En la actualidad, nos encontramos inmersos en una batalla invisible pero ensordecedora. Cuando encendemos la televisión, navegamos por nuestras redes sociales o leemos las noticias de la mañana, somos testigos y, a la vez, víctimas de una guerra cultural y narrativa sin precedentes en la historia moderna. Sin embargo, detrás de esta fachada de debates ideológicos de moda y polémicas de internet, se esconde una realidad mucho más profunda, cruda y antigua: una auténtica guerra de clases. Esta lucha, que se ha venido gestando y vertiendo con una fuerza arrasadora desde hace décadas, hoy toma una nueva forma bajo el amparo de la ultraderecha y el neoconservadurismo. Estas corrientes políticas han trasladado sus campañas mediáticas a un terreno donde el objetivo principal es proteger a toda costa los intereses del gran capital, aplastando las demandas populares y silenciando a quienes buscan un mundo más justo y equitativo.
El modus operandi de esta nueva maquinaria política se basa fundamentalmente en el negacionismo. Niegan sistemáticamente la desigualdad social, ignoran la violencia estructural, desestiman la inequidad económica y borran del mapa mediático a los grupos históricamente vulnerados. Este auge de las extremas derechas, tanto las que resurgen del siglo pasado como las que han nacido en la era digital, no es un fenómeno espontáneo. Responde de manera clara, directa y calculada a los intereses de la élite económica mundial.
Para lograr su cometido, el sistema ha creado figuras sumamente efic
aces: personajes políticos que se venden a sí mismos como “outsiders” o individuos supuestamente ajenos a la política tradicional. Estos actores explotan magistralmente la frustración, el cansancio y la molestia legítima de una ciudadanía que ha sido abandonada por los partidos políticos convencionales. A pesar de presentarse como rebeldes antisistema que vienen a romper las reglas, son, en realidad, los engranajes más funcionales del mismo sistema que prometen destruir.
Desde sus púlpitos mediáticos, construidos sobre una base de manipulaciones impresionantes, estos falsos profetas logran engañar a millones de ciudadanos. Saben perfectamente cómo encauzar el descontento popular hacia el odio, vendiéndose como los únicos salvadores. Su estrategia es plantear soluciones extremadamente fáciles y populistas para problemas sociales y económicos que son sumamente complejos. Siempre encuentran una vía, dictada desde las cúpulas del poder, para volcar cualquier situación a su favor, desplegando una ofensiva estratégica profunda, especialmente en el terreno de las redes sociales. Seamos claros: la ultraderecha ha conquistado las plataformas digitales, transformándolas en sus principales trincheras de adoctrinamiento.
El Secuestro de la Libertad de Expresión y los Medios Corporativos
Las plataformas tecnológicas, los canales de televisión y las grandes cadenas informativas no son entes neutrales; pertenecen a grupos de poder económico gigantescos que comparten una visión conservadora. Aborrecen la justicia social, desprecian la lucha por los derechos laborales y le temen a la verdadera transparencia. Muchos de estos conglomerados tienen fuertes vínculos con intereses bélicos, utilizando los conflictos para potenciar su tecnología y multiplicar sus fortunas. El eje central de estas élites es siempre el mismo: la mercantilización absoluta de todas las relaciones sociales y la supresión de las políticas de protección civil. Hablan de desregulaciones agresivas, privatizaciones masivas de los recursos públicos y reformas laborales regresivas que buscan quitarle derechos al trabajador para darle “manos libres” a las corporaciones. Venden esta agenda de explotación con un cinismo alarmante, disfrazándola bajo la noble palabra de “libertad”.

La hipocresía alcanza su punto máximo cuando analizamos el concepto de la libertad de expresión. La extrema derecha se apropia de este término, asumiendo que es su bandera de lucha principal. Magnates de la comunicación, como Ricardo Salinas Pliego en México, presumen constantemente de otorgar una total libertad en sus empresas. Nada más alejado de la realidad. Las empresas de comunicación corporativa forman parte de una estructura de poder rígida. Jamás brindarán los espacios ni los tiempos necesarios para que voces progresistas, que defienden políticas sociales, puedan expresarse de manera justa. En lugar de pluralidad, fabrican presentadores radicales, clasistas y racistas —como Chumel Torres, Pamela Cerdeira o Azucena Uresti— que manejan la información bajo una visión estrictamente empresarial, muy lejos del auténtico rigor y la ética periodística.
