Es su segundo matrimonio. Tiene tres hijas mayores de su primera esposa, la escritora Marta López Hill. Pero según los testimonios cercanos, esta nueva familia que está construyendo con María del Carmen es la familia que verdaderamente quiere. A las 5:10 de la tarde nace una niña. Le ponen el nombre de Máxima Sorregeta Serruti, pero durante toda su infancia su familia y sus amigos la llaman simplemente Máxima.
La pequeña Máxima nace en una familia argentina particular. Su padre Jorge pertenece a una familia tradicional argentina, descendiente de inmigrantes vascos y propietarios de tierras en la provincia de Buenos Aires. Su madre, María del Carmen, llamada Coca por la familia, viene de una familia más modesta, pero oculta de la ciudad de Buenos Aires.
Y durante los siguientes 5 años, entre 1971 y 1976, los Sorregieta van a tener tres hijos más, Martín, Juan e Inés. Una familia numerosa de seis hijos en total, contando las tres hijas mayores del primer matrimonio de Jorge. Hay un detalle de los primeros años de máxima que pocas biografías cuentan. Los sorregeta, a pesar de pertenecer a una familia tradicional argentina con cierto prestigio social, no eran realmente ricos.
Vivían en un departamento del barrio porteño de Recoleta, modesto comparado con las residencias de las verdaderas familias aristocráticas argentinas. Jorge Sorregeta tenía un trabajo administrativo en la Sociedad Rural Argentina, una organización tradicional de propietarios de tierras. Pero su salario no era extraordinario. Según contarían décadas después, varias compañeras del Colegio de Máxima, en una entrevista a la revista Argentina Caras, publicada en 2018, la pequeña Máxima iba al colegio inglés Maryland llevando vianda cada día, no porque le gustara la
comida casera, sino porque sus padres no podían pagar el comedor escolar para sus cuatro hijos simultáneamente. y Máxima, según las compañeras, almorzaba sola muchos días con vergüenza, escondiéndose en una mesa de la cafetería para que las niñas más ricas del colegio no vieran su vianda económica preparada por su madre.
Hay una anécdota particular del paso de máxima por el colegio Maryland que pocas biografías cuentan completamente. Cuando Máxima tenía 9 años, en 1980, una compañera de clase suya organizó una fiesta de cumpleaños en su casa de Bario Parque. Era una de las niñas más ricas del colegio.
Su padre era un importante empresario argentino. La fiesta era considerada el evento social más importante del año en el círculo de Máxima. Pero según contaría décadas después esa misma compañera, en una entrevista publicada en 2016 en la revista Argentina Gente, la pequeña Máxima Sorregeta no asistió a la fiesta. Y la razón, según la compañera, no era falta de invitación, era que la madre de Máxima, María del Carmen Serruti, no había podido pagar el regalo apropiado para la ocasión.
La fiesta exigía regalos sofisticados, importados de las tiendas exclusivas del barrio y los sorregeta no podían permitirse comprar uno. Esa noche, según la compañera, la pequeña Máxima se quedó sola en su departamento de recoleta llorando. Su madre, según contaría décadas después, había prometido a su hija que algún día tendrían dinero suficiente para que ella no tuviera que sentir esa vergüenza social nunca más.
una promesa que María del Carmen, sin saberlo, ya estaba cumpliendo, porque 20 años después su hija no solo iba a tener dinero, iba a ser reina de un país europeo. Esa vergüenza social discreta de la infancia, según los biógrafos, iba a marcar profundamente la psicología de Máxima Sorregeta, una niña que aprendió desde muy pequeña, que su familia, a pesar de tener un apellido respetable, no pertenecía realmente a la élite económica argentina.
y una niña que, según contaría décadas después decidió desde los 10 años que iba a construir personalmente con su propio trabajo una vida diferente de la de sus padres. Pero en marzo de 1976, cuando la pequeña Máxima tenía solamente 4 años, ocurrió algo que iba a cambiar para siempre la historia argentina. Y sin que nadie lo supiera en ese momento, también iba a cambiar para siempre la vida de la pequeña máxima.
¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. 24 de marzo de 1976, Buenos Aires. A las 3:10 de la madrugada, una junta militar argentina compuesta por el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Macera y el brigadier Orlando Agosti, derroca a la presidenta argentina María Estela Martínez de Perón.
Tanques militares ocupan la plaza de mayo. La casa rosada es tomada por la fuerza y en pocas horas Argentina entera entra en la era más oscura de toda su historia moderna. Empieza el régimen militar autodenominado proceso de reorganización nacional, un régimen que durante los siguientes 7 años, entre 1976 y 1983, iba a torturar, desaparecer, asesinar a más de 30,000 argentinos según los organismos internacionales de derechos humanos.
Robar bebés a sus madres detenidas. hacer vuelos de la muerte, donde los detenidos eran tirados drogados desde aviones militares al Río de la Plata. Y dos meses después del golpe de estado militar, en mayo de 1976, el padre de Máxima, Jorge Sorgeta, aceptó un cargo oficial en ese gobierno. Fue nombrado primero subsecretario de agricultura y 3 años después, en 1979, fue ascendido a secretario de agricultura y ganadería, un cargo equivalente a ministro civil en el organigrama del gobierno militar.
Jorge Sorregeta, padre de máxima de 5 años en ese momento, era oficialmente parte del gobierno de Videla y durante los siguientes 5 años, hasta 1981 asistió a las reuniones gabinetales semanales, donde según los documentos desclasificados, décadas después se discutían las políticas económicas del régimen mientras los aparatos de seguridad estaban torturando y desapareciendo argentinos en centros clandestinos como la escuela de mecánica de la Armada de Buenos Aires.
