La muerte de una persona suele representar el punto final de su influencia terrenal, el momento en que sus restos descansan y su memoria pasa a formar parte de los libros de historia. Sin embargo, en el caso de María Eva Duarte de Perón, conocida universalmente como Evita, el fallecimiento fue apenas el preámbulo de una de las crónicas más perturbadoras, enigmáticas y políticamente cargadas del siglo veinte. Su cadáver no fue tratado como un simple despojo humano, sino como un símbolo de tal magnitud que el poder militar consideró que, incluso inerte y muda, continuaba siendo demasiado peligrosa para la estabilidad de una nación entera.
El 26 de julio de 1952, a las 8:25 de la noche, la jefa espiritual de la nación apagó su voz en la Quinta de Olivos a los treinta y tres años de edad, consumida por un implacable cáncer de cuello uterino que la había reducido a un peso de apenas treinta y siete kilogramos. El dolor popular fue inmediato y colosal. En una ciudad de cuatro millones de habitantes como lo era Buenos Aires en aquel entonces, cerca de dos millones de personas salieron a las calles de forma masiva, formando filas kilométricas que se extendían por días enteros para darle el último adiós a la mujer que había transformado la realidad de los sectores más vulnerables de la sociedad argentina.
Consciente del valor místico de su esposa, el presidente Juan Domingo Perón convocó al prestigioso anatomista y médico español Pedro Ara, un especialista aragonés nacido en Zaragoza en 1898 que había elevado la conservación de cadáveres a la categoría de un arte milimétrico y devoto. Ara asumió la tarea no como un trabajo funerario convencional, sino como una obsesión personal. Durante un año entero de confinamiento y dedicación absoluta en el segundo piso del edificio de la Confederación General del Trabajo (CGT), el doctor Ara sustituyó los fluidos corporales de Evita por b
años químicos y capas protectoras de glicerina. El resultado fue asombroso e inquietante: el cuerpo de Eva Perón conservaba una textura natural, carente de la rigidez propia de la muerte; parecía una mujer sumida en un sueño profundo, una estatua de carne y hueso que engañaba al ojo humano y que daba la impresión de poder despertar en cualquier instante.
Mientras el cuerpo descansaba en la CGT, se convirtió en un imán incesante para el movimiento obrero. Los trabajadores acudían en un peregrinaje silencioso y constante, consolidando al cadáver como una reliquia viviente del peronismo. Sin embargo, el panorama político cambió de forma drástica en septiembre de 1955. Un golpe militar autoproclamado como la Revolución Libertadora, liderado por los generales Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas, derrocó a Perón y lo forzó a un apresurado exilio. Los nuevos gobernantes se toparon con un dilema imprevisto en sus planes de reestructuración nacional: el cuerpo embalsamado de Evita seguía allí, en el corazón de Buenos Aires, funcionando como un faro de resistencia ideológica que impedía el proceso de desperonización que pretendían imponer por la fuerza.
La noche del 23 de noviembre de 1955, bajo las órdenes directas de la cúpula militar, el coronel Carlos Moori Koenig, jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército, junto a su ayudante el mayor Arandia, irrumpió en el edificio de la CGT para perpetrar el secuestro del cadáver. Lo introdujeron en un ataúd común, cubierto de forma apresurada con banderas, cintas y el rosario que el Papa Pío XII le había obsequiado en vida. A partir de esa noche, la frialdad burocrática del operativo se disolvió en una preocupante marea de paranoia y obsesión personal que terminaría destruyendo la salud mental de sus ejecutores.
Moori Koenig comenzó a trasladar el cuerpo sin ninguna lógica militar aparente, impulsado por el temor irracional de que los comandos de la resistencia peronista descubrieran su ubicación. El cadáver de la mujer más famosa de Argentina pasó semanas escondido en el interior de una camioneta estacionada en las calles de la ciudad, detrás de la pantalla de un cine porteño y en las dependencias de las obras de agua corriente. Lo más desconcertante del caso es que, sin importar cuán secreto fuera el escondite, en cada sitio donde Moori Koenig depositaba el ataúd aparecían misteriosamente velas encendidas y flores frescas. Una red invisible de lealtades populares parecía seguir el rastro del cuerpo en un Buenos Aires donde incluso pronunciar el nombre de Eva Perón se había convertido en un delito tipificado por el decreto ley del 5 de marzo de 1956, castigado con penas de hasta seis años de prisión.
La presión psicológica doblegó al coronel. Moori Koenig dejó de ver el cadáver como una misión logística y empezó a tratarlo como un trofeo de guerra personal, llegando a exhibirlo ante visitas selectas en su propia oficina del Servicio de Inteligencia, mostrando una conducta que sus propios superiores calificaron posteriormente como irresponsable, imprudente y contraria a la moral cristiana. La paranoia generalizada cobró su víctima más trágica cuando el mayor Arandia recibió la orden de custodiar el féretro temporalmente y decidió ocultarlo en el altillo de su propia vivienda. En medio de la oscuridad nocturna, Arandia escuchó ruidos en la parte alta de la casa; consumido por el pánico de sufrir un asalto peronista, extrajo su arma de fuego y disparó repetidamente contra la silueta que se aproximaba en las sombras. Al encender la luz, descubrió con horror que había asesinado a su propia esposa embarazada.
