La Ruptura del Silencio y el Clamor por la Justicia
El universo de las redes sociales es efímero, volátil y, a menudo, carente de empatía. Sin embargo, cuando la pantalla del ordenador o del móvil se apaga, la cruda realidad del sistema penitenciario y judicial se impone con una fuerza demoledora. En las últimas horas, la sociedad colombiana y la comunidad internacional han sido testigos de un momento televisivo que ha congelado la sangre de muchos espectadores. Gerardo Barrera, padre de la controvertida y mediática creadora de contenido Daneidy Barrera Rojas —conocida globalmente como ‘Epa Colombia’—, ha decidido romper su prolongado silencio. Y lo ha hecho de la manera más contundente posible, acudiendo al programa ‘DE FRENTE!’ del Tercer Canal, conducido por la incisiva periodista Paola Herrera, para lanzar un grito de auxilio que resuena mucho más allá de las fronteras de su país.
La imagen de un padre con el rostro desencajado por el dolor, desgarrado por la ausencia de su hija desde su captura el 27 de enero de 2025, ha abierto un profundo debate sobre la proporcionalidad de las penas, la criminalización de la protesta y la difusa línea que separa el vandalismo del terrorismo en las democracias modernas. Para la familia Barrera Rojas, Daneidy no es la peligrosa delincuente que describe el fallo de la Corte Suprema de Justicia; es, en sus propias palabras, una “prisionera política” utilizada como un oscuro trofeo judicial para sembrar el miedo entre la población civil.

A lo largo de este extenso reportaje, desgranaremos punto por punto las declaraciones explosivas de Gerardo Barrera, analizaremos las aparentes irregularidades de un proceso que ha suscitado críticas incluso en el ámbito del derecho internacional, y profundizaremos en la metamorfosis de un caso que comenzó con un vídeo viral y ha terminado en una tragedia humana de proporciones incalculables.
La Entrevista en el Tercer Canal: Un Testimonio que Estremece
El plató del Tercer Canal se convirtió en el escenario de una confesión que desafía la narrativa oficial. Paola Herrera, conocida por su estilo directo y sin medias tintas, cedió la palabra a un hombre que lleva meses librando una batalla titánica y silenciosa contra el Estado. Gerardo Barrera, flanqueado simbólicamente por el peso de la ausencia de su hija, articuló una defensa vehemente basada no en la inocencia absoluta de las acciones cometidas, sino en la abismal desproporción del castigo impuesto.
“Mi hija ha sido detenida por un delito que no existe en la legislación de la manera en que se lo han aplicado”, sentenció Barrera con una mezcla de tristeza e indignación. Según su relato, el proceso judicial que culminó con una condena de más de cinco años de prisión (63 meses y 15 días) estuvo plagado de fallos procesales, presiones indebidas y una interpretación retorcida del Código Penal.
Durante la entrevista, el padre de Daneidy hizo hincapié en el genuino arrepentimiento de su hija. Afirmó que el error cometido en su juventud, impulsado por la adrenalina del momento y la búsqueda de aceptación en el salvaje entorno digital, se ha pagado con creces. Sin embargo, la justicia colombiana optó por escalar la situación, etiquetando sus acciones bajo el aterrador agravante de “instigación a delinquir con fines terroristas”. Gerardo fue claro al cuestionar esta denominación: ¿Acaso un martillo golpeando un cristal de transporte público puede equipararse a la detonación de un coche bomba o al secuestro sistemático de civiles?
Esta desgarradora intervención televisiva no fue un simple lamento familiar; fue un meticuloso señalamiento a las presuntas vías de hecho procesales. Barrera denunció que su hija aceptó los cargos inicialmente por sugerencia de un defensor legal que no le explicó las devastadoras consecuencias de admitir un delito relacionado con el terrorismo, configurando así lo que en términos jurídicos se conoce como una defensa técnica inoperante o un “error inducido”.
