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Maradona llegó a Napoli bajo burlas de la prensa.Tres años después, fueron campeones.

Maradona llegó a Napoli bajo burlas de la prensa.Tres años después, fueron campeones.

Relato dramatizado e inspirado en hechos reales. Julio de 1984. Aeropuerto de Nápoles. Un avión aterriza. Adentro hay un hombre de 23 años. 1,65. Pelo negro rizado, cara de pibe de barrio. Afuera lo esperan 75,000 personas. No es un error. 75,000 personas fueron al aeropuerto a ver bajar a un futbolista de un avión.

 Diego Armando Maradona acaba de ser comprado por el Napoli, el equipo más pobre de la Serie A. El equipo de una ciudad que el norte de Italia mira con desprecio. El equipo que jamás ganó nada. El precio 105 millones de dólares. El jugador más caro de la historia. Y mientras la multitud grita su nombre, mientras las banderas celestes tapan el cielo, mientras Nápoles estalla en el norte de Italia, alguien está escribiendo.

 Un periodista de Milán, traje gris, máquina de escribir, cigarro en la boca, escribe lo que todo el norte piensa, pero nadie dice en voz alta. Napoli pagó una fortuna por un jugador demasiado bajo, demasiado gordo y demasiado sudamericano para el fútbol italiano. En tres meses pedirán que les devuelvan el dinero.

 No es el único. En Turín Maradona no sobrevivirá a los defensores italianos. Lo van a partir en dos. En Roma, un circo. Napoli compró un payaso caro. En Milán el fútbol se juega con piernas, no con publicidad. Y las piernas de Maradona son demasiado cortas. Diego no lee los diarios, pero sabe lo que dicen. Siempre sabe. Lo han dicho toda su vida.

Demasiado bajo, demasiado pobre, demasiado villero, demasiado todo. Lo que no debería ser un futbolista de élite. Pero Diego no vino a Italia a convencer a nadie con palabras. Napoli es una ciudad herida. Lo primero que Diego nota cuando sale del aeropuerto es el olor sal del mar mezclada con basura, con gasolina, con algo que no puede nombrar pero que reconoce el olor de la pobreza, el mismo olor de Villa Fiorito.

Lo segundo que nota son los ojos. La gente lo mira diferente acá, no como en Barcelona, donde lo miraban con expectativa fría, calculando si valía lo que costaba. Acá lo miran con otra cosa, algo que se parece a la desesperación, algo que se parece a la fe. Nápoles es la ciudad más pobre de Italia.

 El norte la llama la vergüenza del país. Los napolitanos trabajan en las fábricas de Milán y Turín, donde los tratan como ciudadanos de segunda. Cuando buscan departamento en el norte, los carteles dicen, “No se alquila a napolitanos ni a perros. El equipo de fútbol es el espejo de la ciudad. Napoli nunca ganó una liga, nunca en toda su historia.

Mientras Juventus acumula títulos y Milan levanta copas europeas, Napoli tiene vitrinas vacías. El sur siempre pierde contra el norte en la economía, en la política, en el fútbol, en todo. Y ahora trajeron a Maradona, el jugador más caro del mundo, al equipo más pobre de la liga, a la ciudad más despreciada del país.

 Diego entiende el peso de eso desde el primer día. No vino a jugar al fútbol, vino a cambiar una historia. El primer entrenamiento es en el estadio San Paolo. Diego llega temprano. El estadio está vacío. Camina hacia el césped. Se para en el centro del campo. Mira las gradas vacías ahora, pero él puede ver lo que van a hacer. 70,000 personas gritando.

 Banderas, humo, cantos que hacen temblar el concreto. Puede verlo. Solo tiene que hacerlo realidad. Los compañeros empiezan a llegar. Diego los observa. Nota las miradas. Algunos lo ven con admiración, otros con curiosidad, otros con recelo. El capitán se acerca. Yuspe Bruscolotti, 30 años, 10 temporadas en el club napolitano de nacimiento.

 Conoce esta ciudad, este equipo, esta maldición. Mejor que nadie. Bruscoloti mira a Diego de arriba a abajo. Literalmente le saca 15 cm. No dice nada, solo mira. Diego sostiene la mirada. Después de unos segundos. Bruce Coloti asiente un gesto mínimo. No es aceptación, es otra cosa. Es veamos qué tienes.

 El entrenamiento empieza. Diego no habla, hace otras cosas. En el primer ejercicio de pases, pone la pelota exactamente donde quiere, al centímetro. En el segundo de control, baja un pelotazo de 40 m con el pecho como si la pelota fuera de algodón. En el tercero, de gambeta, pasa a tres compañeros como si no existieran.

 Los jugadores empiezan a mirarse entre ellos sin decir nada. Bruceolotti observa desde un costado. Su expresión no cambia, pero algo en sus ojos sí. Cuando termina el entrenamiento se acerca a Diego otra vez. Esta vez extiende la mano. Diego la toma. Bienvenido a Napoli. Esta vez sí es aceptación. El primer partido oficial es contra Verona.

San Paolo está lleno, más que lleno. La gente está colgada de las rejas, sentada en los pasillos. Parada en cualquier hueco donde quepa un cuerpo. 70,000 personas vinieron a ver una sola cosa. Diego sale al campo. El ruido es físico. Se siente en el pecho, en los huesos. Mira alrededor, ve las banderas, ve los carteles.

 Uno dice, “Diego, eres más grande que Jesús.” Otro, “Maradona, rey de Nápoles.” Otro más simple. Gracias. Gracias. No ha hecho nada todavía. No ha ganado nada. Y ya le agradecen, Diego entiende. No le agradecen por lo que hizo, le agradecen por lo que representa, por venir acá cuando podía elegir cualquier otro lugar, por darles algo que no tenían hace mucho tiempo.

Esperanza. El partido empieza. Los defensores de Verona tienen instrucciones claras. Marcarlo duro, no dejarlo girar, pegarle temprano para que sepa lo que le espera. Minuto 3. El primer golpe. Un defensor llega tarde a la pelota y temprano al tobillo. Diego cae. El árbitro no cobra nada. Se levanta, no dice nada. Minuto siete.

Otro golpe en la espalda, se levanta. Minuto 12. En la rodilla, duele. Se levanta. Los defensores se miran. Algo no está funcionando. El argentino no se queja. No se enoja, no pierde la calma, solo se levanta una y otra vez. Minuto 23. Diego recibe en el medio del campo. Dos defensores vienen hacia él.

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