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Le Dieron un Papel a Chalino en Pleno Concierto… Horas Después Estaba Muerto

Una mano que se movió detrás de ese niño en la sombra. Recuerda esa mano. Va a volver al final de esta historia y cuando vuelva lo va a cambiar todo. Esa misma madrugada Chalino llegó a la carretera. De ahí tomó un camión a Culiacán. De Culiacán otro a Tijuana. En Tijuana cruzó la frontera a pie. De noche, de la mano de un coyote que le cobró los pocos billetes que su madre le había metido  en la bolsa del pantalón antes de despedirlo, sin saber bien si lo volvería a ver.

Llegó a Los Ángeles con lo puesto 15 años mal cumplidos, sin papeles y sin hablar una palabra de inglés. No regresó a las flechas en 15 años y cuando por fin regresó a Sinaloa en mayo del 92, fue para morir. Pero entre esa noche de la fiesta y esa última noche del papel, hay 17 años exactos. 17 años que alguien estuvo contando uno  por uno.

Aguanta, porque todavía falta entender de dónde salió el dinero, de dónde salió la fama y de dónde salió la primera de las cosas que ese hombre cargó hasta la tumba. Los Ángeles en 1975 era otra forma de rancho, sin cerros, sin polvo, pero con la misma regla de fondo. Los mexicanos recién llegados vivían amontonados  en cuartos compartidos, trabajaban en cocinas, en tintorerías, en los campos de fresa de Oxnard.

Ganaban en un día lo que en su pueblo en una semana y vivían con un miedo permanente, sin papeles, sin voz, invisibles para todos los que importaban. A Chalino le tocó todo eso. Lavó platos en un restaurante de Inglewood, cortó carne en una carnicería de la calle Olympic, vendió carros usados en un lote de Huntington Park.

Cada trabajo le duraba poco porque llegaba sin papeles y a la primera sospecha lo corrían. Durante 9 años fue un indocumentado más entre miles. Un nombre que nadie conocía. Tenía una sola cosa suya, una guitarra de segunda mano que compró en un bazar. Tocaba los fines de semana en fiestas de paisanos con un vaso de cerveza al lado. Cantaba mal.

La voz rota, nasal. áspera de haber gritado demasiado pronto en la vida, cualquier maestro de canto le habría dicho que eso no servía. Chalino lo sabía y le daba igual. Adentro de esa guitarra barata había 9 años de rabia guardada y una herida del 71 que nunca cerró. Era puro combustible. Faltaba la chispa. La chispa llegó en 1984 y llegó de la peor manera.

Armando,  su hermano, el que lo había recibido en Los Ángeles, el único que le había abierto camino cuando llegó con 15 años y nada, apareció muerto en un cuarto de un hotel barato en Tijuana. Tres balazos. Nunca detuvieron a nadie. La familia nunca supo del todo que hacía Armando ese día en Tijuana.

En el barrio, sin embargo, se decía una cosa en voz baja, que Armando había empezado a meterse en negocios con gente pesada y que algo había salido mal. Para Chalino, la muerte de Armando fue como perder al padre por segunda vez. Armando le había conseguido dónde dormir, le había enseñado a no dejarse. Le había pagado la primera consulta del dentista y de repente, a los 24 años, Chalino volvía a quedarse sin el hombre que lo cuidaba.

Algo se le quebró por dentro, algo que después se iba a oír en cada corrido que escribió. Porque ahí, llorando, en una servilleta de un restaurante de la calle Alameda  en el verano del 84, Chalino escribió su primera canción, Un corrido  para Armando. Lo escribió con letra torcida, la tinta corrida por las lágrimas.

Nunca grabó esa primera versión en un estudio, pero esa servilleta no se perdió. Chalino la dobló en cuatro y la guardó. La cargó en la bolsa del saco durante 8 años a todos lados, amarillenta, gastada, doblada y vuelta a doblar. Acuérdate de esa servilleta  porque va a aparecer otra vez. Va a aparecer la madrugada en que levanten su cuerpo en una brecha cerca de los mochis.

en la bolsa de su saco pegada a su pecho. Iba a aparecer junto a otra cosa. Después de enterrar a Armando, Chalino hizo algo que no había hecho en 9 años. Regresó a México, no a Sinaloa todavía, a Tijuana. Quería saber qué le había pasado a su hermano. Quería ver el cuarto del hotel. Quería nombres. Empezó a preguntar en los lugares equivocados a la gente equivocada.

Y por preguntar  de más, en 1985, Chalino terminó detenido por la policía de Baja California. Lo metieron a la mesa, la penitenciaría de Tijuana, con cargos que nunca quedaron claros. La familia siempre dijo que fue por un pleito en una cantina. Otros, con menos ganas de creer en casualidades,  dijeron que lo metieron ahí para callarlo, para que se muriera adentro.

Y de hecho,  a los dos meses, un preso lo atacó con un punzón en el patio a la hora del almuerzo. Chalino sobrevivió de milagro porque otro preso, uno con peso propio, se metió en medio y paró el ataque. ¿Por qué un preso poderoso protegería a un indocumentado recién llegado que nadie conocía? Esa pregunta tiene una respuesta y la respuesta es lo que años después lo iba a matar.

Pero todavía no. Lo que importa ahora es lo que Chalino hizo dentro de esa cárcel. Un preso de Culiacán le consiguió un cuaderno de pastas negras. Y en ese cuaderno encerrado, Chalino empezó a escribir corridos. Los primeros los escribió para los presos de al lado a cambio de un paquete de cigarros por corrido.

Un hombre le contaba su historia, de dónde venía, a quién le había ganado, por qué estaba ahí. Chalino la ponía en verso  con nombres y fechas, y al día siguiente le entregaba la hoja escrita a mano. Cada preso guardaba su corrido como si fuera un título de propiedad. Cuando Chalino salió de la mesa en 1986, ese cuaderno de pastas negras ya tenía escritos más de 60 corridos por encargo, 60 nombres.

Muchos de esos hombres con los años  se convirtieron en gente muy pesada del norte de México. Y ese cuaderno con esa lista de 60 nombres escritos  de su puño y letra es hoy uno de los papeles más buscados de Sinaloa. Búscalo en tu cabeza, también va a volver. De Tijuana, Chalino regresó a Los Ángeles a finales del 86.

Volvió distinto. Volvió con un oficio y en los siguientes dos años pasó algo que he contado hoy suena a invento. Conseguía una grabadora de cassetes portátil, una Sony barata de las que usaban los chóeres de camión. Se metía a su carro, un Chevrolet Camaro azul de segunda mano. Estacionaba en un parque de Paramount.

Ponía la grabadora sobre el tablero, apretaba grabar y cantaba. con su guitarra hasta que se acababa la cinta. Sin banda, sin productor, sin estudio. Después se iba con esas cintas recién grabadas a los mercados sobre ruedas de Huntington Park, de Southgate, de Pico Rivera. Abría la cajuela, ponía las cintas encima y las vendía a $ cada una.

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