El cine mexicano de acción de esa época buscaba desesperadamente figuras que pudieran llenar la pantalla con algo diferente al glamour, pulido de la época dorada que se desvanecía. Buscaba hombres que parecieran capaces de sobrevivir en el desierto, que supieran montar un caballo sin que se notara que tenían un doble, que cuando sacaran una pistola, el público creyera sin la menor duda que eran capaces de usarla.
Mario Almada era exactamente eso y no era actuación, era memoria muscular de años en los ranchos de Sonora. Las primeras películas en que los hermanos Almada trabajaron juntos como equipo establecieron el patrón que definiría su carrera durante tres décadas. Mario como la fuerza centrífuga, el que empuja la acción hacia adelante, el que toma decisiones sin pensarlo dos veces.
Fernando como el contrapeso, la voz que duda, que calcula, que le da al drama una dimensión que la acción pura nunca alcanza. Los westerns del norte de México, las historias de traficantes y contrabandistas y hombres de honor que viven fuera de la ley porque la ley nunca llegó hasta donde ellos viven. Las películas que contaban las historias de la gente que no salía en las telenovelas de Televisa ni en las revistas de la Ciudad de México.
Esas historias encontraron en los Almadas su voz perfecta. Y el público respondió con una lealtad que todavía hoy sorprende a quienes estudian la historia del cine mexicano. Hablemos del dinero, porque la carrera de Mario Almada generó cantidades que muy pocos actores mexicanos de su generación igualaron y que en el caso de Mario tienen la particularidad de que no vinieron de un contrato exclusivo con una gran productora ni de un salario fijo de televisión. vinieron del volumen.
Mario Almada filmó más de 300 películas a lo largo de su carrera, desde los años 40 hasta el año 2016, cuando hizo sus últimas escenas con más de 90 años, 300 películas. Una cifra que él mismo minimizaba con una sonrisa cuando los periodistas se la recordaban. Solo seguí diciendo que sí, comentó una vez como si décadas de trabajo incansable fueran una coincidencia.
No era una coincidencia, era una estrategia. En el cine de acción y western del norte de México, los actores de primer nivel cobraban por película y no por salario mensual. Mario Almada, que entendía mejor que nadie el valor de su nombre en ese mercado específico, negoció sus contratos con la misma frialdad con que su padre negociaba el precio del ganado en las ferias de Sonora.
Durante los años de mayor producción, entre 1970 y 1990, Mario filmaba entre 12 y 18 películas por año. Algunas semanas hacía escenas para dos producciones distintas el mismo día. El precio por película varió a lo largo de los años, pero en los momentos de mayor cotización. A finales de los años 70 y durante toda la década de los 80, fuentes del sector cinematográfico de esa época estiman que Mario cobraba entre 250,000 y 400,000 pesos de la época por cada producción.
Equivalentes calculados a valores actuales de entre 3 y 5 millones de pesos por película, 18 películas al año, 5 millones de pesos por cada una, 90 millones de pesos anuales solo en los años pico. A lo largo de las tres décadas más productivas de su carrera, el ingreso total estimado de Mario Almada por su trabajo cinematográfico supera con facilidad los 450 millones de pesos a valores actuales. y Mario Almada.
A diferencia de muchos actores de su generación que vieron ese dinero pasar por sus manos sin quedarse, lo invirtió. La Tierra, siempre la tierra. El rancho principal de Mario Almada estaba ubicado en el municipio de Altar, en el norte de Sonora, una región de pastizales naturales y clima seco, donde el ganado bovino de exportación crece, con una calidad que los mercados de Estados Unidos y Japón pagan a precios que los ganaderos del sur del país solo pueden envidiar.
La propiedad que Mario comenzó a adquirir en los años 60 con los primeros ingresos importantes de su carrera cinematográfica. fue creciendo con el paso de los años hasta alcanzar una extensión de aproximadamente 400 haáreas de tierra ganadera en plena producción, 400 haáreas en el norte de Sonora, en el mercado actual de tierras agrícolas y ganaderas del noroeste de México.
Una hectárea de pastizal natural en buenas condiciones en el norte de Sonora se evalúa entre 180,000 y 230,000 pesos. 400 haáreas calculadas al extremo conservador de ese rango. Representan un valor de terreno de 72 y 2 millones de pesos solo en tierra. Pero el valor de un rancho ganadero no está solo en la tierra, está en lo que se cría encima de ella.
Mario Almada era un ranchero de oficio antes de ser actor. Lo que puso en su rancho de altar no fue el capricho de un famoso que juega a ser ganadero los fines de semana. Fue la inversión calculada de alguien que conoce el negocio desde que aprendió a caminar. El ato ganadero del rancho de Mario Almada estaba compuesto principalmente por ganado bovino de raza Charolis y cruzas con Brangus.
