En el complejo entramado de crímenes que han marcado la historia reciente, pocos casos han generado una respuesta social tan visceral y divisiva como el de Nahir Galarza. Condenada a cadena perpetua por el homicidio de Fernando Pastorizo, un joven de apenas 20 años que perdió la vida tras recibir dos disparos —uno de ellos por la espalda—, Galarza se ha convertido en el centro de un análisis que trasciende el ámbito judicial para adentrarse en los terrenos más oscuros de la psicología humana. Más allá de la culpabilidad jurídica, ya establecida y firme, lo que verdaderamente ha perturbado a la sociedad es la manera en la que la protagonista del caso se refiere a sí misma y a sus actos. Una frase en particular, extraída de fragmentos difundidos por los medios, se ha convertido en la clave de un enigma emocional: “No puedo creer que haya sido tan mala persona; yo no soy así”.
cia, una ventana a una operación mental compleja que merece ser desglosada. Desde una perspectiva psicológica, la construcción de este discurso es inquietante por el abismo que separa la gravedad del hecho cometido —un acto irreversible— de la frialdad narrativa con la que es narrado. Al observar esta frase, podemos identificar dos movimientos distintos: primero, una admisión momentánea, casi fugaz, de la gravedad moral del acto; segundo, una negación rotunda de su propia identidad como autora de dicho horror.
Al pronunciar “no puedo creer que haya sido tan mala persona”, Galarza parece entrar en contacto, aunque sea brevemente, con el peso moral de lo sucedido. No se limita a lamentar lo ocurrido, sino que se enfrenta a la pregunta más dura que un ser humano puede hacerse: “¿Qué dice este acto sobre quién soy?”. Sin embargo, el “yo no soy así” que le sigue de inmediato actúa como un giro de guion, un movimiento de defensa del propio “yo” que busca separar, de forma absoluta, el hecho de la identidad. Es como si nos estuviera diciendo que el evento ocurrió a través de ella, pero que no debemos confundirla con ese acto.
Este mecanismo tiene una base científica sólida: la teoría de la disonancia cognitiva, desarrollada originalmente por Leon Festinger. Cuando dos ideas contradictorias chocan en el cerebro —en este caso, “hice algo monstruoso” y “yo no soy una persona monstruosa”—, la mente humana, desesperada por reducir el dolor psicológico que este choque genera, busca una salida. Si se permitiera que esas ideas chocaran sin defensas, el resultado emocional sería devastador, obligando a la persona a aceptar que el acto terrible forma parte de su propia historia para siempre.
Por ello, la mente fabrica una tercera vía de escape: “Lo hice, es cierto, pero eso no me representa”. Esta salida narrativa es extremadamente efectiva para proteger el autoconcepto, permitiendo que la persona se despegue de la realidad de su conducta. Lo que resulta perturbador es la rapidez con la que se ejecuta este distanciamiento. En casos de extrema gravedad, como el asesinato de Fernando Pastorizo, la sociedad espera una correspondencia entre el hecho y la reacción emocional. Una conciencia sana ante un daño irreversible no debería ser capaz de separar el acto de la persona de una manera tan aséptica y rápida.
La psicología no busca aquí etiquetas clínicas ni diagnósticos precipitados, sino entender la desconexión narrativa que perciben los espectadores. Cuando una persona con empatía normal piensa en haber destruido la vida de otro, lo esperable es que ese dolor atraviese su discurso, lo desorganice y lo dificulte. Por el contrario, en el relato de Galarza, la identidad aparece brevemente “tocada”, pero el discurso se encarga de introducir una frontera infranqueable. Es una responsabilidad con “salida de emergencia”. Reconoce el hecho, pero el objetivo final no parece ser la víctima, sino la salvaguarda de su propia imagen.
Aquí reside el conflicto moral que indigna a tantos: el desplazamiento del centro de gravedad. La historia, al menos en este relato, deja de tratar sobre Fernando Pastorizo, su futuro interrumpido y su familia, para centrarse obsesivamente en la lucha de Galarza por seguir pensándose a sí misma como una buena persona. Es como si el relato se encargara de amortiguar el peso de la culpa con una férrea defensa del “yo”.
¿Qué significa esto para la víctima? Fernando Pastorizo, que tenía 20 años y una vida por delante, ya no tiene voz para matizar este relato ni para defender su lugar en la historia. Al centrarse el discurso de la victimaria en salvar su propia identidad, la víctima es desplazada nuevamente, quedando relegada a un segundo plano ante la necesidad de la agresora de no ser reducida a sus acciones.
Es crucial entender que este análisis no pretende reemplazar la condena penal, sino ilustrar cómo convive una persona con sus actos. La culpa, en su sentido más genuino, mira directamente al daño causado; la autoimagen, en cambio, mira obsesivamente hacia el yo. Cuando esta última domina el panorama, el relato se vuelve insoportable para quien lo escucha, porque la frialdad con la que se narra lo irreparable no encaja con la lógica humana.

La frase “yo no soy así” encapsula, efectivamente, el horror de la separación. No borra el homicidio, pero lo convierte en algo externo, en un episodio puntual que no debe definir quién es ella. Y es precisamente esa pretensión de estar por encima del hecho, de mantener una frontera entre su “yo” y la magnitud de la tragedia, lo que resulta más inquietante. No estamos ante un arrepentimiento genuino que deja cicatrices en el discurso, sino ante una estructura defensiva, precisa y calculada para sobrevivir a la propia conciencia.
En última instancia, el análisis nos devuelve al punto de partida: Fernando Pastorizo es el centro moral de esta historia. Todo análisis psicológico debe, por tanto, comenzar y terminar reconociendo la pérdida irreparable de su vida. La incomodidad que siente el público no es fruto de la manipulación, sino una respuesta natural ante una desconexión moral que, a ojos de cualquier observador, resulta incomprensible. El lenguaje, en este caso, se ha convertido en el refugio de una identidad que, ante la imposibilidad de soportar la realidad, ha decidido simplemente separarse de ella. La pregunta que queda flotando, más allá de cualquier diagnóstico, es si realmente es posible existir en ese vacío donde la culpa se reconoce, pero nunca se llega a habitar.