La Abuela Abandonada Por Su Hijo Halló Refugio En Una Casa Dentro De Un Tronco Gigante, Pero Lo…
La abuela abandonada por su hijo halló refugio en una casa dentro de un tronco gigante, pero lo que encontró allí cambió su destino. El amanecer cayó gris sobre el camino de tierra de San Isidro del Monte. Noás se veía polvo y más polvo, y el viento de la sierra traía ese olor a pino mojado que a doña Remedios siempre le había gustado.
Pero esa mañana no. Esa mañana el olor se le hizo amargo como todo lo demás. Estaba parada en el portal de la casa donde había vivido 32 años. La casa que ella y don Jacinto levantaron a puro lomo, ladrillo por ladrillo. Las manos le temblaban debajo del reboso, pero no de frío. Era otra cosa. Era lo que se siente cuando el piso se abre bajo los pies y uno se da cuenta de que ya no hay nada que hacer.
Efraín, su hijo, el mayor, el que ella cargó en brazos cuando tenía cólicos, el que curó de sarampión con hierbas y rezos, estaba ahí parado frente a ella, pero no la miraba. Nunca la miraba últimamente. Tenía los ojos puestos en un punto fijo del suelo, como si ahí hubiera algo más importante que su propia madre. Esto es lo que te toca, madre”, dijo él y le extendió un papel doblado.
“Ya está decidido.” Remedios. agarró el papel, lo desdobló despacio, aunque ya sabía lo que iba a decir, desde que Jacinto se fue, desde que la tierra se lo tragó hacía 2 años, todo había cambiado. Efraín ya no era el mismo. Hablaba de cuentas, de papeles, de lo que conviene. Hablaba con una prisa que daba miedo, como si el tiempo se le fuera a acabar.
El papel decía que le tocaba un terreno, un terreno allá en la providencia. La hacienda vieja que ya nadie ocupaba, un terreno con un tronco nada más. Mirna, la nuera, estaba recargada en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Sonreía. No era una sonrisa de esas que te calientan el alma.
Era de las otras, de las que te la enfrían. Ya viste, suegra”, dijo con esa voz suavecita que usaba cuando quería clavar. “Es un lugar tranquilo, vas a estar bien.” Remedios no contestó. ¿Qué iba a decir? que llevaba toda la vida trabajando esa tierra, que vendió huevos en el mercado durante años para que ellos comieran, que pidió fiado cuando no había ni para el maíz, y que cargó agua desde el pozo hasta que las manos se le llenaron de ampollas.
Que rezó en la iglesia del pueblo para que la familia no se quebrara, para que sus hijos crecieran derechos. No, no iba a decir nada porque ya lo sabían y aún así la estaban echando. Nos vemos, madre, dijo Efraín y se metió a la casa sin voltear. Mirna se quedó un segundo más no más para rematar. Ay, no te preocupes por la niña. Lucerito se queda con nosotros.
Aquí va a estar mejor. Eso sí le dolió. Eso sí le arrancó algo por dentro. Lucerito era su nietecita. La única que todavía la buscaba, la única que le decía Awe con cariño. Los otros nietos ya ni la pelaban, pero Lucerito no. Lucerito se le pegaba como chicle, le ayudaba a desgranar el maíz, le preguntaba por don Jacinto, por cómo era antes el pueblo, por las historias de cuando ella era joven.
No dijo remedios y fue la primera palabra que soltó esa mañana. La niña va conmigo. Mirna arqueó las cejas, pero no discutió. Sabía que si armaba pleito, el pueblo iba a empezar a murmurar y eso no le convenía. Como quieras, dijo y entró a la casa dando un portazo. Remedios se quedó ahí parada un rato más con el papel en la mano y el corazón hecho pedazos.
Luego se fue a buscar a Lucerito. La encontró en el cuartito de atrás, sentada en el petate abrazando su muñeca de trapo. Cuando vio entrar a su abuela, se le iluminó la cara. Ya nos vamos, Agüe. Sí, mi amor, ya nos vamos. Lucerito no hizo preguntas, agarró su muñeca, se puso sus guarachitos y le dio la mano a remedios.
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Así, de la mano, salieron de la casa. Nadie salió a despedirse, ni Efraín, ni Myna, ni los otros hijos que vivían cerca y que sabían perfectamente lo que estaba pasando. Todos callados, todos cómplices. El camino a la providencia era largo, casi dos horas caminando por la vereda que bordeaba elegido.
remedios cargaba un morralito con lo poco que pudo juntar, dos mudas de ropa, un comal, una ollita, unas cuantas tortillas envueltas en un trapo. Lucerito iba callada, pero cada tanto volteaba a verla como para asegurarse de que su abuela seguía ahí. Cuando llegaron, el sol ya estaba alto y pegaba fuerte.
La providencia era un terreno abandonado, lleno de hierbas y piedras. Y ahí en medio de todo estaba el tronco. Era enorme, un tronco viejo, hueco, cubierto de musgo. Parecía un animal derrotado, tirado ahí por el tiempo. Pero alguien en algún momento le había hecho una puerta de tablas y un hueco redondo que servía de ventana. Había tres escalones de piedra para entrar y al frente un círculo de rocas con ceniza vieja, un fogón apagado.
Remedios empujó la puerta. Adentro olía a madera podrida y a telarañas. Había una humedad que se te metía en los huesos. El piso era de tierra. Las paredes, si se les podía llamar así, eran las paredes del propio tronco. No había muebles, nada. No más vacío, lucerito, apretó más fuerte la mano de su abuela.
Aquí vamos a vivir, Abweé. Aquí vamos a vivir, mi vida. Esa noche fue la peor. El tronco crujía con el viento, como si se fuera a partir en dos. Lucerito no podía dormir y remedios tampoco. La cargó pegada al pecho, bien cerquita, para que el miedo no se le metiera por los ojos. Le cantó una canción de esas que le cantaba cuando era bebé, bajito como un rezo afuera.
El viento seguía soplando, los árboles gemían y remedios con el cuerpo cansado y la garganta cerrada. Pensó que el mundo podía terminarse ahí, que ya no había nada más que todo lo que había hecho en su vida, todo el sacrificio, todas las ampollas, todos los rezos habían sido para nada. Pero entonces sintió el corazoncito de lucerito latiendo contra su pecho.
Sintió su respiración y se dio cuenta de que no podía darse el lujo de rendirse. No con la niña ahí, no con esos ojitos que la miraban como si ella fuera lo único bueno que quedaba en el mundo. Así que cerró los ojos y se dijo a sí misma, “Bien que para que ni el viento se enterara. No me voy a dejar morir de vergüenza.
” Y con ese pensamiento se quedó dormida, abrazada a Lucerito en el tronco hueco de la providencia. Mientras afuera la noche de San Isidro del Monte seguía su curso. Indiferente al dolor de una madre despojada por su propio hijo, los primeros rayos de sol entraron por el hueco redondo del tronco y le pegaron a remedios directo en la cara.
Se despertó adolorida. Había dormido en el suelo sobre un petate viejo que encontró enrollado en una esquina con lucerito acurrucada a su lado. Toda la noche había sentido la humedad subiéndole por la espalda, pero no se quejó. Ya no había tiempo para quejas. Se levantó despacio, cuidando de no despertar a la niña afuera.
El aire estaba fresco y olía a tierra mojada. El fogón seguía apagado, lleno de ceniza vieja y hojas secas. Lo primero que hizo fue limpiarlo. Juntó unas ramas, buscó unas piedras secas y prendió fuego con la última raja de ocote que traía en el morral. Cuando el fuego agarró, puso la ollita con agua. No tenía café, pero al menos podía hervir agua.
Eso ya era algo. Lucerito salió del tronco tallándose los ojos con el pelo todo revuelto. Buenos días, Abué. Buenos días, mi cielo. ¿Dormiste bien? La niña asintió. Aunque Remedios sabía que era mentira, había sentido cómo se movía toda la noche, cómo se despertaba con cada ruido. ¿Tienes hambre? Un poquito. Remedios sacó una tortilla del trapo.
Estaba dura ya. Pero la calentó en el comal sobre las brasas, la partió en dos y le dio la mitad más grande a Lucerito. Come despacito para que te llene más. Lucerito obedeció. Masticaba lento, mirando el fuego. Remedios, la observaba de reojo mientras mordía su pedazo de tortilla.
Se preguntó cuánto tiempo podrían aguantar así. dos tortillas, una ollita, tres mudas de ropa y un tronco hueco, pero no se dejó hundir en esos pensamientos. No, ahora no. Después de desayunar, Remedio se puso a limpiar, barrió el tronco con un ramo de ramas que hizo ella misma, sacó las telarañas, juntó las hojas que se habían metido por las rendijas, acomodó lo poco que tenían.
El petate lo extendió en la esquina más seca. La ollita la colgó de un clavo oxidado que sobresalía de la madera. La ropa la dobló con cuidado y la puso sobre una piedra plana. No era mucho, pero al menos ya se veía como un lugar donde alguien vivía, no como una cueva abandonada. Lucerito la ayudaba en lo que podía.
