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La Caída de Otoniel: El Narco que Controló el Mercado de Cocaina

Hay un nombre que durante casi dos décadas hizo temblar a Colombia entera. Un nombre que los generales pronunciaban en voz baja, que los campesinos fingían no reconocer, que los narcotraficantes rivales mencionaban con miedo genuino. Daniel el loco Barrera, uno de los capos más importantes del país, acababa de ser detenido en Venezuela.

 Lo traían esposado en un avión hacia Bogotá y los agentes que lo custodiaban pensaban que era el fin de una era. Pero Barrera no habló de su propio caso, habló de otro hombre. Repitió su nombre una y otra vez, mirando a los uniformados con una mezcla de advertencia y pánico. Lo llamó un animal, no como insulto, como descripción técnica de algo que él mismo, siendo narco de alto calibre, no lograba del todo comprender.

 El nombre que pronunció fue Oniel y tenía razón. Dairo Antonio Usuga. David nació el 15 de septiembre de 1971 en Necoclí, un municipio costero del noroeste de Colombia, pegado a la frontera con Panamá, donde el Caribe y la selva chocan sin aviso. Era el séptimo de nueve hijos de Anacelsa David y Juan de Dios Usuga, una pareja de campesinos que criaba cerdos, gallinas y algo de ganado para sobrevivir.

La tierra de Urabá no perdonaba a los pobres. Era una región de plátano y banano exportado por multinacionales, de peones mal pagados, de selva densa que parecía tragarse cualquier proyecto de futuro. Los Usuga no tenían nada especial. Eran una familia más en una región olvidada por el estado, donde la única institución que funcionaba con eficiencia era la violencia armada.

El Ura de los años 80 era un polvorín con mecha encendida. Las guerrillas del EPL y las FARC peleaban entre sí y contra los terratenientes. Los paramilitares comenzaban a organizarse con dinero del narcotráfico y con apoyo tácito de sectores del ejército. Las grandes empresas bananeras multinacionales operaban en ese territorio con miedo permanente, pero también con la capacidad práctica de negociar con quien tuviera el control de cada zona.

Los sindicatos agrícolas que habían intentado organizar a los peones bananeros durante la década anterior eran exterminados sistemáticamente. Dirigentes asesinados, líderes desaparecidos, familias desplazadas por la fuerza. El Estado colombiano tenía presencia nominal en los municipios del Urabá, pero el control real del territorio lo ejercían los grupos armados que se repartían los corredores estratégicos con una lógica propia, má, indiferente a cualquier institucionalidad.

Un adolescente pobre en ese contexto no tenía muchas opciones concretas. Podía quedarse al abrar la tierra de otros por un jornal que no alcanzaba para nada. Podía emigrar a Medellín a buscar trabajo en las comunas que ya empezaban a convertirse en escenarios de otra guerra o podía enrolarse con alguno de los grupos armados que reclutaban sin parar en las veredas y caceríos del Urabá.

Juan de Dios, el hermano mayor de Dairo, fue el primero en ceder a esa lógica del territorio. A los 17 años dejó la finca familiar y se fue con el Ejército Popular de Liberación, el EPL, una guerrilla marxista leninista de raíz maoísta que operaba especialmente en la frontera entre Antioquia y Chocó y que en esos años era la segunda fuerza insurgente de la región después de las FARC.

 Años después, Mudairo Antonio siguió el mismo camino que su hermano. Tenía apenas 15 o 16 años cuando se incorporó al EPL. Su madre lo explicó después con una frase que resumía toda la tragedia de esa época. No era revolucionario, era lo que había y se fue con ellos. No había ideología, no había convicción política. Había una organización armada que ofrecía pertenencia, poder inmediato y un fusil.

Para un muchacho pobre del Urabá, sin perspectivas reales, eso era más de lo que cualquier otro futuro le prometía. Dau aprendió a moverse en la selva, a leer el terreno, a sobrevivir en condiciones extremas. Aprendió también que la violencia era una herramienta y que quien la manejaba mejor tenía más control sobre su propio destino.

Esa fue la primera lección de toda su carrera. El EPL se desmovilizó en 1991 durante el gobierno de César Gaviria. Si alrededor de 2,500 combatientes entregaron las armas en un proceso de paz que el gobierno presentó como un logro histórico. Da tenía 19 años. Teóricamente, su vida armada había terminado.

 En la práctica, la desmovilización duró lo que tardó en comprender que la vida civil no tenía nada concreto para ofrecerle. No había tierras, no había trabajo, no había reinserción real. El Estado firmaba acuerdos que luego no cumplía. Los excbatientes quedaban en el limbo. Demasiado marcados para volver a ser campesinos anónimos, demasiado entrenados para resignarse a la pobreza.

Algunos fundaron un partido político, la esperanza, paz y libertad. y muchos de sus integrantes fueron asesinados sistemáticamente en los años siguientes. Otros, como los hermanos Usuga, tomaron una decisión diferente. Kumiro y Juan de Dios no tardaron mucho en volver a las armas, esta vez del lado opuesto del espectro ideológico.

 se enrolaron en las autodefensas campesinas de Córdoba y Urabá, las ACCU, una organización paramilitar de extrema derecha comandada por los hermanos Castaño, que había nacido con el dinero del narcotráfico, y la misión declarada de combatir a las guerrillas. El giro era desconcertante en términos de coherencia política, pero perfectamente lógico en términos de supervivencia criminal.

 Las ACCU dominaban el territorio donde los Usuga habían crecido. Tenían recursos, estructura y protección. Unirse a ellas era más rentable que cualquier alternativa disponible. Y Dairo volvió a ser lo mismo que siempre había sido, un soldado eficaz en una organización violenta. Las ACU fueron absorbidas por las Autodefensas Unidas de Colombia, Sicho las AUC, la gran confederación paramilitar que Carlos Castaño construyó con el apoyo de narcos, ganaderos y sectores del poder político regional.

Dentro de ese aparato descomunal, Dairo Usuga fue asignado al bloque Centauros. una estructura que operaba en los llanos orientales. Allí conoció a Daniel Rendón Herrera, alias Don Mario, el jefe financiero del bloque y uno de los operadores más astutos del narcotráfico colombiano de esa época. Bajo las órdenes de don Mario, Dairo aprendió los mecanismos del lavado de activos, el cobro de extorsiones sistematizadas y la lógica financiera que convertía una organización armada en una empresa criminal rentable. Era un

aprendizaje distinto al de la selva, más sutil, más duradero. Da no era solo un guerrero, estaba siendo formado como administrador del crimen. En 2005, ya cuando las AUC avanzaron en su propio proceso de desmovilización bajo el gobierno de Álvaro Uribe, Dairo Usuga volvió a entregar las armas. Era su segunda desmovilización en menos de 15 años.

 El patrón se repetía con exactitud matemática. entregaba el fusil, observaba, comprendía que no había nada esperándolo del otro lado y volvía. Esta vez el proceso se llamó Santa Fe de Ralito. Miles de paramilitares se acogieron a la ley de justicia y paz. Algunos cumplieron condenas reducidas. Otros simplemente aprovecharon el beneficio jurídico para reordenar sus negocios.

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