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CAMIONERO encontró a una CHICA en el DESIERTO… lo que sucedió después DEJÓ A TODOS EN SHOCK…

 La carretera Federal 2 se extendía ante mí como una  serpiente de asfalto ondulante bajo el calor sofocante. A ambos lados el desierto se perdía en el horizonte salpicado de cactus aguaros que se alzaban como centinelas silenciosos.  El aire acondicionado de mi Scania trabajaba a toda máquina, pero aún así podía  sentir como el calor se filtraba por cada rendija.

 Llevaba 15 horas manejando desde  mi última parada larga en Mexicali. Mis ojos ardían por el cansancio y la luz intensa que rebotaba en el asfalto. Había tomado ya tres tazas de café y masticado más chicle  del que debería. Cualquier cosa para mantenerme alerta. En esta profesión, un segundo de distracción puede  costarte la vida.

 La radio crepitaba con interferencias, típico de esta zona. Intenté sintonizar alguna estación que llegara clara, pero solo conseguía fragmentos de canciones rancheras y anuncios publicitarios entrecortados.  Finalmente la apagué y me quedé con el ronroneo constante del motor y el silvido del viento contra la cabina. Fue entonces cuando la vi.

 Al principio pensé que era otra de esas malditas  miraches que te juega el desierto cuando estás cansado. Una mancha  oscura que se movía lentamente junto a un cactus gigante a unos 200 m de la carretera. Parpadeé varias veces. Me froté los ojos con el dorso de la mano libre,  pero la imagen seguía ahí.

 Conforme acercaba, la mancha tomaba forma. Era una persona, una persona pequeña. Mi corazón  comenzó a latir más rápido. Reduje la velocidad y entrecerré  los ojos para ver mejor. No podía ser posible. Nadie, en su sano juicio, estaría caminando por el desierto a esta hora con este calor infernal.

 Pero ahí estaba una  niña, una niña de no más de 12 años vestida con un vestido azul que alguna vez debió ser bonito, pero que ahora se veía desteñido y sucio. Caminaba lentamente arrastrando los pies con una pequeña mochila  rosa en la espalda. Sus sandalias levantaban pequeñas nubes de polvo con cada paso.

Pisé el freno de inmediato.  El camión se detuvo con un chirrido de neumáticos en el acostamiento, levantando  una nube de arena que se dispersó rápidamente con el viento. Puse  las intermitentes, quité el seguro del cinturón y salté de la cabina. El calor me golpeó como una  bofetada.

 Era como abrir la puerta de un horno gigantesco. El aire era tan denso que parecía que podías  cortarlo con un cuchillo. Mis botas se hundían ligeramente en la arena caliente mientras corría  hacia donde había visto a la niña. “Oye niña!”, Grité, pero mi voz se perdió en la inmensidad del desierto. Cuando llegué hasta el cactus zaguaro, ella se había detenido.

 Estaba de espaldas a mí, inmóvil como una estatua. Su cabello negro y largo le caía sobre los hombros, pegado por el sudor. Podía ver como su pequeño cuerpo temblaba, no de frío, sino de agotamiento. “Oye, pequeña”, dije más suavemente,  acercándome despacio para no asustarla. “¿Estás bien?” Lentamente, muy lentamente.

 Lo que vi me partió el corazón en mil pedazos. Era una niña hermosa, de facciones delicadas  y grandes ojos cafés. que brillaban con lágrimas contenidas. Pero su rostro estaba quemado por el sol, sus labios agrietados  y secos. Tenía manchas de tierra en las mejillas y pequeños rasguños en los brazos.

 Su vestido azul estaba desgarrado en varios lugares. “Por favor”, susurró con una voz ronca, apenas audible. “Ayúdeme” y se desplomó. La atrapé justo antes de que tocara el suelo. Era tan liviana.  tan frágil. Su piel ardía de fiebre y podía sentir como su pequeño corazón latía aceleradamente contra mi pecho. “Tranquila,  mi niña, tranquila”, le susurré mientras la cargaba hacia el camión.

 “Ya estás a salvo, todo va a estar bien.”  La subí a la cabina y la recosté en el asiento del copiloto. Encendí el aire acondicionado al máximo y busqué en mi nevera portátil  una botella de agua fría. Con cuidado omdecí sus labios y  le di pequeño zorbo. Sus ojos se abrieron lentamente.

 Me miraba con una mezcla de miedo y esperanza  que me recordó dolorosamente a mi propia hija Esperanza,  que tenía exactamente la misma edad. ¿Cómo te llamas, pequeña? Le pregunté con la voz más suave que pude. Paloma murmuró. Me llamo Paloma. Paloma. Qué nombre tan bonito. Yo soy Evaristo.  ¿Puedes decirme qué haces aquí sola? ¿Dónde están tus papás? Sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a temblar.

 No era el momento de presionarla. Primero tenía que asegurarme de que estuviera bien. Está bien. No tienes que contarme nada ahora. Primero vamos a cuidarte. Le di más agua, muy despacio para que no se ahogara.  Busqué en mi botiquín de primeros auxilios y limpié cuidadosamente los rasguños de sus brazos con alcohol.

 Ella no se quejó ni siquiera cuando debió dolerle. ¿Tienes hambre? Le pregunté.  asintió débilmente. Saqué de mi lonchera un sándwich de jamón que había preparado mi esposa Rosa antes  de salir. Lo partí en pedacitos pequeños y se lo di de a poco.  Paloma comía lentamente, como si no hubiera probado alimento en días.

 Mientras ella  comía, yo no podía dejar de pensar en las mil preguntas que se agolpaban en mi mente. ¿Qué hacía una niña sola  en el desierto? ¿De dónde venía? hacia dónde iba. Sus padres la estarían buscando. Debía llamar a la policía inmediatamente,  pero había algo en sus ojos, algo que me decía que esta no era una situación común.

 No era una niña que se había perdido jugando. Había miedo en su mirada.  Un miedo profundo y real. Paloma dije después de que terminó de comer. Necesito saber de dónde vienes para poder ayudarte. ¿Hay alguien a quien deba llamar? Tus papás te están buscando. Ella negó con la cabeza violentamente y por primera vez desde  que la encontré habló con voz clara. No, por favor, no llame a nadie.

No puede llevarme de vuelta.  De vuelta a dónde, mi niña a la casa grande. A la casa donde se detuvo. Como si hubiera dicho demasiado.  Qué casa grande, Paloma. No entiendo. Ella se acurrucó en el asiento, abrazando su pequeña mochila como si fuera un tesoro. No puedo decirle, si me encuentra, me va a castigar otra vez.

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