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JUAN OROL y el Oscuro Secreto de Su Casa en Cuernavaca… Lo Que Pasaba Adentro Nunca Debió Saberse.

 Lo que hizo en La Habana durante los años siguientes es una lista que sus biógrafos reproducen siempre con un tono de asombro divertido, como si la extensión del catálogo fuera garantía de inocencia. piter de béisbol, mecánico de automóviles,  piloto de carreras, boxeador, torero, periodista, bailarín de tango, director artístico de radio.

 Cada uno de esos oficios en la Cuba de los años 10 y 20  era una puerta de entrada, un mundo específico. Y uno de esos mundos, el que nadie menciona con la misma ligereza con que mencionan el béisbol o el tango fue el de la policía. Juan Roll fue agente de la policía cubana. Eso no es un detalle menor. La policía cubana de esa época era una institución profundamente integrada con las redes del crimen organizado que operaban en la Habana.

Los cabarets, los casinos, el tráfico de personas y de dinero que conectaba a Cuba con Estados Unidos y con México formaban un ecosistema donde la distinción entre autoridad legal y organización criminal era, en el mejor de los casos, decorativa.  Un hombre joven, sin raíces, sin apellido que proteger, con habilidad física demostrada en el ring y en el volante, con la capacidad de moverse entre mundos distintos que le había dado su infancia de supervivencia pura.

 Era exactamente el tipo de persona que ese ecosistema necesitaba y sabía cómo usar. Lo que Orol vio, escuchó y aprendió durante sus años en ese ambiente es algo que sus biógrafos oficiales despachan en media línea. Se familiarizó con la dinámica del crimen organizado. Esa frase tan aséptica esconde décadas de contactos, de favores, de información compartida entre personas cuyo nombre no convenía poner por escrito.

 Y esos contactos viajaron con él cuando llegó a México. La ciudad de México de los años 30 era en términos de su relación con el crimen organizado, un espejo distorsionado de la Habana, las mismas redes, los mismos flujos de dinero, los mismos personajes que se movían entre la fachada legal y la operación invisible.

Orol llegó con algo valioso. Conocía a las personas correctas en el lugar correcto y esas personas lo conocían a él. Eso le abrió puertas que el  talento solo nunca habría podido abrir. Y esas puertas llevaban a estudios cinematográficos, a casas productoras, a los despachos de funcionarios que controlaban los permisos de rodaje, la censura y la distribución.

Su primera película como director fue en 1927. Su primera empresa productora,  la España Son of Films, la fundó en los años 30 con un capital cuyo origen nunca fue objeto de una investigación pública. En una época en que el cine mexicano era una industria emergente con una sedan y una regulación débil, el dinero llegaba de donde llegaba y nadie hacía demasiadas, siempre que las películas se terminaran y las taquillas funcionaran.

 Las películas de Orol se llamaban cosas como Los misterios del ampa, El reino de los gangsters, sindicato del crimen, gangster contra charros. Sus personajes centrales eran hombres de traje blanco impecable, buenos con los puños y generosos con las mujeres, que operaban en un mundo donde la violencia era una herramienta de trabajo y la lealtad era la única moneda que no se falsificaba.

 Sus críticos decían que eran malas películas. Sus defensores decían que eran cines de culto, absurdismo involuntario, kitch elevado a sistema.  Ambos grupos pasaban por alto la pregunta más obvia, ¿de dónde sabía Orol?  ¿Cómo se comportaba un gangster? ¿Cómo hablaba? ¿Cómo se vestía? ¿Qué tipo de negocios manejaba? ¿Qué tipo de personas lo rodeaban? La respuesta más simple es siempre la que nadie quiere formular.

 Lo sabía porque los había conocido de cerca, muy de cerca. Y algunos de ellos, personas que estuvieron en el entorno de las producciones de Orol durante los años 40 y 50, seguían frecuentando sus sets, sus oficinas y más tarde  su casa de Cuernavaca. Sigue viendo porque lo que ocurría en esa casa durante los años de mayor poder de Orol es la parte de esta historia  que ninguna institución cultural mexicana ha querido tocar.

 Para llegar a Cuernavaca hay que pasar primero por las mujeres. Y las mujeres de Juan Orol son ellas mismas uno de los documentos más perturbadores de esta historia. Cuatro esposas, todas actrices, casi todas cubanas, cada una descubierta, lanzada, moldeada y eventualmente descartada por el mismo hombre que las había creado como figuras públicas.

  El patrón es tan consistente que resulta imposible no verlo como un sistema. Oro encontraba una mujer joven, a menudo en un contexto de vulnerabilidad social o económica. La convertía en estrella de su productora, la casaba, la dirigía en múltiples películas donde interpretaba versiones del mismo personaje una y otra vez.

 Y cuando el ciclo terminaba, la mujer desaparecía de su mundo con una velocidad que no se parecía a una separación natural, sino a un corte de acceso. La primera fue Consuelo Moreno, su primera musa cinematográfica, con quien tuvo un hijo. Consuelo murió de tuberculosis siendo  aún joven cuando el matrimonio ya había terminado. La segunda fue María Antonieta Ponce, la rumbera cubana que Orol descubrió en La Habana cuando ella tenía 16 

años. 16. Or tenía más de 40. La llevó a México, la hizo debutar en el cine, la convirtió en la primera gran estrella del cine de Rumberas y se casó con ella. Durante esos años, el matrimonio produjo películas  y también una historia que circuló durante décadas entre el gremio, como ejemplo de la clase de hombre que era Orolía amenazado.

Maximino Ávila Camacho era en los años 40 uno de los hombres más poderosos y más peligrosos de México. Gobernador de Puebla, hermano del presidente, con una reputación de violencia que no era hipérbole, sino registro histórico.  Un hombre al que los políticos más curtidos trataban con la diferencia que se le tiene alguien que puede hacerte daño de maneras que nunca llegará a un tribunal.

 Maximino se interesó  en María Antonieta Pons y Orol, según la versión que circuló durante décadas  en el gremio, lo enfrentó. pistola en mano le dijo en términos que no dejaban espacio a la interpretación, que se mantuviera alejado de su esposa. Piensa en lo que significa eso. Un director de cine sin cargo político, sin ejército, sin el tipo de poder institucional que en el México de los 40 era la única garantía de impunidad real, plantando cara con una pistola al hermano del presidente, un hombre que tenía fama

documentada de mandar matar a personas que lo contrariaban. Eso no es valentía, eso es información. Orol sabía algo que convertía Maximino en vulnerable. Tenía algo que hacía que el encuentro terminara sin consecuencias para él. Y en el México de esa época, la única cosa que podía protegerte de un hombre como Macasimino Ávila Camacho era saber exactamente dónde y cómo podía destruirte a él.

 El matrimonio con María Antonieta Pons terminó en 1945. Ella siguió su carrera con otro director y otro marido. Rosa Carmina fue la siguiente, otra cubana, también joven cuando la descubrió. También convertida en estrella exclusiva de  la España Sono of Films, también casada, también dirigida en una serie se de películas que repetían las mismas dinámicas.

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