Vandalismo vs. Terrorismo: El Gran Debate Jurídico
Para comprender la magnitud del reclamo de Gerardo Barrera, es imperativo diseccionar la naturaleza de los cargos que mantienen a ‘Epa Colombia’ privada de su libertad. El epicentro del debate radica en la interpretación judicial de los hechos ocurridos durante el paro nacional del 22 de noviembre de 2019.
Aquel día, en un país convulso y paralizado por masivas movilizaciones sociales, Daneidy se grabó a sí misma destrozando los torniquetes, las puertas de cristal y los lectores de tarjetas de la estación Molinos del sistema TransMilenio en Bogotá. Nadie discute que se trató de un acto reprobable, de un claro caso de daño a la propiedad estatal. Sin embargo, la pirueta legal del Tribunal Superior de Bogotá, ratificada posteriormente por la Corte Suprema el 22 de enero de 2025, transformó el vandalismo callejero en una amenaza a la seguridad nacional.
A continuación, exponemos las enormes diferencias entre ambas figuras legales, lo cual ilustra el porqué de la indignación de la familia y de amplios sectores de la sociedad civil:
Gerardo Barrera argumenta que equiparar el uso de un martillo contra una puerta de cristal con el terrorismo es una aberración jurídica. Su postura está respaldada por numerosos expertos en derecho constitucional e instituciones defensoras de los derechos humanos, quienes advierten sobre los peligros de estirar la definición de terrorismo para aplicarla a escenarios de protesta social ciudadana. Cuando el Estado utiliza la palabra “terrorista” con tanta ligereza, no solo diluye el significado del término, sino que crea un precedente sumamente peligroso para cualquier ciudadano que decida alzar la voz contra el gobierno.
La Cronología de una Caída Inevitable
El camino que llevó a Daneidy Barrera desde el estrellato digital hasta su celda en la Escuela de Carabineros de la Policía Nacional es un laberinto de decisiones desafortunadas y fallos judiciales controvertidos. Para entender la complejidad del caso, es necesario repasar la línea temporal de los acontecimientos que han marcado esta tragedia:
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22 de noviembre de 2019: En el marco de las protestas nacionales contra el entonces presidente Iván Duque, Daneidy publica el infame vídeo destruyendo las instalaciones de TransMilenio. Las imágenes se viralizan en cuestión de minutos, causando una ola de repudio social.
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10 de diciembre de 2019: Mal asesorada, acepta los cargos imputados durante la audiencia, ignorando que el agravante de “fines terroristas” cerraría cualquier posibilidad de beneficios penitenciarios en el futuro.
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13 de marzo de 2020: Una luz de esperanza. El juez de primera instancia la condena por daño en bien ajeno y perturbación del transporte público, pero la absuelve del cargo de instigación con fines terroristas, considerando que su conducta no cumplía con los requisitos de este gravísimo delito.
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5 de agosto de 2021: El Tribunal Superior de Bogotá da un giro radical al caso. Revoca parcialmente la decisión inicial y la condena por instigación a delinquir con fines terroristas, imponiendo una pena de 63 meses de prisión y prohibiéndole ejercer su oficio de creadora de contenido.
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22 de enero de 2025: Tras años de apelaciones y recursos de casación, la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia confirma la condena de manera íntegra. La suerte está echada.
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27 de enero de 2025: Se hace efectiva la orden de captura. Daneidy es detenida y trasladada a prisión, marcando el inicio del calvario que hoy denuncia su padre.
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Un Castigo Ejemplarizante y la Sospecha de la “Prisionera Política”

Durante su intervención con Paola Herrera, uno de los momentos más tensos y reveladores fue cuando Gerardo Barrera utilizó el término “prisionera política”. En un país con una historia tan compleja y violenta como Colombia, esta denominación no se usa a la ligera. ¿Por qué la familia considera que Daneidy encaja en esta categoría?
La respuesta yace en la función simbólica de su condena. Daneidy Barrera no era una líder guerrillera ni una ideóloga de un grupo armado; era una influenciadora con millones de seguidores, originaria de un estrato social humilde, que logró construir un imperio empresarial en torno a la venta de productos capilares. Su figura, estridente y a menudo polarizante, representaba un blanco fácil y perfecto para un Estado que necesitaba enviar un mensaje contundente a la juventud colombiana: la protesta callejera tiene un precio inasumible.