¿Sabía Jorge Sorgueta lo que estaba pasando? Según las propias declaraciones que daría años después, él habría afirmado que no sabía nada, que su cargo era estrictamente económico, dedicado a la agricultura y la ganadería, y que él no estaba enterado de las operaciones secretas de represión política. Sin embargo, según los historiadores serios que han estudiado la dictadura argentina, esa afirmación es absolutamente insostenible.
Un secretario de Estado del Gobierno de Videla, asistiendo cada semana a reuniones gabinetales, no podía no saber lo que el propio gobierno del que formaba parte estaba haciendo. Pero la pequeña Máxima durante esos años era una niña de 5 a 10 años. No entendía nada. Veía a su padre salir cada mañana al trabajo con traje y corbata.
Veía a su padre volver cada tarde a la casa con regalos. Veía a su padre celebrar las Navidades con la familia. Y para ella, su padre era simplemente papá, el hombre cariñoso que la cuidaba, el hombre que le contaba cuentos antes de dormir, el hombre que la llevaba al parque los fines de semana, cuando muchos años después, en 1999, Máxima conocería por primera vez a un príncipe holandés llamado Guillermo Alejandro.
Ella todavía no sabía realmente la dimensión exacta de lo que su padre había hecho durante los años 70. Ella conocía la versión que su padre le había contado durante toda su infancia, una versión donde Jorge Sorregeta era un técnico económico que había aceptado un cargo civil, una versión donde su padre había trabajado para el bien de Argentina durante un periodo difícil.
una versión donde la dictadura militar era simplemente un capítulo histórico complicado que el país había superado en 1983 con el retorno de la democracia. Pero cuando Máxima Sorgeta se enamoró del príncipe heredero de Holanda en 1999, esa versión de la dictadura argentina que su padre le había contado durante años iba a colisionar brutalmente con la realidad, la realidad documentada, la realidad histórica, la realidad que la sociedad holandesa, mucho más educada políticamente sobre los crímenes de las dictaduras militares latinoamericanas
que la sociedad argentina no iba a aceptar y máxima a los 28 años, en 1999, iba a tener que tomar una decisión que ningún padre desea para su hija. Iba a tener que elegir entre el hombre del que se había enamorado, futuro rey de un país democrático europeo. y el hombre que la había criado durante toda su infancia cómplice civil de uno de los regímenes más criminales del siglo XX.
Esa elección que máxima iba a tomar entre 1999 y 2002 fue, según los biógrafos, el verdadero drama central de toda su vida adulta. Un drama silencioso, un drama que durante dos décadas Máxima nunca compartió públicamente con nadie, pero un drama que, según los testimonios cercanos, sigue persiguiendo a la reina holandesa hasta el día de hoy.
Pero antes del drama hubo el amor y ese amor empezó en Sevilla, España, en abril de 1999. Abril de 1999. Feria de abril de Sevilla, Andalucía, España. Una joven argentina de 27 años está en una caseta de la feria vestida con un traje flamenco tradicional riendo con un grupo de amigos. Trabajaba en ese momento como banquera en HSBC New York, una de las instituciones financieras más prestigiosas del mundo.
Había estudiado economía en la Universidad Católica Argentina y se había mudado a Nueva York en 1996 para construir su carrera profesional fuera de Argentina. Esa tarde de abril de 1999, en la caseta sevillana Máxima Sorregeta conoció a un hombre rubio de 32 años que asistía a la feria como invitado privado de un amigo común.
El hombre rubio se presentó simplemente como Alexander y durante toda la primera tarde no le mencionó a Máxima que él era en realidad el príncipe heredero de los Países Bajos. Hay un detalle particular de ese primer encuentro entre Maxima y Alexander en Sevilla que ella misma contaría décadas después en una entrevista a la revista holandesa Vog, publicada en 2007.
Máxima decía que durante las primeras dos semanas de relación con Alexander, ella no sabía realmente quién era. Él le había dicho que trabajaba en algo relacionado con el gobierno holandés. que vivía en La Haya, que era amigo personal del rey Juan Carlos de España. Solo después de dos semanas de salidas regulares en Nueva York, según Máxima, Alexander le había confesado finalmente su identidad real.
Le había dicho durante una cena en un restaurante de Manhattan, Máxima, tengo que decirte algo. Mi nombre completo es Guillermo Alejandro de Orange Nasao. Soy el príncipe heredero de los Países Bajos. Y si lo nuestro se vuelve serio, vas a tener que convertirte en una persona pública muy importante. ¿Estás dispuesta a vivir esa vida? Enquote Máxima, según contaría décadas después, no contestó inmediatamente.
Lo miró durante varios segundos en silencio. Pensó en su carrera profesional en HSBC. Pensó en su vida discreta en Nueva York. Pensó en su familia argentina, sus hermanos, sus padres en Buenos Aires y luego, con la sonrisa característica que iba a hacerse famosa años después en toda Europa, le contestó, “Alexander, voy a tener que pensarlo, pero mientras tanto puedo pedirte la carta de postres.
” Esa frase dicha por una joven argentina a un príncipe holandés en un restaurante de Nueva York en mayo de 1999 captura mejor que cualquier biografía la verdadera personalidad de Máxima Sorreguieta, una mujer aparentemente alegre, ligera, sociable, pero en realidad una mujer extremadamente inteligente, calculadora, que sabía exactamente cómo manejar los momentos importantes de su vida, capaz de no comprometerse ni dejar el momento entrar en una intensidad que ella todavía no controlaba. Pero hay un detalle de los
meses siguientes al encuentro de Sevilla que pocas biografías cuentan. Durante el verano de 1999, después de saber la verdadera identidad de Alexander, Máxima viajó a Buenos Aires para visitar a sus padres. Esa visita, según los testimonios filtrados décadas después por una empleada doméstica de la familia Zor Gieta, fue probablemente la conversación más importante de toda la vida adulta de Máxima.