Los Verdaderos Dueños del Tablero y el Capital Global
La actual crisis civilizatoria ha reestructurado el poder a través de lo que los analistas llaman “digitalismo”. En esta guerra narrativa, los verdaderos dueños del tablero no son solo los políticos o los presentadores de televisión; ni siquiera son los aristócratas locales que actúan como simples peones sacrificables. Más arriba en la pirámide de mando se encuentran colosos financieros globales como BlackRock o Vanguard. Estos monstruosos fondos de inversión controlan lo que se dice, lo que se come, lo que se consume y lo que se piensa a nivel mundial. Para estos reyes intocables del capital, que se sientan a la mesa con todos los gobiernos, la democracia es solo una formalidad de relaciones públicas. Si los personajes de ultraderecha llegaran a ostentar un poder absoluto, abolirían de inmediato cualquier voz disidente. En su ADN político no cabe la diversidad de opinión, ni la denuncia, ni la manifestación ciudadana. Solo exigen silencio y sumisión.
Falso Victimismo Mediático vs. La Verdadera Censura
El debate sobre la libertad de expresión ha sido groseramente manipulado. Personajes del espectáculo, como Pati Chapoy, se muestran indignados y denuncian ataques a su libertad solo porque figuras como la presidenta Claudia Sheinbaum o el exmandatario López Obrador recomiendan públicamente no consumir los contenidos de TV Azteca. Esto es un teatro de falso victimismo. Dar una opinión crítica desde el atril gubernamental no es censura; prueba de ello es que ninguna señal televisiva, canal de YouTube o cuenta en redes sociales de estas corporaciones ha sido bloqueada. Los líderes del movimiento progresista en México han sido brutalmente atacados por los medios, y sin embargo, no han cerrado ninguna estación de radio ni censurado a la prensa.
Contrastando con este espectáculo televisivo, la verdadera censura y represión ocurre a nivel estatal, orquestada por gobiernos locales de corte conservador o autoritario. En San Luis Potosí, periodistas sufren detenciones injustas bajo excusas de nuevas leyes sobre inteligencia artificial, simplemente porque su labor periodística incomodó a la familia del mandatario. En estados como Puebla y Guanajuato —este último con un largo historial de administraciones panistas que persiguen a la prensa— las agresiones directas contra los comunicadores críticos son una realidad palpable. En Chihuahua, periodistas independientes denuncian cómo la gobernadora Maru Campos utiliza cantidades obscenas de dinero público para comprar voluntades y someter a los medios locales. Es imperativo levantar la voz frente a estas prácticas tiránicas que atentan contra la verdadera libertad de prensa.
El Rostro del Extremismo en América Latina y el Mundo
Finalmente, no podemos ignorar la caracterización real de la ultraderecha a nivel continental. La fauna de líderes extremistas latinoamericanos y estadounidenses es tan absurda como letal. Nos enfrentamos a un panorama desolador cuando observamos que figuras de altísimo poder actúan impulsadas por el odio y agendas reaccionarias. Hablamos de una región donde proliferan políticos con perfiles profundamente problemáticos: desde la oposición en Colombia, hasta el presidente de Argentina, Javier Milei, quien aplica crueles recortes sociales mientras asegura guiarse por visiones de perros fantasmas. En Chile, figuras como José Antonio Kast heredan y defienden legados oscuros; en El Salvador, Nayib Bukele ha cimentado su popularidad como el gran fabricante de cárceles de máxima seguridad pisoteando derechos humanos elementales. Y en Estados Unidos, Donald Trump se erige como una figura que impone su voluntad mediante comportamientos divisivos, criminales y supremacistas, dispuesto a cualquier barbaridad para mantener el control.
Frente a este asedio mediático, corporativo y político, la verdadera libertad no reside en los discursos memorizados de los millonarios de la televisión. La libertad genuina recae en la capacidad de los ciudadanos para despertar, organizarse y reconocer que esta supuesta “guerra cultural” es, en esencia, la eterna lucha de clases. Es nuestra responsabilidad cuestionar críticamente la información que consumimos, rechazar el odio prefabricado y defender férreamente los espacios de pluralidad informativa y justicia social.