Posted in

LOS GRITOS ANGUSTIADOS QUE SOPORTA HOY CILIA FLORES EN PRISIÓN

Hay una imagen que nadie transmitió en vivo, pero que quedó grabada en bocetos a lápiz. Una mujer de 69 años cruzando la puerta de madera de la sala 26 de la corte del distrito sur de Nueva York el 26 de marzo de 2026 con esposas en los pies y un paso tan lento, tan cansino, que la periodista Laura Wefer, de efecto cocuyo, escribió que el tiempo se detuvo por una fracción de segundo cuando entró.

 Al unísono, el público que esperaba contuvo el aliento. No fue un gesto coordinado, no hubo nadie dando la señal. Fue ese tipo de silencio que se produce solo cuando varias decenas de personas, sin ponerse de acuerdo entienden al mismo tiempo que están viendo algo que no van a olvidar. Silvia Adela Flores de Madur, quien había ocupado durante años los despachos más poderosos de Venezuela, caminaba con evidente fragilidad, visiblemente más delgada, con el mismo nombre que llevó escrito en decretos presidenciales y acusaciones de la DEA. El mismo nombre,

ese es el detalle que cuesta procesar. No hay un alias, no hay un seudónimo distinto para la mujer de los despachos de Miraflores y la mujer que entra a la sala A26. Es Silia Flores. Es la misma persona y sin embargo, viéndola caminar así cuesta reconciliar las dos imágenes. Durante décadas CIA Flores fue mucho más que la esposa de Nicolás Maduro.

 Reducirla a ese rol, la esposa de es, de hecho, uno de los errores más comunes que se cometen al hablar de ella y probablemente uno de los que menos le hubieran molestado porque la dejaba operar con menos atención encima. Fue procuradora general de la República, presidenta de la Asamblea Nacional, fundadora del primer partido político de Hugo Chávez y la mujer que el régimen apodó primera combatiente.

 El poder judicial venezolano pasó por sus manos. No de forma simbólica, de forma literal. Las decisiones importantes pasaban por su oficina. Según organizaciones como Transparencia Internacional que documentaron como bajo su influencia el Tribunal Supremo de Justicia no emitió un solo fallo contrario al Estado durante más de dos décadas, más de 20 años.

 Piénsalo un momento, dos décadas de un Tribunal Supremo donde el Estado nunca pierde un solo caso, ni uno. Eso no es una racha de buena suerte legal. Eso es un sistema diseñado para que no exista la posibilidad de perder. Ningún cuerpo legal venezolano la tocó hasta que llegaron fuerzas que no respondían a ese cuerpo legal.

Venezuela: condenan a 18 años de cárcel por narcotráfico a Francisco Flores y Efraín Campo, sobrinos de Cilia Flores, mujer del presidente Nicolás Maduro - BBC News Mundo

 La madrugada del 3 de enero de 2026, aproximadamente tal la 10 am, unidades de las fuerzas delta del ejército de Estados Unidos irrumpieron en el complejo de fuerte Tiuna en Caracas. La operación se llamó Operation Absolute Resolve, un nombre que, como casi todos los nombres en clave de operaciones militares, suena más a campaña publicitaria.

 que a lo que realmente ocurrió esa noche. Maduro y Flores intentaron refugiarse en una habitación de seguridad con puertas de acero. Es razonable imaginar que en ese momento ninguno de los dos pensaba en protocolos ni en discursos. Pensaban en llegar a esa puerta. Según fuentes de NBC News, ambos chocaron contra paredes y marcos bajos mientras huían.

Hematomas, sangrado, no por un golpe de un soldado, no por un disparo, por la oscuridad, por el caos, por la velocidad por la que dos personas mayores de 60 años intentaban moverse por un espacio que probablemente conocían de memoria, pero que esa noche a oscuras, con el sonido de explosiones afuera, ya no se sentía como su propia casa.

 Las lesiones ocurrieron antes de que los soldados estadounidenses los alcanzaran. Eso es importante y vale la pena detenerse en ello. Antes de cualquier contacto con el enemigo, la pareja ya estaba sangrando, ya tenía hematomas. La causa fue el pánico, no la fuerza. Esa misma madrugada, la pareja fue trasladada por aire a la base aérea Stewart de la Guardia Nacional, al norte de Nueva York.

 5co días después, en su primera comparecencia ante el juez federal, Flores apareció con vendajes en la cabeza. moretones visibles bajo el ojo izquierdo. Emoris y su abogado reportó posibles fracturas de costillas. Eso fue en enero. Para marzo, su corazón ya era parte del expediente y en menos de tres semanas, el 30 de junio de 2026, volverá a cruzar esa misma puerta.

 Antes de seguir, hay algo que conviene aclarar porque es fácil perderlo de vista en medio de las cifras, los cargos y las fechas. Nada de esto empezó en una sala de audiencias. Empezó mucho antes en un lugar que no aparece en ningún expediente de la DEA ni en ningún boceto de Jane Rosenberg. Empezó en una casa de bloque en un pueblo de llanura con una niña que era la menor de seis hermanos.

Para entender por qué esa mujer llega hoy así y qué puede pasarle el 30 de junio, hay que retroceder casi 70 años. De Tinaquillo a Caracas. La mujer que el régimen necesitaba Tinaquillo es una ciudad pequeña del estado Cojedes en el centro de Venezuela. Llanura ganadera, calor seco, casas de bloque, de esos lugares donde todavía hoy la gente se conoce por el apellido y por el de la familia de al lado.

 Allí nació Silia Adela Flores el 15 de octubre de 1956. Era la menor de seis hermanos, la menor de seis. En cualquier familia numerosa, ese lugar en el orden de nacimiento suele venir con una característica. Aprendes a observar antes de hablar porque cuando finalmente te toca el turno, todos los demás ya dijeron lo que tenían que decir.

 Según lo que el propio Nicolás Maduro contó en años posteriores, la familia se mudó a Caracas cuando ella tenía apenas 4 años. 4 años. A esa edad uno no recuerda una mudanza como una decisión, la recuerda como un cambio de paisaje que simplemente ocurrió. Dejaron Tinaquillo, la llanura, el calor seco, las casas de bloque bajas y encontraron Katia.

 Katia, un nombre que en Caracas lleva décadas siendo sinónimo de barrio popular, de mercados desbordados, de bloques de cemento apilados en pendiente, de comunidades donde el transporte colectivo suena desde el amanecer. Si has estado en Katia o si conoces a alguien que creció ahí, sabes que no es un lugar que perdone.

 No es un barrio que esconda sus problemas detrás de fachadas bonitas. Todo está a la vista, la pobreza, el ruido, la solidaridad entre vecinos, que también es muchas veces la única red de seguridad que existe. Ahí en esa Caracas del Oeste, creció Cilia Flores, también en Boquerón, otra zona popular del mismo corredor urbano.

 Dos barrios que para quienes no son de Caracas suenan a nombres más en una lista, pero para cualquiera que haya caminado por esas calles son sinónimo de una infancia específica, una donde nada llega fácil, donde cada oportunidad hay que perseguirla y donde salir de ahí, de verdad salir, no solo mudarse de dirección es algo que muy pocos logran.

Read More