El panorama político de México acaba de sufrir un terremoto de magnitudes catastróficas. Lo que debía ser una semana de celebración y orgullo nacional por la inauguración del Mundial de Fútbol se ha transformado en un brutal escaparate que exhibe las profundas fracturas, la debilidad institucional y la pérdida absoluta de control en la cima del poder de la Cuarta Transformación. La presidencia de Claudia Sheinbaum se encuentra atravesando su crisis más severa, acorralada no solo por la presión ciudadana y la creciente oposición, sino por una rebelión silenciosa pero contundente dentro de su propio gabinete. Las revelaciones recientes apuntan a un escenario alarmante: el aparato de seguridad nacional, encabezado por Omar García Harfuch y las Fuerzas Armadas, ha comenzado a operar de manera paralela e independiente, estableciendo acuerdos directos con Washington sin el conocimiento, la consulta ni la aprobación de la titular del Ejecutivo.

Estamos ante un divorcio inminente en lo más alto del poder político. Según análisis profundos y filtraciones de los pasillos gubernamentales, la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), la Secretaría de Marina (Semar) y el área de inteligencia civil comandada por García Harfuch han tejido entendimientos operativos con diversas agencias de seguridad e inteligencia de los Estados Unidos. Esta diplomacia paralela en materia de seguridad nacional no pasa por el filtro de la Presidencia de la República. El mensaje que se envía desde los altos mandos castrenses y de seguridad es claro y devastador: la figura presidencial carece de la autoridad,
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la estrategia y el liderazgo necesarios para hacer frente a los enormes desafíos que imponen las organizaciones criminales transnacionales, consideradas ahora por el Departamento de Estado norteamericano como entidades terroristas.
Este insubordinado actuar de las áreas de seguridad no es un hecho aislado, sino el síntoma de una enfermedad política mucho más profunda: Claudia Sheinbaum es, en la práctica, una presidenta débil. El mito de la mandataria con niveles de popularidad históricos se resquebraja al enfrentarse a la dura realidad del ejercicio del poder. A la insurrección de sus secretarios de Estado se suma un factor aún más humillante: el líder fáctico y moral de su movimiento político no es ella, sino su predecesor. La reciente “Carta de Palenque”, un documento político publicado desde el retiro del expresidente Andrés Manuel López Obrador, ha dejado en evidencia que él sigue siendo quien dicta la línea ideológica y política de la nación. Sheinbaum gobierna con un gabinete que le fue impuesto en gran medida, con operadores políticos en el Congreso que responden a los intereses del llamado “Plan C” de AMLO, y con fuerzas armadas que no le rinden cuentas. Es una jefa de partido atrapada en la silla presidencial, pero sin las riendas del Estado.
La fragilidad y el temor de la presidenta quedaron expuestos al mundo de la manera más vergonzosa durante el arranque de la justa mundialista. La inauguración del Mundial en el emblemático Estadio Azteca, un evento que a lo largo de la historia ha servido como la máxima plataforma para que los jefes de Estado proyecten unidad y fortaleza, se convirtió en la tumba política de Sheinbaum. De forma deliberada y premeditada, la presidenta decidió no acudir al estadio. Prefirió esconderse y refugiarse en un evento controlado en la alcaldía Gustavo A. Madero, rodeada de aplaudidores de la jefa de gobierno, Clara Brugada, lejos de la efervescencia popular y de las intensas protestas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y de otros grupos sociales disidentes.
¿Cuál fue el verdadero motivo de esta huida institucional? El pavor psicológico. La presidenta, consciente del enorme descontento social por la crisis económica, la falta de resultados, la violencia desbordada y la polarización impulsada por su propio gobierno, sabía perfectamente que el estadio se convertiría en un tribunal popular. El miedo a ser objeto de una rechifla monumental y un abucheo que le diera la vuelta al planeta fue superior a su responsabilidad como Jefa de Estado. En un patético intento por justificar su ausencia, la mandataria argumentó que el costo de los boletos era elitista y que prefería ceder su lugar a una ciudadana de a pie, una excusa que nadie en los círculos políticos compró y que solo acentuó la percepción de cobardía.
