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César Costa: El ASQUEROSO Secreto que Guardó 50 Años, TODO FUE MENTIRA

Lo llamaron el caballero de la nueva ola, lo llamaron el chico del suetercito, lo convirtieron en el ídolo perfecto. Pero detrás de esa imagen impecable, detrás de ese apellido artístico tomado de un músico canadiense, detrás de 50 años de silencios estratégicos y declaraciones medidas, se escondía una pregunta que muy pocos se atrevieron a hacer de frente.

 ¿Sobre qué estaba realmente construida esa fama? Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como una disquera usó el rostro y la voz de César Costa para hacer millones con canciones que no eran de él. Y como cuando llegó la demanda internacional, César quedó solo frente al problema que otros habían creado. Segundo, el pacto de silencio que sostuvo durante décadas con una industria que lo necesitaba callado para seguir operando.

 Tercero, la traición que ocurrió dentro del mismo espacio donde decían admirarlo. Una puñalada que una mujer llamó por su nombre en público mientras él elegía no contestar. Y cuarto, la escena más dura de todas. El momento en que César Costa descubrió que una vida construida sobre la imagen perfecta también puede convertirse en una prisión sin rejas visibles.

 Te aviso cuando lleguemos a cada una, pero guarda esta frase desde ahora. El ídolo no podía fallar. Porque cuando lleguemos al final vas a entender que César Costa no solo cantó frente a las cámaras, actuó toda su vida. Y el problema con actuar toda una vida es que llega un momento en que ya no recuerdas quién eras antes del personaje.

 Todo comenzó mucho antes de los conciertos vendidos, mucho antes de las portadas, de los programas de televisión, de los gritos en los teatros. comenzó en una casa de la colonia Nápoles, donde un muchacho de familia respetable descubrió que su voz podía abrir puertas sin saber todavía el precio que esas puertas cobrarían al cerrarse.

 César Antero Roel Shers, nació el 13 de agosto de 1941 en Ciudad de México dentro de una familia que no tenía nada que ver con el espectáculo. Su padre era un hombre de apellido europeo, de ascendencia belga y alemana, de esos hombres que construían su lugar en el mundo con disciplina y silencio. Su madre, Josephine Chers le transmitió esa misma arquitectura interior.

 No hacer escándalo, no exhibir las heridas, sostener la imagen, aunque por dentro todo temblara. César creció en la colonia Nápoles estudiando en el colegio alemán, rodeado de una estabilidad que desde afuera parecía perfecta. Pero guarda esa palabra, perfecto. Porque esa palabra lo iba a perseguir el resto de su vida.

 Desde joven César tuvo claro algo que muy pocos artistas de su generación entendieron. La fama era un negocio, no una vocación. Por eso, mientras aprendía a cantar, también estudiaba derecho en la UNAM. Por eso, mientras ensayaba con su grupo los fines de semana, también leía códigos civiles entre semana. No era un muchacho que apostaba todo a un sueño.

 Era un muchacho que sabía que los sueños necesitan un plan de escape. Y ese instinto de supervivencia, esa capacidad de moverse en dos mundos al mismo tiempo, fue lo que lo salvó más de una vez cuando la industria intentó devorarlo. Todo comenzó en 1958, cuando César se convirtió en el vocalista de un grupo de rock llamado Los Black Jeans, que después cambiaría su nombre a los camisas negras.

No eran estrellas todavía. Eran jóvenes de colonia bien que tocaban en las tardeadas de los jardines de sus casas, en el espacio entre la cochera y el patio de la familia Roel, con los vecinos asomándose por encima de la barda. La convocatoria creció tan rápido que tuvieron que buscar un lugar más grande.

 Encontraron uno en la iglesia de San Antonio de Padúa a unas cuadras de su casa. Ahí, entre bancas de madera y santos de yeso, César Roel aprendió que su voz tenía el poder de reunir a la gente, pero el salto real llegó cuando firmaron con la disquera Musar y el grupo se transformó. Fue entonces cuando César Roel desapareció y nació César Costa.

 El nuevo apellido no fue elegido al azar. Don Costa era el director de orquesta y arreglista que acompañaba las grabaciones de Paul Anca, el ídolo juvenil canadiense que en esos años dominaba las listas de popularidad en Estados Unidos. Tomar ese apellido no era solo un homenaje, era una declaración de intenciones.

Era decirle a la industria, “Yo soy de esa familia, yo pertenezco a ese mundo. Yo puedo hacer lo que ese hombre hace, pero en español, para este mercado, para este público que todavía no tiene su propio ídolo.” Y la industria le creyó. Orfeón, la disquera que lo contrató como solista, vio en César Costa exactamente lo que necesitaba.

 un rostro joven, una voz maleable, una imagen que no asustaba y sobre todo una disposición total para grabar versiones en español de los grandes éxitos internacionales. Canciones de Paul Anca principalmente. Mi pueblo, historia de mi amor. Besos por teléfono, loco amor, éxito tras éxito, disco tras disco. El público mexicano y latinoamericano recibió esas canciones como si fueran agua en el desierto.

 Nadie preguntó de dónde venían. Nadie leyó los créditos con cuidado. Nadie se detuvo a calcular cuánto dinero estaba generando ese catálogo y a quién le llegaba realmente. Piensa en esto un momento. En los años 60 en México no había industria musical como la entendemos hoy. No había contratos transparentes. No había abogados especializados en derechos de autor trabajando del lado del artista.

 No había sindicatos que protegieran a los cantantes de las disqueras. Había sellos poderosos con equipos legales propios y había artistas jóvenes con ganas de grabar, de sonar en la radio, de ver su rostro en una portada. El desequilibrio era brutal y en ese desequilibrio las disqueras hacían exactamente lo que querían.

 Orfeón grabó a César Costa cantando las canciones de Paulanca. Las distribuyó en México, en América Latina, en España. Las vendió por miles y después por cientos de miles. César se convirtió en el ídolo más querido de su generación. Las jovencitas llenaban los teatros, compraban los discos, pegaban su fotografía en las paredes de sus cuartos.

 Él sonreía, cantaba, firmaba autógrafos, aparecía en programas de televisión con ese suéter de cuadros que se volvió su marca registrada. Todo parecía perfecto, pero en Nueva York, en las oficinas de los representantes de Paulan Anca, alguien había estado escuchando, alguien había estado contando y lo que contaba era dinero que llegaba de México, de Colombia, de Argentina, de España, generado por canciones que Paul Anka había escrito, pero sobre las que Orfeón nunca había pagado los derechos correspondientes.

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