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El Espejismo del Poder: La Negación del Descontento Social y la Paranoia Presidencial en el Ojo del Huracán

En el complejo tablero de la política contemporánea, pocas cosas resultan tan fascinantes y, al mismo tiempo, tan alarmantes como observar a un gobierno luchar denodadamente contra su propia realidad. La historia nos ha enseñado, a través de innumerables ejemplos a lo largo de los siglos, que cuando el poder se aísla en su propia burbuja de autocomplacencia, las calles terminan convirtiéndose en el único altavoz válido para el ciudadano de a pie. Hoy, México asiste a un espectáculo que roza lo surrealista: en la antesala de uno de los eventos deportivos más importantes y mediáticos del planeta, la Copa del Mundo, el país se encuentra sumido en una vorágine de protestas, bloqueos y reclamos sociales. Sin embargo, desde el atril del poder ejecutivo, el mensaje es tajante, gélido y profundamente desconcertante: “no hay descontento social”.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha decidido trazar una línea en la arena. En una reciente y explosiva intervención, no solo negó la existencia de un malestar generalizado entre la población, sino que elevó la apuesta al calificar el caos que impera en la Ciudad de México y en diversas regiones del país como un gigantesco montaje. Una obra de teatro orquestada, según ella, por fuerzas oscuras y grupos de interés cuyo único propósito es hacer quedar mal a su administración frente a la atenta mirada de la comunidad internacional. Esta postura, cargada de una retórica victimista y tintes de paranoia política, abre un profundo debate sobre la salud democrática de la nación, la libertad de expresión y la preocupante desconexión entre los despachos gubernamentales y el asfalto.

La Negación de lo Evidente: Un País que Grita y un Gobierno que se Tapa los Oídos

Escuchar a la máxima autoridad del Estado afirmar que “en México no hay un descontento social” resulta, para millones de ciudadanos, una bofetada a la razón. No estamos hablando de un país en plácida calma. Las calles de la capital y de los estados son testigos diarios del clamor de decenas de colectivos cuyas demandas no pueden ser despachadas como simples “desacuerdos con ciertas medidas”.

Hablemos, en primer lugar, de las madres buscadoras. Mujeres que, armadas con palas, picos y un dolor inabarcable, recorren los parajes más inhóspitos del territorio nacional buscando los restos de sus hijos desaparecidos. Decir que su presencia en las calles es parte de un montaje para desprestigiar al gobierno es no solo una falacia gigantesca, sino una muestra de absoluta falta de empatía y humanidad. Ellas no protestan por capricho ni responden a intereses empresariales; protestan porque el Estado ha fallado en su obligación más primordial: garantizar la vida y la seguridad de sus ciudadanos.

A ellas se suman los ambientalistas que denuncian la devastación de los ecosistemas, los activistas de derechos humanos que se juegan la vida en un entorno de hostilidad creciente, los estudiantes que exigen condiciones dignas de estudio, los transportistas que son víctimas diarias de la extorsión y el crimen organizado, y los agricultores que ven cómo su medio de vida se asfixia ante la falta de apoyos y la violencia rural. Y, por supuesto, no podemos olvidar a los maestros de la CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación), quienes han paralizado arterias vitales de la capital en exigencia de derechos laborales que, irónicamente, les fueron prometidos durante la campaña electoral.

Para la presidenta, sin embargo, esta amalgama de dolor, frustración y exigencias legítimas se resume en un puñado de “grupos que no están de acuerdo con medidas”, asegurando que todos están siendo “atendidos”. La disonancia cognitiva es monumental. Al reducir el clamor popular a una simple rabieta de opositores manipulados, el gobierno no solo invisibiliza el sufrimiento y las carencias del pueblo, sino que se exime a sí mismo de cualquier responsabilidad autocrítica. Es la soberbia del poder en su máxima expresión: si hay ruido en la calle, no es porque haya hambre o injusticia, es porque alguien quiere fastidiar al gobierno.

