El recinto del Senado de la República de Colombia, un espacio diseñado históricamente para el debate de las ideas, la construcción de leyes y la diplomacia parlamentaria, se transformó este miércoles en un auténtico campo de batalla. En una de las sesiones más tensas, acaloradas y visceralmente emocionales de la legislatura reciente, el congresista Jota Pe Hernández protagonizó una intervención que no solo rompió con todos los protocolos de la cortesía política, sino que sacudió los cimientos de una de las familias más representativas de la izquierda colombiana: la familia Cepeda.
La confrontación, que rápidamente escaló de los argumentos políticos a los ataques personales, históricos y judiciales, dejó en evidencia la profunda fractura ideológica que atraviesa el país de cara a las próximas contiendas presidenciales. Con un discurso afilado, acusaciones de presunta corrupción multimillonaria, vínculos con la insurgencia y un desenlace que casi termina en agresión física, la jornada pasará a los anales de la historia legislativa como el día en que los secretos familiares se convirtieron en la principal arma de destrucción política.
A continuación, desentrañamos paso a paso los hechos, las acusaciones y las brutales respuestas que paralizaron al poder legislativo colombiano.

El Detonante: Un Video y la Celebración de un “Canazo”
La tormenta no comenzó con un grito, sino con la proyección de un video. Jota Pe Hernández, conocido por su estilo directo y confrontacional, solicitó a la mesa directiva que se reprodujera una pieza audiovisual que tendría como protagonista al mismísimo Iván Cepeda, actual senador y figura presidenciable del Pacto Histórico.
En el metraje, un Cepeda reflexivo narraba una anécdota de su juventud, describiendo cómo era crecer en un hogar de profundas convicciones comunistas. Contaba que, a diferencia de otras familias donde una detención policial era motivo de castigos severos, vergüenza pública y reprimendas, en su casa la reacción fue diametralmente opuesta. Al ser llevado a una estación de policía por primera vez, sus padres lo recibieron con los brazos abiertos, celebrando el evento como un rito de iniciación: “Hijo, el primero de todos los que vas a tener que pasar, el primer canazo”.
Lo que para Cepeda era una anécdota sobre la resistencia social y la persecución ideológica que sufrió su familia en décadas pasadas, para Jota Pe Hernández fue el combustible perfecto para encender una hoguera.
Tomando el uso de la palabra con evidente indignación, Hernández utilizó esta confesión para estructurar un perfil psicológico y moral del candidato presidencial. “Qué chévere empezar a ser un bandido. Qué chévere que los papás le aplaudan”, ironizó el congresista ante el silencio sepulcral de una parte del recinto y los murmullos de la otra. Para Hernández, esta anécdota juvenil era la piedra roseta que explicaba el actuar político actual de Cepeda. “Yo hasta hoy entiendo el amor de Iván Cepeda por los bandidos, pero cómo no, si es que tiene unos padres sinvergüenzas que desde muy niño, cuando iba en contra de la ley, lo recibían con los brazos abiertos”, sentenció, desatando la primera ola de ovaciones y rechazos cruzados en el Senado.
Los Fantasmas del Pasado: Manuel Cepeda Vargas y Yira Castro
El ataque de Hernández no se limitó a una crítica de la crianza de Cepeda; se sumergió en las profundidades de la historia del conflicto armado colombiano, tocando fibras extremadamente sensibles. El objetivo principal de su embestida fue la memoria de los padres del senador: Manuel Cepeda Vargas y Yira Castro, figuras históricas del Partido Comunista Colombiano.
Con documentos e investigaciones en mano, Hernández lanzó una serie de acusaciones que vincularon directamente el legado de los padres de Cepeda con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
El vínculo con “Tirofijo”: Hernández aseguró que, según documentos entregados por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y cartas halladas en los computadores de Raúl Reyes, Manuel Cepeda Vargas mantenía una estrecha cercanía con Pedro Antonio Marín, alias “Manuel Marulanda Vélez” o “Tirofijo”, fundador histórico de las FARC. Según el relato del congresista, Tirofijo habría dado órdenes explícitas a sus frentes guerrilleros para apoyar y agitar la candidatura de Manuel Cepeda en el pasado.
