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La Abuela Abandonada Por Su Hijo Halló Refugio En Una Casa Dentro De Un Tronco Gigante, Pero Lo…

La Abuela Abandonada Por Su Hijo Halló Refugio En Una Casa Dentro De Un Tronco Gigante, Pero Lo…

La abuela abandonada por su hijo halló refugio en una casa dentro de un tronco gigante, pero lo que encontró allí cambió su destino. El amanecer cayó gris sobre el camino de tierra de San Isidro del Monte. Noás se veía polvo y más polvo, y el viento de la sierra traía ese olor a pino mojado que a doña Remedios siempre le había gustado.

 Pero esa mañana no. Esa mañana el olor se le hizo amargo como todo lo demás. Estaba parada en el portal de la casa donde había vivido 32 años. La casa que ella y don Jacinto levantaron a puro lomo, ladrillo por ladrillo. Las manos le temblaban debajo del reboso, pero no de frío. Era otra cosa. Era lo que se siente cuando el piso se abre bajo los pies y uno se da cuenta de que ya no hay nada que hacer.

 Efraín, su hijo, el mayor, el que ella cargó en brazos cuando tenía cólicos, el que curó de sarampión con hierbas y rezos, estaba ahí parado frente a ella, pero no la miraba. Nunca la miraba últimamente. Tenía los ojos puestos en un punto fijo del suelo, como si ahí hubiera algo más importante que su propia madre. Esto es lo que te toca, madre”, dijo él y le extendió un papel doblado.

 “Ya está decidido.” Remedios. agarró el papel, lo desdobló despacio, aunque ya sabía lo que iba a decir, desde que Jacinto se fue, desde que la tierra se lo tragó hacía 2 años, todo había cambiado. Efraín ya no era el mismo. Hablaba de cuentas, de papeles, de lo que conviene. Hablaba con una prisa que daba miedo, como si el tiempo se le fuera a acabar.

El papel decía que le tocaba un terreno, un terreno allá en la providencia. La hacienda vieja que ya nadie ocupaba, un terreno con un tronco nada más. Mirna, la nuera, estaba recargada en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Sonreía. No era una sonrisa de esas que te calientan el alma.

 Era de las otras, de las que te la enfrían. Ya viste, suegra”, dijo con esa voz suavecita que usaba cuando quería clavar. “Es un lugar tranquilo, vas a estar bien.” Remedios no contestó. ¿Qué iba a decir? que llevaba toda la vida trabajando esa tierra, que vendió huevos en el mercado durante años para que ellos comieran, que pidió fiado cuando no había ni para el maíz, y que cargó agua desde el pozo hasta que las manos se le llenaron de ampollas.

 Que rezó en la iglesia del pueblo para que la familia no se quebrara, para que sus hijos crecieran derechos. No, no iba a decir nada porque ya lo sabían y aún así la estaban echando. Nos vemos, madre, dijo Efraín y se metió a la casa sin voltear. Mirna se quedó un segundo más no más para rematar. Ay, no te preocupes por la niña. Lucerito se queda con nosotros.

Aquí va a estar mejor. Eso sí le dolió. Eso sí le arrancó algo por dentro. Lucerito era su nietecita. La única que todavía la buscaba, la única que le decía Awe con cariño. Los otros nietos ya ni la pelaban, pero Lucerito no. Lucerito se le pegaba como chicle, le ayudaba a desgranar el maíz, le preguntaba por don Jacinto, por cómo era antes el pueblo, por las historias de cuando ella era joven.

 No dijo remedios y fue la primera palabra que soltó esa mañana. La niña va conmigo. Mirna arqueó las cejas, pero no discutió. Sabía que si armaba pleito, el pueblo iba a empezar a murmurar y eso no le convenía. Como quieras, dijo y entró a la casa dando un portazo. Remedios se quedó ahí parada un rato más con el papel en la mano y el corazón hecho pedazos.

 Luego se fue a buscar a Lucerito. La encontró en el cuartito de atrás, sentada en el petate abrazando su muñeca de trapo. Cuando vio entrar a su abuela, se le iluminó la cara. Ya nos vamos, Agüe. Sí, mi amor, ya nos vamos. Lucerito no hizo preguntas, agarró su muñeca, se puso sus guarachitos y le dio la mano a remedios.

Así, de la mano, salieron de la casa. Nadie salió a despedirse, ni Efraín, ni Myna, ni los otros hijos que vivían cerca y que sabían perfectamente lo que estaba pasando. Todos callados, todos cómplices. El camino a la providencia era largo, casi dos horas caminando por la vereda que bordeaba elegido.

 remedios cargaba un morralito con lo poco que pudo juntar, dos mudas de ropa, un comal, una ollita, unas cuantas tortillas envueltas en un trapo. Lucerito iba callada, pero cada tanto volteaba a verla como para asegurarse de que su abuela seguía ahí. Cuando llegaron, el sol ya estaba alto y pegaba fuerte.

 La providencia era un terreno abandonado, lleno de hierbas y piedras. Y ahí en medio de todo estaba el tronco. Era enorme, un tronco viejo, hueco, cubierto de musgo. Parecía un animal derrotado, tirado ahí por el tiempo. Pero alguien en algún momento le había hecho una puerta de tablas y un hueco redondo que servía de ventana. Había tres escalones de piedra para entrar y al frente un círculo de rocas con ceniza vieja, un fogón apagado.

 Remedios empujó la puerta. Adentro olía a madera podrida y a telarañas. Había una humedad que se te metía en los huesos. El piso era de tierra. Las paredes, si se les podía llamar así, eran las paredes del propio tronco. No había muebles, nada. No más vacío, lucerito, apretó más fuerte la mano de su abuela.

 Aquí vamos a vivir, Abweé. Aquí vamos a vivir, mi vida. Esa noche fue la peor. El tronco crujía con el viento, como si se fuera a partir en dos. Lucerito no podía dormir y remedios tampoco. La cargó pegada al pecho, bien cerquita, para que el miedo no se le metiera por los ojos. Le cantó una canción de esas que le cantaba cuando era bebé, bajito como un rezo afuera.

 El viento seguía soplando, los árboles gemían y remedios con el cuerpo cansado y la garganta cerrada. Pensó que el mundo podía terminarse ahí, que ya no había nada más que todo lo que había hecho en su vida, todo el sacrificio, todas las ampollas, todos los rezos habían sido para nada. Pero entonces sintió el corazoncito de lucerito latiendo contra su pecho.

 Sintió su respiración y se dio cuenta de que no podía darse el lujo de rendirse. No con la niña ahí, no con esos ojitos que la miraban como si ella fuera lo único bueno que quedaba en el mundo. Así que cerró los ojos y se dijo a sí misma, “Bien que para que ni el viento se enterara. No me voy a dejar morir de vergüenza.

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