Según la empleada doméstica, una noche durante esa visita, Máxima se sentó con sus dos padres en el comedor del departamento de Recoleta y les contó por primera vez sobre Alexander, sobre el príncipe heredero de Holanda, sobre la posibilidad muy concreta de convertirse algún día en futura reina de un país europeo. La reacción de Jorge Sorregeta, según la empleada, fue extraordinaria.

El padre de Máxima se levantó de la silla, caminó hacia el ventanal del departamento y, mirando las luces de recoleta de noche, le habría dicho a su hija una frase que ella iba a recordar el resto de su vida. habría dicho, “Máxima, mi hija, si te casas con ese príncipe, vas a tener que aprender a vivir con mi pasado y mi pasado va a perseguirte durante el resto de tu vida.
” Esa advertencia dada por Jorge Sorgueta a su hija mayor en una sala de recoleta en julio de 1999 demuestra algo muy importante, que el padre de Máxima sabía perfectamente lo que él había hecho durante los años 70 y que sabía perfectamente que ese pasado eventualmente iba a destruir la felicidad de su propia hija.
Pero según la empleada doméstica, Máxima, en ese momento no entendió completamente la dimensión exacta de la advertencia de su padre. pensó que él se refería simplemente a su antiguo trabajo en el gobierno. No imaginó que se refería a la complicidad civil con un régimen criminal documentado. Solo 2 años después, en 2001, durante las negociaciones secretas con el gobierno holandés, Máxima iba a entender finalmente lo que su padre había intentado advertirle esa noche de 1999 en Recoleta.
La relación entre Máxima y Guillermo Alejandro evolucionó rápidamente durante los siguientes 18 meses. Se vieron en Nueva York, en La Haya, en Buenos Aires, en Quot y en marzo de 2001 oficialmente se anunció el compromiso a los Países Bajos. La pareja iba a casarse el siguiente febrero, pero en pocas semanas después del anuncio oficial ocurrió algo que ningún biógrafo había anticipado.
La prensa holandesa, mucho más rigurosa políticamente que la prensa argentina o estadounidense, empezó a investigar el pasado del padre de Máxima y descubrió la verdad completa sobre el cargo de Jorge Sorregeta durante la dictadura de Videla y publicó esa verdad en primera página de los periódicos holandeses durante semanas seguidas.
Si esta historia te está impactando, dale like ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas. Lo que pasó en los Países Bajos entre marzo y diciembre de 2001 fue, según los biógrafos serios, uno de los debates políticos más intensos de la historia moderna de la monarquía holandesa. ¿Podía el príncipe heredero casarse con la hija de un cómplice civil de una dictadura criminal? ¿Era compatible esa unión con los valores democráticos del reino de los países bajos? ¿Podía el parlamento holandés aprobar el
matrimonio bajo esas circunstancias? El debate dividió completamente al país. Por un lado, los partidos de izquierda holandeses, junto con organizaciones de derechos humanos que habían acogido a miles de exiliados argentinos durante los años 70 y 80, exigían que el matrimonio no se autorizara. Argumentaban que la presencia de Jorge Sorregieta en la familia real holandesa sería un insulto directo a la memoria de las víctimas del régimen de Videla y que los Países bajos como nación democrática no podían permitir que la hija de un
cómplice de crímenes contra la humanidad se convirtiera en futura reina del país. Por el otro lado, los partidos conservadores holandeses junto con la propia familia real defendían el matrimonio. Argumentaban que Máxima no podía ser responsable de las acciones de su padre, que la joven argentina había demostrado durante sus primeras apariciones públicas en los Países Bajos una integridad personal y una elegancia incompatibles con cualquier complicidad familiar.
El debate público duró 9 meses seguidos. Hubo manifestaciones en las calles de Amsterdam. Hubo editoriales feroces en los principales periódicos holandeses. Hubo presiones internacionales por parte de los organismos de derechos humanos argentinos, especialmente las madres de Plaza de Mayo, que exigían que Máxima renunciara públicamente a las acciones de su padre antes del matrimonio.
Hay una escena particular del debate holandés del otoño de 2001 que pocas biografías cuentan completamente. En octubre de 2001, durante una de las manifestaciones más grandes organizadas en Amsterdam contra el matrimonio real, una mujer argentina de aproximadamente 60 años apareció entre los manifestantes holandeses.
Era una de las madres de Plaza de Mayo. Viajada desde Buenos Aires, especialmente para participar en la protesta. Llevaba el famoso pañuelo blanco característico de la organización y en sus brazos llevaba una fotografía amarillenta de su propio hijo desaparecido durante la dictadura de Videla en 1977. La fotografía, según contaría décadas después, una periodista del diario holandés de Volkscrant, que cubría la manifestación mostraba a un joven argentino de 22 años, con cabello largo y barba, sonriente, vestido con una camiseta de la selección argentina de
fútbol. Su nombre era Carlos. Había sido estudiante universitario de filosofía en Buenos Aires y había sido secuestrado por las fuerzas de seguridad argentinas durante la noche del 10 de noviembre de 1977. Nunca había vuelto a aparecer. como otros 30,000 argentinos desaparecidos durante el régimen del que Jorge Sorregeta había formado parte.
La madre argentina, según la periodista holandesa, no hablaba neerlandés, solo hablaba español, pero sostenía la fotografía amarillenta de su hijo desaparecido en alto, mostrándola a los manifestantes holandeses. Y cuando una cadena de televisión holandesa se acercó a entrevistarla, ella habría dicho una frase que se viralizaría en todos los noticieros europeos esa misma noche.
habría dicho, “Yo no puedo aceptar que la hija de un cómplice del asesinato de mi hijo se convierta en futura reina de un país democrático. Por respeto a mi Carlos, por respeto a los otros 30,000 hijos desaparecidos, por respeto a todas las madres que todavía estamos buscando los huesos de nuestros muertos.
