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El Oscuro Secreto que Walter Mercado Suplicaba Ocultar

Y mientras eso pasaba, en un avión que despegaba de Santo Domingo, rumbo a San Juan, viajaba una mujer que iba a cambiarle la vida en menos de 6 meses. Esa mujer, según la versión que la familia Mercado nunca confirmó, pero tampoco desmintió, [música] era una modelo y azafata de origen brasileño. Trabajaba en una aerolínea regional que cubría rutas entre el Caribe y Sudamérica.

Walter la conoció en una cena en el viejo hotel Caribe Halton de San Juan a mediados de los años 60. Lo que pasó después, las personas más cercanas a él lo describieron siempre con la misma palabra. Cambió. Walter se enamoró por primera y única vez en su vida pública. [música] Dejó de fingir y por primera vez también alguien lo conoció completo.

Ella se llamaba, según le contó Walter, al periodista Jaime Bailey en una entrevista informal en 2002 Bárbara. Tenía 29 años. Hablaba portugués, español y un inglés básico aprendido en los pasillos de aviones. Llevaba siempre una pulsera de cuero con un dije pequeño con la forma de una estrella de cinco puntas que su madre le había regalado al cumplir los 15.

Cuando se sentaba a tomar café, sostenía la taza con las dos manos, como si tuviera frío incluso en pleno verano caribeño, y reía con una carcajada larga que, según Walter, no encajaba en ninguna sala donde la primera vez la escuchabas. Se vieron 11 veces en 6 meses, cada vez que el itinerario de la aerolínea le permitía pasar dos o tres noches en San Juan.

[música] Ella llamaba al teléfono fijo del apartamento que Walter alquilaba entonces en Condado. Walter cancelaba todo, reuniones de televisión, grabaciones, cenas familiares. Iba a recogerla al aeropuerto en un Mustang descapotable rojo que se había comprado precisamente para esos días. La llevaba a almorzar a un restaurante de mariscos en la playa de Isla Verde.

Y por la noche, según Walter, le confesó al mismo Bailey en una segunda parte de esa entrevista que jamás se publicó. Los dos se sentaban en el balcón a mirar el mar sin hablar durante horas. El último encuentro fue a finales de junio de 1968. Bárbara estaba parada en la puerta del aeropuerto con su maleta pequeña en una mano y el uniforme azul de la aerolínea recién planchado en una funda colgada del brazo.

Antes de cruzar el control de seguridad se dio la vuelta. Caminó cinco pasos hacia atrás. le agarró la cara con las dos manos, le besó la frente y le dijo en portugués una frase que Walter no entendió en ese momento y que pasó 50 años intentando traducir correctamente. Bosé es o homen más difícil que Euamei. Esa noche, cuando Walter llegó a su casa, escribió la frase en una libreta.

No volvió a abrir esa libreta nunca más, pero la guardó hasta el día de su muerte en el cajón superior de su mesa de noche. Pero ese amor duró menos de un año. Una madrugada de mediados de 1968, el avión en el que ella volaba desapareció del radar entre Santo Domingo y San Juan. No hubo sobrevivientes. Walter recibió la llamada al amanecer.

Según el testimonio que su hermana mayor Ruth dio años después, no lloró ese día. Se sentó en el suelo de su habitación de espaldas a la cama y se quedó así durante 48 horas sin moverse. Cuando finalmente se levantó, había tomado dos decisiones que iban a definir el resto de su existencia.

La primera fue viajar a la India. La segunda no se la contó a nadie hasta cuatro décadas después. Y esa segunda decisión es exactamente la razón por la que estás viendo este video. Walter llegó a la India a finales de 1968 con tres maletas, [música] una libreta de tapa dura y un dolor que no sabía cómo nombrar. Se quedó casi un año.

Estudió astrología védica con maestros locales en Benarés. Aprendió a leer cartas natales en sánscrito básico. Probó la meditación silenciosa de 10 días en un ashrayas. Y durante todo ese tiempo, según le contó después a un periodista de Puerto Rico, intentó comprender por qué la persona que él había amado había sido la única que el universo le había permitido tener.

[carraspeo] Visual, paisaje de los Himalayas, monasterio túnica blanca de espaldas. No encontró la respuesta, eh, pero encontró otra cosa. Encontró un personaje. Cuando regresó a Puerto Rico en 1969, Walter ya no caminaba igual. Se había dejado crecer el pelo. Vestía túnicas blancas que mandaba hacer con una modista de Santurce. Hablaba en susurros teatrales.

Sus amigos cercanos creyeron que estaba pasando por una crisis. Sus enemigos dijeron cosas peores, pero un hombre llamado Elí Ortiz, productor del programa El Show de las 12, [música] que se transmitía por guapa televisión, vio en ese cambio una oportunidad. [música] A principios de 1970, Elinó a Walter a hacer una participación de 3 minutos al final de un programa.

le pidió que hablara de astrología, que era el tema del que todos sus colegas decían que Walter no podía callarse. [música] Walter aceptó y en el último segundo, mientras se preparaba para salir a cámara, sintió frío. Pidió que alguien le trajera algo para echarse encima. La única prenda disponible en el camerino fue una capa púrpura que pertenecía a otra producción.

Walter se la puso, salió a cámara, habló durante 3 minutos sobre los signos del zodiaco y al día siguiente [música] la centralita de Guapa Televisión recibió más de 4000 llamadas pidiendo que ese hombre de la capa volviera al aire. Por lo tanto, sin que nadie lo planeara, una prenda prestada se convirtió en la armadura que Walter Mercado iba a llevar puesta durante 50 años.

Y dentro de esa armadura, el hombre de carne y hueso empezó a desaparecer. A partir de ese día, la capa nunca volvió al vestuario de la otra producción. Walter mandó a hacer la suya propia, después encargó otra y meses después encargó 100, cada una más elaborada que la anterior. Capas bordadas a mano con hilo dorado, capas con pedrería incrustada, capas que llegaron a pesar más de 12 [música] kg.

y que él se ponía cada día antes de salir a grabar. Su colección personal, según el inventario que se hizo público después de su muerte, incluía más de 400 capas. Cada una catalogada, cada una con un nombre, cada una guardada en una vitrina de cristal, en una habitación dedicada exclusivamente a ellas en su mansión de coupei visual.

Habitación llena de vitrinas iluminadas con capas bordadas. Cámara hace un traveling lento. Durante los años 70, Walter pasó de ese segmento de 3 minutos a tener su propio programa diario. Predicciones astrales, consejos amorosos, mensajes para cada signo. Cerraba siempre con la misma frase que con el tiempo se volvió tan icónica como su capa.

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