Dos de las razas de mayor demanda en el mercado de exportación hacia Estados Unidos y en los rastros de alta especificación del norte de México. En sus mejores años, el rancho mantuvo un ato de entre 600 y 700 cabezas de ganado, con ciclos de ventas semestrales que generaban ingresos brutos que sus administradores estimaban en cifras entre 4 y 6 millones de pesos por ciclo, 12 millones de pesos al año, solo del ganado, sin considerar los ingresos cinematográficos, sin considerar las demás propiedades y los caballos, porque Mario Almada sin caballo sería como
Mario Almada sin pistola en pantalla, incompleto. La pasión de Mario por los caballos venía de Sonora. De los años en que aprender a montar era una necesidad de trabajo y no un deporte de fines de semana, pero con los años. Esa pasión de trabajo se convirtió también en una inversión que sus cercanos describían como una de las más impresionantes entre los actores mexicanos de su generación.
En el rancho de altar, Mario mantenía una caballada de ejemplares de las razas más valoradas en el norte de México. Cuarto de milla para el trabajo de campo y para las carreras de cuarto de milla, que son el deporte rey en el norte del país, y algunos ejemplares de andaluz y lucitano para las exhibiciones de charrería que Mario organizaba regularmente en el rancho y a las que invitaba amigos, colegas y figuras del mundo del espectáculo que querían alejarse de la ciudad de México por un fin de semana. El ejemplar más valioso
de su caballada, un semental de cuarto de milla de línea directa que sus cuidadores conocían como el sonorense. Fue evaluado en una tasación de seguros realizada a mediados de los años 90 en 950,000 pesos de la época, equivalentes a más de 14 millones de pesos actuales. Un solo caballo, 14 millones de pesos.
El semental no era una excepción. En el rancho de Mario había al menos ocho ejemplares con pedigrí certificado cuyos valores individuales en el mercado de esa época oscilaban entre los 450,000 y los 800,000 pesos actuales. Por cabeza, el valor total de la caballada de Mario Almada en su momento de mayor esplendor, calculado según los precios del mercado del norte de México, superaba los 50 millones de pesos.
Sumemos. Rancho de altar con 400 ha de tierra ganadera, 70 y 2 millones de pesos en valor de terreno. Ato de charolis y brangus con capacidad de entre 600 y 700 cabezas. Valor de atto de aproximadamente 18 millones de pesos con ingresos anuales de 12,000ones. Caballada de más de 20 ejemplares con ocho de pedigrí certificado.
Valor total que supera los 50 m000000es de pesos. Ingresos cinematográficos acumulados a lo largo de seis décadas. estimados en más de 450 millones de pesos, propiedad en Cuernavaca, Morelos, donde Mario pasó sus últimos años. Valuada en el mercado actual en aproximadamente 25 millones de pesos.
Departamento en la Ciudad de México, en la zona de doctores y portales, mantenido durante los años de mayor actividad cinematográfica, estimado en 8 millones de pesos actuales. Patrimonio total estimado de Mario Almada en su momento de mayor consolidación entre 200 y 240 millones de pesos mexicanos. El niño de Caborca, que aprendió a montar antes de aprender a multiplicar.
Pero la historia del patrimonio de Mario Almada no es solo una historia de acumulación exitosa, es también la historia de lo que el dinero no pudo comprar y de lo que casi se pierde. El matrimonio de Mario Almada fue uno de los secretos mejor guardados de su vida pública en un mundo del espectáculo donde los actores de su generación vendían su vida amorosa a las revistas del corazón con la misma naturalidad con que vendían sus películas.
Mario mantuvo su vida personal con una reserva que sus colegas admiraban. y que la prensa de espectáculos nunca supo del todo cómo penetrar. Se casó joven. La historia no llegó a los medios en su momento con la amplitud que hubiera merecido porque Mario, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, no consideraba que su vida privada fuera parte de su producto comercial.
La relación produjo una hija que Mario adoraba con una intensidad que sus cercanos describen como la misma intensidad que ponía en cada escena de acción que filmaba. Total, sin reservas, sin calcular el costo. Pero el matrimonio no sobrevivió a los años de filmaciones constantes, de ausencias que se medían en meses, de un hombre que era en pantalla el defensor de todos los débiles y que en casa no siempre tenía las herramientas para defender lo que más le importaba.
La separación llegó en silencio, como todas las cosas importantes en la vida de Mario, sin escándalos, sin declaraciones a la prensa, sin la telenovela mediática que otros en su posición hubieran permitido, pero con un costo real en términos de custodia, de tiempo perdido con su hija, de esa presencia cotidiana que una separación le arranca a un padre que trabaja lejos y que cuando está en casa no siempre sabe cómo estar sin el guion que le dicen que Lea fue Fernando, el hermano menor, el metódico, el que calculaba donde Mario se lanzaba, quien
cubrió en esos años los espacios que la ausencia de Mario dejaba, quien llevaba a la niña a la escuela cuando el rodaje se extendía, quien preparaba comidas y mantenía rutinas que nunca salieron en ninguna entrevista, pero que los que estuvieron cerca recuerdan con una claridad que el tiempo no ha borrado.
