído. Entiendo tu decisión. Solo espero que algún día no te arrepientas, Roberto, le dije llorando. No podemos intentarlo una vez más. ¿No podemos buscar ayuda, ir con un consejero, algo? Hemos intentado durante dos años”, me respondió. “Si no ha funcionado hasta ahora, no va a funcionar nunca.
Tu hijo necesita ser el centro de tu vida y yo necesito una mujer que me haga sentir que también soy importante.” Roberto se fue esa tarde y nunca más lo volví a ver. Al principio traté de llamarlo varias veces, pero él nunca me contestó. Después supe por otros mexicanos del barrio que se había mudado a Dallas, que había conseguido un trabajo bueno allá y que unos meses después se había juntado con una mujer que no tenía hijos.
Los primeros meses después de que Roberto se fue fueron muy duros, no solo porque lo extrañaba, sino porque la situación económica se volvió más difícil. Con un solo sueldo, apenas podía pagar la renta, la comida y los gastos de Diego. Tuve que conseguir un segundo trabajo limpiando oficinas los fines de semana.
Diego, por el contrario, parecía más feliz que nunca. Volvió a ser el niño cariñoso que había sido siempre. Me ayudaba en la casa sin que se lo pidiera. Sacaba buenas calificaciones en la escuela. Era como si la partida de Roberto hubiera quitado una nube negra que había estado sobre nosotros. Mami”, me dijo una noche mientras cenábamos solos en la mesa de la cocina, “¿Estás triste porque Roberto se fue?” “Un poco”, le confesé, “pero lo importante es que tú y yo estamos bien.
” “Yo también estoy un poco triste”, me dijo sorprendiéndome. No lo odiaba, solo no quería que fuera mi papá. “Ya tengo un papá, aunque no esté con nosotros.” Esas palabras me hicieron entender algo que había estado negándome a ver durante 2 años. Diego no había rechazado a Roberto porque fuera malo, sino porque sentía que aceptarlo significaba traicionar la memoria de su padre biológico.
Para un niño de su edad, eso era demasiado complicado de manejar. Pasaron los años y Diego se convirtió en un joven responsable y estudioso. Aprendió inglés perfectamente, se graduó de la preparatoria con buenas calificaciones y consiguió una beca para estudiar ingeniería en la universidad. Todo lo que yo había soñado para él se estaba haciendo realidad.
Pero yo nunca volví a tener una relación seria. Salí con algunos hombres a lo largo de los años, pero siempre había algo que me detenía. Tal vez era el miedo de volver a pasar por lo mismo. O tal vez era que nunca pude olvidar completamente a Roberto. Ahora que tengo 50 años y que Diego ya es un hombre independiente con su propia vida, a veces me pregunto si tomé la decisión correcta.
Miro hacia atrás y veo a una mujer que sacrificó su oportunidad de ser feliz en el amor por proteger la relación con su hijo. ¿Valió la pena? La respuesta no es simple. Diego es un hombre maravilloso, un profesionista exitoso que me visita todos los fines de semana y me dice que soy la mejor mamá del mundo. Él está feliz, tiene una buena vida y nunca tuvo que compartir el amor de su madre con nadie más. Pero yo me quedé sola.
A los 50 años trabajo los mismos trabajos que hace 15 años. Vivo en el mismo departamento pequeño. Y por las noches me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera tomado una decisión diferente. Hace unos meses, Diego me dijo algo que me hizo reflexionar mucho. Estábamos cenando juntos cuando de repente me preguntó si yo había sido feliz criándolo sola. Claro que sí, le mentí.
Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida, mami”, me dijo mirándome directamente a los ojos. “Yo ya soy grande. Ya no necesito que sacrifiques tu felicidad por mí. Si algún día encuentras a alguien que te haga feliz, yo voy a apoyarte. No quiero que estés sola para siempre.” Esas palabras me dieron mucho en qué pensar.
Mi hijo, que ahora tiene 27 años, me estaba dando permiso de ser feliz. Pero no era demasiado tarde. A veces cuando paso por el barrio donde solía vivir con Roberto, me pregunto qué habría pasado si hubiera sido más firme con Diego desde el principio. Si hubiera establecido límites claros, si le hubiera hecho entender que Roberto no era su enemigo, habríamos podido ser una familia feliz los tres. Nunca lo voy a saber.
Lo que sí sé es que las decisiones que tomamos como madres siempre tienen consecuencias que no podemos prever. Decidí que mi hijo era más importante que mi felicidad personal y esa decisión me trajo tanto alegrías como tristezas. Hoy Diego me llama por teléfono para decirme que conoció a una muchacha muy bonita en su trabajo que cree que es la indicada.
Me cuenta que quiere casarse pronto y tener hijos. Y yo que pasé tantos años protegiéndolo de todo, ahora me preparo para verlo formar su propia familia y seguir su propio camino. Tal vez la vida me dará una segunda oportunidad. Tal vez todavía hay tiempo para encontrar el amor otra vez.
O tal vez mi destino es ser la madre que sacrificó todo por su hijo y encontrar la paz en saber que tomé la decisión que creía correcta en ese momento. Lo que nunca voy a dejar de preguntarme es si Roberto tenía razón. Si realmente era posible tener las dos cosas, el amor de un hombre y el amor de un hijo.
Si con más paciencia, más sabiduría y mejores decisiones habríamos podido ser la familia que todos soñábamos ser. Esta es mi historia, la historia de una mujer que vino a Estados Unidos buscando un futuro mejor para su hijo, que encontró el amor en el camino y que tuvo que elegir entre los dos. No sé si tomé la decisión correcta, pero fue la única que pude tomar con el corazón que tengo y las circunstancias que viví.
Ahora les toca a ustedes juzgar si valió la pena. Yeah.