Ante semejante espiral de tragedias y descontrol, el general Aramburu removió a Moori Koenig y designó al coronel Héctor Cabanillas para solucionar el problema de manera definitiva. Cabanillas comprendió de inmediato que la única forma de neutralizar el poder del símbolo era extirparlo del suelo patrio. De este modo se diseñó la Operación Traslado, un sofisticado entramado de falsificación documental e intermediarios internacionales que dio origen a la invención de una identidad falsa: María Maggi de Magistris, una supuesta viuda italiana cuyos restos debían ser repatriados.
En abril de 1957, un buque arribó al puerto de Génova transportando el féretro con toda la documentación en regla. Con la colaboración de la orden religiosa de la hermana Giuseppina Airoldi y el mayor Hamilton Díaz, el cuerpo de Eva Perón fue trasladado con total hermetismo hasta el cementerio de Musocco en Milán, donde fue sepultado en la tumba número cuarenta y uno del sector ochenta y seis. Durante catorce años, Evita descansó bajo una lápida ajena, en un país extraño y en un anonimato absoluto para el mundo exterior. No obstante, el misterio la acompañó incluso en el viejo continente: la hermana Giuseppina, cumpliendo de forma estricta con los ruegos de los intermediarios y sin conocer la verdadera identidad de la difunta, acudió fielmente todas las semanas a depositar flores sobre la tumba de la supuesta viuda italiana.
Mientras tanto, en Argentina, la ausencia del cuerpo se transformó en una herida histórica que se negaba a cicatrizar. En la década de 1970, una nueva generación de jóvenes militantes agrupados en la organización guerrillera Montoneros secuestró y ejecutó al general Aramburu, exigiendo como condición irrenunciable la devolución de los restos de Evita. El nuevo presidente de facto, el general Alejandro Agustín Lanusse, comprendió que el secreto de Estado se había vuelto insostenible y que la devolución del cuerpo era una pieza clave para pacificar un país al borde del abismo social.
El 3 de septiembre de 1971, tras complejas negociaciones diplomáticas, el coronel Cabanillas exhumó el cadáver en Milán y lo trasladó por carretera hasta la residencia de Juan Domingo Perón en su exilio de Puerta de Hierro, en Madrid. Al abrir el féretro tras dieciséis años de desaparición, los presentes constataron la efectividad del trabajo original del doctor Ara, aunque el cuerpo evidenciaba las cicatrices de su accidentado periplo: presentaba un hundimiento en la zona de la nariz, diversos golpes en el rostro y el pecho, y la alarmante ausencia de la punta de uno de sus dedos, mutilación que nunca pudo ser explicada con certeza.
En la intimidad de la mansión madrileña se produjo otra de las escenas más singulares de esta historia. Perón, junto a su tercera esposa, Isabel Martínez de Perón, recibió el cuerpo de su antigua compañera. Según testimonios de testigos directos como Carlos Espadone, Isabel se transformó en la guardiana cotidiana de los restos de su predecesora. En una habitación privada de la planta superior, Isabel se dedicaba de noche a limpiar el cuerpo con paños húmedos, a peinar su larga cabellera con paciencia infinita y a secar cada mechón con un secador de pelo, recreando una inquietante rutina de convivencia entre el pasado y el presente del movimiento político de masas.
Tras la muerte de Perón en 1974 y el breve mandato presidencial de Isabel, el cuerpo de Evita regresó finalmente a la República Argentina en noviembre de ese mismo año, gracias a un operativo gestionado por el polémico ministro José López Rega. Tras permanecer un tiempo en la cripta de la Quinta de Olivos, la llegada de una nueva dictadura militar en 1976 forzó el destino final del cadáver, entregándolo de manera definitiva a sus familiares directos, la familia Duarte.

El 16 de noviembre de 1974, en un giro cargado de ironía histórica, Eva Perón fue enterrada en la bóveda familiar del cementerio de la Recoleta, el epicentro del descanso eterno de la aristocracia y la oligarquía porteña que tanto la habían denostado en vida. Sin embargo, antes de sellar el sepulcro, las autoridades exigieron una medida de seguridad extraordinaria que delata el temor persistente que inspiraba su figura: instalaron dos gruesas planchas de acero blindado sobre el ataúd, convirtiendo la tumba en una auténtica caja fuerte subterránea para evitar cualquier intento futuro de profanación o secuestro.
Hoy en día, más de siete décadas después de su fallecimiento, el cementerio de la Recoleta recibe diariamente a cientos de visitantes de todas partes del mundo. La gran mayoría de las personas que se acercan conmovidas a dejar una flor entre los pesados hierros de la verja desconocen la existencia de las planchas de acero que custodian el cuerpo a varios metros de profundidad. Aquellos hombres de uniforme intentaron de forma desesperada adueñarse de un símbolo, destruirlo, ocultarlo bajo un nombre falso y borrarlo de la memoria colectiva a través de decretos gubernamentales. No obstante, la persistencia de esas flores frescas que aparecen cada mañana demuestra que el poder político puede confinar un cuerpo debajo del acero, pero es completamente incapaz de sepultar el mito de una mujer que se transformó en parte indisoluble de la identidad de su pueblo.