” Esa frase dicha por una madre de Plaza de Mayo en una manifestación de Amsterdam en octubre de 2001 fue uno de los momentos más dolorosos de todo el debate holandés sobre el matrimonio real. Y según los biógrafos serios, fue uno de los momentos en que Máxima Sorregueta, mirando esa entrevista desde su apartamento privado en Nueva York, habría llorado por primera vez al darse cuenta de la verdadera dimensión moral del problema histórico de su padre.
Hay un detalle adicional de esos meses de negociaciones públicas y privadas que solo se conoció varios años después. Según el testimonio de una asistente personal de Máxima publicado en una entrevista anónima a la revista alemana Bunte en 2015, Máxima durante varias semanas del otoño de 2001 había considerado seriamente cancelar el matrimonio con Guillermo Alejandro.
La opción de simplemente abandonar todo el proyecto real, volver a Buenos Aires, retomar su carrera en finanzas fue, según la asistente, una opción que máxima evaluó concretamente, lo que la habría hecho cambiar de opinión, según la asistente, no fue presión de la familia real holandesa, fue una conversación telefónica con su madre, María del Carmen Serruti.
Su madre, durante una llamada de larga distancia entre Buenos Aires y Nueva York en noviembre de 2001, le habría dicho a Máxima una frase que iba a definir todo. Habría dicho, “Hija mía, tu padre y yo tomamos nuestras decisiones hace 40 años. Esas decisiones eran nuestras, no tuyas. Si rechazas esta corona por nosotros, vas a estar pagando dos veces el mismo error. No lo hagas.
Cásate, sé feliz y construye tu propia vida lejos del peso de la nuestra. Esa frase dicha por María del Carmen Serruti a su hija mayor en una llamada telefónica privada de noviembre de 2001 fue, según los biógrafos serios, lo que finalmente convenció a Máxima de aceptar las tres condiciones impuestas por el parlamento holandés y de seguir adelante con el matrimonio a pesar de los costos morales personales que implicaba para ella.
Y finalmente, en diciembre de 2001, después de meses de negociaciones secretas entre el palacio real holandés y el gobierno argentino del presidente Fernando de la Rúa, el Parlamento de los Países Bajos tomó la decisión que iba a definir para siempre la vida personal de Máxima Sorregeta. decidió aprobar el matrimonio entre Máxima y Guillermo Alejandro, pero a cambio exigió tres condiciones específicas.
La primera condición, Jorge Sorregeta, padre de la novia, no podría asistir a la boda real. Estaba oficialmente prohibido de entrar al territorio holandés durante el evento. La segunda condición máxima debería hacer una declaración pública oficial criticando explícitamente las acciones del régimen de Videla y reconociendo los crímenes cometidos por ese gobierno.
La tercera condición máxima debería renunciar oficialmente a su ciudadanía argentina y adoptar la ciudadanía holandesa antes del matrimonio. En Ber adoptar las tres condiciones eran para una hija que amaba a su padre devastadoras. Pero Máxima, después de varios meses de reflexión personal aceptó las tres.
Hay un episodio particular de esas semanas de negociaciones entre Máxima y los representantes del gobierno holandés, que solo se conoció varios años después a través de los testimonios filtrados por uno de los abogados privados de la familia real holandesa. El abogado contaba que durante una reunión privada de noviembre de 2001, Máxima había escuchado por primera vez una lista detallada de los crímenes específicos cometidos por el régimen de Videla.
una lista que incluía nombres específicos de víctimas, fechas exactas de desapariciones, ubicaciones de centros clandestinos de tortura, testimonios de sobrevivientes. Máxima, según el testimonio del abogado, había permanecido en silencio durante toda la presentación. No había llorado, no había protestado, solo había leído cada documento con una concentración absoluta y al final, después de varias horas, había hecho una sola pregunta al abogado holandés.
Le había dicho, “Si mi padre realmente no sabía nada, como dice, ¿cómo es posible que él haya asistido cada semana durante 5 años a las mismas reuniones gabinetales donde se discutían estas operaciones? El abogado, según se cuenta, no contestó, solo miró a Máxima en silencio. Y Máxima, después de varios segundos de silencio compartido, según el testimonio del abogado, habría susurado en voz baja una frase para sí misma, una frase que el abogado escuchó, una frase que ella nunca confirmaría públicamente, pero que iba a definir el resto de su vida adulta. habría dicho,
“Mi padre me mintió durante 30 años.” Esa frase susurrada por Máxima Sorgueta en una sala de reuniones holandesa en noviembre de 2001 marcó el momento exacto en que la futura reina de los Países Bajos entendió la verdadera dimensión del crimen histórico de su padre y entendió también que iba a tener que pagar durante el resto de su vida el precio público por las decisiones que su padre había tomado durante los años 70.
El 2 de febrero de 2002, en la iglesia New Virkam, Máxima Sorgeta se casó oficialmente con el príncipe Guillermo Alejandro de los Países Bajos. Su padre no asistió, su madre tampoco. Y durante la marcha nupsial que tocó la orquesta cuando ella caminaba por el pasillo central de la iglesia, las cámaras de televisión holandesa capturaron las lágrimas que la futura reina no logró esconder.
lágrimas que el mundo entero interpretó esa mañana como lágrimas de emoción nupsial, pero que en realidad, según se sabría décadas después eran lágrimas por la ausencia de su padre. Hay una escena particular del día de la boda real que solo se conoció varios años después gracias al testimonio del fotógrafo oficial que documentó el evento.