Juntaba piedritas para hacer un caminito desde los escalones hasta el fogón. arrancaba las hierbas que estorbaban, le hablaba a su muñeca, le explicaba que ahora vivían en un lugar nuevo, que era diferente, pero que estaban bien. Remedios, la escuchaba y sentía que algo se lebraba por dentro, pero no lloró, no frente a la niña. Pasaron tres días así, tres días de tortillas partidas en dos, de agua hervida sin sabor, de noches frías en el petate.
medios no salía del tronco más que para juntar leña o buscar agua en el arroyo que corría a media hora de ahí. No quería toparse con nadie del pueblo. No todavía la vergüenza pesaba demasiado. Pero el cuarto día alguien llegó. Remedios estaba afuera colgando un trapo mojado en una rama. Cuando vio a doña Tomás subiendo por la vereda, era una mujer mayor con el rebozo oscuro y el paso cansado, de quien ha caminado toda la vida.
Remedios la conocía del mercado. Siempre fue amable con ella. Siempre le compraba sus huevos, aunque otros los vendieran más baratos. Buenos días, remedios, dijo Tomasa cuando llegó. Buenos días, doña Tomasa. Hubo un silencio incómodo. Tomasa miraba el tronco, luego a remedios, luego otra vez el tronco. Me enteré de lo que pasó, dijo al fin. En todo el pueblo lo sabe.
Remedio sintió que la cara le ardía, pero no dijo nada. Vine a traerte esto”, continuó Tomasa y sacó de su morral un atadito. “Es canela y un poco de piloncillo para que le hagas agüita dulce a la niña.” Remedios. Recibió el atado con las dos manos. Quiso decir gracias, pero las palabras se le atoraron.
“No es limosna”, aclaró Tomasa. Es lo que se hace entre vecinas, nada más. Gracias. Logró decir remedios al fin. Tomás asintió, le dio una palmadita en el hombro y se fue por donde vino. No hizo más preguntas, no dio consejos, solo dejó la canela y se fue. Esa tarde remedio sirvió agua con canela y piloncillo. El olor dulce llenó el tronco y salió por el hueco de la ventana.
Lucerito se tomó su taza despacito, con los ojos cerrados, como si quisiera guardar ese sabor para siempre. Está rico, Abé. Sí, mi amor, está rico. Al día siguiente llegó el padre Anselmo. Remedios lo vio venir desde lejos. Con su sotana negra y su sombrero de ala ancha no venía seguido a la providencia. De hecho, casi nadie venía. Así que su visita la sorprendió.
Doña Remedios la saludó. Vine a traerle una bendición, padre”, respondió ella agachando la cabeza. El padre miró el tronco, los escalones de piedra, el fogón con las brasas todavía tibias. No dijo nada, solo sacó su rosario, le puso una mano en la cabeza a remedios y rezó en voz baja.
Luego le dio la bendición a Lucerito, que lo miraba con ojos grandes. Si necesita algo, ya sabe dónde encontrarme. Dijo antes de irse. Gracias, padre. Y remedios agregó ya dándose la vuelta. La soledad también enferma. No se encierre tanto, el pueblo no la ha olvidado. Esas palabras se le quedaron grabadas. El pueblo no la ha olvidado.
No sabía si eso era bueno o malo, pero al menos significaba que no estaba completamente sola. Pasaron más días, remedios y lucerito. Encontraron una rutina. Se levantaban con el sol, prendían el fogón, desayunaban lo poco que había. Luego Lucerito jugaba con su muñeca. mientras remedios limpiaba, cosía o iba por agua por las tardes. Remedios, le contaba historias, historias de cuando don Jacinto estaba vivo, historias del pueblo de antes, historias inventadas donde siempre ganaban los buenos.
A veces, cuando Lucerito ya estaba dormida, Remedio se sentaba en los escalones de piedra y miraba el cielo. pensaba en todo lo que había perdido, en la casa, en sus hijos, en los años que nunca le iban a devolver, y se preguntaba si valía la pena seguir, pero luego volteaba y veía a Lucerito durmiendo ahí dentro, abrazando su muñeca con la carita tranquila y se acordaba de lo que se había prometido esa primera noche.
No me voy a dejar morir de vergüenza. Así que se levantaba, entraba al tronco, se acostaba junto a la niña y cerraba los ojos. Y aunque por dentro se sentía enterrada en vida, por fuera mantenía la dignidad. Sonreía cuando había que sonreír. Daba las gracias cuando le regalaban algo. Caminaba derecha con la cabeza en alto, aunque el corazón se le estuviera haciendo pedazos, porque eso era lo único que le quedaba, la dignidad.
y nadie, ni siquiera sus propios hijos, se la iban a quitar. Una tarde, mientras barría las hojas que se colaban por debajo de la puerta, Remedios se detuvo frente a una marca en la madera del tronco. Era una inicial tallada con navaja. J. Don Jacinto. Se quedó ahí parada con el ramo de ramas en la mano, mirando esa letra como si fuera un mensaje del más allá.
Y de repente todo se le vino encima, los recuerdos, las memorias, todo lo que había sido y ya no era. Se sentó en los escalones de piedra, dejó el ramo a un lado y cerró los ojos. Don Jacinto no era de muchas palabras, pero cuando hablaba lo que decía tenía peso. Era un hombre de trabajo, de manos callosas y espalda doblada por los años de campo.
No improvisaba cada cosa que hacía. tenía su razón de ser. Si clavaba un clavo, ese clavo no se salía. Si prometía algo, lo cumplía. Así era él. Se habían casado jóvenes. Ella tenía apenas 18 años cuando su padre la entregó en la iglesia del pueblo. Jacinto ya tenía 23 y una parcela heredada de su padre.
No era mucho, pero era suyo. Y eso, en tiempos donde la tierra se peleaba con sangre ya era bastante. Los primeros años fueron duros. La tierra no daba mucho. Tuvieron que pedir prestado para las semillas, para las herramientas, para todo, pero nunca dejaron de trabajar. Jacinto salía al campo antes del amanecer y regresaba cuando ya no se veía ni la mano.
Remedios se quedaba en casa haciendo tortillas, lavando ropa en el río, cuidando las gallinas. Así pasaron años callados, pero juntos. Luego llegaron los hijos, primero Efraín, después Luz María, luego Tomás y al final Rosario. Cuatro bocas más que alimentar. Cuatro cuerpos que vestir, cuatro razones para no rendirse, remedios recordaba las noches de frijoles y tortillas, noches donde ella y Jacinto comían poco para que los niños comieran más.
Noches donde el hambre apretaba, pero nadie se quejaba porque así eran las cosas. Se aguantaba y ya. Jacinto nunca le pegó, nunca le gritó, nunca la humilló. Y eso en un pueblo donde los hombres llegaban borrachos y les pegaban a sus mujeres era raro, pero Jacinto no era como los demás. Él la respetaba, la consultaba, le preguntaba su opinión antes de tomar decisiones grandes.
¿Qué opinas, vieja? Le decía, “Le entramos o mejor esperamos.” y ella le daba su punto de vista y él lo tomaba en cuenta. No siempre hacía lo que ella decía, pero siempre la escuchaba y eso valía más que cualquier palabra bonita. Los hijos crecieron. Efraín ayudaba a su padre en el campo. Luz María se casó con un hombre de otro pueblo y se fue.
Tomás se fue al norte buscando dólares y Rosario se quedó cerca, aunque ya no visitaba tanto. Fue después de que los hijos crecieron cuando las cosas empezaron a cambiar. Jacinto empezó a hablar menos. Se veía más cansado. Se quedaba callado en la mesa, mirando su plato sin comer. Remedios le preguntaba qué tenía, pero él no más movía la cabeza.
Nada, vieja, no más estoy pensando. Pero no era nada, era algo, algo que lo carcomía por dentro. Una noche, Remedios lo escuchó hablando con Efraín en el portal. No quería espiar, pero las voces se colaban por las rendijas de la puerta. Ya te dije que no, hijo. Esa tierra no se vende, pero es buen dinero, papá. Con eso podríamos arreglar la casa, comprar más cabezas. No se vende y punto.
Hubo un silencio pesado. Luego Efraín dijo algo que remedios no alcanzó a escuchar y Jacinto respondió con un tono que ella nunca le había oído. Esa tierra la pagó tu madre con su trabajo. No es mía para venderla y menos tuya. Remedios se quedó helada. ¿Qué tierra? ¿De qué estaba hablando? Nunca le preguntó.
Debió hacerlo, pero no lo hizo. Y ahora ya era tarde. Jacinto murió un martes. Se levantó temprano como siempre, salió al campo y a mediodía se desplomó entre los surcos un infarto. Dijo el doctor rápido, sin dolor. Así no más. El funeral fue sencillo, el pueblo entero fue. Todos decían cosas bonitas, que era un hombre de bien, que nunca le debió nada a nadie, que su palabra valía, remedios.
Escuchaba todo eso y asentía, pero no lloraba, no podía. sentía como si algo se le hubiera roto por dentro y ya no supiera cómo arreglarlo. Después del funeral, Efraín empezó a hablar de cuentas, que había que ver los papeles, que había que dividir la herencia, que había que ser justos, pero cada vez que hablaba lo hacía con una prisa que no era normal, como si tuviera miedo de que algo se le fuera a escapar.
No hay prisa, hijo”, le decía Remedios, “Déjame despedir a tu padre primero.” Pero Efraín no esperó. A las dos semanas ya tenía papeles preparados, ya tenía todo dividido. Ya había decidido qué le tocaba a quién. Y cuando Remedios preguntó por qué no le habían consultado, Mirna le dijo con esa sonrisa fría, “Usted ya está grande, suegra. Nosotros nos encargamos.
