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Fernando Colunga: 30 Años Fingiendo… El ASQUEROSO Contrato Que Nadie Debía Ver

 Trabajó en una agencia de autos, tuvo una ferretería, vendió aparatos electrónicos y dato curioso que dice mucho de él fue cadenero y barman en antros de la ciudad de México, aunque en su vida ha probado una gota de alcohol. El hombre que servía tragos a los demás nunca quiso uno para él. De hecho, él mismo ha contado que fue justo ese ambiente nocturno, ese mundo de excesos que veía cada noche desde atrás de la barra, lo que le quitó para siempre las ganas de beber y de la vida de fiesta.

Esa distancia, esa manera de estar dentro del ruido sin pertenecer del todo a él lo iba a acompañar el resto de su vida. Recuerda ese detalle, el hombre que aprendió desde joven a estar en el centro de la fiesta y a no formar parte de ella. porque eso explica más de lo que parece. Y entonces el destino lo llamó, no con un aplauso, lo llamó con una motocicleta.

1988, una telenovela juvenil de Televisa llamada Dulce Desafío. Fernando no entra como estrella, entra desde atrás, desde el peligro, desde el cuerpo que se usa para que otro brille. Lo contratan como doble de acción de Eduardo Yáñez porque sabe manejar moto, porque tiene físico, porque puede caer, acelerar, jugarse el cuello sin que el público sepa siquiera su nombre.

Tenía 22 años. Detente en esa imagen. El futuro galán más famoso de las telenovelas empezó siendo una sombra, el cuerpo que protegía al protagonista, el hombre que se exponía al riesgo mientras otro recibía el primer plano y el beso final. El propio Eduardo Yáñez lo contó años después en una entrevista para el canal Las Estrellas.

Dijo que él medio le sabía a la moto, pero que tenía aversión porque había tenido un accidente y que en la escena final, esa en la que el personaje va por la novia hasta la iglesia y se la roba en plena boda para escapar juntos en la moto, tuvo que ser Fernando quien manejara, porque Fernando era el experto.

Y aquí hay un detalle que a ti te va a herizar la piel porque conecta dos historias. ¿Sabes a quién se llevaba en esa moto? en el papel de la novia robada a Adela Noriega. Sí, esa misma Adela que años después desaparecería del mapa rodeada de misterio. Pero esa es otra historia para otra noche. Quédate con esto.

 La escena más romántica de aquella telenovela, la que hacía suspirar a las muchachas de la época, la protagonizó en realidad un doble cuyo rostro nadie debía ver. Y ahí nació la primera mentira. Una mentira que no se dijo con palabras, sino que se fabricó con imagen. Fernando entendió algo esa noche, que su cuerpo podía abrir puertas, que su presencia valía dinero, que la televisión muchas veces no buscaba la verdad, sino una figura capaz de sostener una fantasía.

quedó tan atrapado por esa experiencia que decidió ir en serio. En 1990 entró al Centro de Educación Artística de Televisa, el famoso SEA, la escuela donde la empresa formaba a sus futuras estrellas. Y empezó como empiezan todos, desde abajo. Un papelito aquí, una aparición allá. Estuvo en la versión mexicana de Plaza Sésamo.

 Pasó por programas como La telaraña, La Hora Marcada y Todo de todo. Hizo pequeños papeles en telenovelas como cenizas y diamantes y madres egoístas. El muchacho de la motocicleta estaba aprendiendo el oficio de cero, escalón por escalón, sin saber que cada escalón lo acercaba a una cima que también iba a hacer una trampa. Y ahí, en esos pasillos, empezó el verdadero accidente de su vida.

No el de la moto, el de aceptar poco a poco convertirse en el hombre perfecto. Y fueron años, años de papeles que nadie recuerda. Años de estar en el fondo de la escena mientras otros recibían los primeros planos. Años de aprender a esperar, que es lo más difícil de todo en ese mundo. Porque la televisión está llena de muchachos guapos que entran con sueños y salen sin nada, devorados por una industria que prueba asientos y elige a poquísimos.

Fernando tenía algo a su favor, esa disciplina de ingeniero, esa paciencia de quién sabe que un edificio se levanta ladrillo por ladrillo y no de un día para otro. Llegaba temprano, se aprendía sus líneas, observaba a los grandes y aprendía de ellos sin hacer ruido. Y entonces llegó el momento que cambia una vida.

 El momento en que un productor lo mira y decide, este va a ser el protagonista. El momento en que la cámara, que durante años lo había dejado en la sombra, por fin se detiene en su rostro y ya no se quiere ir. Ese instante es el sueño de cualquier actor. Y para Fernando fue al mismo tiempo el principio del fin de su libertad, porque a partir de ahí ya no se perteneció solo a él.

Para entender lo que viene, tienes que entender el mundo en el que cayó. Porque la Televisa de aquellos años era mucho más que una empresa de televisión. Era una fábrica de mitos, era el aparato cultural más poderoso de habla hispana en el planeta. En los foros de San Ángel se construían amores que no existían, lágrimas ensayadas hasta quedar perfectas, bodas falsas, mansiones de cartón, familias inventadas y hombres y mujeres diseñados para que el público creyera en ellos más que en su propia vida.

Fernando Colunga Movies List | Rotten Tomatoes | Rotten Tomatoes

Y lo lograban, vaya que lo lograban. Y aquí es donde tú entras en esta historia, porque tú estabas del otro lado de la pantalla. Tú llegabas de trabajar, de cuidar a tus hijos, de aguantar un día largo y pesado, te servías un café o te sentabas con la cena, prendías la televisión y ahí estaba él todas las noches en tu sala como si fuera parte de tu familia.

¿Te acuerdas de esa hora sagrada de la telenovela? Cuando la casa se quedaba en silencio y nadie te podía interrumpir, cuando tu propia vida con sus problemas y sus cansancios se quedaba en pausa una hora para vivir el amor imposible de otros. Esa hora era tuya y él era el dueño de esa hora. En 1992 llegó María Mercedes y lo puso al lado de Talía en el fenómeno de las llamadas tres Marías.

En 1995, María la del Barrio lo metió en cada casa de México y de medio continente y lo volvió un nombre que cualquiera reconocía. Ese mismo año estuvo en Alondra. En 1997, Esmeralda lo convirtió en obsesión en una de esas historias que paralizaban países enteros a la hora del capítulo final. En 1998, la usurpadora terminó de sellar su nombre para siempre y después año tras año, vinieron Abrázame muy fuerte, amor real, alborada, pasión, pasión y poder.

Una telenovela tras otra, cada una más grande que la anterior, cada una vendida a decenas de países, cada una doblada a idiomas que él ni siquiera hablaba. En lugares tan lejanos como Rusia, mujeres que nunca habían pisado México suspiraban por ese rostro. Y aquí tengo que hablarte de las mujeres que estuvieron a su lado frente a la cámara, porque sin ellas el mito no existiría.

Un galán no brilla solo, brilla junto a la mujer que lo mira con amor fingido bajo las luces hasta que el público olvida que es fingido. A su lado pasaron las más grandes de su época, Talía, en María la del Barrio, en pleno fenómeno mundial de las llamadas tres Marías. Leticia Calderón en Esmeralda.

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