Según el fotógrafo, durante la recepción privada que se celebró después de la ceremonia en el palacio real de Amsterdam, hubo un momento específico donde Máxima se separó silenciosamente del grupo de invitados de honor. Caminó hasta una pequeña sala privada del palacio y durante varios minutos, según el fotógrafo que la siguió desde lejos para tomar fotografías de los invitados, Máxima se quedó completamente sola en esa sala.
Lo que el fotógrafo descubrió cuando entró silenciosamente para tomarle una fotografía iba a marcar a ese profesional durante años. Máxima estaba hablando por teléfono celular. hablaba en español con la fuerte emoción característica del acento porteño argentino. Estaba llamando a su padre Jorge Sorguieta en Buenos Aires. Le estaba contando en voz baja los detalles de la ceremonia a la que él no había podido asistir.
Le estaba describiendo el vestido, la iglesia, los invitados. Le estaba leyendo personalmente por teléfono las palabras del juramento que ella había pronunciado esa mañana frente al altar. El fotógrafo, según contaría décadas después en una entrevista anónima a la revista alemana Hello, publicada en 2010, se quedó congelado en la puerta de la sala, no tomó la fotografía, se retiró silenciosamente, dejando a Máxima sola, con su llamada telefónica a Buenos Aires.
y durante el resto de su carrera profesional, según el fotógrafo, nunca le contó a nadie lo que había visto esa tarde en el palacio real de Amsterdam. Esa imagen, no fotografiada, pero descrita décadas después por un testigo, captura mejor que cualquier biografía la verdadera dimensión emocional de la boda real de 2002.
Máxima Sorgeta había logrado todo lo que el mundo creía que ella quería. Una boda real espectacular, un marido futuro rey, una corona europea. Pero en el momento más feliz oficialmente de toda su vida adulta, ella había necesitado encerrarse en una sala privada para llamar por teléfono al hombre que el mundo había decidido excluir de su matrimonio.
Y durante esos minutos secretos de llamada telefónica internacional, según el testigo, Máxima había podido finalmente compartir con su padre la única boda que ambos iban a tener juntos. Durante los siguientes 11 años, entre 2002 y 2013, Máxima vivió oficialmente como princesa heredera de los Países Bajos.
Tuvo con Guillermo Alejandro tres hijas. La princesa Catalina Amalia, nacida el 7 de diciembre de 2003, futura reina de Holanda, la princesa Alexia, nacida el 26 de junio de 2005 y la princesa Arian, nacida el 10 de abril de 2007. Y durante esos 11 años, Máxima trabajó incansablemente para construir su nueva identidad como mujer holandesa.
Aprendió perfectamente el idioma neerlandés, considerado uno de los idiomas más difíciles de Europa para los hispanohablantes. aprendió la historia holandesa, visitó cada provincia del país, participó en cientos de actos oficiales y, sobre todo, según los testimonios cercanos, intentó silenciosamente que el público holandés olvidara su pasado argentino.
Pero en privado, Máxima seguía viendo a su padre regularmente. Cada año viajaba a Buenos Aires con sus tres hijas para visitar a sus padres. permitía que Jorge Sorregeta conociera a sus tres nietas holandesas en territorio argentino, ya que el padre seguía prohibido de entrar a los Países Bajos.
Y según los biógrafos serios, durante esas visitas anuales, Máxima nunca habló directamente con su padre sobre lo que él había hecho durante los años 70. El 30 de abril de 2013, después de la abdicación de su suegra, la reina Beatriz, Guillermo Alejandro fue proclamado oficialmente rey de los Países Bajos. Máxima Sorregueta a los 42 años se convirtió oficialmente en reina consorte de Holanda y en esa misma ceremonia de coronación, una vez más Jorge Sorregeta no pudo asistir.
Estaba todavía oficialmente prohibido de entrar al país de su propia hija ahora reina. Hay una escena particular de la ceremonia de coronación del 30 de abril de 2013, que solo se conoció varios años después gracias al testimonio de una dama de honor de la nueva reina holandesa. Según la dama de honor, durante la procesión solemne que llevaba a la nueva pareja real desde el palacio real hasta la nieuve Kerk de Ámsterdam, Máxima había llevado en el bolsillo interior de su vestido oficial de coronación un pequeño objeto. Un objeto que ningún fotógrafo

de prensa podía ver, pero un objeto que para máxima tenía más valor que toda la tiara de diamantes que llevaba esa mañana en su cabeza. Era una pequeña fotografía, una fotografía vieja doblada en cuatro, ya descolorida por el tiempo. La fotografía mostraba a Jorge Sorregieta a los 35 años, sosteniendo en sus brazos a la pequeña máxima recién nacida en mayo de 1971 en una habitación del hospital Otamendi de Buenos Aires.
La primera fotografía oficial que Jorge Sorregeta había tomado con su hija mayor. Esa fotografía, según la dama de honor, había acompañado a Máxima durante toda la coronación. Y durante la ceremonia religiosa en la New Kerk, en los momentos donde Guillermo Alejandro pronunciaba su juramento oficial como nuevo rey, Máxima había metido discretamente la mano en el bolsillo de su vestido y había tocado la fotografía.
como si simbólicamente estuviera incluyendo en su coronación la presencia de un padre que el protocolo holandés había decidido excluir oficialmente. Pero el verdadero precio de todo esto estaba por cobrarse. 5 años después de la coronación, en agosto de 2017, Jorge Sorregeta murió en Buenos Aires a los 89 años de un cáncer linfático.
Máxima, oficialmente reina de los Países Bajos, voló a Buenos Aires para el funeral de su padre. Asistió completamente vestida de negro, acompañada solamente por sus tres hijas. Su esposo, el rey Guillermo Alejandro, no asistió al funeral por razones protocolarias. El Estado holandés consideró que el rey de un país democrático no podía oficialmente honrar la memoria de un funcionario de una dictadura criminal.
