Hay canciones que te hacen llorar y hay canciones que te hacen sentir que el mundo está bien, que todo está en su sitio, que la vida tiene ese momento exacto que describes cuando dices que estás feliz, aunque no sepas exactamente por qué. Rocío Durcal tenía canciones de los dos tipos. Las que hacían llorar las conoces.
Amor eterno, costumbres, la gata bajo la lluvia, canciones que llegaban a ese lugar dentro de ti donde vive el dolor. Pero había una que era todo lo contrario, una que cuando sonaba en la radio la gente dejaba de hacer lo que estaba haciendo, no para llorar, para sonreír, para recordar ese momento específico en que alguien te gusta mucho y el mundo entero sabe que algo está a punto de pasar.
Y esa canción tiene una historia que muy poca gente conoce, una historia que la hace todavía más especial de lo que ya era. Era 1978, un año después de que Rocío Durcal llegara a México y lo cambiara todo. Un año después de que una española que no sabía nada de rancheras grabara 10 canciones de un joven compositor llamado Juan Gabriel y vendiera más de medio millón de copias.
Un año después de que México dijera sí a esa voz, un año después de que empezara algo que nadie había predicho y que todo el mundo recordaría para siempre. Pero ese año 1978 era también un año de preguntas, porque el éxito del primer disco había sido tan grande y tan inesperado que ahora había una pregunta que flotaba en el ambiente.

Se puede repetir, el primer disco había funcionado casi por accidente por la combinación de un momento, una voz, un compositor y una discográfica que no esperaba nada y que de repente se encontró con medio millón de copias vendidas. Pero el segundo disco no podía funcionar por accidente. El segundo disco tenía que demostrar que lo que había pasado con el primero no era una casualidad, que Rocío Durcal y Juan Gabriel no eran un experimento afortunado, sino una colaboración real con raíces, con futuro, con algo dentro que podía seguir dando durante años. Y esa presión
la sentían los dos. Juan Gabriel, que llevaba años componiendo con una intensidad que la mayoría de los artistas no tienen, sabía que el segundo disco era el que determinaba si había carrera o si había un golpe de suerte. Y Rocío, que había apostado mucho al dejar el cine y cruzar el Atlántico buscando algo que no sabía exactamente qué era, sabía que el segundo disco era la confirmación o el final de esa apuesta.
No había término medio, o el segundo disco funcionaba y la colaboración tenía futuro o no funcionaba y Rocío volvía a España a buscar otro camino. Y en ese contexto, con esa presión invisible de lo que estaba en juego, Juan Gabriel y Rocío volvieron al estudio y Juan Gabriel eligió las canciones.
No era una elección casual. Juan Gabriel tenía más de 1000 canciones guardadas en ese momento. Canciones que había escrito durante años. que había guardado esperando el momento correcto, que esperaban la voz correcta y el momento correcto para salir al mundo. Y para el segundo disco con Rocío eligió con cuidado.
Eligió canciones que mostraran algo diferente a lo que había mostrado el primero. El primer disco había demostrado que Rocío podía cantar el dolor de las rancheras con toda la verdad que exige el género. El segundo disco tenía que demostrar otra cosa, que Rocío podía cantar todo, no solo el dolor, también la alegría.
No solo las rancheras lentas y melancólicas que hacían llorar, también las que hacían bailar, las que hacían sonreír, las que llenaban los patios de fiestas y los salones de bodas y los bares donde la gente va a pasarlo bien. Y para abrir ese segundo disco, para dar la primera impresión, para decirle al mundo desde el primer segundo qué tipo de disco era este, eligió una canción que era todo lo contrario a lo que el mundo esperaba de Rocío Durcal.

No una canción de desamor, no una ranchera melancólica, una canción de alegría pura del principio, del momento en que alguien te gusta mucho y todo lo que viene después todavía está por pasar. ese momento específico, el de la esperanza, el de no haber perdido todavía, el de creer que tarde o temprano lo que quieres va a llegar.
Tarde o temprano serás mío, yo seré tuyo algún día y lo tengo que lograr. ¿Recuerdas ese momento? Ese en que alguien te gusta mucho y el mundo entero parece estar de tu lado. En que todavía no sabes lo que va a pasar, pero sabes que quieres que pase, en que la esperanza es más grande que cualquier otra cosa. Eso es lo que Juan Gabriel capturó en esa canción.
