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Saddam Hussein: El Ascenso y la Caída del Hombre Más Temido de Irak | Documental

 

Es el 9 de abril de 2003.  El mundo observa en directo por televisión como una estatua de bronce  de 12 m de altura es derribada en la plaza Firdos de Bagdad. El rostro en esa estatua es familiar, omnipresente  en cada rincón de Irak. Es el rostro de Saddam Hussein. El dictador  que gobernó con Mano de Hierro durante 24 años, que se creyó sucesor de reyes babilónicos y que lideró a su país en guerras devastadoras,  ha desaparecido.

 Pero antes de adentrarnos en la historia del hombre que se escondía detrás  de un régimen de terror, no olvides suscribirte al canal para no perderte las historias  que han forjado al mundo. Y cuéntanos en los comentarios, ¿fu Saddam Hussein únicamente un  déspota sediento de poder, responsable de masacres y genocidio, o un líder pragmático que modernizó su país y se atrevió a enfrentarse  a las superpotencias mundiales? Acompáñame a adentrarnos en los orígenes del hombre que con su brutalidad  y

ambición se convirtió en una de las figuras más controvertidas y aterradoras de la historia  contemporánea. Saddam Hussein, el hombre que dominaría Irak con una brutalidad sin precedentes durante casi un cuarto de siglo, nació el 28 de abril de 1937  en el pequeño pueblo de Aluya, cerca de Ticrit.

 Este lugar,  polvoriento y anclado en la pobreza de la región sunita del norte de Irak, era el epicentro  de un clan familiar que definiría su destino, los Alnasiri. Sin embargo, la historia de sus primeros años no es la de un hogar estable y amoroso. Su infancia fue una lucha constante por la supervivencia y el reconocimiento.

Su padre, Hussein Abid Almjid, desapareció misteriosamente 6 meses antes de su nacimiento, dejando a su madre, Subja en una situación desesperada. El trauma de esta ausencia temprana se agravó cuando su madre intentó abortarlo, un hecho que, según biógrafos, le marcó  profundamente. Se dice que creció con un profundo resentimiento y una necesidad constante de afirmarse.

Subha finalmente se casó con Ibrahim Alhasan, un hombre conocido por su crueldad y por tratar a Saddam con desprecio y violencia. En este hogar, Saddam era poco más que un sirviente. Lo obligaban a trabajar en el campo, lo golpeaban y lo humillaban.  Una experiencia que sembró en él una desconfianza profunda hacia los demás  y la convicción de que solo a través de la fuerza se puede obtener respeto.

 A los 10 años, harto de la miseria y el maltrato, tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre. Huyó a Bagdad. Su destino era la casa de su tío materno Kaiiral Talfa. Este hombre no era un pariente cualquiera, era un exoficial del ejército iraquí que había sido  encarcelado por participar en un fallido golpe de estado antimonárquico  y antibritánico.

La influencia de Talfa fue, en muchos sentidos, el punto de inflexión, donde su padrastro había visto a un niño débil, Talfa vio un potencial.  se convirtió en la figura paterna que Saddam nunca tuvo. Pero su orientación no fue la de un mentor pacífico, sino la de un adoctrinador  político.

 Le inculcó una visión del mundo basada en el nacionalismo panárabe y el resentimiento contra la dominación extranjera, especialmente británica. Talfa le enseñó a leer y a escribir, le proporcionó una educación formal y lo expuso  a las ideas que circulaban en los círculos políticos clandestinos. Saddam se sumergió en una biblioteca que contenía obras de nacionalistas árabes y absorbió la ideología del partido Bas, un movimiento que se presentaba como la única salvación para una nación iraquí humillada. La relación entre Saddam y su

tío no era solo familiar, era una alianza política que forjaría el futuro de Irak. Talfa sería su brújula moral y su principal instigador en la lucha por el poder. Para entender por qué figuras como Saddam y su tío adoptaron una ideología tan ferviente, es crucial comprender el  contexto histórico de la región.

 El Irak en el que creció Saddam no era una nación soberana, sino una creación artificial de las potencias coloniales europeas tras la desintegración del Imperio Otomano. Después de la Primera Guerra Mundial,  el tratado de Cres y más tarde el acuerdo S Picot dividieron Oriente Medio con líneas dibujadas a lápiz en un mapa.

 Los británicos obtuvieron el control de lo que se convertiría en Irak, uniendo tres provincias otomanas  de mayoría sunita y chiita, sin considerar las profundas divisiones sectarias y étnicas. La monarquía Hemí, impuesta por Gran Bretaña, reinaba sobre un reino de Irak era en esencia un estado títere. El rey Faisal primero, aunque árabe, no era iraquí de nacimiento, lo que erosionaba su legitimidad a los ojos de muchos nacionalistas.

 El petróleo, el recurso más valioso del país, no estaba en manos iraquíes. La Iraq  Petroleum Company, un consorcio de empresas británicas, francesas, estadounidenses y holandesas, controlaba la industria. Esta dependencia y la percepción de ser explotados por Occidente  generaron un profundo sentimiento antiimperialista y un deseo de autonomía total.

 Este resentimiento no se limitaba a Irak. En todo el Medio Oriente la gente sentía que se les había traicionado. Los nacionalistas árabes soñaban con una nación panárabe, una sola entidad que abarcaría desde el Atlántico hasta el Golfo Pérsico,  liberada de toda influencia extranjera. Esta fue la atmósfera que alimentó el ascenso de movimientos como el partido Bas, una fuerza política que ofrecía una solución a la humillación colectiva.

 En este caldo de cultivo, la frustración por la falta de un estado verdaderamente soberano y la explotación de sus recursos naturales se convirtió en la principal motivación política para una generación entera. Saddam Hussein no fue una excepción, sino el epítome de este sentimiento. El sentimiento antiimperialista no solo se dirigía a los británicos.

 La creación del Estado de Israel en 1948 fue vista por muchos en el mundo árabe como otra imposición occidental, un puesto avanzado del imperialismo en el corazón de su tierra. Esto añadió otra capa de resentimiento y radicalización a la política regional. La juventud de Saddam, marcada por la pobreza y la violencia, se fusionó con la historia de su nación,  una historia de humillación y control externo.

 No es de extrañar que en este entorno un joven de temperamento brutal  y ambición sin límites encontrara en la política un medio para redimirse y al mismo tiempo vengarse. Cuando Saddam llegó a Bagdad, el partido Baasirquí era un pequeño grupo clandestino, pero sus ideas resonaban con muchos jóvenes desilusionados.

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