Los Frentes Guerrilleros: Para sustentar su narrativa, Hernández recordó un hecho innegable de la geografía del conflicto armado: la existencia del Frente Urbano Manuel Cepeda Vargas, una estructura de las FARC bautizada en honor al padre del senador tras su asesinato. Asimismo, señaló que figuras dentro de la guerrilla adoptaron el alias de “Yira Castro”, en supuesto homenaje a la madre del congresista.
El Libro en la Cárcel: Como estocada final en su revisión histórica, Hernández mencionó la obra literaria Vencerás Marquetalia, un texto escrito por Manuel Cepeda Vargas. El senador acusó a este libro de ser un homenaje y una alabanza a los campesinos armados que dieron origen a las FARC en la mítica República Independiente de Marquetalia. Añadió, con sarcasmo, que dicha obra fue escrita mientras Cepeda padre cumplía una condena en prisión, tildándolo de “bandido”.
La conexión que Hernández buscó establecer en la mente de los colombianos fue directa y sin filtros: “Al padre de este sinvergüenza lo apoyaba Tirofijo, mientras que al hoy candidato presidencial Iván Cepeda lo apoya Timochenko. ¿Cómo la ven? Desde los padres en adelante”.
El Escándalo Financiero: Más de 1.600 Millones y la JEP
Sin embargo, el discurso de Jota Pe Hernández no se quedó estancado en los libros de historia de los años sesenta y ochenta. Consciente de que los debates electorales contemporáneos se ganan también en el terreno de la moralidad financiera y la transparencia, el senador apuntó directamente al núcleo conyugal de Iván Cepeda.

La acusación más explosiva y con mayores repercusiones penales y éticas de la jornada recayó sobre la esposa del senador. Hernández acusó a la compañera sentimental de Cepeda de haberse beneficiado económicamente, y de forma monumental, del sistema de justicia transicional creado tras los Acuerdos de Paz de La Habana.
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“Esta gente, no solamente los papás de Iván Cepeda, sino también la esposa, se beneficiaron de la creación de la JEP, ese tribunal hecho a la medida de los guerrilleros. ¿Cómo le parece que la esposa de Iván Cepeda durante 8 años le sacó provecho a la JEP? 1.632 millones de pesos se embolsilló”.
Esta cifra millonaria, lanzada al aire en pleno debate de control, operó como un misil a la línea de flotación de la campaña de Cepeda. La Jurisdicción Especial para la Paz ha sido, desde su concepción, una institución profundamente polarizante en Colombia. Para sus defensores, es el mecanismo necesario para la reconciliación; para sus detractores, es un tribunal de impunidad. Al vincular a la familia directa de uno de los principales arquitectos de la paz con un lucro económico de tal magnitud, Hernández buscó desmoronar la imagen de integridad moral del candidato.
“No se dejen creer de este sujeto mentiroso que hoy hace con los deditos y con la manita un corazón… pretendiendo mostrar que él es el candidato del amor. Con esa mano ha estrechado la mano de los hombres más peligrosos de Colombia”, advirtió Hernández.
Caos y Tensión Física en el Recinto
El nivel de agresividad verbal llegó a tal punto que las estructuras de contención del Senado colapsaron. Mientras Hernández despachaba sus acusaciones, la senadora del Pacto Histórico, Gloria Flórez, abandonó su curul y se dirigió directamente al puesto de trabajo de Jota Pe, en un claro intento de interrumpir su discurso y encararlo físicamente.
El cruce fue inminente. Sintiendo invadido su espacio personal y su derecho a la palabra, Hernández estalló: “Hágame el favor y córrase que usted está llegando a mi puesto de trabajo. ¡Córrase de ahí! Esto ya es para una falta disciplinaria”.
La interrupción de Flórez no logró amedrentar al orador; por el contrario, le dio una nueva munición. Hernández, demostrando una rápida capacidad de reacción, arremetió contra la senadora que tenía enfrente, recordándole su presunta cercanía ideológica con los regímenes de la vecina nación: “Mire lo que está haciendo esta Gloria Flórez, que por cierto tengo imágenes de ella aplaudiendo a Chávez y a Maduro allá en Venezuela. Quizás por eso es que le duele. Córrase de ahí y déjeme terminar”.
El presidente del Senado tuvo que intervenir en múltiples ocasiones, exigiendo respeto por el uso de la palabra y tratando de calmar los ánimos de una plenaria que parecía estar a segundos de un enfrentamiento a puños.