Y Rocío lo cantó con esa energía específica que tiene cuando algo le llega de verdad. No la intensidad de las canciones de dolor, algo diferente, más ligero, más libre, más lleno de esa alegría que tiene el principio de las cosas antes de que el tiempo les añada peso. Y el resultado fue algo que ni Juan Gabriel ni Rocío esperaban del todo.
Fue un éxito inmediato de esos que ocurren desde el primer día, que cuando suena en la radio por primera vez, la gente ya quiere volver a escucharla, que no necesita tiempo para crecer porque llega de golpe. México la adoptó de inmediato, España la adoptó de inmediato, el resto de América Latina de inmediato.
Era la canción más alegre de toda la colaboración entre Rocío y Juan Gabriel. Y el mundo la necesitaba tanto como necesitaba amor eterno. Porque la música no es solo el dolor, es también la alegría, es también el principio. Es también ese momento en que alguien te gusta mucho y todo lo que sientes es posibilidad.
El segundo disco con Juan Gabriel funcionó. varios discos de oro y de platino y el deseo de ambos artistas de seguir trabajando juntos confirmado por las ventas y por algo más importante que las ventas, por la certeza de que lo que había entre ellos era real y tenía mucho más que dar. Y hay algo en esta historia que todavía no he contado, algo que demuestra que una canción ha llegado de verdad a un sitio cuando personas completamente diferentes a su artista original deciden hacer la suya.
Al año siguiente de que Rocío grabara esa canción, en 1979, un grupo la versionó. No un grupo de rancheras, no un artista del mismo mundo que Rocío y Juan Gabriel, un grupo infantil. Parchís, el grupo de niños más famoso de España en los años 70 y 80, el que llenaba los colegios y los salones de cumpleaños, el que hacía que los niños de toda España saltar y cantaran y se lo pasaran bien.
Parchí versionó Me gustas mucho y los niños de España empezaron a cantarla. Los mismos niños cuyos padres la cantaban con la voz de Rocío. Dos generaciones, dos versiones, la misma canción. Eso no le pasa a cualquier canción. le pasa a las que tienen algo dentro que va más allá del género y de la edad y de quién la canta, algo que conecta con todo el mundo.
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La alegría de que alguien te guste mucho. Antes de continuar, si estas historias te están gustando, en el canal hay muchas más. Rafael, Julio Iglesias, Nino Bravo, Camilo VI. Historias que el mundo no contó. Las tienes ahí cuando las necesites. Y esta historia todavía no ha dicho lo más importante.
El éxito de Me gustas mucho en 1978 hizo algo que iba más allá de consolidar la carrera de Rocío en México. Demostró algo. Demostró que Rocío Durcal no era solo la intérprete de las canciones tristes de Juan Gabriel. No era solo la voz del dolor, era mucho más que eso. Era una artista completa que podía cantar el dolor con la intensidad de amor eterno y la alegría con la energía de me gustas.
mucho y los dos tenían la misma verdad, que no había un tipo de canción que le quedara mejor que otro, que todo lo que cantaba lo habitaba completamente. Y eso, esa versatilidad, esa capacidad de ser completamente ella misma en registros completamente diferentes es lo que convierte a un intérprete en algo más que bueno, en grande.
Rocío era grande, no porque tuviera la mejor voz técnica de su generación, sino porque cuando cantaba fuera lo que fuera, lo vivía desde dentro. Y eso se nota siempre, sin excepción. El oyente no sabe exactamente qué es lo que está notando cuando escucha a Rocío, pero lo nota. Esa diferencia entre alguien que canta una canción y alguien que la vive.
Cuando cantaba Amor eterno, eras consciente del peso de cada palabra. Cuando cantaba costumbres sentías esa verdad incómoda de las relaciones que se agotan. Y cuando cantaba me gustas, mucho era exactamente lo que la canción decía, esa energía del principio, esa certeza jovial de que lo que quieres tarde o temprano llegará.
No había distancia entre Rocío y lo que cantaba, ni en el dolor ni en la alegría. Y eso es lo que hizo que México la adoptara como suya de una manera que muy pocos artistas extranjeros consiguen. No la adoptó porque cantara bien, la adoptó porque cuando cantaba sentías que era verdad, que esa mujer de Madrid realmente sentía lo que decían esas letras. Y me gustas mucho.
Es una de las pruebas más claras de eso, porque la alegría es más difícil de fingir que el dolor. La alegría falsa se nota de inmediato. Y la alegría de Rocío en Me gustas mucho era completamente real. Esa energía, esa ligereza, esa certeza divertida de que tarde o temprano lo que quiere va a llegar. Todo era real y el público lo sabía aunque no pudiera explicar exactamente por qué.