Hay una escena del funeral de Jorge Sorregua en Buenos Aires que solo se conoció varios meses después a través del testimonio de un primo lejano de la familia Sorregeta. El primo contaba que durante la ceremonia religiosa católica que se celebró en una iglesia del barrio de Recoleta Máxima permaneció completamente en silencio durante todo el funeral.
No habló ni una palabra, no leyó ningún discurso, no hizo ninguna declaración pública, solo lloró silenciosamente al lado del ataúdre durante varias horas. Pero según el primo, en un momento de la ceremonia, antes de que el ataúd fuera trasladado al cementerio de la recoleta, Máxima se acercó al ataúd, tocó la madera con su mano derecha y, según el testimonio del primo, le habría susurrado al cuerpo de su padre una frase en voz baja, pero suficientemente audible, para que el primo la escuchara desde su asiento.
habría dicho, “Papá, te perdoné hace mucho tiempo, pero nunca pude perdonarme a mí misma por haberte amado tanto sabiendo lo que hiciste.” Esa frase susurrada por una reina europea al ataú de su padre en una iglesia de Buenos Aires en agosto de 2017, captura mejor que cualquier biografía toda la complejidad emocional de la vida adulta de Máxima Sorgeta, una hija que durante toda su vida había amado a un padre que era simultáneamente un hombre cariñoso en lo privado y un cómplice civil de crímenes contra la humanidad. en lo
público. Una mujer que había tenido que aprender a vivir con esa doble realidad durante cuatro décadas, sin nunca encontrar una respuesta moral satisfactoria al dilema imposible de su propia vida. Hay otro detalle particular del funeral de Jorge Sorgueta, que pocas biografías cuentan completamente. Mientras Máxima lloraba en silencio al lado del ataúd en las calles del barrio de Recoleta, fuera de la iglesia, una pequeña pero significativa manifestación de organismos argentinos de derechos humanos se había congregado para
protestar contra el funeral. Llevaban carteles que decían sorgieta, cómplice de Videla. Llevaban fotografías de las víctimas argentinas desaparecidas durante la dictadura y exigían públicamente que se cancelaran los honores oficiales que correspondían tradicionalmente a un funeral de un exsecretario de Estado argentino.
Máxima, según los testimonios cercanos, sabía perfectamente que esa manifestación estaba ocurriendo fuera de la iglesia donde se celebraba el funeral de su padre. La policía argentina había mantenido a los manifestantes a varias cuadras de distancia para no perturbar la ceremonia familiar. Pero según el primo de la familia, la reina holandesa había escuchado claramente los gritos lejanos de las madres de Plaza de Mayo durante toda la ceremonia religiosa católica.
Y según el primo, esos gritos habrían sido para máxima una de las experiencias auditivas más dolorosas de toda su vida adulta. Al salir de la iglesia para acompañar el ataúd hasta el cementerio de la recoleta, Máxima vio por primera vez en persona a esas madres argentinas que durante 15 años habían protestado contra su matrimonio con Guillermo Alejandro.
Las dos partes, según el primo, se cruzaron la mirada durante varios segundos sin decir nada. Una mirada cargada de historia, una mirada que cruzaba dos generaciones argentinas. una mirada entre una madre que había perdido a su hijo durante la dictadura y una hija que había perdido a su padre dictador.
Las dos llorando, las dos sufriendo, las dos imposibles de reconciliar nunca. Esa mirada cruzada en recoleta entre Máximas Oregeta y las Madres de Plaza de Mayo en agosto de 2017 fue, según los biógrafos serios, uno de los momentos más simbólicos de toda la historia post dictadura argentina, el momento donde las dos verdades irreconciliables del país finalmente se miraron a los ojos sin reconciliarse, sin perdonarse, sin hablarse.
solo reconociendo en silencio que las dos llevaban heridas que el tiempo nunca iba a curar completamente. Pero la verdadera tragedia personal de Máxima Sorguieta estaba todavía por venir. 10 meses después de la muerte de Jorge Sorregeta, en junio de 2018, Máxima recibió en el palacio Nordinde de la Ayafónica desde Buenos Aires.
era su hermano menor, Martín. Y según los testimonios cercanos, lo que Martín le dijo esa tarde a su hermana mayor por teléfono iba a cambiar para siempre la vida emocional de la reina de los países bajos. Inés Sorregieta, la hermana menor de Máxima, había sido encontrada muerta esa misma mañana en su departamento del barrio porteño de Almagro.
Tenía 33 años. La causa oficial de la muerte declarada por las autoridades argentinas fue suicidio. Inés Sorreguieta era, según los testimonios familiares cercanos, la hermana favorita de Máxima. Las dos hermanas, a pesar de los 17 años de diferencia entre ellas, habían mantenido durante años una relación de extrema cercanía.
Inés había sido dama de honor en la boda de Máxima en Ámsterdam en 2002. Inés había sido madrina del bautismo de la princesa Arián en 2007. Inés se había recibido de licenciada en psicología en la Universidad de Belgrano de Buenos Aires y según los testimonios cercanos, sus tesis universitaria final presentada en 2007 había sido específicamente sobre las diferencias de género en el suicidio.
Hay un detalle particular de la personalidad de Inés Sorgeta, que pocas biografías cuentan completamente. Inés, a diferencia de Máxima, era una artista. Durante toda su adolescencia había estudiado canto y guitarra. había tocado en pequeños escenarios de Buenos Aires interpretando clásicos de bandas como The Beatles, The Doors y Jimmy Hendricks.
Tenía una voz suave y melancólica, según los testimonios de sus amigos cercanos, y durante años había soñado con dedicarse profesionalmente a la música. Pero según contaría décadas después, una de sus amigas más cercanas en una entrevista a la revista Argentina Caras, publicada en 2025, Inés había abandonado finalmente sus sueños artísticos en favor de una carrera académica en psicología por una razón muy específica.
