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El Oscuro Secreto Que JAVIER SOLÍS Decidió Guardar En Su Finca… Y No Lo Vas A Creer

que cancelaba compromisos sin dar explicaciones, que a veces se quedaba mirando un punto fijo en la pared durante minutos enteros sin que nadie se atreviera a interrumpirlo y que según al menos tres personas cuyo testimonio fue recopilado años después por un periodista que nunca pudo publicar su trabajo, había empezado a hablar de una finca en el Estado de México, como si ese lugar fuera una herida abierta que no lograba cerrar.

Para entender lo que ocurrió en esa finca, hay que entender primero quién era Gabriel Siria Levario antes de convertirse en Javier Solís. Nació en 1931 en el Distrito Federal. Creció en condiciones que él mismo describió pocas veces y siempre de manera vaga. Una infancia pobre, un padre que trabajaba en lo que podía, una madre que cocía.

Lo que quedó muy claro desde temprano fue que tenía algo en la voz que la mayoría de los seres humanos no tiene, una textura, una herida sonora. Cuando cantaba boleros, la gente no escuchaba a un intérprete, escuchaba a alguien que había vivido lo que cantaba. Eso fue lo que recién Víctor compró cuando lo firmó a principios de los años 50 y fue también lo que convirtió a Javier Solís en uno de los artistas más vendidos de México en menos de una década.

El dinero llegó rápido y con el dinero llegaron las propiedades. La finca del Estado de México fue adquirida alrededor de 1961, aunque la fecha exacta de la escritura nunca  ha sido confirmada públicamente. Era una propiedad amplia con terrenos suficientes para cultivar y criar ganado, una casa principal de dos pisos con paredes de adobe y techos de viga de madera y varios cuartos exteriores que originalmente habían servido como bodegas.

Javier Solís la usaba como refugio, como el lugar al que iba cuando la ciudad de México se volvía demasiado ruidosa, demasiado exigente, demasiado pública. Según quienes lo conocieron, la finca era el único lugar donde bajaba la guardia y eso con el tiempo se convertiría en un problema. Porque cuando un hombre baja la guardia también baja las defensas.

Y cuando baja las defensas en un lugar aislado con personas cuya lealtad todavía está por probarse, el resultado puede ser devastador. Lo que ocurrió en esa finca entre 1963 y 1966 es algo que durante décadas se habló solo en susurros. Pero hay  una persona que lo vio, una persona que guardó silencio durante 20 años por miedo y que cuando finalmente decidió hablar descubrió que nadie con acceso a los medios quería  escucharla.

Su testimonio llegó a mis manos de una manera que prefiero no detallar, pero llegó. Y lo que  dice, “Cambia todo lo que creía saber sobre la muerte de Javier Solís.” El nombre que aparece con más frecuencia en los testimonios de quienes rodeaban a Javier Solís durante ese periodo es el de un hombre al que llamaban el licenciado.  No era abogado.

El apodo venía de su manera de hablar pausada, precisa, con esa cadencia que en México se asocia con los hombres que tienen poder y saben que lo tienen. llegó al entorno de Solís a través de un intermediario de la industria musical, presentado como alguien  que podía gestionar contratos, resolver problemas logísticos, hacer que las cosas fluyeran.

En la México de los años 60 ese tipo de figura era casi indispensable para un artista de ese nivel. Los managers de hoy no existían. Lo que existía era una red de hombres que conocían a otros hombres y que cobraban por esas conexiones de maneras que rara vez quedaban en papel. El licenciado se instaló en el entorno de Javier Solís con una eficiencia que algunos admiraron y otros encontraron perturbadora.

Resolvía problemas antes de que Solí supiera que existían. Anticipaba necesidades. Se volvió indispensable con la velocidad de alguien que había practicado esa maniobra antes y fue el licenciado quien le habló por primera vez de la finca. Según el testimonio que llegó a mis manos, la idea original no fue de Solís,  fue una sugerencia presentada como solución a un problema de imagen.

En esos años, la prensa mexicana del espectáculo operaba con una combinación de adoración y chantaje que hoy sería difícil de imaginar. Los columnistas de sociales tenían poder real, podían construir una carrera o destruirla con una insinuación en tres líneas. Y había rumores sobre Javier Solís, rumores que circulaban en los círculos de  la industria musical sobre su comportamiento en privado, sobre sus amistades, sobre lo que ocurría después de las grabaciones cuando el estudio  quedaba vacío y las luces se apagaban. El licenciado

le ofreció un perímetro, un lugar donde lo que ocurriera quedaría dentro. La finca del Estado de México pasó a ser, en los términos más precisos posibles, una cámara de secretos. Lo que se guardaba ahí adentro no era exactamente lo que la leyenda negra que rodea los artistas de esa época podría sugerir. No hay en los testimonios que recopilé indicios de crímenes en el sentido penal del término.

Lo que hay es algo diferente, algo que en muchos sentidos es más perturbador porque involucra el tipo de degradación que no deja evidencia física, el tipo de degradación que destruye a un hombre desde adentro y que desde afuera parece simplemente una tristeza inexplicable. Javier Solís estaba siendo extorsionado.

El mecanismo era sofisticado para la época. El licenciado, según el testimonio, había organizado situaciones específicas dentro de la finca. reuniones, encuentros, momentos cuidadosamente diseñados que fueron documentados de maneras que en los años 60  eran difíciles de contrarrestar legalmente, fotografías principalmente y en al menos una ocasión según la fuente algo grabado en audio con el tipo de equipo que entonces solo existía en ciertos entornos profesionales o gubernamentales.

El chantaje comenzó de manera gradual, como siempre. Primero una cantidad pequeña, luego otra, luego el establecimiento de una relación de dependencia tan profunda que Javier Solís, uno de los hombres más reconocidos de México, se encontró en una posición en la que no podía hablar con nadie, no podía denunciar nada y no podía simplemente desaparecer porque su cara era demasiado conocida para desaparecer. pagaba y siguió pagando.

Y mientras pagaba, algo en él se iba pagando. Las personas que trabajaron con él en sus últimas grabaciones describieron a un hombre diferente al que habían conocido años antes. La voz seguía siendo extraordinaria. Eso nunca lo perdió. Pero había algo detrás de los ojos que ya no estaba. Una distancia, como si la persona que cantaba estuviera en un lugar muy lejano del cuerpo que estaba frente al micrófono.

Hay un detalle que aparece en dos testimonios independientes y que nadie ha podido explicar de manera satisfactoria. En los meses previos a su hospitalización, Javier Solís empezó a llevar consigo una libreta pequeña de cuadros, de las que se compraban en cualquier papelería. La llevaba siempre en los bolsillos del saco, en la mesita de noche cuando viajaba en la guantera del coche.

Dos personas distintas en dos conversaciones distintas y separadas por años mencionaron esa libreta. Ninguna de las dos supo lo que había escrito adentro, pero ambas coincidieron en algo. Una de ellas lo vio quemando páginas en el patio de la finca una noche y la otra describió haber entrado sin querer a la habitación donde dormía y haberlo encontrado escribiendo con una concentración que parecía desesperación, no inspiración.

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