Los otros hijos no dijeron nada. Luz María vivía lejos. Tomás seguía en el norte. Rosario bajaba la cabeza y decía que confiaba en Efraín. Todos callados, todos cómodos. Y así, poco a poco, Remedios fue quedando fuera. Ya no la consultaban, ya no le preguntaban, ya no contaba, hasta que le dieron el papel con el terreno del tronco y la echaron.
Remedios abrió los ojos y se encontró otra vez. En los escalones de la providencia, el sol ya estaba bajando y el aire se había puesto fresco. Lucerito salió del tronco con su muñeca en brazos. ¿En qué piensas, Awé? En tu abuelo, mi amor. Era bueno, era el mejor. ¿Por qué se fue? Remedios la jaló hacia ella y la abrazó.
Porque Dios así lo quiso, mi cielo. Pero aunque ya no esté, sigue aquí. se tocó el pecho. Aquí adentro, Lucerito se quedó callada un rato, recargada en el hombro de su abuela. Luego dijo, “Y mi papá también está aquí adentro.” Remedios sintió un nudo en la garganta. Efraín, su hijo, el niño que cargó, el niño que crió, el niño que la echó de su propia casa.
Sí, mi amor, también. Aunque ya no estaba segura de que fuera cierto. Esa noche, después de acostar a Lucerito, Remedios se quedó un rato más despierta. Pensó en Jacinto, en sus manos callosas, en su manera de mirar, en cómo nunca improvisaba y se preguntó si de alguna forma él había sabido lo que iba a pasar, si había previsto que Efraín iba a hacer lo que hizo, si por eso había tallado esa J en el tronco.
Pero no, eso era imposible. Jacinto no podía haber sabido. Nadie puede ver el futuro. ¿O sí? se quedó dormida con esa pregunta dándole vueltas en la cabeza, sin saber que muy pronto iba a encontrar la respuesta. Pasaron dos semanas desde que Remedios y Lucerito se mudaron al tronco, dos semanas de rutinas calladas, de tortillas partidas, de noches frías, pero poco a poco el lugar dejó de ser una cueva y empezó a sentirse como un hogar.
Un hogar humilde, sí, pero hogar al fin. Esa tarde de jueves, remedios estaba barriendo. Era algo que hacía todos los días. Las hojas se metían por todas partes, por debajo de la puerta, por las rendijas, por el hueco de la ventana. Parecía que el monte entero quería colarse al tronco. Lucerito estaba afuera jugando con su muñeca cerca del fogón.
le había hecho una camita con piedras y hojas y le contaba un cuento con esa vocecita que remedios podía escuchar desde adentro. La niña tenía imaginación para rato. Remedios barrió hacia la esquina donde dormían. Juntó un montón de hojas secas y polvo. Iba a sacarlas cuando escuchó algo, un sonido, algo raro, como un golpecito sordo.
Se quedó quieta con el ramo de ramas en la mano. Escuchando silencio. Será mi imaginación, pensó y siguió barriendo, pero entonces lo volvió a escuchar. Toc. Sordo, como si algo golpeara desde abajo. Remedios sintió que se le erizaba la piel. Dejó el ramo a un lado y se arrodilló. Puso la mano sobre el piso de tablas y esperó. El corazón le latía rápido. Toc.
Ahí estaba otra vez. No era su imaginación. Había algo debajo del piso. Empezó a tocar las tablas una por una, buscando de dónde venía el sonido. La mayoría estaban viejas, carcomidas, clavadas con clavos oxidados que ya casi no aguantaban. Pero una, justo en la esquina donde dormían, se veía diferente.
La madera era un poco más clara, los clavos se veían más nuevos. Remedios se quedó mirando esa tabla como si fuera una serpiente. Don Jacinto no improvisaba. Cada cosa que hacía tenía su razón. Y si había puesto una tabla nueva en el tronco, era porque había algo ahí, algo importante. Las manos le temblaban. No sabía si era de miedo o de otra cosa, pero tenía que saber. Aé.
La voz de lucerito la sacó de sus pensamientos. ¿Qué haces? Nada, mi amor. Más estoy viendo una tabla que está floja. Tú sigue jugando. Lucerito se encogió de hombros y volvió con su muñeca. Remedios fue al morral y sacó la navajita que usaba para todo. Cortar tortillas, pelar nopales, lo que fuera. se arrodilló otra vez y empezó a trabajar en el primer clavo.
Estaba oxidado, duro. Tuvo que hacer palanca con la punta de la navaja, despacio, con cuidado de no quebrarse la hoja. El clavo chirrió y finalmente salió. Luego fue por el segundo y el tercero y el cuarto. Le tomó casi media hora sacar todos los clavos. Cuando terminó, tenía las manos adoloridas y la frente llena de sudor.
Pero la tabla ya estaba suelta. La levantó con cuidado. Debajo había una cavidad oscura. Olía a tierra vieja, a humedad, a encierro. Remedio se asomó y al principio no vio nada. Pero cuando los ojos se le acostumbraron a la oscuridad, alcanzó a distinguir algo, una caja, una caja de lámina, como de las que se usan para guardar galletas o café.
Estaba envuelta en una manta vieja, atada con un mecate. Remedios, metió la mano despacio, casi con miedo de que fuera a desaparecer si la tocaba, pero no. La caja estaba ahí, real, sólida. pesaba. La sacó con cuidado y la puso sobre el petate. Luego volvió a poner la tabla en su lugar, aunque ya sin los clavos no quería que Lucerito la viera así, toda alterada.
¿Qué es eso, Abué? Lucerito había entrado sin que se diera cuenta. No sé, mi amor. Vamos a ver. Se sentaron las dos en el petate. Con la caja en medio. Remedios desató el mecate con dedos temblorosos. La manta se abrió y ahí estaba. Una caja de lámina vieja con la tapa oxidada en las orillas. La abrió. Adentro había papeles.
Muchos papeles doblados, amarillentos, pero secos. Secos a pesar de los años, a pesar de la humedad del tronco, como si alguien los hubiera protegido con cuidado. Remedios sacó el primer papel. Era un documento con sellos, con firmas, con letra de don Jacinto empezó a leer y conforme leía el aire se le fue del pecho. Era un testamento firmado ante el comisario de elegido, fechado tres meses antes de que Jacinto muriera.
En ese testamento, Jacinto declaraba que las tierras buenas, las que estaban cerca del arroyo, las que daban mejor cosecha, las que Efraín ahora decía que eran suyas, esas tierras eran de remedios porque ella había pagado una deuda, una deuda grande, una deuda que habría hecho que perdieran todo si ella no hubiera vendido sus joyas, sus aretes de oro que le regaló su madre, el anillo que Jacinto le dio cuando se casaba.
Todo lo vendió, todo para pagar esa deuda y salvar la propiedad familiar. Y Jacinto lo había documentado, lo había firmado, lo había hecho oficial. Remedios siguió leyendo. Había recibos. Recibos de la venta de las joyas, recibos del pago de la deuda. Un cuaderno de cuentas donde Jacinto había anotado todo con su letra chueca pero clara.
Y al final una carta, una carta escrita de puño y letra de Jacinto para ella remedios. Si estás leyendo esto es porque yo ya no estoy. Y si no estoy, es porque Dios así lo quiso. Pero no me fui sin dejar las cosas en orden. Estas tierras son tuyas. Las pagaste tú con tu trabajo y tus sacrificios. Yo no más fui el que las trabajó, pero tú fuiste la que las salvó.
Efraín ya me habló de venderlas. Le dije que no, pero sé que cuando yo falte va a volver a intentarlo. Por eso escondí estos papeles aquí en el tronco de la providencia. Sabía que si algo pasaba, este lugar te iba a tocar a ti, porque Efraín no lo quiere. A él lo que le importa es la tierra buena, no este tronco viejo.
Usa estos papeles, vieja, defiéndete. No te dejes. Tú vales más que todos ellos juntos. Te quiere, aunque nunca fui bueno para decirlo, Jacinto. Remedios leyó la carta una vez, luego otra y otra. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin control. No eran lágrimas de tristeza, eran de otra cosa, de rabia, de alivio, de amor, de todo junto.
Jacinto había sabido, había previsto todo, había escondido la verdad ahí en el lugar más humilde, sabiendo que algún día ella la iba a encontrar. ¿Por qué lloras, Agüe?, preguntó Lucerito, asustada. Remedios la abrazó fuerte con los papeles todavía en la mano. No estoy llorando de tristeza, mi amor. Estoy llorando porque tu abuelo nos dejó un regalo.
Un regalo que nos va a cambiar la vida. Lucerito no entendía, pero abrazó a su abuela de todas formas. Remedio se quedó ahí sentada en el petate con la caja abierta, los papeles sobre sus piernas y la carta de Jacinto apretada contra su pecho afuera, el sol empezaba a bajar y las sombras se alargaban.
Pero adentro del tronco, por primera vez en semanas, había luz, una luz pequeña, una luz frágil, pero luz al fin. Y Remedios supo en ese momento que la batalla apenas estaba empezando, que Efraín no iba a dejarse vencer fácil, que Mirna iba a pelear, que habría gritos, amenazas, tal vez hasta peor. Pero también supo otra cosa, que la verdad estaba de su lado y que don Jacinto, desde donde estuviera, la estaba cuidando.
guardó los papeles con cuidado, volvió a envolver la caja en la manta y la escondió debajo del petate. Luego salió del tronco con lucerito de la mano y miró el cielo que se ponía naranja. “Gracias, viejo”, dijo en voz baja, como si Jacinto pudiera escucharla. Gracias por no dejarme sola y por primera vez desde que llegó a la providencia sonrió una sonrisa pequeña pero real.
