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TIN TAN: el Misterio Subterráneo Que Encontraron en su Casa Natal

 Esa vecindad, ese edificio, ese número  85 de la avenida Hidalgo, ahí empieza todo. Porque el lugar donde nació Tintán tiene una historia que antecede en  casi tres siglos al propio actor. Una historia que circula a conversiones tan distintas, tan contradictorias entre sí, que algunos investigadores llegaron a sospechar que alguien en algún momento quiso mezclar las cartas a drede.

 Malas lenguas del mundo académico llegaron a insinuar con mucho cuidado en las palabras que ciertos archivos sobre ese edificio aparecieron y desaparecieron de manera poco fortuita a lo largo del siglo XX. que documentos que debían estar en el Archivo General de la Nación habrían huecos extraños cuando se revisaban con detenimiento, que la cronología oficial del inmueble tenía lapsos décadas enteras donde nadie podía decir con certeza qué pasó ahí adentro.

Pero comencemos por lo que sí se sabe. El edificio fue construido por la orden de los agustinos recoletos. Eso está documentado. Los frailes lo levantaron como hospedería, un sitio de descanso para los religiosos que venían de España con destino a Filipinas, a evangelizar aquellas islas del Pacífico que España controlaba con Mano de Hierro.

 El viaje de Europa a Oriente podía durar meses, a veces más de un año, y esos frailes necesitaban un lugar en la Ciudad de México donde recuperarse  antes de embarcarse en Acapulco hacia el Galeón de Manila. La hospedería de Santo Tomás de Villanueva la llamaron. Y adentro de esos muros de piedra volcánica, de tesontle rojizo y cantera gris, descansaron durante décadas hombres que venían de cruzar el Atlántico y se preparaban para cruzar el Pacífico. Piénsalo un momento.

 Hombres que llegaban de meses en barco, con el cuerpo deshecho, con la fe intacta o quizás ya fisurada por las cosas que uno ve en el mar. hombres que entraban por esa puerta labrada  y no saldrían de ahí sino hasta que el galeón estuviera listo para zarpar. A veces esperaban semanas, a veces  meses.

 Y dentro de ese tiempo de espera, dentro de esos muros, según rumores que circulan entre algunos cronistas de la ciudad con voz más bien baja, pasaron cosas que los libros de historia eclesiástica prefirieron no detallar.  Posibles comentarios de investigadores de la época colonial recogidos de forma dispersa en archivos parroquiales sugerían que esa hospedería fue también escenario de tensiones internas dentro de la propia orden, de pugnas por dinero, de denuncias que nunca llegaron a formalizarse y de al menos un caso documentado, aunque los expedientes

están incompletos, sobre un fraile que desapareció dentro del edificio sin que se  volviera a saber nada de él. El expediente lo levantó la propia orden, no las autoridades civiles, y luego desapareció. O al menos eso es lo que algunos investigadores afirman haber visto referenciado en índices de archivos  que luego ya no encontraron en su lugar.

Cuando los agustinos salieron del país tras la independencia, el edificio quedó en una especie de limbo, decenios de los que se sabe muy poco. Hacia 1836, un ministro de Hacienda llamado Antonio Vallejo lo adquirió. Y fue durante esas reformas las primeras grandes intervenciones al interior del inmueble que desaparecieron espacios enteros que la hospedería tenía, la capilla, el refectorio, la biblioteca, todo lo que hacía de ese lugar un espacio religioso fue borrado, desmontado, convertido en otra cosa. Y con esa conversión también

se perdió la posibilidad de saber qué había pasado con exactitud en esos cuartos durante los dos siglos anteriores.  Las lenguas más atrevidas entre los cronistas de la ciudad dejaron caer en textos publicados con mucha  cautela que entre las cosas que se encontraron al demoler algunas de las paredes internas durante esa reforma del siglo XIX, había objetos que nadie supo explicar bien.

 Cajones empotrados detrás de la mampostería, compartimentos sin uso aparente, espacios que un arquitecto que trabajó en  la remodelación posterior describió. según algunos reportes de segunda mano, como  lugares que no aparecen en ningún plano que yo haya podido consultar. Eso dijo o algo parecido a eso, con la precisión que permite el tiempo y  los testigos de vidas.

 Y aquí es donde la historia de Tin Tan y la historia de ese edificio se vuelven inseparables. Porque lo que vino después de las reformas del siglo XIX fue la vecindad. Y en la vecindad nació él. Y lo que él vivió, lo que su familia vivió, lo que pasó dentro de esos cuartos de tesontle  húmedo durante los años de su infancia, eso es lo que nadie ha querido contar del todo bien.

 Sigue viendo, porque lo que viene ahora es lo que llevan décadas tratando de enterrar. La vecindad que ocupó el edificio desde finales del siglo XIX hasta 1943 era por fuera un inmueble más del centro de la capital. Por dentro era otra cosa. Construido alrededor de un patio central con fuente, con habitaciones que daban al corredor como cajas apiladas unas junto a otras.

 Era el tipo de lugar donde la privacidad no existía, donde los vecinos escuchaban a través de las paredes de Cal, donde un llanto de madrugada era un secreto compartido con toda la vecindad, sin que nadie lo pidiera. En la planta baja había accesorias comerciales, una panadería, una lechería. Según imágenes consultadas por arqueólogos del INÁ durante los trabajos de restauración, también hubo en algún momento una gasolinera en el frente del edificio.

 El tipo de comercio que convierte una entrada señorial en algo más parecido a un mercado de barrio, Germán Valdés creció entre ese bullicio. Fue el segundo de nueve hermanos nueve. Los Valdés  eran casi una compañía de teatro por sí solos y su padre trabajaba en el resguardo aduan. Un trabajo que implicaba autoridad, contactos y también, según insinúan algunos relatos familiares recogidos en  el libro que escribió su hija Rosalía, ciertos favores que iban y  venían sin que nadie preguntara demasiado.

El padre fue enviado primero a Veracruz, después a Ciudad Juárez y la familia fue detrás de él dejando ese edificio de la avenida Hidalgo como el lugar de partida. el primero, el que marcó a todos sin que ellos pudieran saber que un día sería famoso precisamente por haberlos albergado. Pero antes de irse, antes de que los valdés dejaran atrás esos pasillos de piso de piedra y paredes de humedad antigua, ocurrieron cosas dentro de esa vecindad que algunos vecinos de la época, según testimonios recogidos décadas después, con la

distancia que da el tiempo y la memoria, describieron con un vocabulario que oscilaba entre el rumor y el convencimiento. Posibles comentarios que circularon entre antiguos habitantes del barrio hablaban de ruidos en la parte más baja del edificio, de una zona que los vecinos evitaban sin que nadie explicara bien por qué, de que durante ciertas horas de la noche el patio central tenía un eco distinto al que uno esperaría  de un espacio abierto, como si debajo del piso empedrado hubiera algo que devolvía el

sonido de otra manera. Esos comentarios podrían ser folklore urbano puro, podrían ser el tipo de historia que crece sola en los barrios viejos, alimentada por la imaginación colectiva y el deseo de que los lugares tengan historia.  Pero resulta que cuando los arqueólogos del IN 2016 y 2020, durante los trabajos de restauración para convertirlo en el Museo Caluz, encontraron algo que nadie había documentado del todo en los planos existentes.

Excavando en la primera crujía del edificio, en el área donde se instalaría la cava del restaurante, los arqueólogos hallaron espacios subterráneos,  una zona bajo el nivel del piso que correspondía a la cimentación de la construcción original, la de los agustinos del siglo X. Vestigios de muros que no aparecían en ningún plano moderno.

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