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Lo que hizo Pancho Villa cuando Estados Unidos se negó a liberar a 500 soldados mexicanos

Y así, sin que casi nadie lo deseara, México quedó partido de nuevo en dos bandos, solo que esta vez ambos eran revolucionarios. De un lado, los convencionistas de Villa y Zapata, del otro los constitucionalistas de Carranza. Y la espada militar de Carranza, su mejor general, su as escondido, era precisamente Álvaro Obregón.

Aquí hay que detenerse en un episodio que parece inventado por un novelista, pero que las fuentes confirman porque resume toda la tragedia que venía. Antes de la ruptura definitiva, a mediados de 1914, Obregón viajó hasta el territorio de Villa a Chihuahua, en una misión casi suicida. Negociar, calmar las aguas, evitar la guerra entre compañeros.

Y Villa, en un arranque de furia durante aquellas tensas conversaciones, lo mandó fusilar. La orden estaba dada. Obregón, según se cuenta, esperó la muerte con una serenidad pasmosa, sin rogar. Y entonces Villa, tan impulsivo para condenar como para perdonar, se arrepintió y revocó la orden en el último momento.

Hay quien dice que ocurrió más de una vez en esos días. Piénsalo bien, porque es de esos instantes que cambian la historia. El hombre al que Villa perdonó la vida en Chihuahua sería pocos meses después el mismo que destruiría a su ejército y lo empujaría a la ruina. La clemencia de un día se convirtió en la condena del mañana.

Si Villa hubiera dejado que aquellos fusiles dispararan, quizá toda la guerra que estamos por contar habría tenido otro final. no lo hizo. Y esa decisión tan típica de él, tan viseral, marca la diferencia profunda entre los dos personajes. Villa mataba y perdonaba con el corazón, según el humor del momento. Obregón no perdonaba nunca por impulso, solo por cálculo.

Para finales de 1914, las cartas estaban echadas. Los dos antiguos aliados, el hombre que casi muere fusilado y el que casi lo manda matar, marchaban ya el uno contra el otro. Villa bajaba desde el norte con su poderosa división, convencido de que ningún ejército del mundo podía resistir el choque de su caballería. Obregón subía desde el sur con sus tropas disciplinadas y en la cabeza las lecciones aprendidas de la guerra europea.

El encuentro era inevitable y el lugar donde la suerte de México iba a decidirse ya tenía nombre, aunque casi nadie lo sabía todavía. una pequeña ciudad del vajío rodeada de campos de maíz y canales de riego llamada Celaya. Pero antes de los cañones hubo una primera chispa, el primer movimiento que puso en marcha la máquina de la guerra.

La máquina de la guerra se puso en marcha a principios de 1915, cuando Obregón decidió no espera la villa en el sur, sino salirle al paso e internarse hacia el centro del país. Su objetivo era frío y preciso. Cortar las comunicaciones entre los distintos frentes villistas, partir en pedazos al gigante antes de que pudiera concentrar toda su fuerza.

Villa, al saberlo, reaccionó como siempre, con velocidad y con furia. sacó hombres de otros frentes, juntó a su caballería y bajó a buscar a Obregón para darle el golpe definitivo, que estaba seguro terminaría la guerra en una tarde. El choque se fijó en un punto del vajío guanajuatense, la ciudad de Celaya, rodeada de campos de maíz, de canales de riego y de zanjas.

Y aquí está la primera lección de esta historia, la que vale la pena grabarse. Las batallas no se ganan solo con valor, se ganan eligiendo dónde pelear. Obregón llegó antes, miró aquel terreno y vio lo que Villa no supo ver. Esos canales y esas anjas eran trincheras naturales. Esos campos abiertos eran un matadero perfecto para quien cargara a campo descubierto.

El sonorense conocía a su enemigo mejor que nadie. Sabía que Villa, tarde o temprano, lanzaría su caballería de frente en masa, confiado en arrollarlo por el puro peso del número. Así que preparó la trampa exactamente para eso. trincheró a su infantería, repartió decenas de ametralladoras a lo largo de la línea y, lo más importante, guardó intacta su propia caballería, escondida como un puño cerrado a la espera del momento de golpear.

Detengámonos un segundo en lo que significaba una ametralladora en 1915, porque es la clave técnica de todo el relato. No era un fusil más. Era un arma capaz de escupir cientos de balas por minuto, una guadaña de plomo que un solo hombre podía manejar y que barría docenas de jinetes en segundos. En los campos de Europa, donde en esos mismos meses se libraba la Primera Guerra Mundial, esa arma ya estaba enterrando para siempre la vieja idea heroica de la carga de caballería.

Obregón lo había entendido leyendo de lejos aquella guerra. Villa, en cambio, seguía confiando en la táctica que lo había hecho invencible, la avalancha, el ímpetu, el terror del galope. Dos épocas de la guerra estaban a punto de chocar en un campo de maíz mexicano y una de las dos iba a morir ahí. El 6 de abril de 1915, los villistas desalojaron a las avanzadas de Obregón y se lanzaron sobre la ciudad.

Al amanecer del día siguiente comenzó el ataque en serio y ocurrió lo que el sonorense había previsto con escalofriante exactitud. Oleada tras oleada, la caballería de villa se arrojó contra las posiciones constitucionalistas. Y oleada tras oleada, las ametralladoras y los fusiles atrincherados las cegaron. Los jinetes valientes morían antes de llegar siquiera a tocar la línea enemiga.

Villa, fiel a su naturaleza, no retrocedió. insistió, mandó más cargas, convencido de que la siguiente sería la buena, de que bastaba un empujón más para quebrar al enemigo, pero ese empujón no llegaba y cada intento dejaba el campo más cubierto de muertos. Entonces Obregón abrió el puño, lanzó su caballería intacta, la que había guardado con paciencia, en un movimiento de pinza, sobre los flancos de un villa ya exhausto y sin reservas frescas que oponerle.

Las tropas villistas desbordadas no pudieron contener el contraataque y empezaron a retroceder. El repliie ordenado se volvió pronto huida y la división del norte se retiró derrotada hasta irapuato. El precio de aquella primera jornada fue brutal y hay que mirarlo de cerca porque es el corazón de nuestra historia.

Las fuentes registran que Villa dejó en el campo alrededor de 1800 muertos, unos 3000 heridos y cerca de 500 prisioneros en manos de Obregón. Fíjate en esa última cifra. 500 hombres, 500 soldados mexicanos que habían cabalgado tras el centauro y que ahora quedaban a merced del enemigo en una guerra donde, ya lo veremos, la palabra prisionero era casi un sinónimo de condenado a muerte.

Obregón, por su parte, había pagado mucho menos, poco más de 500 muertos y unos 300 heridos. La diferencia lo decía todo. No había sido un empate sangriento, sino una derrota clara, la primera grande que sufría el ejército que se creía imbatible. Y sin embargo, aquí aparece el rasgo que define a Villa y que sellaría su destino.

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