Esa noche Remedios no pudo dormir. Se quedó despierta, acostada en el petate junto a Lucerito. Mirando el techo del tronco. Las sombras bailaban con el viento que se colaba por las rendijas, pero ella no las veía. Lo único que veía eran esos papeles, esas palabras escritas con la letra de Jacinto. Estas tierras son tuyas. Toda su vida había sido de tragarse cosas, de aguantar, de callar.
Cuando Jacinto murió y Efraín empezó con sus prisas, ella cayó. Cuando le dijeron que le tocaba el tronco, ella cayó. Cuando la echaron de su propia casa, ella cayó. Pero ahora tenía algo que decir y no iba a callarse más. Al día siguiente, apenas salió el sol, Remedios sacó la caja de debajo del petate, la puso sobre sus piernas y la volvió a abrir.
Quería estar segura, quería leer todo otra vez, despacio, para que no le quedara ninguna duda. Empezó con el testamento, lo leyó línea por línea, estaba firmado por Jacinto. Estaba sellado por el comisario Ejidal, don Epitacio, que todavía vivía en el pueblo, tenía fecha, tenía testigos, todo estaba en orden.
Luego revisó los recibos. Ahí estaban los papeles de la venta de sus joyas, los aretes de oro que le dio su mamá cuando se casó, el anillo con la piedrita verde que Jacinto le compró en la feria de San Miguel. Todo vendido al joyero del pueblo, don Chuy, que seguramente también se acordaba. Y los recibos del pago de la deuda, una deuda que la hacienda vieja, la providencia, tenía con unos prestamistas de la ciudad.
Si no se pagaba, iban a quitar las tierras todas. Y Jacinto no tenía el dinero, pero remedios sí, porque vendió lo único de valor que tenía. Nunca se lo dijo a nadie, ni siquiera a sus hijos. Lo hizo en silencio, como hacía todo. Pero Jacinto lo sabía y lo documentó. lo dejó por escrito para que nadie pudiera negarlo.
Remedios sintió que algo se le hinchaba en el pecho. No era orgullo, era algo más grande. Era la certeza de que había valido la pena, de que todo lo que hizo, todo lo que aguantó, no fue en vano. Volvió a leer la carta de Jacinto. Esas palabras tan sencillas, pero tan llenas de él. Usa estos papeles, vieja. Defiéndete. No te dejes.
No me voy a dejar, viejo dijo en voz alta, aunque no había nadie más que Lucerito dormida. Te lo prometo. Después de desayunar, le dijo a Lucerito que tenía que ir al pueblo. La niña quiso ir con ella, pero Remedios le dijo que era mejor que se quedara. No tardo, mi amor. Tú cuida la casa.
Lucerito asintió, aunque se veía preocupada. remedios. Envolvió la caja en su reboso y caminó hacia San Isidro del Monte. El camino se le hizo más corto que otras veces, aunque iba cargando el peso de la verdad. Su primer parada fue la iglesia. El padre Anselmo estaba en la sacristía acomodando unos sirios. Cuando la vio entrar, la saludó con una sonrisa cansada.
Doña Remedios, qué gusto verla por aquí. Padre, necesito hablar con usted. Es urgente. El padre dejó lo que estaba haciendo y se sentó en una banca. Remedio se sentó a su lado y sin más desenvolvió el reboso y le mostró la caja. Encontré esto en el tronco. Lo dejó don Jacinto antes de morir. El padre Anselmo abrió la caja y empezó a revisar los papeles.
Su cara siempre tranquila. Fue cambiando conforme leía. Las cejas se le juntaron. Los labios se le apretaron cuando terminó de leer el testamento y la carta, levantó la vista hacia remedios. Efraín sabe de esto. No, nadie sabe. No más yo. El padre se quedó callado un momento pensando. Luego asintió despacio.
Esto hay que llevarlo con el licenciado Montiel. Él es el único que puede ayudarle con los trámites legales. ¿Usted cree que sirva de algo, padre?, preguntó Remedios. Y por primera vez su voz sonó insegura. O van a decir que ya pasó mucho tiempo, que ya no vale el padre Anselmo le puso una mano en el hombro.
Doña Remedios, la verdad no tiene fecha de caducidad y esto señaló los papeles. Es la verdad. Vamos ahorita mismo con el licenciado. El licenciado Montiel tenía su despacho en una casita cerca de la plaza. Era un hombre sencillo, de los que cobraban poco porque sabían que la gente del pueblo no tenía mucho. Cuando Remedios entró con el padre Anselmo, él estaba revisando unos papeles con los lentes en la punta de la nariz.
Licenciado, dijo el padre, necesitamos de su ayuda. Montiel levantó la vista, se quitó los lentes y los invitó a sentarse. Remedios volvió a desenvolver la caja, volvió a sacar los papeles y volvió a contar la historia. El licenciado escuchó sin interrumpir, tomó el testamento, lo leyó con cuidado, revisó los recibos, leyó la carta, luego sacó una libreta y empezó a hacer anotaciones.
¿Dónde estaba esto guardado?, preguntó, “En el tronco de la providencia, debajo del piso.” Y nadie más sabía. Nadie. Don Jacinto lo escondió ahí antes de morir. Montiel siguió escribiendo. Después de un rato dejó la pluma y se recargó en la silla. Doña Remedios, esto es completamente legítimo. El testamento está bien hecho. Tiene sellos, tiene firmas, tiene testigos y los recibos comprueban lo que usted pagó.
Esto es suficiente para presentarlo en la asamblea egidal y pedir la restitución de las tierras. Y Efraín preguntó remedios y sintió que el nombre le quemaba la boca. Él va a poder hacer algo. Va a tratar, va a decir que es falso, que usted lo inventó, que ya pasó mucho tiempo, pero la ley está de su lado y el pueblo también. Si presentamos las pruebas correctamente.
El padre Anselmo asintió. Yo puedo hablar con don Epitacio, el comisario. Él firmó el testamento. Él puede confirmar que todo es verdad. Montiel cerró su libreta y miró a Remedios directo a los ojos. Doña Remedios, ¿está segura de que quiere hacer esto? Porque una vez que empecemos, no hay vuelta atrás.
Su hijo va a quedar expuesto frente a todo el pueblo y eso no se olvida fácil. Remedios, pensó en Efraín, en el niño que fue, en el hombre en que se convirtió. Pensó en Lucerito, en el futuro que merecía y pensó en ella misma, en todo lo que había aguantado, en todo lo que había callado. Estoy segura, licenciado. Ya me cansé de callar. Montiel sonríó.
No era una sonrisa alegre, era una sonrisa de respeto. Entonces, vamos a pelear esto y le aseguro que lo vamos a ganar. Salieron del despacho con un plan. El padre Anselmo iría con don Epitacio. Montiel prepararía los documentos para la asamblea y remedios. remedios tenía que esperar y prepararse para lo que venía, porque sabía que cuando Efraín se enterara iba a estallar, iba a gritar, iba a amenazar, iba a hacer lo que fuera para detenerla, pero ya no le tenía miedo. Ya no.
Cuando regresó al tronco, el sol ya estaba cayendo. Lucerito corrió a abrazarla. ¿Dónde estabas, Abué? Me preocupé. Estaba arreglando unas cosas, mi amor, cosas importantes. ¿Qué cosas? Remedios la cargó, aunque ya estaba grandecita, y la apretó fuerte. Cosas que van a hacer que nuestra vida sea mejor. Ya vas a ver. Esa noche después de acostar a Lucerito, Remedios sacó la carta de Jacinto otra vez.
La leyó una última vez antes de guardarla. Tú vales más que todos ellos juntos. Voy a demostrártelo, viejo”, susurró. “Voy a demostrarles a todos que no me dejé vencer.” Y con esa promesa en el corazón se durmió no tranquila, porque sabía que la tormenta apenas estaba por empezar, pero sí con algo que no había sentido en mucho tiempo. Esperanza.
Los siguientes días pasaron como un remolino. Remedios no salió del tronco más que para lo necesario. Juntar leña, traer agua, comprar un poco de maíz en la tienda del pueblo. Pero cada vez que iba, sentía las miradas. La gente la veía diferente. Ya no era lástima lo que había en esos ojos, era otra cosa, algo parecido a la curiosidad, porque las noticias en San Isidro del Monte corrían más rápido que el viento.
Doña Tomasa fue la primera en aparecer por el tronco. Llegó una mañana con un atado de quelites y una sonrisa que le llegaba hasta las orejas. Me enteré”, dijo no más llegar sin saludar siquiera. “me enteré de lo que encontraste remedios”, no preguntó cómo. En el pueblo los secretos duraban lo que un suspiro. ¿Y qué opina doña Tomasa? Opino que ese hijo tuyo se merece lo que le va a caer.
Perdóname que te lo diga así, pero es la verdad. Remedios. No se ofendió. Era la verdad. Tomasa dejó los quites en el fogón y se sentó en los escalones de piedra junto a remedios. El pueblo está que arde, muchacha. Todos están hablando. Unos dicen que haces bien. Otros dicen que una madre no debería hacer eso. Pero la mayoría, la mayoría está de tu lado.
