El cine europeo y las historias de acción vivieron una época de oro que quedó marcada a fuego en la memoria colectiva de millones de espectadores gracias a dos nombres indisolubles: Terence Hill y Bud Spencer. Durante veintisiete años de trayectoria conjunta, esta icónica pareja cinematográfica produjo dieciocho películas que redefinieron las comedias de mamporros y el spaghetti western. Sin embargo, tras la dolorosa muerte de Spencer en el año 2016 , el querido Terence Hill, quien ha alcanzado la respetable edad de 86 años , ha decidido abrir su corazón por completo para revelar la verdad absoluta sobre una de las amistades más duraderas, genuinas y ejemplares del mundo del espectáculo, desmitificando por completo las dinámicas de rivalidad que suelen reinar en la industria de Hollywood.
Un encuentro marcado por el destino en el desierto de Almería
Aunque la creencia popular dicta que su colaboración fue planeada meticulosamente por grandes estudios, la realidad detrás del nacimiento de este dúo es una auténtica cadena de coincidencias afortunadas. Si bien es cierto que ambos actores coincidieron en los créditos de la película Aníbal en 1959 , en aquella ocasión ni siquiera compartieron escenas ni llegaron a cruzarse en el plató. El verdadero y definitivo primer encuentro se produjo de manera totalmente accidental en el año 1967, específicamente en Almería, España, durante los preparativos del rodaje de la película Dios perdona… yo no .
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Originalmente, el actor Peter Martel estaba contratado para el papel coprotagonista junto a Bud Spencer (cuyo nombre real era Carlo Pedersoli). No obstante, el destino intervino de forma drástica cuando, apenas un día antes de comenzar a grabar, Martel se rompió un pie . Ante la urgencia absoluta de encontrar un reemplazo inmediato, los productores llamaron de imprevisto a un joven Mario Girotti, quien precisamente para ese largometraje adoptó el nombre artístico de Terence Hill , homenajeando las iniciales de su madre alemana, Hildegard Thieme.

Al llegar al set, la química fue instantánea. Bud Spencer recordaría años más tarde con enorme afecto aquel momento exacto en que vio aparecer a ese joven de ojos azules intensos y sonrisa contagiosa , quien se presentó de forma sumamente educada, modesta y amable. Curiosamente, la conexión iba mucho más allá de la actuación: ambos descubrieron que en su juventud habían sido miembros del mismo club de natación en Roma, el prestigioso SS Lazio Nuoto . Mientras Hill era apenas un adolescente que entrenaba con ilusión, Spencer ya era una leyenda del deporte nacional, habiendo sido el primer nadador italiano en bajar de un minuto en los 100 metros libres y habiendo competido en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y Melbourne 1956 . Dos atletas del mismo club romano se encontraban, por azares del destino, en mitad del desierto español.
Polos opuestos que encajaron a la perfección
A partir de esa primera película, el éxito los persiguió de manera incansable. Filmaciones como Los cuatro truhanes (1968) y La colina de las botas (1969) consolidaron el formato, pero fue en 1970 cuando alcanzaron la cumbre del éxito con el estreno de Le llamaban Trinidad . Dirigida por Enzo Barboni, la obra se convirtió en el spaghetti western más taquillero de todos los tiempos. Su secuela, Le seguían llamando Trinidad (1971) , rompió récords históricos de asistencia tanto en Italia como en Alemania, transformándose en un fenómeno cultural sin precedentes.
Terence Hill ha explicado que gran parte de la magia radicaba en la absoluta libertad creativa y la compenetración intuitiva que tenían frente a las cámaras . Un claro ejemplo de esto fue el diseño del legendario “puñetazo de la paloma” . Durante los ensayos de sus primeras peleas ficticias, Spencer inventó la técnica de descargar el puño con fuerza directamente sobre la cabeza de su oponente, mientras que Hill aportó el detalle de saltar ligeramente en el aire antes de desplomarse totalmente plano contra el suelo, imitando el vuelo interrumpido de un ave . Asimismo, el nivel de compromiso era tal que Hill llegó a pasar veinticuatro horas seguidas sin probar bocado únicamente para rodar en una sola toma la icónica escena en la que devora con ansias un plato gigante de judías.
No obstante, lo que verdaderamente hizo que la fórmula funcionara a nivel humano fue el hecho de ser personas totalmente opuestas fuera del set. Terence Hill era el actor meticuloso, estudioso de la literatura clásica en la Universidad de Roma y formado bajo las órdenes de directores de la talla de Luchino Visconti en El Gatopardo (1963). Pasaba las noches analizando los guiones en la soledad de su habitación buscando cómo perfeccionar las escenas del día siguiente . Por el contrario, Bud Spencer era un gigante bonachón e instintivo que jamás había estudiado actuación y que prefería disfrutar de las cenas junto a todo el equipo técnico . Lejos de generar tensiones, estas diferencias eliminaron los celos y las envidias del camino. Se respetaban mutuamente y compartían una visión idéntica: mantener una vida privada completamente normal y no permitir que el éxito corrompiera sus mentes .

Un pacto inquebrantable de veintisiete años sin una sola discusión
La lista de éxitos continuó expandiéndose con el paso de los años, mutando hacia comedias de acción moderna inolvidables como Y si no nos enfadamos (1974) —famosa por el icónico coche Volkswagen Buggy— y Dos superpolicías (1977) . Su última película juntos fue Y en Nochebuena se armó el Belén en 1994 , dirigida por el propio Terence Hill, cerrando de forma magistral una etapa profesional insólita.
A pesar de que los sets de grabación quedaron atrás, las familias de ambos continuaron profundamente unidas. Terence Hill recuerda con profunda emoción que cada vez que visitaba la casa de su amigo para disfrutar de un plato de espaguetis con tomate cocinados por María (la esposa de Spencer) , Bud siempre lo miraba fijamente y le repetía con orgullo la misma frase: “Mario, tú y yo nunca tuvimos una pelea” .
Ese lema de fraternidad absoluta marcó tanto la vida de Hill que se convirtió en el núcleo de su discurso durante el multitudinario funeral de Bud Spencer, celebrado el 30 de junio de 2016 en la Iglesia de Santa María en Montesanto, Roma . Ante una multitud que lloraba la partida del gigante a sus 86 años, Hill expresó con firmeza que sabía que cuando volvieran a encontrarse en el más allá, las primeras palabras de Bud serían exactamente esas. Como un tributo imperecedero, la frase “Nunca discutimos” quedó grabada en el pedestal de la imponente estatua de bronce de 2,4 metros de altura dedicada a Bud Spencer en Budapest, Hungría , un país donde sus películas significaron un soplo de libertad y un escape cultural inestimable durante la época comunista.
A sus 86 años de edad, habiendo dejado recientemente su longevo papel en la exitosa serie italiana Don Matteo y residiendo de manera estable junto a su esposa Lori —con quien comparte matrimonio desde 1967 —, Terence Hill se encarga diariamente de mantener viva la memoria de su eterno compañero a través de sus redes sociales y su apoyo constante al museo Spencer Hill World en Berlín . La verdad que Hill comparte con el mundo es directa y carente de adornos artificiales: el éxito de su mítica unión no fue un producto fabricado por el marketing de Hollywood, sino el resultado bellísimo de dos hombres buenos que se quisieron, se respetaron y demostraron que la verdadera amistad puede ser el entretenimiento más extraordinario del mundo .
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