Inés había decidido desde los 16 años que iba a dedicar su vida profesional a entender el suicidio, a estudiar los mecanismos psicológicos que llevaban a las personas a quitarse la vida, a ayudar profesionalmente a quienes pasaban por esas crisis emocionales. Su tesis universitaria final presentada en 2007 cuando Inés tenía 23 años fue específicamente sobre las diferencias de género en las conductas suicidas.
Un trabajo académico riguroso, un trabajo que recibió la calificación más alta de su promoción y un trabajo que leído 11 años después de la propia muerte de Inés adquiriría una significación dramática. que ningún profesor universitario podía haber anticipado en el momento de la presentación.
Esa especialización académica de Inés en el tema del suicidio escrita 11 años antes de su propia muerte fue, según los biógrafos serios, una de las señales más inquietantes que la familia Sorreguieta había ignorado durante años. Inés había vivido durante toda su vida adulta con cuadros de depresión severa y trastornos alimentarios.
Había sido tratada en varias clínicas psiquiátricas argentinas y según los testimonios cercanos, había rechazado durante años la propuesta de Máxima de mudarse a Holanda para vivir cerca de su hermana reina. Hay una conversación entre Máxima y Enés Sorgeta de marzo de 2018, 3 meses antes del suicidio de Inés, que solo se conoció varios años después a través del testimonio de la pareja sentimental de Inés en ese momento.

Según el testimonio, Máxima había viajado desde La Haia hasta Buenos Aires, específicamente para visitar a su hermana menor. Había notado durante los meses anteriores que las cartas de Inés se habían vuelto cada vez más oscuras y había decidido viajar personalmente para evaluar el estado emocional real de su hermana.
Durante esa visita de marzo, según el testimonio, las dos hermanas se habían encerrado en el departamento de Inés, en el barrio de Almagro durante varias horas. No habían salido a comer, no habían visto a nadie más, solo habían hablado entre las dos. Y según la pareja de Inés, que había escuchado partes de la conversación desde la habitación contigua, Máxima habría intentado durante horas convencer a su hermana de mudarse a Holanda, de aceptar tratamiento psiquiátrico intensivo en una clínica suiza, de salir finalmente del peso emocional que la dictadura
argentina y la muerte de su padre habían generado en ella. Inés, según la pareja, había rechazado todas las propuestas de su hermana mayor. Le habría dicho a Máxima una frase que la pareja escucharía perfectamente desde la habitación contigua. Habría dicho, “Máxima, vos pudiste construir una vida lejos del peso de papá. Yo no puedo.
Mi cabeza no me deja. Cada día siento que llevo encima los huesos de los muertos. No quiero más. Pero quédate tranquila. Yo soy fuerte, voy a aguantar. Tres meses después de esa conversación entre las dos hermanas en un departamento de almagro en junio de 2018, Inés Regieta cumplió con la primera parte de su promesa.
Se quedó en Argentina, pero no cumplió con la segunda. No fue suficientemente fuerte y no aguantó. La muerte de su padre Jorge Sorregeta en agosto de 2017. Según las personas cercanas a Inés, había desestabilizado profundamente a la pequeña hermana. Inés había sido especialmente cercana a su padre durante toda su vida. Su padre, según los testimonios familiares, había sido el único miembro de la familia que verdaderamente entendía la fragilidad emocional de Inés.
Y sin él, según los biógrafos, Inés había perdido el último ancla emocional que la mantenía conectada con la realidad. Pero también, según los testimonios filtrados décadas después, hay otra hipótesis sobre el suicidio de Inés Sorgeta. Una hipótesis que pocas biografías repiten en voz alta. Una hipótesis que sugiere que Inés, a diferencia de Máxima, nunca había podido procesar emocionalmente lo que su padre había hecho durante los años 70, que la verdad histórica sobre la complicidad de Jorge Sorriga con el régimen de Videla había sido para Inés
una carga psicológica imposible de soportar y que esa carga combinada con la muerte de un padre al que ella amaba a pesar de todo, había sido el factor desencadenante final. Si tú escuchando esta historia alguna vez has tenido que amar a alguien sabiendo que ese alguien era responsable de cosas que no podías perdonar moralmente, ¿sabes algo que Máxima Sorregieta y su hermana Inés aprendieron por la fuerza durante toda su vida adulta? ¿Sabes que algunas verdades familiares son demasiado pesadas para llevarlas con dignidad?
¿Sabes que el amor familiar y la moral pública pueden colisionar de manera irreconciliable? Y sabes que a veces esa colisión termina destruyendo a los miembros más frágiles de una familia entera. Máxima Sorregueta esa tarde de junio de 2018 voló desde Holanda hasta Buenos Aires en un vuelo privado de la familia real.
asistió al funeral de su hermana Inés en una capilla del barrio porteño de Almagro y según los testimonios cercanos, durante todo el funeral no soltó la mano de su madre, María del Carmen Serruti. Su madre, ya con 74 años había perdido en menos de 10 meses primero a su esposo Jorge y después a su hija menor Inés. Hay un detalle particular del vuelo de máxima desde Holanda hasta Buenos Aires, esa tarde de junio que solo se conoció varios meses después.
Según el testimonio de uno de los pilotos del avión real holandés, publicado en una entrevista anónima a la revista francesa Paris Match en 2019, Máxima había viajado completamente sola durante las 14 horas del vuelo transatlántico, sin su esposo, el rey Guillermo Alejandro, que había decidido permanecer en la Haya por compromisos protocolarios oficiales que no podían cancelarse sin sus tres hijas, que estaban en plena temporada escolar.