De verdad, de verdad, porque todos saben cómo eres, todos te conocen y todos saben que Efraín se pasó de lanza. Echar a tu propia madre. Eso no se hace. No, señor. Remedios. Sintió que algo se le aflojaba en el pecho. No estaba sola. El pueblo la respaldaba. Eso valía más que cualquier papel. Gracias, doña Tomasa, no me agradezcas.
No más estoy diciendo la verdad. Se levantó, sacudió su falda. Y otra cosa, si necesitas testigos para la asamblea, aquí me tienes. Yo vi cuando vendiste tus aretes. Yo estaba ese día en casa de don Chuy. Me acuerdo perfecto. De verdad haría eso por mí. Claro que sí. Y no soy la única. Don Chuy también se acuerda. Y la doña Petra, la que te compraba los huevos.
Todos se acuerdan. Remedios. Todos. Cuando Tomasa se fue, Remedios se quedó pensando. No estaba sola, tenía al pueblo, tenía al padre Anselmo, tenía al licenciado Montiel y tenía la verdad. Eso tenía que ser suficiente. Al día siguiente, el padre Anselmo llegó al tronco con noticias. Venía acompañado de don Epitacio, el comisario Egidal.
Era un hombre viejo de bigote blanco y sombrero de palma. caminaba despacio apoyado en un bastón, pero la mirada la tenía clara. “Doña Remedios,” dijo cuando llegó, “El padre me contó todo y vine a decirle que me acuerdo perfectamente del día que don Jacinto firmó ese testamento. Remedios, sintió que el corazón le brincaba.
¿Se acuerda, don Epitacio? Como si fuera ayer, Jacinto vino a mi casa, llevaba los papeles, me pidió que lo sellara, me dijo que era importante, que si algo le pasaba, esos papeles tenían que llegar a usted. Yo le pregunté por qué no los guardaba en su casa y me dijo que no confiaba en que llegaran a las manos correctas, así que los escondió y veo que hizo bien.
¿Usted podría decir eso en la asamblea? No solo podría. Voy a hacerlo con mucho gusto. El padre Anselmo sonrió. Ya ve, doña Remedios, la verdad tiene patas y camina solita. Esa misma tarde el licenciado Montiel apareció con más papeles. Se sentó con remedios en los escalones y le explicó todo con paciencia. Ya tenemos todo listo para presentar el caso en la Asamblea Egidal.
Tenemos el testamento, los recibos, el testimonio de don Epitacio, el testimonio de don Chuy el joyero y el de doña Tomasa es más que suficiente. ¿Y cuándo será la asamblea? El próximo domingo en la presidencia a las 10 de la mañana Remedio sintió que se le hacía un nudo en el estómago. El domingo faltaban solo 5co días y Efraín, “Ya sabe”, Montiel asintió, “ya se enteró. No sé cómo, pero ya lo sabe.
Y según me dijeron, está que echapas. ¿Cree que vaya a hacer algo? Va a tratar. Va a buscar la manera de detenerla. Por eso tiene que tener cuidado, doña Remedios, no salga sola, no hable con él si viene y sobre todo no le dé esos papeles a nadie. Guárdelos bien, no se preocupe, licenciado. Los papeles no se los doy ni aunque me maten. Montiel la miró con seriedad.
Espero que no llegue a tanto, pero prepárese para lo peor. Cuando un hombre ve que va a perder, es capaz de cualquier cosa. Cuando Montiel se fue, Remedios entró al tronco y sacó la caja, la desenvolvió, revisó que todo estuviera ahí y la volvió a esconder debajo del petate. Luego puso unas piedras encima para que no se notara.
No iba a perder esos papeles. No, después de todo, los días pasaron lentos, remedios casi no salía del tronco. Doña Tomasa le llevaba comida. El padre Anselmo pasaba a darle ánimos y Lucerito, sin entender muy bien qué pasaba, se quedaba calladita jugando con su muñeca. El sábado en la tarde, cuando Remedios estaba juntando leña, escuchó voces, voces que venían por el camino.
Alzó la vista y vio a un grupo de mujeres del pueblo caminando hacia el tronco. Eran como seis o siete, todas con sus rebozos, sus faldas largas, sus caras serias. Remedios las conocía a todas. Eran vecinas, comadres, mujeres que como ella habían trabajado toda la vida sin descanso. Doña Remedios, dijo una de ellas, doña Chole, venimos a decirle que estamos con usted.
¿Cómo que estamos con usted? Mañana en la asamblea vamos a ir todas y vamos a apoyarla. Otra mujer, doña Lupe, se adelantó. Lo que le hizo su hijo no está bien. Y si lo dejamos pasar, mañana le va a tocar a otra y luego a otra. Por eso tenemos que pararnos firmes todas juntas. Remedios. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero se aguantó.
Gracias, muchachas. No saben lo que esto significa para mí. Lo sabemos, dijo doña Chole. Porque todas somos madres y todas sabemos lo que es trabajar para los hijos. y que luego te lo paguen así. Eso no se vale. Las mujeres se quedaron un rato más platicando, dándole ánimos. Cuando se fueron, remedios, se quedó parada en los escalones, viendo cómo se alejaban por el camino. No estaba sola.
El pueblo entero estaba con ella, las mujeres, los hombres, los viejos, los jóvenes, todos. Y eso le daba fuerza. Esa noche, después de acostar a lucerito, Remedio se sentó en los escalones y miró las estrellas. El viento soplaba suave. Trayendo el olor del pino y la tierra mojada, todo estaba en calma.
Pero ella sabía que era la calma antes de la tormenta. Mañana era el día. Mañana se iba a acabar el silencio. Mañana iba a pararse frente a todo el pueblo y decir la verdad. Iba a enfrentar a Efraín. iba a reclamar lo que era suyo y pasara lo que pasara, no iba a retroceder, porque ya no era la mujer que se tragaba las humillaciones, ya no era la que callaba por miedo, ya no, ahora era otra, una que había encontrado su voz y no la iba a volver a perder.
Se levantó, entró al tronco y se acostó junto a Lucerito. Cerró los ojos y por primera vez en semanas durmió profundo, sin miedo, sin dudas, porque sabía que don Jacinto estaba con ella y que la verdad, tarde o temprano, siempre sale a la luz. El domingo amaneció con un cielo pesado de esos que prometen tormenta.
Remedios se levantó temprano antes de que saliera el sol. No había dormido tan bien como pensaba. Los nervios la habían despertado varias veces en la noche. Se lavó la cara con agua fría del cántaro. Se peinó el pelo y se lo amarró en un chongo apretado. Se puso su vestido limpio, el negro, el de los domingos. Luego envolvió la caja de lámina en su reboso, bien segura, pegada al pecho.
Lucerito se despertó cuando Remedios estaba calentando las tortillas. Ya nos vamos a Bué. Todavía no, mi amor. Primero desayunamos. Comieron en silencio. Remedios casi no probó bocado, pero se obligó a comer un poco. Necesitaba fuerzas para lo que venía. Estaban por salir cuando escucharon pasos. Pasos rápidos.
pesados de alguien que venía con prisa, remedios. Sintió que se le helaba la sangre, conocía esos pasos. Efraín apareció por el camino como una tormenta. Venía solo, sin mirna, con la cara roja y los puños apretados. Detrás de él, a lo lejos, se veía su camioneta estacionada en la vereda. “Madre!”, gritó antes de llegar. “Necesitamos hablar.
” Remedio salió del tronco, le hizo una seña a Lucerito para que se quedara adentro. La niña obedeció, pero se asomó por el hueco de la ventana. Buenos días, Efraín. No me salgas con buenos días. ¿Qué es esto que anda diciendo el pueblo? ¿Que tienes unos papeles? ¿Que vas a ir a la asamblea? Remedios lo miró a los ojos. No le tembló la voz. Es verdad.
Encontré el testamento que dejó tu padre y sí. Voy a la asamblea. Efraín se quedó callado un segundo, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Luego soltó una risa amarga. El testamento. ¿Cuál testamento, madre? Mi padre no dejó ningún testamento. Síjó y está firmado por él y por el comisario y tengo los recibos que lo comprueban.
Eso es mentira. Tú lo inventaste. No inventé nada. Tu padre lo escondió aquí en el tronco antes de morir. Sabía que ibas a tratar de vender las tierras y por eso dejó todo en orden. Efraín se acercó más. La mandíbula se le movía de puro coraje. Madre, escúchame bien. Esos papeles no sirven. Ya pasó mucho tiempo. La tierra ya está a mi nombre.
Ya está decidido. Está a tu nombre. Porque me engañaste. Porque me echaste de mi casa, porque creíste que me iba a quedar callada. Pero ya no, Efraín, ya no me voy a callar. Tú no sabes lo que estás haciendo. Vas a quedar en ridículo frente a todo el pueblo. El que va a quedar en ridículo eres tú. Efraín dio un paso más.
Ahora estaba a solo un metro de ella. Dame esos papeles. No dije que me des esos papeles y yo te dije que no. Efraín levantó la mano como si fuera a pegarle, pero se detuvo. Sabía que si le ponía un dedo encima, todo el pueblo se le iba a echar encima. Bajó la mano temblando de rabia. Está bien, dijo cambiando de táctica. Está bien, madre. Perdóname.
Perdóname por todo. Sé que me pasé, sé que hice mal, pero podemos arreglarlo. No hace falta llegar a la asamblea. Podemos arreglarlo tú y yo en familia. Remedios. Lo miró sin decir nada. Conocía ese tono. Era el mismo que usaba de niño cuando rompía algo y quería que ella no le dijera a su padre arreglarlo cómo.
