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¡IMPRESIONANTE! Así VIVE MARCO ANTONIO MUÑIZ a los 93 AÑOS – Su Fortuna HOY

¡IMPRESIONANTE! Así VIVE MARCO ANTONIO MUÑIZ a los 93 AÑOS – Su Fortuna HOY

¿Qué tal si hoy platicamos sobre el mismísimo lujo de México? Marco Antonio Muñiz, ese gigante que pisó los teatros más imponentes del planeta, agarró el bolero, lo volvió pura poesía y a sus impresionantes 93 años [carraspeo] sigue respirando como la máxima leyenda viva del romanticismo en nuestro continente. Pónganse cómodos.

Vamos a meternos de lleno en los logros. El impacto cultural y esa clase inconfundible que marcó a generaciones enteras. Un viaje biográfico que honestamente no tiene pierde. Arranquemos. Todo empieza en tierras tapatías. Un 3 de marzo de 1930 y 3 nació este tremendo talento en Guadalajara, Jalisco.

Cuna indiscutible de enormes artistas. Lorenzo Muñiz y María Vega le dieron un hogar supermodesto, una familia que literalmente sudaba a diario para sobrevivir en el Guadalajara de los años 30 y 40. Don Lorenzo le entraba a cualquier jale, albañilería descargando en el tianguis la chamba que cayera con tal de asegurar comida en la mesa familiar.

Y doña María, toda una maga, estiraba el gasto lavando ropa ajena y cocinando de sol a sol. hacía lo impensable para que a sus muchachos no les faltara bocado. Esa Guadalajara estaba muy dividida. Por un lado, veías las zonas exclusivas de familias pudientes, con sus casonas gigantes, jardines impecables y muchísimo personal de servicio a disposición.

Del otro lado, el barrio trabajador en vecindades apretadas, compartiendo patios y baños con todos los vecinos. Adivinaron. Marco venía justo de este segundo mundo. Calles de pura tierra, casitas de adobe, ese rincón exacto donde los chamacos le entraban a la chamba desde chiquitos para arrimar dinero a casa.

Trabajar no fue opción, fue obligación. Con apenas 12 o 13 años, ya era chalán en una panadería céntrica. Parado a las 4 de la madrugada para ganarle a los hornos. amasaba, limpiaba latas, barría y cargaba costales de harina que pesaban casi igual que él. Por jornadas enteras de puro desgaste, apenas embolsaba entre ocho y 12 pesitos, lana que iba íntegra a su madre para el chivo.

Luego entró de aprendiz de joyero, un jale más fino, mejor pagado, pero igualmente matado, encorbado horas enteras, tallando metales, uniendo piezas diminutas y transformando plata y oro en puro arte. Ya como joyero, su sueldo rondaba unos 25 pesos semanales. Un salto enorme frente a la panadería, sí, pero seguía siendo una sin mucha esperanza económica y lo que absolutamente nadie imaginaba, ni el propio marco asimilaba que escondía un talento brutal, ese don que fluía naturalito, amasando o en el taller tallando plata o cantando de

madrugada. Esa garganta desbordaba magia pura, suavecita, pero con muchísimo empuje, bien controlada, cargada de sentimiento y naturalmente elegante. La música era su refugio, su único respiro lejos de aquella dura realidad. Se pegaba al radio idolatrando a los monstruos del momento, Pedro Vargas, Agustín Lara o Jorge Negrete.

Alucinaba con vivir de su voz algún día, aunque siendo sinceros, eso pintaba para pura fantasía inalcanzable. digo, seamos muy realistas. ¿Qué posibilidad tenía un humilde joyero tapatío de volverse artista en serio? El negociazo musical estaba superamarrado a la capital y los que triunfaban solían traer buenas palancas familiares.

Sobraba billete para costear clases, comprar trajes impecables y, obvio sabían moverse perfectamente entre la gente pesada del ambiente. Marco carecía de todo eso. Su única arma era la garganta y una terquedad enorme. Se negaba rotundamente a quedarse atrapado en un tallercito lúgubre hasta el último de sus días.

inició en lugares supercorrientes, cabarets de quinta, cantinas donde la raza prefería ahogarse en alcohol antes que valorar canciones y fiestecitas privadas pagadas con propinas de risa. Agarraba micrófono en el Changó, en el Bombai o en cualquier cuchitril que lo dejara subir. La paga era una miseria.

entre 15 y 30 pesos por noche, condiciones infames. Humo denso, mala copa. Gritando majaderías y peleas a golpes detonando sin avisar. Como fuera, ya era un escenario. Su única esperanza de que alguien importante lo escuchara y le diera ese empujón. Así aguantó años en esa doble vida que lo dejaba muerto. De día joyero para subsistir.

De noche cantante persiguiendo su sueño. Apenas dormía cuatro o cinco horitas. arrastraba un cansancio brutal, pero jamás se echó para atrás. El destino de Marco Antonio pegó un giro tremendo justo cuando logró colarse al conjunto tropical Veracruz. Esto fue allá por la mitad de los 50. Amenizaban bailes, pachangas y ocasionalmente radio.

Quizá no era tocar las estrellas, pero vaya que representaba un paso enorme. Implicaba volverse profesional, amarrar una lanita segura y, sobre todo, mandar al esa ruta tan desgastante por tanto antro de mala reputación. Con los del Veracruz, Marcos se dedicó a recorrer buena parte de la geografía mexicana.

Pisaron territorio jarocho, Puebla y la capital. Cada fecha era oro para afinar su don, medir a la audiencia y amarrar gran dominio escénico. Sin embargo, Marco la tenía muy clara. Escudado en un grupo, jamás se haría leyenda. Necesitaba arrojarse solo y jugarse el todo por el todo para brillar bajo su nombre. 1959. Ese fue el parteaguas.

Brincó en solitario sin representantes pesados y sin un maldito contrato disquero que lo respaldara. A pura fe, sin lana de respaldo, apostaba todo a su garganta y a esa terquedad enorme por conquistar la cima. Logra grabar sus primeros temas: Luz y sombra y escándalo. Auténticos boleros clásicos que llevaban impregnado ese toquecito personal que terminaría volviéndose su firma oficial.

Un canto suave y pegador, dominio vocal impecable y muchísimo sentimiento reprimido que soltaba de golpe en los clímax perfectos. Los locutores le dieron juego. Jalisco y el puerto lo tocaron primero. Luego conquistó los radios capitalinos. La gente respondió en caliente con una entrega rápida y totalmente apasionada.

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