Durante esas 14 horas de vuelo, según el piloto, Máxima no había dormido ni un solo minuto. No había comido nada, había rechazado todas las atenciones del personal de a bordo. Solo había estado sentada en su butaca privada mirando a través de la ventana del avión durante toda la noche atlántica. Y en un momento del vuelo, según el piloto que la había observado a través de la cámara de seguridad del corredor central, Máxima había sacado de su bolso un objeto pequeño, un objeto que ella había guardado durante años en el cajón de su mesa de noche del palacio noordín de de
la era una fotografía vieja, una fotografía de Inés Sorreguieta a los 6 años. La pequeña Inés, vestida con un vestido rosa, sentada en las rodillas de su hermana mayor, Máxima, que tenía entonces 23 años. La fotografía había sido tomada durante una visita de Máxima a Buenos Aires en 1994, antes de que Máxima conociera a Guillermo Alejandro, antes de que la vida adulta de las dos hermanas se separara para siempre por el destino real.
Máxima, según el piloto, había mirado esa fotografía durante varias horas seguidas durante el vuelo, sin llorar, sin reaccionar visiblemente, solo mirándola en silencio, como si estuviera intentando memorizar cada detalle de la cara sonriente de su hermana pequeña de 6 años antes de aterrizar en Buenos Aires para enterrarla a los 33 años.
Esa imagen descrita años después por un piloto holandés en una revista francesa captura mejor que cualquier biografía la verdadera dimensión emocional del año 2018 para Máxima Sorregieta. En menos de 10 meses, la reina argentina de Holanda había perdido a su padre y a su hermana favorita. Las dos personas que, según los testimonios cercanos, habían constituido los dos puntos de anclaje emocionales más importantes de toda su vida adulta.
Y ahora Máxima volaba sola durante una noche transatlántica para asistir al segundo funeral familiar en menos de un año, mirando una fotografía descolorida de 1994. Hay un detalle final del duelo de máxima por su hermana Inés, que pocas biografías cuentan. Según una entrevista anónima publicada en 2019 por una de las damas de honor más cercanas a la reina holandesa Máxima, durante varios meses después de la muerte de Inés, dedicó cada mañana a una sola actividad.
Sentada en su despacho privado del palacio nordin de de la Haya, releía las cartas que Inés le había escrito durante años, cartas escritas a mano, cartas que Máxima había guardado en una caja específica que llevaba consigo en todos sus viajes desde 2002. Según la dama de honor, las cartas de Inesa Máxima eran, en su mayoría cartas sobre temas aparentemente livianos.
las novedades de la vida cotidiana en Buenos Aires, las películas que Inés acababa de ver, los conciertos a los que había asistido. Pero en algunas de esas cartas, según la dama de honor, Inés había escrito frases que leídas después de su suicidio habían adquirido una significación dramática. Frases como máxima, mi hermana del alma.
A veces siento que la vida está pidiendo más de lo que yo puedo dar. O hay días en los que el peso del apellido Sorreta es más fuerte que mis fuerzas para llevarlo. Esa última frase escrita por Inés a Máxima en una carta de marzo de 2016, 2 años antes de su suicidio, captura mejor que cualquier biografía la carga psicológica del apellido Sorgeta para las dos hermanas.
Máxima había logrado, contra todos los pronósticos, transformar ese apellido en el apellido de una reina europea. Pero Inés, más frágil, más sensible, más artística, nunca había logrado llevar ese mismo apellido sin sentir el peso histórico aplastante de lo que él representaba. Hoy en 2025 la reina máxima de los Países Bajos sigue siendo, a sus 53 años una de las reinas más populares de la realeza europea contemporánea.
Su aprobación pública en Holanda sigue siendo extremadamente alta. Sus tres hijas, Amalia, Alexia y Arián, son consideradas las princesas más fotogénicas de la nueva generación real europea. Y Máxima en sus apariciones públicas oficiales, sigue mostrando al mundo la sonrisa luminosa que la había caracterizada desde Sevilla en 1999.
Pero según los testimonios cercanos, esa sonrisa esconde desde el suicidio de Inés. En junio de 2018, un dolor profundo que la reina holandesa no ha podido procesar completamente todavía. Una vez al año, según las personas más cercanas a ella, Máxima viaja en secreto a Buenos Aires durante varias horas. Visita el cementerio de la Chacarita, donde están enterrados juntos su padre Jorge y su hermana Inés.
se queda durante horas en silencio frente a las dos tumbas y según se cuenta, llora libremente, lejos de las cámaras de la prensa internacional que durante los últimos 23 años han documentado cada momento público de su vida adulta. Si tú escuchando esta historia te encontraste reconociendo algo de tu propia vida en la de Máxima Sorgeta, no estás solo.
Esa es la razón por la que estas historias siguen importándonos 100 años después. No porque sean diferentes, porque son en el fondo, las nuestras. Todos cargamos con apellidos, todos cargamos con historias familiares que no elegimos. en town y todos en algún momento de nuestra vida tenemos que hacer la cuenta entre el amor que sentimos por nuestras familias y la moral que el mundo nos exige.
Máxima Sorregeta, la reina argentina de Holanda, hizo esa cuenta a los 28 años en una sala de reuniones de la Aya en noviembre de 2001. eligió el amor, pero también eligió la moral pública y durante los siguientes 23 años ha vivido tratando de equilibrar las dos elecciones imposibles. En nuestra próxima historia te voy a contar la vida de otra mujer cuyo destino estuvo marcado por un secreto familiar terrible.
Una mujer que se casó con un príncipe europeo creyendo que iba a vivir un cuento de hadas y que descubrió años después que el verdadero precio de la corona era renunciar públicamente al hombre que la había criado desde la infancia. Suscríbete y activa la campanita para no perderte la próxima historia.
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