Y hay algo más en esta historia que demuestra que una canción ha llegado de verdad cuando personas completamente diferentes a su artista original deciden hacer la suya. Al año siguiente de que Rocío grabara esa canción, en 1979, un grupo la versionó. No un grupo de rancheras, no un artista del mismo mundo que Rocío y Juan Gabriel, un grupo infantil.
Parchís, el grupo de niños más famoso de España en los años 70 y 80, el que llenaba los colegios y los salones de cumpleaños, el que hacía que los niños de toda España saltar y cantaran y se lo pasaran bien. Parchí versionó Me gustas mucho y los niños de España empezaron a cantarla. Los mismos niños cuyos padres la cantaban con la voz de Rocío.
Dos generaciones, dos versiones, la misma canción. Eso no le pasa a cualquier canción, le pasa a las que tienen algo dentro que va más allá del género y de la edad y de quién la canta, algo que conecta con todo el mundo, la alegría de que alguien te guste mucho. Y hay algo más en esta historia que cierra el círculo de una manera hermosa.
años después de que Rocío grabara Me gustas mucho. Ya con la enfermedad avanzando, la hija de Rocío Durcal reveló algo sobre cómo era su madre en esos últimos años, que seguía siendo ella misma, que seguía con esa capacidad de encontrar la alegría, aunque el cuerpo le dijera otra cosa, que era capaz de reírse y de disfrutar y de estar presente incluso cuando la enfermedad estaba ahí.
Y eso, esa actitud ante la vida es lo que hay en Me gustas mucho. No solo una canción alegre, sino la actitud de alguien que elige la alegría cuando puede, que sabe que el dolor existe, pero que mientras haya un momento de felicidad, ese momento merece todo lo que tienes. Y en 2005, un año antes de morir, la discográfica lanzó un disco de grandes éxitos y eligió, para darle nombre a ese disco, la canción más alegre de toda su carrera.
Me gustas mucho. El título del disco que recogía 40 años de canciones. No amor eterno, no costumbres. Me gustas mucho. Como si la discográfica o Rocío que todavía vivía hubiera querido decir algo con esa elección, que de todas las canciones, de todas las historias, de todo lo que había cantado durante 40 años, esta, la más alegre de todas, era la que mejor la describía.
Y ahora, finalmente la canción, la primera canción de Rocío y Juan Gabriel que no hablaba del dolor, la que el año siguiente versionaron los niños de Parchís, la que fue declarada patrimonio de la cultura popular y musical de México, la que más de 40 años después Amaya Montero cantó en un disco homenaje con la propia Rocío antes de que muriera.
La que dio nombre al disco de grandes éxitos de toda su carrera. Se llamaba Me gustas mucho. Me gustas mucho. Me gustas mucho tú. Tarde o temprano seré tuyo y mío tú serás. Esa certeza, esa confianza sin arrogancia, la de alguien que ha decidido que lo que quiere lo va a conseguir, que no ha perdido la esperanza, que no descansará hasta que llegue lo que busca, no con rabia, no con desesperación, con alegría, con esa energía específica del principio, cuando todo está por pasar.
Cuando nada ha salido mal todavía, cuando el mundo es posibilidad, me gustas mucho tú. Y hay algo que me parece el cierre más perfecto posible para esta historia. Juan Gabriel escribió canciones sobre casi todos los estados del amor. El amor que muere con la persona amada, amor eterno, el amor que se convierte en inercia, costumbres, la ruptura que uno acepta antes que el otro, déjame vivir.

Y el principio del amor, ese momento antes de todo, el de la esperanza pura, el del me gustas mucho y todo lo que viene después todavía está por pasar. Juan Gabriel lo escribió todo y Rocío lo cantó todo, desde los discos de 1977 hasta el último que grabó antes de morir cada estado del amor en la voz de la misma mujer, con la misma verdad, con la misma Rocío, la española más mexicana, la que llegó a México sin saber nada de rancheras y que se quedó para siempre.
¿Cuál es tu artista favorito? Cuéntanos en los comentarios. Por cierto, ¿sabes la historia de la canción donde Rocío le dijo adiós a Juan Gabriel y él no lo aceptó? ¿Y por qué esa conversación sigue llegando 40 años después? La historia está aquí arriba porque la música siempre tiene una historia y las mejores historias son las que nadie te ha contado. No.