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Jenni Rivera: Una Madre Que Murió Odiando a Su Hija… La Verdad Que te Destrozará.

El 9 de diciembre de 2012, cuando el reloj apenas marcaba a las 3:30 de la madrugada y la mayor parte del país aún dormía, un Lar Jet 25 se elevó desde la pista de Monterrey con rumbo a Toluca. A bordo de aquella nave viajaban siete personas, cada una con sus planes, sus pendientes y su propia idea de lo que traería el nuevo día.

Pero apenas habían transcurrido 10 minutos cuando las pantallas del radar se quedaron en blanco de golpe. El aparato se había esfumado del cielo sin dejar la menor señal, como si la oscuridad lo hubiera tragado entero. La aeronave terminó haciéndose pedazos entre los riscos de la sierra. No muy lejos de la localidad de Iturbide, ninguno de los ocupantes logró salir con vida de aquel amasijo de metal retorcido.

Entre ellos viajaba Jenny River, aquella mujer que había colocado millones de discos en el mercado, que había abarrotado recintos completo hasta hacerlos vibrar y que había tomado el sufrimiento callado de las mujeres pisoteadas para transformarlo en un imperio comercial colosal, en un estandarte de lucha y prácticamente en una fe popular con sus propios fieles.

Pero lo que vas a escuchar en los próximos minutos no trata sobre las causas técnicas de aquel desplome aéreo, ni sobre el estado del motor o los errores de los pilotos. Lo que vas a escuchar es el relato de cómo una madre terminó abordando ese avión, cargando dentro de sí un rencor profundo hacia su propia hija, porque en lo que sigue vas a enterarte de cuatro revelaciones que voltean por completo de arriba a abajo.

Todo lo que dabas por cierto respecto a Jenny Rivera. La primera tiene que ver con la verdad escondida detrás del correo que le envió a Chiquis el 2 de octubre de 2012. aquel mensaje titulado Lightson, donde dejaba ver con total claridad que ya la había juzgado y sentenciado en su interior, que en su cabeza no sobrevivía ni el más mínimo titubeo.

La segunda gira en torno a una filmación sin sonido captada por una cámara de vigilancia doméstica. Esa imagen precisa que Jenny repasó incontables veces una y otra vez hasta quedar plenamente persuadida de que su hija la había apuñalado por la espalda junto a Esteban Loaiza. La tercera es la determinación jurídica que tomó a continuación fría y calculada, arrancarla de su afecto, de su hogar y de paso de su testamento, como quien borra un nombre de una lista.

Y la cuarta es esa noche final en tierras regiomontanas cuando subió al escenario destrozada por dentro. Pronunció palabras sobre la importancia de volver a ponerse de pie pese a todo. Y pocas horas más tarde abordó la aeronave que acabaría con su existencia. Si te gusta este contenido, suscríbete para no perderte ninguna historia oculta.

Lo más demoledor de toda esta historia no radica en que Jenny perdiera la vida. Lo verdaderamente devastador está en las circunstancias precisas en que la perdió. Se marchó de este mundo sin haber escuchado jamás una sola aclaración, sin haber abierto siquiera la puerta a una conversación, sin concederle a Chiquíssera ocasión de defender su honra.

Y mientras buena parte del continente la seguía adorando como la indiscutible diva de la banda, en la intimidad de su propio techo, ella ya se había erido en juez, en verduga y en damnificada. Las tres cosas al mismo tiempo. Hablamos de una mujer que había salido viva de relaciones con hombres brutales, que había escapado a duras penas de la pobreza, que había soportado el escándalo y la vergüenza expuesta ante millones de ojos.

pero que al final cayó vencida por algo infinitamente más íntimo y silencioso. La desconfianza, la ponzoña que se filtra gota a gota, la convicción de que su propia descendencia la había aniquilado por dentro. Te iré señalando el momento exacto en que aparezca cada una de estas cuatro revelaciones, pero antes resulta indispensable retroceder hasta el origen mismo de todo.

Porque esta historia no germinó. En el firmamento nocturno de Monterrey, brotó muchísimo antes en el interior de una vivienda repleta de cicatrices antiguas, en un lugar donde el cariño ya llegaba contaminado de temor, de remordimiento y de afán de control. Todo arrancó mucho antes de aquel correo envenenado, mucho antes de la cámara que se quedó grabando en silencio, mucho antes de aquella madrugada del 9 de diciembre de 2012 en que el cielo regio montano devoró a Jenny Rivera de manera definitiva.

arrancó en Long Beach, California, el 2 de julio de 1969, cuando vino al mundo Dolores Janne y Rivera Saavedra, dentro de una familia que ya cargaba el sello de la lucha, grabado a fuego incluso antes de que ella tomara su primera bocanada de aire. Sus progenitores, Rosa Saedra y Pedro Rivera, habían atravesado la frontera desde México, arrastrando hambre, sobresaltos y la dolorosa certeza de que al otro lado la vida tampoco pensaba hacerles ningún obsequio.

Es verdad que Jenny nació en territorio norteamericano con todos los papeles en regla, pero se crió con el espíritu clavado en esa línea fronteriza, en esa tierra áspera y polvorienta, donde cada cosa se conquista a golpes y nada aparece sin que medie de por medio el sufrimiento. Aquel hogar no se construyó sobre comodidades ni lujos, sino sobre el esfuerzo diario, la rigidez, el bullicio constante y unas aspiraciones demasiado descomunales para las estrechas paredes que las contían.

Pedro Rivera era un individuo poseído por el deseo ardiente de hacerse un hueco en el mundo musical. Rosa, mientras tanto, mantenía en pie con sus propias manos el andamiaje afectivo de una familia numerosa, en tanto los días se sucedían entre renuncias y juramentos de un porvenir más amable que casi nunca terminaba de llegar.

En semejante atmósfera se formó Jenny, comprobando desde muy pequeña que con demasiada frecuencia el amor se asemejaba más a aguantar y resistir que a la dulzura. ¿Acaso por eso aprendió tan rápido a forjarse una coraza? ¿Acaso por eso mezcló desde muy temprano la entereza con el deber implacable de tragárselo absolutamente todo? Siendo aún jovencísima, casi una cría todavía.

Ya ejercía de madre. Detente un instante a pensarlo de verdad. 15 años. A esa edad, la inmensa mayoría apenas comienza a vislumbrar quién es y qué quiere de la vida. Jenny, en cambio, ya cambiaba pañales en la madrugada, ya arrastraba culpas sobre los hombros, ya intentaba volverse mujer sin haber concluido siquiera su propia etapa de niña.

En 1984 unió su camino al de José Trinidad Marín, lo que en sus inicios pareció un cobijo, un refugio frente al mundo, acabó transformándose con el tiempo en otra prisión de la que costaría salir. A lo largo de 8 años, aquel vínculo la condujo por un sendero de maltratos, agresiones y vejaciones que más adelante revelarían una llaga muchísimo más honda de lo que cualquiera, incluida ella misma, habría podido sospechar.

De esa relación nacieron Chiquis, Jacki y Mikey. Tres criaturas, tres motivos para seguir respirando cada mañana. Tres testigos involuntarios de una casa donde el cariño jamás resultó sencillo ni limpio. Pero Jenny guardaba dentro de sí algo imposible de ocultar para siempre. Una voz áspera, retadora, hecha de carne y hueso.

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