Pues te doy una parte de la tierra, una parte buena y te ayudo a construir una casita, una de material, no este tronco. Y Lucerito se queda con nosotros para que esté mejor cuidada. ¿Qué dices? Digo que no. ¿Por qué no? Es un buen trato porque la tierra no es tuya, Efraín, es mía en toda y no necesito que me regales nada de lo que ya me pertenece.
La cara de Efraín se puso morada. Eres una malagradecida después de todo lo que hice por ti, todo lo que hiciste por mí. Echarme de mi casa es lo que hiciste por mí. mandarme a vivir a un tronco. Tú ya estabas vieja, ya no servías para nada. Remedio sintió como si le hubieran dado una cachetada, pero no se dejó doblar.
Serviré o no serviré, pero esas tierras son mías y las voy a recuperar. Efraín soltó un grito de pura rabia, se dio la vuelta como si se fuera a ir, pero luego regresó corriendo y trató de arrebatarle el rebozo. Dame esos papeles remedios. Se aferró al rebozo con todas sus fuerzas.
Efraín jalaba, ella jalaba del otro lado. La caja se resbaló, cayó al suelo y los papeles se regaron. Suéltame. Dame los papeles. De repente, una voz cortó el forcejeo. Suelta a tu madre, desgraciado. Era Mirna. Había llegado sin que nadie se diera cuenta. Pero no venía a ayudar a Remedios, venía a ayudar a Efraín. Está loca, gritó Mirna. Miren cómo se pone.
Está inventando cosas. Esos papeles son falsos. Remedios. juntó los papeles del suelo lo más rápido que pudo, los apretó contra su pecho. No son falsos y ustedes lo saben. Mirna se le acercó con esa sonrisa que remedios tanto odiaba. Suegra, suegra, ¿de verdad vas a hacer esto? ¿De verdad vas a dejar a tu propio hijo en vergüenza? Piensa en lucerito.
¿Quieres que crezca sabiendo que su abuela destruyó a su papá? Quiero que crezca sabiendo que su abuela se defendió. y que la verdad siempre gana. La verdad, se burló Mirna. ¿Cuál verdad? Tú ya estás nadie te va a creer. Efraín vio su oportunidad, se movió rápido hacia el tronco. ¿Dónde está la niña? Gritó.
¿Dónde está, Lucerito? Remedios. Sintió que el corazón se le paraba. No te atrevas, Efraín. No me atrevo a qué. Es mi hija. Tiene que estar con nosotros. No contigo. Entró al tronco. Remedios corrió detrás de él. Lucerito estaba en la esquina abrazando su muñeca con los ojos llenos de miedo. Vente, mi hija dijo Efraín.
Nos vamos a casa. No quiero. Dijo Lucerito con voz temblorosa. Dije que te vengas. La agarró del brazo y la jaló. Lucerito empezó a llorar. Suéltala, gritó remedios. Pero Efraín no soltó. la sacó del tronco, cargándola, aunque la niña pataleaba y lloraba. “Si quieres volver a ver a tu nieta,” dijo Efraín, “me das esos papeles ahora.
” Remedios se quedó paralizada. Mirna sonreía triunfante, pero entonces algo se encendió dentro de remedios, algo que había estado dormido mucho tiempo. se plantó en los tres escalones de piedra del tronco, abrazó los papeles contra su pecho, levantó la barbilla y con una voz que no parecía suya, una voz llena de fuerza, dijo, “A mí ya me despojaron de todo, menos de la verdad.
Y la verdad no te la voy a dar, ni por Lucerito ni por nadie, porque la verdad es lo único que me queda y es lo único que vale. Efraín se quedó congelado. Mirna dejó de sonreír. En ese momento, por el camino, aparecieron figuras. Era el padre Anselmo, el licenciado Montiel, doña Tomasa, don Epitacio, y detrás de ellos medio pueblo.
Venían a la asamblea, pero también venían a protegerla. “Suelta a la niña Efraín”, dijo el padre Anselmo con voz firme. “Esto se va a resolver en la asamblea como Dios manda.” Efraín miró alrededor, vio las caras del pueblo, vio que estaban de lado de su madre y supo que había perdido. Soltó a Lucerito. La niña corrió hacia remedios y se abrazó a sus piernas.
“Vámonos”, le dijo Mirna a Efraín. “Esto no se va a quedar así. Se fueron por donde vinieron entre murmullos del pueblo. Remedios abrazó a Lucerito temblando con los papeles todavía apretados contra su pecho. La batalla apenas comenzaba. La presidencia Egidal estaba llena. Remedios. Nunca había visto tanta gente junta. Un domingo.
Las bancas estaban ocupadas. La gente se amontonaba en las paredes. Algunos se asomaban por las ventanas. Todo San Isidro del monte había venido. No era solo una asamblea, era un juicio y todos querían ver cómo terminaba. Remedios entró de la mano de Lucerito. El padre Anselmo iba de un lado, el licenciado Montiel del otro.
La gente se apartó para dejarla pasar. Algunos le daban ánimos con la mirada, otros no más la observaban. Curiosos, al frente, en la mesa principal estaba don Epitacio, el comisario Egidal, a su lado. Otros dos miembros del comisariado, don Rutilio y don Braulio, los tres hombres mayores de sombrero y bigote, con caras serias que habían visto de todo en sus años de servicio, Efraín ya estaba ahí sentado en la primera banca con Mirna a su lado.
Los dos miraban al frente sin voltear, pero Remedios podía sentir la rabia que le salía por los poros. Don Epitacio golpeó la mesa con un martillo de madera. Bueno, pues ya estamos todos. Vamos a empezar esta asamblea. El asunto es el siguiente. Doña Remedios Álvarez de Mendoza reclama la propiedad de las tierras del arroyo que actualmente están a nombre de su hijo.
Efraín Mendoza Álvarez dice tener documentos que prueban que esas tierras le pertenecen por derecho. Es correcto, doña Remedios. Remedios se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero la voz le salió firme. Es correcto, don Epitacio. Muy bien. ¿Tiene usted esos documentos? Los tengo. El licenciado Montiel se levantó y llevó la caja de lámina a la mesa.
La abrió y sacó los papeles uno por uno. El testamento, los recibos, el cuaderno de cuentas, la carta de Jacinto. Don Epitacio tomó el testamento y lo leyó en voz baja. Luego se lo pasó a don Rutilio y este a don Braulio. Los tres lo revisaron con cuidado. Este testamento, dijo don Epitacio al fin, tiene mi firma y mi sello.
Me acuerdo del día que don Jacinto vino a firmarlo. Fue tres meses antes de que muriera. Un murmullo recorrió la sala. Efraín se puso rojo. Eso no prueba nada, gritó. Mi padre estaba enfermo. No sabía lo que firmaba. Don Epitacio lo miró con dureza. Aquí el único que habla cuando se le da la palabra soy yo. Siéntate. Efraín apretó los puños, pero se sentó.
El comisario siguió. Según este testamento, las tierras del arroyo son de doña Remedios, porque ella pagó una deuda de la familia. ¿Tiene prueba de eso, señora? El licenciado Montiel sacó los recibos. Aquí están los recibos de la venta de las joyas de doña Remedios, sus aretes de oro, su anillo, todo vendido a don Jesús Álvarez, el joyero del pueblo, en el año 2018.
Y aquí están los recibos del pago de la deuda a los prestamistas de la ciudad. Todo firmado y sellado. Don Epitacio revisó los papeles, luego levantó la vista. Está aquí don Jesús Álvarez, un hombre de edad con lentes gruesos, se puso de pie. Aquí estoy, don Epitacio. ¿Usted compró estas joyas? Las compré. Me acuerdo bien, doña Remedios vino a mi casa toda apenada y me dijo que necesitaba el dinero urgente, que era para pagar una deuda.
Le di lo que pude, no era mucho. Pero ella estaba agradecida. ¿Y puede confirmar que eso fue en 2018? Sí, señor. Tengo los registros en mi cuaderno. Si quiere los traigo. No hace falta. Con su palabra basta. Don Chui se sentó. Efraín se veía cada vez más pálido. Don Epitacio siguió. ¿Hay alguien más que pueda confirmar esto? Doña Tomás se levantó.
Yo estaba ese día, don Epitacio. Vi cuando doña Remedios le vendió sus aretes a don Chui, y la vi llorar después, porque esos aretes se los había dado su mamá. Pero dijo que era necesario, que era para salvar las tierras de la familia. Otro murmullo esta vez más fuerte. El licenciado Montiel tomó la palabra.
Don Epitacio, si me permite, aquí también está la carta que don Jacinto dejó para su esposa. En ella explica por qué escondió estos documentos. Dice, “Y cito, Efraín ya me habló de venderlas. Le dije que no, pero sé que cuando yo falte va a volver a intentarlo. ¿Quiere que la lea completa? Sí, léala. Montiel leyó la carta en voz alta.
Cada palabra resonaba en la sala cuando llegó a la parte que decía, “Tú vales más que todos ellos juntos”. Algunas mujeres se limpiaron los ojos. Cuando terminó, hubo un silencio pesado. Don Epitacio miró a Efraín. “¿Tienes algo que decir?” Efraín se puso de pie. Estaba temblando. Sí, tengo algo que decir. Todo esto es un invento.