Los Fantasmas del Pasado: El Eco de Díaz Ordaz y Echeverría

Lo más irónico —y peligroso— de la narrativa oficial actual es su asombroso parecido con las horas más oscuras de la historia moderna de México. El actual gobierno ha construido gran parte de su legitimidad moral presentándose como la antítesis de los regímenes represivos y autoritarios del pasado, particularmente los encabezados por Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez. Se han enarbolado banderas de progresismo y democracia, prometiendo que el Estado nunca más sería utilizado para acallar la disidencia.

No obstante, las palabras pronunciadas hoy parecen extraídas directamente de los manuales de comunicación de aquellos presidentes de los años 60 y 70. Cuando Díaz Ordaz enfrentó el movimiento estudiantil de 1968, a las puertas de otro evento internacional masivo (los Juegos Olímpicos), su discurso se centró en denunciar una conjura comunista internacional diseñada para ensuciar la imagen de México y sabotear el evento. Se negó el descontento social genuino de los jóvenes y se criminalizó la protesta, culminando en la trágica masacre de Tlatelolco.

Hoy, la historia parece rimar con una precisión escalofriante. De cara al Mundial, la presidenta Sheinbaum utiliza el mismo andamiaje argumental: no hay problemas reales, hay una “provocación” escenificada para mostrar que hay caos en México. La figura del enemigo externo o de la conspiración en la sombra cambia de nombre —ya no es el fantasma del comunismo, sino el conservadurismo, la derecha y los empresarios “rapaces”—, pero la estructura lógica de la negación es idéntica.

La mención que hace la propia mandataria al aniversario del “Halconazo” (la represión estudiantil del 10 de junio de 1971 durante el gobierno de Echeverría) es reveladora. Al afirmar que los manifestantes están forzando al gobierno a reprimir para poder compararlos con el 71, la presidenta cae en una trampa argumental de su propia creación. Al decir “¿No les parece extraño que a lo que están llamando casi casi ellos es reprímanos…?”, está despojando a los manifestantes de cualquier agencia legítima. En su visión, los maestros o las madres buscadoras no salen a protestar porque estén desesperados, sino porque tienen un deseo perverso de ser golpeados por la policía para dañar la reputación presidencial. Esta es una visión profundamente autoritaria, que asume que el único actor racional en el país es el gobierno y que la sociedad civil es una masa manipulable y malintencionada.

Promesas Rotas y la Fractura con los Maestros de la CNTE

Para entender la dimensión de la crisis de credibilidad del gobierno, es indispensable analizar el caso específico de las movilizaciones de la CNTE. La presidenta, en su afán por deslegitimar el plantón y las protestas del magisterio, obvia un detalle fundamental que la memoria ciudadana, afortunadamente, conserva intacto: las promesas de campaña.

Durante el fragor de la contienda electoral, se ofreció a los maestros la abrogación de la polémica ley del ISSSTE, que afecta directamente a sus pensiones. Fue una promesa que capitalizó el descontento del gremio y se tradujo en apoyo político. Hoy, sentada en la silla presidencial, la narrativa ha dado un giro de 180 grados. Ahora se argumenta que echar para atrás las reformas de pensiones de 1997 y 2007 (que, en palabras de la propia mandataria, condenaron a los trabajadores a “pensiones de miseria”) es inviable.

Al decirles a los maestros que no se puede cumplir lo prometido, la presidenta rompe el pacto de confianza fundamental entre el elector y el gobernante. Más allá de si las demandas económicas del sindicato son viables o no para las arcas del Estado —un debate técnico y económico que merece su propio espacio—, lo que está en juego aquí es la palabra empeñada. Cuando la CNTE sale a las calles a exigir el cumplimiento de esa palabra, la respuesta del gobierno no es el reconocimiento del error o la búsqueda de un punto medio realista, sino la estigmatización. Se les acusa de tener una “orientación” política oscura y de no buscar reivindicaciones legítimas.

Esta es la clásica maniobra de desviar la atención. En lugar de asumir el costo político de una promesa incumplida, resulta mucho más fácil, desde la tribuna del poder, acusar a los maestros de querer boicotear el Mundial o de ser peones en una gran conspiración. Sin embargo, los hechos son tozudos, y la realidad es que el descontento de la CNTE no nació de la nada, fue cultivado por las expectativas infladas y las promesas populistas que ahora chocan con el muro de la realidad administrativa.

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