La Defensa Institucional y el Contraataque Fulminante
Ante semejante embestida, la bancada afín al gobierno y al senador Cepeda no podía quedarse en silencio. La defensa fue asumida por el senador Temístocles Ortega, quien apeló a la solemnidad de la historia y al clasismo intelectual para desestimar las palabras de Jota Pe Hernández.
Ortega subió al atril con un tono de indignación y desprecio, intentando enmarcar a Hernández como un aparecido sin comprensión de la sociología colombiana. “No hay ninguna posibilidad, absolutamente ninguna, de que se pueda comparar el senador JP con el senador Manuel Cepeda”, inició Ortega. Defendió el linaje de la familia Cepeda, destacando su proveniencia de Popayán y del Cauca, e intentó ridiculizar a su oponente: “La profunda ignorancia de la historia, del alma de este país, de esta sociedad de JP, insulta la más mínima inteligencia de cualquier colombiano”.
Lejos de apaciguar las aguas, la intervención de Temístocles Ortega fue el equivalente a arrojar gasolina al fuego. Jota Pe Hernández, quien ha construido su carrera política precisamente bajo la narrativa de ser un ciudadano común (“outsider”) que enfrenta a la maquinaria corrupta tradicional, no dejó pasar la oportunidad para destrozar la autoridad moral de su crítico.
En uno de los momentos más brutales y humillantes de la sesión, Hernández retomó el micrófono y se dirigió directamente a Ortega, desnudando su pasado judicial:
El historial de corrupción: “Viene el petrista chupasangre del Estado, Temistocles Ortega, que hoy tiene tremendo proceso judicial por corrupción, que ha sido acusado por peculado, por apropiación, que cuando fue gobernador del Cauca lo acusaron de corrupto, a tratar de deslegitimarme a mí”.
El contraste moral: Hernández hizo hincapié en que, a diferencia de Ortega, él no posee ni una sola investigación por corrupción en su historial, posicionándose éticamente por encima de su detractor.
El dardo final: “Usted ya masca el agua y lo único que ha hecho durante toda su vida es vivir de la teta del Estado… Me resbalan sus insultos, como quizás le resbalaron a usted varios recursos del Cauca que, según la justicia, se los pudo haber robado. ¡Vaya a la justicia a responder!”.
Reflexión: ¿Hacia Dónde Navega Colombia?
Lo ocurrido en esta sesión del Senado es mucho más que un simple choque de egos entre políticos ofuscados. Es una radiografía perfecta, en alta definición, del clima de hostilidad, desconfianza y polarización extrema que gobierna hoy a Colombia.

Por un lado, observamos la táctica de un sector político que ha decidido que no habrá cuartel en la revisión histórica de sus oponentes. Para figuras como Jota Pe Hernández, los vínculos familiares y las alianzas del pasado no prescriben; son evidencia de un peligro latente para la nación. La utilización de cifras millonarias y la vinculación con la palabra “guerrilla” siguen siendo los resortes emocionales más potentes en el electorado colombiano.
Por otro lado, la reacción de la izquierda y del Pacto Histórico demuestra una vulnerabilidad evidente cuando se les confronta con el pragmatismo económico (como los contratos de la JEP) y con los fantasmas de la lucha armada. La defensa basada en la “intelectualidad” y el conocimiento de la historia, como la esgrimida por Temístocles Ortega, choca violentamente de frente contra la narrativa de la anticorrupción, quedando desarmada cuando el vocero posee manchas en su propio expediente judicial.
Colombia se encuentra en una encrucijada peligrosa. A medida que se acerquen los calendarios electorales para definir la presidencia de la República, el nivel de este tipo de debates no hará más que descender en diplomacia y aumentar en ferocidad. La “escoria”, la “basura”, el “chupasangre” y los “bandidos” son los nuevos adjetivos de un lenguaje político que ha abandonado las propuestas para centrarse en la destrucción moral del adversario.
La sesión de este miércoles deja una pregunta resonando en los pasillos del Capitolio Nacional: Si aquellos encargados de legislar el destino de un país de más de cincuenta millones de habitantes resuelven sus diferencias apelando a los secretos familiares, a la humillación pública y casi a los golpes, ¿qué tipo de paz, reconciliación o progreso real puede esperar el ciudadano de a pie? El Senado ha dictado sentencia: en la guerra por el poder en Colombia, no hay prisioneros, y el pasado, por más lejano que parezca, siempre está dispuesto a cobrar factura.