Mi madre está vieja, ya no piensa bien. Alguien le metió esas ideas en la cabeza. Los papeles son falsos. ¿Estás diciendo que yo falsifiqué mi propia firma? Preguntó don Epitacio con voz fría. Yo no. Yo no digo eso. Pero, pero, ¿qué? Pero mi padre ya murió. No puede defenderse. No podemos saber si realmente quiso esto. El padre Anselmo se puso de pie.
Si me permite, don Epitacio. Yo conocí bien a don Jacinto y sé que él no hacía nada sin pensarlo. Si dejó estos documentos escondidos, fue porque sabía que algún día iban a ser necesarios y creo que tenía razón. Gracias, padre. Don Epitacio volvió a mirar a Efraín. Algo más. Mirna se levantó de golpe.
Sí, yo tengo algo que decir. Esta señora nos odia. Siempre nos ha odiado. Por eso hace esto, para destruirnos. Siéntese, señora, dijo don Epitacio. Aquí no estamos hablando de odios, estamos hablando de papeles y los papeles dicen lo que dicen. Mirna se sentó furiosa. Don Epitacio miró a don Rutilio y a don Braulio. Los tres se pusieron a hablar en voz baja.
El pueblo esperaba en silencio. Solo se oía el tic tac del reloj de pared. Después de unos minutos, don Epitacio volvió a golpear la mesa. Hemos revisado los documentos, hemos escuchado los testimonios y hemos llegado a una decisión. Todo el mundo se inclinó hacia delante. Estos documentos son legítimos.
El testamento fue firmado en mi presencia. Los recibos están en orden y los testimonios confirman los hechos. Por lo tanto, declaramos que las tierras del arroyo son propiedad de doña Remedios Álvarez de Mendoza. La restitución se hará efectiva de inmediato. Un grito ahogado recorrió la sala. Algunas mujeres aplaudieron, otras se abrazaron.
Efraín se quedó sentado blanco como papel. Esto no es justo gritó Mirna. Ustedes están de su lado. Estamos del lado de la ley”, dijo don Epitacio con calma. Y la ley es clara. El padre Anselmo se acercó al frente y habló con voz seria. Y ahora quiero decir algo. Efraín Mendoza, tú creciste en este pueblo. Todos te conocimos de niño.
Todos vimos cómo tu madre trabajó para darte de comer. Y ahora, ahora todos vimos lo que hiciste. Echaste a tu madre de su casa, la mandaste a vivir a un tronco y trataste de robarle lo que era suyo. Eso no solo va contra la ley, va contra Dios y va contra todo lo que este pueblo representa. Efraín agachó la cabeza, ya no dijo nada, ya no había nada que decir.
Don Epitacio firmó el documento de restitución y se lo entregó al licenciado Montiel. Doña Remedios, estas tierras son suyas. Oficialmente y nadie se las puede quitar. Remedios recibió el papel con las manos temblorosas, lo miró, lo apretó contra su pecho y entonces, por primera vez en mucho tiempo, sonró. El pueblo estalló en aplausos.
Efraín y Mirna se levantaron y salieron de la presidencia sin despedirse, sin mirar a nadie, con la vergüenza pegada a la espalda. y Remedio se quedó ahí rodeada de la gente que la quería, con lucerito abrazada a su cintura, sosteniendo el papel que le devolvía su dignidad. La verdad había ganado. Los días que siguieron a la asamblea fueron extraños para remedios.
Por un lado, sentía una paz que no había sentido en años. El papel de la restitución estaba guardado en la caja de lámina junto con el testamento de Jacinto. Las tierras eran suyas otra vez, oficialmente, legalmente, pero por otro lado había un vacío, un hueco que no sabía cómo llenar, porque aunque había ganado la tierra, había perdido a su hijo.
Efraín no volvió a aparecer por el tronco, ni él ni Mirna, ni siquiera mandaron recado. Era como si remedio hubiera muerto para ellos, o peor, como si nunca hubiera existido. El pueblo, en cambio, la trataba diferente. Ahora, cuando iba al mercado, la gente la saludaba con respeto. Las comadres la paraban para platicar.
Los hombres le quitaban el sombrero al pasar. Ya no era la viejita que echaron de su casa, ahora era la mujer que se defendió, la que no se dejó. Eso valía algo, pero no llenaba el hueco. Una tarde, doña Tomás llegó al tronco con noticias. Ya te enteraste, ¿verdad? De que de Efraín se fue del pueblo. Remedio sintió como si algo se le apretara en el pecho.
¿Cómo que se fue? Sí, él y Mirna vendieron la casa y se fueron. Dicen que para el norte que ya no aguantaban la vergüenza de estar aquí y los niños se los llevaron a todos hasta a la niña. Remedios se dejó caer en los escalones de piedra. Lucerito se habían llevado a Lucerito. Cuando hace tres días se fueron en la madrugada sin despedirse de nadie.
Remedios se quedó callada. No sabía qué sentir. Tristeza, alivio, rabia. Doña Tomasa se sentó a su lado. Lo siento, muchacha, sé que duele, pero era lo que tenía que pasar. Un hombre que hace lo que hizo Efraín. Ese hombre no tiene cara para quedarse. Es mi hijo Tomasa. Lo sé, pero a veces los hijos deciden ser otras cosas y uno no puede hacer nada.
Se quedaron ahí sentadas un rato en silencio, viendo como el sol bajaba detrás de los cerros. Los otros hijos de remedios tampoco aparecieron. Luz María mandó una carta desde su pueblo, una carta corta, fría, donde decía que sentía mucho lo que había pasado, pero que prefería no meterse en problemas familiares. Ni siquiera firmó con cariño, solo puso su nombre Tomás, el que estaba en el norte.
No mandó nada, ni carta, ni recado, nada. Y Rosario, Rosario fue la que más dolió. Apareció una mañana cuando Remedios estaba lavando ropa en el arroyo. Llegó callada con la cara agachada, retorciendo las manos. Mamá Remedios dejó de tallar la ropa y la miró. Rosario, yo vine a hablar contigo. Habla.
Rosario se sentó en una piedra sin acercarse mucho. Quiero que sepas que que yo no sabía lo que Efraín iba a hacer cuando te echó. Yo no sabía, te lo juro, pero tampoco hiciste nada para impedirlo. Rosario agachó más la cabeza. No, no hice nada y me avergüenzo de eso. Pero es que es que Efraín es muy fuerte, mamá. Siempre ha sido así.
Desde chicos él decidía y nosotros obedecíamos. Y yo yo tengo miedo de él, miedo de tu propio hermano. Sí, porque cuando se enoja se pone se pone malo y yo tengo mis hijos y mi marido no quiere problemas, entonces preferí callarme. Remedios sintió una mezcla de lástima y decepción. Rosario, una cosa es tener miedo, pero otra es ser cómplice.
Tú viste cómo me echó, viste cómo me mandó a este tronco y te quedaste callada. Lo sé, mamá, lo sé, y por eso vine a pedirte perdón. Hubo un silencio largo. ¿Me perdonas?, preguntó Rosario con la voz quebrada. Remedios la miró a los ojos. vio a la niña que fue, a la hija que cargó en brazos, pero también vio a la mujer que eligió el silencio cuando más la necesitaba.
Te perdono, Rosario, porque eres mi hija, y porque el rencor pesa más que cualquier tierra. Pero no esperes que volvamos a hacer lo que éramos. Eso ya se quebró. Rosario asintió con las lágrimas corriéndole por las mejillas. Puedo, puedo venir a verte de vez en cuando. Puedes, pero no me pidas que confíe en ti como antes. Eso ya no.
Rosario se levantó, se limpió las lágrimas y se fue sin decir más. Remedios volvió a lavar la ropa, pero le temblaban las manos. Los meses pasaron. Remedios. empezó a trabajar las tierras del arroyo. No sola contrató a don Melecio, un hombre del pueblo que sabía de siembras, para que la ayudara. Entre los dos sembraron maíz, frijol, calabazas.
Y cuando llegó la cosecha, fue buena, mejor de lo que esperaba. Con el dinero de la venta, Remedios, arregló el tronco, le puso una puerta nueva, tapó las rendijas, trajo un colchón. También sembró hierbas cerca de los escalones. Hierbabuena, manzanilla, romero. El lugar ya no olía a humedad, olía a vida, pero seguía viviendo ahí, no porque no tuviera dinero para otra cosa, sino porque el tronco ya era parte de ella, era el lugar donde había tocado fondo y también el lugar donde había encontrado la verdad.
Un domingo después de misa, el padre Anselmo la detuvo en la salida de la iglesia. Doña Remedios, ¿puedo hablar con usted un momento? Claro, padre. Se sentaron en una banca afuera de la iglesia. Quiero preguntarle algo. ¿Cómo se siente después de todo lo que pasó? Remedios pensó un momento. Me siento libre, padre, por primera vez en mucho tiempo. Me siento libre.
No extraña a sus hijos, los extraño todos los días, pero ya aprendí que uno no puede obligar a la gente a quererte, ni siquiera si esa gente salió de tu propio cuerpo. El padre asintió. Y no sientes rencor. Rencor no, padre. Tristeza sí, porque yo crié a esos niños, les di todo y ellos decidieron que eso no valía nada. Pero no los odio, no más.
Ya no los reconozco. Eso es sabio. Doña Remedios, muy sabio. Se quedaron callados un rato viendo a la gente pasar. ¿Sabe qué es lo que más me duele, padre? Dijo Remedios al fin. ¿Qué? que Efraín se fue sin pedir perdón, sin reconocer lo que hizo. Se fue como si yo fuera la mala, como si yo le hubiera quitado algo.