El padre relató cómo la captura de su hija parecía diseñada para los focos mediáticos. Mientras verdaderos cabecillas de organizaciones criminales o políticos corruptos que desfalcan miles de millones gozan de beneficios de casa por cárcel, a Daneidy se le aplicó todo el peso de una legislación punitiva sin contemplaciones. Las declaraciones de Gerardo en el Tercer Canal sugieren que la justicia utilizó el enorme altavoz mediático de ‘Epa Colombia’ para escarmiento público.
“Me dijeron de todo, nos pisotearon. A mi hija la trataron peor que al peor de los criminales del país. La justicia quiso dar un ejemplo con ella para asustar a la juventud, y por eso la mantienen encerrada bajo un delito que a todas luces no cometió”, reflexionó con profunda tristeza durante la transmisión.
Los Defectos del Proceso y la Batalla en la Corte Constitucional
El ruego televisivo de Gerardo no es el único frente abierto. Paralelamente a la guerra mediática, la defensa legal de Daneidy Barrera está librando una batalla a vida o muerte en la Corte Constitucional. El equipo de abogados sostiene que se han vulnerado derechos fundamentales a través de vías de hecho judiciales, es decir, decisiones que van en contra de la razón y la ley.
Han presentado una acción de tutela argumentando un defecto sustantivo gigantesco. Afirman que la interpretación que el tribunal hizo del artículo 348 del Código Penal fue excesivamente amplia e incorrecta. La sanción impuesta convirtió típicas acciones de vandalismo en actos terroristas, contraviniendo directamente los estándares y tratados internacionales firmados por el Estado colombiano que prohíben expresamente criminalizar la protesta social.
Además, señalan un evidente defecto procedimental. El hecho de que una ciudadana sin profundos conocimientos legales aceptase cargos por sugerencia de una defensa negligente debería ser motivo suficiente para revisar el allanamiento. Si el proceso hubiese sido limpio y ajustado al principio de proporcionalidad, Daneidy estaría hoy cumpliendo su deuda con la sociedad a través de medidas alternativas, como el pago íntegro de los daños o la prisión domiciliaria, permitiéndole continuar al frente de su empresa y, lo más importante, al lado de su familia.
El Drama Familiar: Una Niña que Crece sin su Madre
Detrás de los expedientes, los códigos penales y los rimbombantes fallos de la Corte Suprema, hay vidas humanas destrozadas. El relato de Gerardo Barrera alcanzó su punto de máxima emotividad al referirse a la hija de Daneidy. El llanto del padre no solo fue por la libertad arrebatada de su primogénita, sino por el dolor insoportable de ver a una niña pequeña crecer separada de su madre por un muro de hormigón.
Martha Cecilia Rojas, madre de la influenciadora, se ha sumado a esta súplica desesperada. A través de vídeos publicados en redes sociales, ha mostrado el estado de vulnerabilidad extremo en el que se encuentra su hija dentro del penal. Martha ha solicitado clemencia no solo por la salud mental de Daneidy, sino “por la hija que tiene, que la necesita urgentemente en casa”.
El Estado, en su empeño por salvaguardar una supuesta seguridad nacional protegiendo unas puertas de cristal rotas hace años, está causando un daño colateral irreparable en el tejido de una familia que, pese a sus defectos y polémicas, ha luchado incansablemente por salir adelante a través del emprendimiento y el trabajo honesto.
El Rol de la Comunidad Internacional y la Posibilidad del Indulto
El desespero ha llevado a los padres de ‘Epa Colombia’ a elevar su mirada más allá del territorio nacional. Gerardo Barrera fue enfático al solicitar la intervención de organismos internacionales protectores de los derechos humanos. Pide que analicen el expediente con lupa y presionen al sistema judicial para que rectifique lo que él considera un atropello monstruoso.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha emitido históricamente resoluciones en las que advierte a los Estados sobre el uso de la tipificación del terrorismo como herramienta para criminalizar actos derivados del descontento social. Es precisamente este marco jurídico internacional el que la familia espera que se aplique al caso de Daneidy.
