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PROHIBIDO AMAR: LA POLICÍA QUE SE ENAMORÓ DEL CONDUCTOR SOSPECHOSO

 Y el aroma familiar de los tacos al pastor se mezclaba con el humo de los escapes. Era el México que conocía, el México que amaba y protegía  cada día. Mientras avanzaba por insurgentes, mis ojos escaneaban cada vehículo. Un Tsuru azul no debería ser difícil de encontrar en esta zona donde predominaban los coches  más nuevos y las camionetas de lujo.

 La Roma Norte había cambiado mucho en los últimos años, llenándose de cafeterías hipster y galerías de arte, pero seguía siendo mi territorio. Entonces lo vi. A unos 200 m adelante, un suru azul se movía nerviosamente entre los carriles. El conductor parecía  estar mirando constantemente por el espejo retrovisor, como si supiera que lo estaban siguiendo.

 Mi entrenamiento se activó inmediatamente. Mantener distancia, observar el comportamiento, estar lista para cualquier movimiento inesperado. Central. Tengo visual del vehículo sospechoso. Suru azul. Placas. Espera, no puedo ver las placas desde esta distancia. El conductor muestra comportamiento evasivo. Copiado. Unidad 47.

  Mantén vigilancia y espera refuerzos. Pero el  zursuru comenzó a acelerar. De repente se metió bruscamente al carril de la derecha,  casi chocando con un taxi amarillo cuyo conductor le gritó una sarta de groserías. Típicamente chilangos. Mi instinto  policial se disparó. Definitivamente estaba huyendo.

 Central, el sospechoso está huyendo. Inicio persecución. Encendí la sirena y pisé el acelerador a fondo. La adrenalina corrió por mis venas como un río desbordado. El zuru  tomó la lateral de insurgentes a toda velocidad, zigzagueando entre los coches como si conociera cada centímetro de esas calles.

  La persecución nos llevó por las calles estrechas de la Roma Norte. El conductor del Tsuru era hábil, demasiado hábil. Conocía cada callejón, cada semáforo, cada ruta de  escape. Tomó por Álvaro Obregón. Luego se metió por las calles residenciales,  donde los jacarandás creaban túneles de sombra morada.

 Mi patrulla rugía detrás de él, pero yo tenía que ser cuidadosa. Estas calles  estaban llenas de peatones, madres empujando carriolas, niños saliendo de la escuela,  ancianos sentados en las banquetas platicando sobre el clima. No podía arriesgar la vida de inocentes. “Maldición!”, grité cuando el sur tomó una calle de un solo sentido en dirección contraria.

 Los coches que venían de frente se orillaron como pudieron, algunos subiéndose a  las banquetas, otros frenando tan bruscamente que casi chocan entre ellos. Tuve que tomar una ruta alterna. Conocía estas calles como la palma de mi mano, pero él también  las conocía. ¿Quién era este tipo? Un delincuente local, alguien de la zona que sabía moverse por aquí como pez en el agua.

 Lo alcancé de nuevo en la glorieta de los insurgentes. El tráfico estaba pesado y el Tsuru quedó atrapado entre un camión de refrescos y un autobús del metrobús. Era mi oportunidad. Bajé de la patrulla con la mano en mi pistola, pero sin desenfundarla. Alto. Policía. Salga del vehículo con las manos arriba.

 El motor del Tsuru se apagó. Por un momento, todo quedó en silencio, excepto por el ruido constante del tráfico alrededor. Los curiosos comenzaron a asomarse, algunos sacando sus celulares para grabar, como siempre pasaba en esta ciudad. La puerta del conductor se abrió lentamente y entonces lo  vi alto, moreno, con el cabello negro ligeramente despeinado por la persecución.

  Vestía una camiseta blanca sencilla y jeans gastados, pero había algo en su postura que no encajaba con el perfil de un delincuente  común. Sus manos temblaban ligeramente mientras las levantaba, pero sus ojos sus ojos eran diferentes. No había malicia en ellos, sino algo que parecía miedo, desesperación.

 No se mueva  le ordené acercándome con cautela. Mantenga las manos donde pueda verlas.  Oficial, “Yob yo puedo explicar”, dijo con una voz que me sorprendió. Era suave, educada, nada que ver con el tono agresivo que esperaba de alguien que acababa de huir de la policía. Vuélvese y ponga las manos en el capó del vehículo”, obedeció inmediatamente.

Mientras lo cacheaba en busca de armas, pude notar que olía a jabón y a una colonia suave, nada del olor a alcohol o  drogas que esperaba. Sus manos estaban callosas, como las de alguien que trabajaba con ellas, pero limpias y cuidadas. “¿Cómo se llama?”, pregunté mientras revisaba sus bolsillos.

 Diego Ramírez respondió sin voltear. Oficial, sé que esto se ve mal, pero no soy quien usted cree que  soy. Encontré su cartera y revisé su identificación. Diego Ramírez Morales,  28 años, domicilio en la colonia Doctores. La foto coincidía perfectamente. No había nada sospechoso en la cartera, algunas tarjetas de débito,  una foto de una mujer mayor que parecía ser su madre y un recibo de una tintorería.

 ¿Por qué huyó cuando me vio?, pregunté, aunque por alguna razón mi tono había perdido parte  de su dureza inicial. Diego suspiró profundamente antes de  responder, “Porque sabía que me iban a culpar de algo que no hice y porque tengo miedo.” Había algo en su voz que me  hizo dudar.

 En 5 años, como policía, había desarrollado un instinto para detectar mentiras y este hombre no me parecía  estar mintiendo, pero tampoco podía dejar que mis emociones nublaran mi juicio profesional. Dese  vuelta le ordené. Cuando se volteó, nuestros ojos se encontraron por primera  vez y en ese momento algo inexplicable sucedió.

 Era como si el tiempo se hubiera detenido en medio del caos de insurgentes.  Sus ojos eran de un café profundo, casi negro, y había en ellos una  tristeza que parecía ir más allá de la situación actual. Oficial”, dijo suavemente. “Sé que usted está haciendo su trabajo  y la respeto por eso, pero le juro por la memoria de mi padre que yo no le he hecho daño a nadie.

 Su mención de su padre me  tocó una fibra sensible. Mi propio padre había sido policía y había muerto en servicio cuando yo  tenía 17 años.” Había algo en la forma en que Diego había dicho esas palabras que me hizo creer que él también había perdido a alguien. importante.  ¿Conoce a Alejandra Vázquez? Pregunté directamente.

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