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ALVARO FIDALGO: El CALVARIO que SOPORTO para JUGAR en el TRI

Esa  cabeza fría, ese pie en la tierra dice mucho de quién es. Pero también anticipaba algo. En el fondo, una parte del ya sabía que el camino no iba a ser sencillo y no se equivocaba. Porque ese talento que apenas asomaba en las canchas heladas de Asturias estaba a punto de llamar la atención del club más grande y más exigente del mundo.

Y lo que parecía el principio de un sueño terminaría siendo el comienzo de su mayor tormento, llegada al Real Madrid. En 2012, con apenas 15 años, Álvaro Fidalgo recibió la llamada que cualquier niño futbolista de España y de todo el mundo esperaría toda su vida. El Real Madrid lo quería. La institución más ganadora del planeta, la que fabrica galácticos, la dueña de un estadio que es catedral del fútbol mundial. Lo metieron a la fábrica.

El nombre con  el que se conoce a la legendaria cantera merengue esa máquina de producir cracks. Empezó en el cadete AA y fue subiendo escalón por escalón, midiéndose contra los mejores juveniles de Europa. Disputó la Liga Juvenil de la UEFA, el torneo más prestigioso para las promesas del continente, codeándose con los talentos que años después llenarían las portadas.

Y en cada categoría, el asturiano confirmaba lo que prometía, una inteligencia futbolística fuera de serie. Fue tan evidente su estilo que en los pasillos de Valdebeas empezaron a colgarle una etiqueta tan halagadora como peligrosa. Lo llamaron el nuevo Iniesta, el Iniesta merengue. Su técnico de aquellos años, Antonio Iriondo,  lo dijo sin titubear en una entrevista.

Para él, Fidalgo era su Iniesta, un futbolista exquisito, inteligente, con un trato de balón de otro nivel y no fue el único. Dentro del club lo comparaban también con Luka Modric por esa manera serena de manejar los tiempos del partido. Para un chavito de su edad, escuchar esos nombres es un sueño, pero en el fútbol las etiquetas pesan y cuando te comparan con leyendas, cualquier cosa por debajo de la leyenda se siente como un fracaso.

El club fue moldeándolo con paciencia. En 2016 lo cedió al Rayo Majada Honda, donde tuvo su primer contacto real con el fútbol de hombres. Ahí disputó 33 partidos en una sola temporada, forjándose lejos del confort de las inferiores, ganándose el respeto a base de minutos de verdad. regresó convertido en una pieza del Real Madrid Castilla, el filial blanco, donde se transformó en uno de los líderes del equipo.

La leyenda Raúl González, que entonces daba sus primeros pasos como entrenador del Castilla, le entregó algo que muy pocos reciben, el gafete de capitán, y le dejó una lección que Fidalgo repetiría durante el resto de su carrera. Esa idea de que un futbolista lo es las 24 horas del día dentro y fuera de la cancha, en cada detalle de su vida.

Y entonces llegó el día con el que había soñado desde niño. El 6 de diciembre de 2018, otro argentino metido en su destino, Santiago Solarí, en ese momento entrenador del primer equipo del Real Madrid, lo hizo debutar oficialmente con los mayores en un partido de Copa del Rey. Álvaro Fidalgo, el niño de Evia, pisó el césped vistiendo la camiseta blanca, tocó el cielo, cumplió la fantasía que lo había desvelado durante años, esa de hacer vibrar a la afición del club más grande del mundo.

Pero lo que parecía la puerta de entrada a la élite era en realidad una trampa, porque ese debut no fue el comienzo de algo, fue casi el final. Y lo que vino después convirtió la promesa más brillante en el calvario más silencioso de su carrera. La puerta que nunca se abrió. Aquí es donde la historia se pone incómoda, porque es la parte que el propio Fidalgo confesaría años más tarde con una honestidad que duele.

Después de aquel debut en copa, el muchacho  esperó y esperó y siguió esperando. Le habían prometido que su momento estaba cerca, que solo era cuestión de paciencia. Sus representantes de aquel entonces le aseguraban que había oportunidades, que todo iba a salir bien, que el ascenso al primer equipo era inminente. El propio club, según contó el mismo, le pidió que se quedara un año más en el Castilla con la promesa de que después daría el salto definitivo a primera división.

Se quedó, confió, apostó por la palabra que le habían dado y la promesa nunca se cumplió. El año pasó y el siguiente y la puerta del primer equipo del Real Madrid jamás volvió a abrirse para él. Y ese es el primer golpe del calvario. Pero hubo uno más profundo, más callado, más cruel, porque mientras el Real Madrid lo dejaba en la sala de espera, había otra puerta que Álvaro soñaba con cruzar incluso más que la del Bernabéu, la de la selección española, la de aquel equipo que lo había hechizado de niño, la camiseta de la roja, la de Iniesta y

Sabi, la del fútbol que él había aprendido a venerar. España lo llamó Sí, pero solo cuando era un crío, como se dice allí. vistió la camiseta  nacional en las categorías sub-16 y sub-17. Disputó algunos amistosos juveniles sin llegar siquiera a marcar y después silencio. La selección mayor, la grande, la de los mundiales y las Eurocopas, jamás lo convocó nunca.

El teléfono no sonó ni una sola vez y la explicación, por dolorosa que sea, es brutalmente lógica. Lo dijo una leyenda del propio Real Madrid, Fernando Morientes, al analizar su caso. El problema de un jugador como Fidalgo en España no era su talento, sino la competencia. En su posición, en ese rol de organizador, de cerebro del medio campo, España producía joyas por docenas.

Sin un lugar en el Real Madrid y sin un futuro en la selección, Fidalgo entendió que en España su historia estaba escrita y no tenía final feliz. En 2020  se alejó definitivamente de la órbita merengue y firmó con un club modesto de la segunda división para intentar al menos jugar. Tenía 23 años y la sensación de que el tren de su vida había pasado de largo.

La promesa, el nuevo  Iniesta, el chico de Evia que iba a hacer vibrar al Bernabéu, se apagaba en el anonimato del fútbol de plata español. Y justo ahí, cuando todo parecía perdido, cuando su carrera olía a una de esas tristes historias de talento desperdiciado, sonó un teléfono y la voz del otro lado le iba a proponer una locura que cambiaría su vida para siempre, la llamada que cambió su vida.

Un día cualquiera del año 2021 sonó su teléfono y del otro lado la voz era conocida. Era la de Santiago Solarí, el mismo hombre que lo había hecho debutar en el Real Madrid. Pero Solarí ya no estaba en España. Se había marchado a México para dirigir a uno de los clubes más grandes y exigentes de la liga, el club América. Y desde el otro lado del océano, el argentino se acordó del chico al que años atrás había visto brillar en Valdebas.

La propuesta era un salto al vacío, dejar España, dejar Europa, dejar todo lo conocido para irse a un fútbol que en el viejo continente miran por encima del hombro, a un país que jamás había pisado, a una liga de la que apenas había nada. Para muchos habría sido un paso atrás, casi una rendición. Pero Fidalgo, que ya había aprendido por las malas que esperar no servía de nada, lo vio distinto.

Lo vio como lo que era, una última oportunidad de ser feliz haciendo lo único que de verdad sabía hacer. Dijo que sí y en febrero del 2021 aterrizó en la Ciudad de México siendo un perfecto desconocido para la afición. Nadie en las gradas del Estadio Azteca sabía quién era ese español delgado de aspecto sereno.

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