Por otro lado, se vislumbra una vía política: el indulto presidencial. La compañera sentimental de la empresaria ha iniciado una recolección masiva de firmas para solicitar formalmente al Presidente de la República que otorgue un perdón gubernamental. El indulto no borra los hechos, pero exime del cumplimiento de una pena que, a los ojos de gran parte de la sociedad, resulta extremadamente cruel y desconectada de la realidad material del daño causado.
¿Se atreverá el poder ejecutivo a intervenir en un caso tan mediático y políticamente sensible? Las ramificaciones son inmensas. Conceder el indulto podría interpretarse por los sectores más conservadores como una muestra de debilidad frente al vandalismo, mientras que mantener la condena reafirma la percepción de que Colombia posee una justicia punitiva e implacable únicamente con quienes carecen del poder económico y político tradicional.
Más Allá de las Rejas: El Impacto en su Empresa y Seguidores
No podemos obviar el impacto económico y social de la captura de Daneidy. Antes de su fatídica detención en enero de 2025, ‘Epa Colombia’ se había consolidado como una exitosa empresaria en el sector de la belleza y los tratamientos capilares. Su compañía generaba cientos de empleos directos e indirectos, muchos de ellos destinados a mujeres cabeza de familia y personas en situación de vulnerabilidad.
El acoso judicial que denuncia su padre también tuvo un componente de asfixia empresarial. Gerardo confesó que la presión no solo era legal, sino también mediática y comercial, llegando al punto de afirmar que “si no lo hacía (someterse a las exigencias), me iban a acabar con la empresa”. Este testimonio sugiere que el hostigamiento trascendió el ámbito penal para intentar quebrar la fuente de sustento de decenas de familias colombianas.
En prisión, el panorama no es mucho más alentador. Recientemente, se filtró a la prensa que a Daneidy se le había incautado otro teléfono móvil en la Escuela de Carabineros, lo que demuestra la constante vigilancia y el enfoque mediático sobre cada uno de sus movimientos intramuros. La institución policial justifica estas acciones bajo los reglamentos penitenciarios, pero para la familia, es una prueba más de una persecución obsesiva e implacable.
Reflexión Final: El Espejo de una Sociedad Fracturada
La desgarradora entrevista de Gerardo Barrera en el Tercer Canal es un espejo en el que toda la sociedad debería mirarse. Nos obliga a cuestionar el verdadero propósito de la justicia: ¿Debe ser una herramienta de rehabilitación y reparación del daño, o un instrumento de venganza institucional y escarmiento público?
Nadie, ni siquiera su propio padre, niega que Daneidy Barrera cometió un grave error en 2019. Romper instalaciones públicas es un acto condenable que merece una sanción. Sin embargo, el salto cualitativo de calificarla como terrorista y sepultarla en vida durante más de cinco años es un abismo que desafía toda lógica proporcional.
Las lágrimas de Gerardo y Martha son el reflejo de la impotencia de un ciudadano común enfrentándose a la implacable maquinaria del Estado. Si una ciudadana que destruyó un cristal con un martillo es tratada bajo los mismos estándares legales que los arquitectos de masacres y atentados con bombas, el problema ya no es Daneidy Barrera; el problema es un sistema judicial que ha perdido por completo el sentido de la equidad y la cordura.
El clamor por la libertad de ‘Epa Colombia’ no es una apología al vandalismo, es una exigencia de justicia justa, proporcionada y humana. Mientras la Corte Constitucional delibera y el eco del padre resuena en las televisiones de todo el país, una niña sigue esperando a que su madre vuelva a casa. Y en esa dolorosa espera, es la propia integridad del estado de derecho colombiano la que, en realidad, se encuentra sentada en el banquillo de los acusados.