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María José de Bélgica: La Última Reina de Italia… Reinó Solo 34 Días y Fue Desterrada

34 días. Ese fue todo el tiempo que llevó la corona de Italia sobre su cabeza. 34 días de reina y más de 40 años con la entrada a su propio reino prohibida por una ley. Su padre salió una mañana a escalar una montaña completamente solo, y nunca volvió a bajar con vida. El hombre con el que se casó, el único al que de verdad amó, jamás llegó a amarla a ella.

Y el país que llegó a gobernar la expulsó para siempre apenas 34 días después de coronarla. Esta es la historia de la última reina de Italia, una mujer que lo tuvo todo durante un mes y pasó el resto de su larguísima vida lejos de casa, contando uno por uno los nombres de todos los que iba perdiendo. 13 de junio de 1946.

Una mañana gris se extiende sobre Roma. En el aeropuerto de Siampino, un pequeño grupo sube a un avión militar sin ceremonia, sin himno, sin guardia de honor. Entre ellos camina una mujer de 39 años, alta, de mirada clara y mandíbula firme, vestida con la sobriedad de quien ya no espera que la fotografíen.

Lleva a sus hijos cerca, no mira atrás. Si lo hiciera, vería por última vez la ciudad donde apenas 34 días antes la habían proclamado reina. Nadie grita su nombre en las pistas, nadie llora. El pueblo italiano acaba de votar y ha decidido que no quiere más reyes. La monarquía que la familia de su esposo construyó durante casi un siglo se ha desplomado en una sola jornada electoral.

Y ella que llegó a esa corona después de 16 años de cortes heladas, de policías que la espiaban y de un matrimonio sin amor, la pierde antes de haber tenido tiempo de acostumbrarse a su peso. El motor ruge, el avión se eleva, abajo queda Italia, cada vez más pequeña por la ventanilla, hasta volverse una mancha verde y parda perdida entre las nubes.

Una ley que todavía no está escrita le impedirá volver a pisar ese suelo durante más de cuatro décadas. Va camino al exilio y aún no lo sabe, pero ese exilio durará casi toda su vida. ¿Cómo termina una princesa nacida frente al mar del norte subiendo a ese avión en silencio, expulsada de un trono que apenas alcanzó a tocar? Para entenderlo, hay que volver mucho más atrás.

Hasta una villa junto a la playa. Una mañana de verano de 1906. El 4 de agosto de 1906 en Ostende, en la costa de Bélgica, en una villa desde la que se oía romper el mar, nació una niña a la que llamaron María José. Era la tercera hija y la única mujer del entonces príncipe Alberto, futuro rey de los belgas, y de la princesa Isabel, una duquesa bárbara culta, inquieta, enamorada de la música y de la ciencia.

Tenía dos hermanos mayores, Leopoldo, el heredero, serio y reservado desde chico, y Carlos, todavía más callado. En una familia de varones criados para el trono y para el deber, ella era la pequeña, la consentida, la que se atrevía a contestar cuando los demás bajaban la cabeza. Y vaya si contestaba.

Desde muy chica, mostró un carácter que no encajaba con la rigidez de un palacio. Pasaba horas frente al piano y al violín, igual que su madre, que era una violinista apasionada y que tocaba con maestros llegados de toda Europa. La música fue el primer idioma secreto entre madre e hija, un refugio que María José llevaría consigo hasta el final de sus días.

Su madre, la reina Isabel, era una mujer adelantada a su tiempo. Leía de ciencia y de astronomía cuando se esperaba que una reina solo bordara y sonriera. Recibía a músicos, a pensadores, a gente hacía preguntas incómodas. De ella, la niña heredó la curiosidad por todo, las ganas de entender el mundo en lugar de limitarse a adornarlo.

Esa herencia invisible terminaría siendo su mayor fortaleza y también, en una corte llena de miedo, su mayor problema. Madre e hija se entendían sin palabras a través de la música, una al violín, la otra al piano, llenaban las tardes de melodías que decían lo que no se podía decir en voz alta. En un mundo de protocolos y silencios, la música era su lengua privada, el lugar donde una madre y una hija podían ser simplemente eso.

María José tocaría el piano hasta el final de su vida, ya anciana, casi ciega, como quien se aferra al último hilo que la une con la niña feliz que fue junto al mar de Ostende. Hacía deporte con la energía de un muchacho. nadaba, montaba a caballo, esquiaba en la nieve sin miedo a las caídas y decía en voz alta lo que pensaba, sin medir a quién tenía enfrente, con una franqueza que escandalizaba a las institutrices.

Hay una anécdota encantadora de aquellos años. La Pequeña Princesa tenía una mascota a la que se había empeñado en ponerle el nombre de un alto militar. Cuando un oficial le reprochó la ocurrencia, ella le explicó con una lógica implacable de niña que si lo llamaba por su nombre común, nadie entendería de quién hablaba, pero que si usaba el título, todo el mundo sabría exactamente a quién se refería.

Tenía razón y a esa edad ya no se dejaba ganar una discusión. En un continente donde el autoritarismo empezaba a ponerse de moda, esta niña de palacio se declaraba medio en serio, medio en broma, cercana a la gente común, a los obreros, a los que no tenían voz. Su madre la observaba entre el orgullo y la inquietud.

Sabía que un carácter así en el mundo que le tocaría vivir podía ser un don o una condena, pero la infancia luminosa se quebró de golpe. En agosto de 1914, cuando ella tenía apenas 8 años, los ejércitos del Kaiser invadieron Bélgica. La Primera Guerra Mundial entró por la puerta de su casa. Su padre, ya rey con el nombre de Alberto Io, tomó una decisión que lo volvería legendario.

Se quedó al frente de sus soldados en el último pedazo de territorio belga que no había caído bajo las botas alemanas. No huyó, no se rindió, combatió junto a su pueblo en las trincheras, bajo la lluvia y el barro. Europa entera empezó a llamarlo el rey caballero. Su madre, mientras tanto, atendía a los heridos en los hospitales de campaña, con las manos manchadas de sangre ajena.

A la niña, en cambio, la alejaron del peligro, la embarcaron rumbo a Inglaterra y la dejaron al cuidado de un amigo de la familia, Lord Cson, un poderoso político británico. Lejos de su madre, lejos de su padre, lejos del único hogar que conocía, pasó buena parte de la guerra entre desconocidos que hablaban otro idioma, en un país gris y lluvioso al otro lado del canal.

Era una niña pequeña, separada de todo lo que amaba. Mientras su patria ardía y su padre dormía en una trinchera bajo el fuego enemigo. Por las noches, en esa casa ajena, debía preguntarse si volvería a verlos, si su padre seguiría vivo a la mañana siguiente. Nadie podía prometerle nada.

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