La ironía de la historia es brutal. En las décadas de 1970 y 1980, durante los anteriores mundiales celebrados en México, Claudia Sheinbaum y su familia se encontraban del otro lado de la banqueta. Eran los opositores, los líderes estudiantiles, los que marchaban y abucheaban a figuras como Luis Echeverría y Miguel de la Madrid. Hoy, cuatro décadas después, la presidenta se enfrentó al espejo del poder autoritario y se dio cuenta de que ella era la figura a defenestrar. Incapaz de lidiar con la disidencia que alguna vez lideró, prefirió la fuga. Olvidó, al parecer, las lecciones de otros mandatarios que sí tuvieron agallas. Figuras internacionales e incluso de la izquierda, como Dilma Rousseff en Brasil durante el Mundial de 2014, o recientemente Donald Trump en eventos deportivos en Nueva York, han acudido a eventos masivos sabiendo que serían abucheados. Dieron la cara. Sheinbaum, por el contrario, eligió la política del avestruz.
Pero en la política, los espacios vacíos siempre son llenados por los adversarios. El inmenso error estratégico de abandonar la cancha mundialista le costó a la presidenta la peor humillación pública de su mandato. El lugar que ella dejó libre por miedo fue inmediatamente ocupado por uno de los personajes a los que más ha perseguido fiscal y mediáticamente: el empresario Ricardo Salinas Pliego. El “Tío Richi”, quien ya coquetea abiertamente con una precandidatura presidencial para el año 2030, vio la oportunidad perfecta y asestó un golpe maestro. Llegó al estadio, se mezcló con la multitud, se tomó fotografías y fue recibido con una ovación atronadora. El estadio entero coreó “¡Presidente, Presidente!” en favor de su mayor adversario político. La ausencia de Sheinbaum catapultó a Salinas Pliego a la viralidad total; en cuestión de horas, las imágenes del empresario siendo aclamado en la sede que la presidenta abandonó inundaron las redes sociales. Como dirían los expertos en fútbol, Sheinbaum le cedió la pelota al mejor delantero del equipo contrario, y este no dudó en meterle el gol definitivo.

El desastre no se limita a la esfera política y mediática; las consecuencias operativas de la falta de liderazgo presidencial son alarmantes. Mientras el gobierno se escondía en eventos locales, las calles de la capital y las vías de acceso a los recintos deportivos se convirtieron en un caos. Los grupos disidentes, desde maestros hasta agricultores y madres buscadoras, aprovecharon el vacío de poder y la falta de diálogo para hacer sentir sus reclamos. La política del gobierno no ha sido la de negociar ni gobernar, sino la de enviar a la Secretaría de Gobernación a poner una “buena cara” sin ofrecer soluciones reales. Esto ha derivado en una ciudad colapsada, donde la infraestructura prometeica se ha quedado en pintura estética, como pintar de morado las bardas o colocar ajolotes, olvidando las necesidades estructurales básicas.
Aún más escandaloso es el manejo de la seguridad durante la justa mundialista. Investigaciones periodísticas han sacado a la luz declaraciones de operadores de los cárteles de la droga, quienes afirman que recibieron órdenes “desde arriba” de no interferir con el Mundial. Esto sugiere una macabra realidad: la estrategia de seguridad del Estado mexicano para garantizar un evento internacional de esta magnitud no se basa en el imperio de la ley ni en el despliegue de las fuerzas del orden, sino en un acuerdo oscuro y secreto (un “back channel”) con las organizaciones criminales. El gobierno, al parecer, tuvo que pactar con las mafias que aterrorizan al país para evitar un derramamiento de sangre que arruinaría la fiesta de la FIFA. Es la claudicación total del Estado de Derecho frente al crimen organizado.
La crisis que ha detonado la rebelión de García Harfuch y la huida de Sheinbaum durante el Mundial no es un evento pasajero. Marca un punto de inflexión en la historia contemporánea de México. Estamos atestiguando la descomposición de un gobierno que creyó que la retórica populista, los programas asistencialistas y las encuestas manipuladas bastarían para sostener el poder indefinidamente. La realidad internacional, la presión de Estados Unidos, el fortalecimiento táctico de la oposición y la implacable voz de un pueblo cansado de simulaciones han comenzado a pasar factura.
Hoy, Claudia Sheinbaum es una figura aislada en su propio palacio. Sin el control de las Fuerzas Armadas, ignorada por su Secretario de Seguridad, eclipsada por la figura omnipresente de López Obrador y humillada públicamente por sus detractores, la mandataria se enfrenta a la etapa más oscura de su gobierno. El Mundial de Fútbol debía ser su consagración ante el mundo; en cambio, se ha convertido en el espejo que refleja a una directora técnica sin autoridad, que ha perdido el control del vestidor y que, aterrorizada por los gritos de la grada, prefirió abandonar el estadio antes de que terminara el partido. El reloj político sigue corriendo, y con cada pacto que se firma a sus espaldas en Washington y cada abucheo que resuena en las calles, la caída de la Cuarta Transformación parece cada vez más inevitable.