Y eso eso no sé si algún día se lo pueda perdonar. El perdón no es para él, doña Remedios, es para usted, para que pueda vivir en paz. Entonces, todavía me falta camino, Padre, porque paz sí tengo, pero perdón completo, ese todavía no. El Padre le puso una mano en el hombro. Dios no tiene prisa, ni usted tampoco esa noche. Remedios se sentó en los escalones del tronco, como hacía todas las noches.
Miró las estrellas, escuchó el viento y pensó en todo lo que había pasado. Había ganado las tierras, había recuperado su dignidad, había demostrado que la verdad vale más que cualquier cosa, pero también había perdido a su familia o al menos a la familia que creyó tener. Y eso, aunque dolía, también la había liberado, porque ahora sabía que no estaba sola.
tenía al pueblo, tenía a la tierra, tenía su verdad y eso era más de lo que muchos tienen. Pasaron 6 meses desde la asamblea, 6 meses desde que Remedios recuperó lo que era suyo. Y en ese tiempo San Isidro del Monte volvió a su ritmo tranquilo, como si nada hubiera pasado, pero algo sí había cambiado. Remedios lo sentía cada vez que caminaba por el pueblo.
Ya no era invisible esa mañana de jueves. Remedios se levantó temprano. El sol apenas empezaba a asomarse por los cerros cuando ella estaba afuera prendiendo el fogón. Ya no lo hacía por necesidad, ahora tenía una estufa de gasa adentro del tronco. Regalo de doña Tomasa y otras mujeres del pueblo. Pero le gustaba prender el fogón de vez en cuando.
Le recordaba de dónde venía. puso el café a hervir. Café de verdad, no agua con canela. Ahora podía darse esos lujos. Las tierras del arroyo estaban dando buena cosecha y don Melecio le había conseguido buen precio por el maíz. Tenía dinero, no mucho, pero suficiente para vivir con dignidad. Mientras esperaba que hirviera el café, miró alrededor.
El tronco ya no parecía una cueva abandonada. Tenía puerta nueva de madera barnizada, ventanas con vidrios, un tapete en la entrada. Las hierbas que sembró crecían bonitas alrededor de los escalones. La hierbabuena, verde y frondosa, el romero con sus florecitas moradas, la manzanilla que olía a paz. Adentro había puesto un altar, una foto de don Jacinto en el centro con una veladora siempre prendida, a los lados las flores que cortaba del monte.
Y abajo la caja de lámina con los papeles que le cambiaron la vida, el café empezó a hervir, remedios, se sirvió una taza y se sentó en los escalones. Como todas las mañanas, a ver amanecer era raro. Había pasado por tanto, había tocado fondo, había sido despojada, humillada, echada de su propia casa y ahora estaba aquí en un tronco que antes le pareció el peor castigo, sintiéndose completa, no feliz.
Eso era mucho pedir, pero sí en paz. El silencio de la mañana se rompió con el sonido de pasos. Remedios alzó la vista. y vio una figura pequeña bajando por el camino. Se le paró el corazón, era lucerito. La niña venía sola con su muñeca de trapo en una mano y una mochilita en la otra. Cuando vio a remedios, soltó todo y corrió.
A remedios. Dejó caer la taza de café y abrió los brazos. Lucerito se estrelló contra ella y la abrazó con todas sus fuerzas. Mi amor, mi cielo, ¿qué haces aquí? ¿Cómo llegaste? Me vine sola dijo lucerito entre lágrimas. Me escapé. Te escapaste. ¿De dónde? De allá, del norte. No me gusta allá. Aé. Extraño aquí. Te extraño a ti.
Remedios la apretó más fuerte, sintiendo cómo se le llenaban los ojos. “Y tus papás saben que estás aquí, Lucerito” negó con la cabeza. No me vine en el camión. Le dije al chóer que venía a ver a mi abuela en San Isidro. Él me conoce. Me dejó bajar. Remedios. No sabía si reír o llorar. Su nietecita se había escapado.
Había viajado sola para venir con ella. Ay, mi amor, tu papá se va a enojar. No me importa. Yo quiero quedarme contigo. En ese momento apareció don Melecio por el camino. Doña Remedios, todo bien. Vi a la niña. Sí, don Melecio, es mi nieta. Acaba de llegar. Ah, qué bueno. El hombre se quitó el sombrero. Vine a avisarle que ya quedó lista la cerca nueva y que don Rutilio quiere hablar con usted sobre sembrar quelites en la parte de arriba. Gracias, don Meleesio.
Ahorita voy. El hombre se fue y Remedios volvió a mirar a Lucerito. Ven, vamos adentro, tienes que desayunar. Le preparó huevos con frijoles, tortillas recién hechas y café con leche dulce. Lucerito comió con hambre, contándole entre bocados cómo era la vida en el norte, que todo era feo, que su papá trabajaba todo el día, que Mirna siempre estaba de malas, que ella lloraba todas las noches porque extrañaba el pueblo, extrañaba su tronco, extrañaba a su agüe.
Remedios la escuchaba con el corazón partido, pero también con algo de culpa, porque sabía que tarde o temprano tendría que regresarla. Era su nieta. Sí, pero no era su hija. Y por mucho que le doliera, Efraín tenía derecho sobre ella. Después de desayunar, Lucerito se quedó dormida en el colchón. El viaje la había cansado. Remedios la arropó con su rebozo y salió a terminar sus pendientes.
Fue a ver la cerca nueva con don Meleesio. Habló con don Rutilio sobre los quelites. Pasó por la tienda a comprar algunas cosas y cuando regresó al tronco, ya era media tarde, Lucerito seguía dormida. Remedios, se sentó a coser junto a la ventana, dejándola descansar. Pero a eso de las 5 escuchó el ruido de un motor, una camioneta subiendo por el camino.
Su estómago se apretó. Ya sabía quién era. Efraín bajó de la camioneta. Venía solo, sin mirna. Tenía la cara cansada, ojeras profundas, la ropa arrugada. Se veía más viejo, como si en se meses hubiera envejecido 10 años. se quedó parado frente al tronco sin atreverse a subir los escalones.
Madre Remedio salió, no dijo nada, solo lo miró. Vine por la niña dijo Efraín con voz ronca. Está adentro, dormida. Efraín asintió. Se quedó callado un momento, mirando el suelo. Luego levantó la vista. ¿Cómo supiste que estaba aquí? El chóer del camión me avisó. le preocupó que viniera sola. Es muy terca la niña. Salió a su abuela. Efraín casi sonró.
Casi, pero se le quebró antes. Madre, yo se le cortó la voz. Yo venía a decirte algo. Remedios esperó. Perdóname. Las palabras cayeron como piedras entre ellos. Perdóname por todo, por echarte, por tratarte como te traté, por ser tan miserable. Remedi sintió que algo se le movía en el pecho, pero no dijo nada. Dejó que él siguiera.
Allá en el norte nada me salió bien. Perdí el trabajo. Mirn se fue con otro. Me quedé solo con los niños y todos los días me acordaba de ti, de lo que te hice. Y y no podía dormir, no podía vivir con eso. Se le quebraba la voz. Lucerito no paraba de hablar de ti. Decía que quería volver, que quería estar contigo.
Y yo le decía que no, que aquí ya no teníamos nada. Pero ella insistía hasta que se escapó. Y cuando el chóer me habló, yo yo supe que tenía que venir, no solo por ella, sino para decirte lo que te estoy diciendo. Remedios lo miraba sin expresión. Me perdonas, madre. Hubo un silencio largo. El viento movía las hierbas. Los pájaros cantaban.
Te perdono, Efraín, dijo Remedios al fin, porque eres mi hijo y porque guardar rencor pesa más que cualquier carga. Efraín dejó salir el aire que estaba aguantando. Gracias, madre. Gracias. Pero que te perdone no significa que volvamos a hacer lo que éramos. Eso ya se rompió. y no sé si se pueda arreglar. Lo sé, lo sé y lo acepto.
Lucerito salió del tronco tallándose los ojos. Papá. Efraín se agachó y la abrazó. Mi niña, me asustaste. Lo siento en papá, pero es que extrañaba mucho a mi abue. Lo sé, mi amor, lo sé. Efraín se quedó una hora más. Tomó café. ¿Qué remedios le ofreció? habló de sus planes de volver al pueblo, de buscar trabajo, de empezar de nuevo.
No pidió las tierras, no pidió nada, solo habló y remedios escuchó cuando se fue, llevándose a Lucerito, prometió que la niña podría visitarla los fines de semana. Remedios se quedó sola otra vez, pero esta vez no le pesó la soledad. Se sentó en los escalones y miró el atardecer. El cielo se ponía naranja y rosa, las sombras se alargaban y en el silencio del monte Remedio sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.
Paz completa miró hacia el altar donde estaba la foto de Jacinto. “Gracias, viejo”, dijo en voz baja, “por cuidarme, por dejarme los papeles, por enseñarme que la verdad siempre gana. El viento sopló suave como una respuesta y Remedio supo que aunque el camino había sido duro, había valido la pena, porque ahora tenía algo que nadie le podía quitar, su dignidad, su tierra y la certeza de que había hecho lo correcto.
En San Isidro del Monte quedó una lección que pasaría de boca en boca por generaciones. Quien humilla a una abuela termina pagando con la propia paz. Y la verdad siempre encuentra por dónde salir.