Un gesto privado que dice más sobre la relación entre los hermanos que todas las películas que hicieron juntos. La relación entre Mario y Fernando fue el eje sobre el que giró toda su vida profesional y gran parte de su vida personal. Desde fuera la sociedad de los Almada parecía simple. Dos hermanos que trabajaban juntos en las mismas películas, complementarios en pantalla, leales en la vida real, una maquinaria perfecta que el cine mexicano aprovechó durante 30 años.
Por dentro la historia era más compleja. Había rivalidad, una rivalidad que Fernando, ya con los años encima y con la libertad que da a saber que queda poco tiempo para el silencio, admitió en entrevistas de radio a partir de 2018 con una honestidad que sorprendió a quienes creían que ya sabían todo sobre los Almada. Mario lo empujaba a ser más preciso, más disciplinado, más exigente con cada personaje que construía.
Y Fernando pensaba que él hacía lo mismo por Mario desde la dirección opuesta, templando la energía desbocada de su hermano con la estructura que Mario, por instinto natural tendía a saltarse. “Mario persigue el relámpago”, dijo Fernando en alguna de esas conversaciones. “Yo espero la tormenta.” Esa frase resume en cinco palabras la dinámica de toda una vida, pero la rivalidad no era amargura.
Era lo que Fernando llamaba una competencia constante y silenciosa, que los mantuvo a los dos de pie en una industria que había sepultado a muchos mejores actores que ellos por razones que nada tenían que ver con el talento. Los contratos se discutían, los créditos se negociaban, los papeles protagónicos a veces generaban tensiones que duraban semanas antes de resolverse con la misma naturalidad, con que las tensiones entre hermanos que trabajan juntos siempre se resuelven con una comida y sin que nadie dijera formalmente que había pasado
algo, porque eso hacían los hombres de su generación. Sentían, sufrían y callaban y al día siguiente se montaban en el caballo y hacían la escena otra vez. La crisis más seria de la carrera de Mario Almada no llegó del rancho ni del matrimonio ni de la rivalidad con Fernando, llegó del cine. Las décadas de 1980 y 1990 fueron devastadoras para la industria cinematográfica mexicana.
El financiamiento gubernamental se redujo drásticamente. Las salas que habían proyectado Western del Norte durante 20 años empezaron a llenarse de producciones de Oriwood. El mercado de video casero, que durante un tiempo pareció ser la solución, terminó devaluando los precios que los actores podían cobrar por película de una manera que ningún contrato anterior había anticipado.
En una entrevista de 1994, Fernando admitió, con la serenidad de quien ya ha procesado el miedo, sentíamos que el suelo se movía bajo nuestros pies y luego lo minimizó de la manera que solo puede hacerlo alguien que creció en el norte de México. Mario y yo ya habíamos sobrevivido a cosas peores. Esto era solo otra cuesta que subir.
Para Mario, la respuesta a la crisis de la industria fue la misma respuesta que siempre había dado a los problemas. Trabajar más si las películas pagaban menos. Filmaba más películas. Si los proyectos de mayor presupuesto se reducían, aceptaba los de menor presupuesto sin protestar. Si la distribución en cines se cerraba, la distribución en video era el siguiente mercado.
Y así, mientras muchos de sus contemporáneos abandonaban la actuación en busca de otras salidas, Mario Almada siguió diciendo que sí a los 70 años, a los 80, a los 90, porque para Mario parar no era una opción que existiera en su vocabulario, el rancho de altar en sus últimos años. Es imposible hablar de la vida de Mario Almada sin volver al rancho, porque el rancho fue siempre la respuesta que Mario tenía para todo lo que el cine no podía darle.
Cuando las filmaciones terminaban, volvía a Sonora. Cuando los conflictos familiares se volvían demasiado densos para resolverse en la Ciudad de México, volvía a Sonora. Cuando la industria cambiaba de manera que él no podía controlar, volvía a Sonora en el rancho de altar. Mario Almada era una versión diferente de sí mismo.
No, el forajido de la pantalla, no el actor de 300 películas, no la leyenda del cine de acción mexicano, era el hijo del ranchero de Caborca, el hombre que sabía el nombre de cada uno de sus caballos y el sonido exacto que hacía cada res cuando estaba enferma, el que se levantaba antes del amanecer para revisar los potreros y que al mediodía podía sentarse a la sombra de un mezquite, quedarse en silencio durante una hora sin que ese silencio le pareciera extraño.
Sus amigos del cine, que lo visitaban en el rancho, describían una experiencia que los dejaba perplejos. El mismo hombre que en la ciudad de México se movía con la velocidad compulsiva de quien lleva décadas filmando 12 películas al año. En el rancho se transformaba en alguien que medía los pasos, que hablaba despacio, que miraba el horizonte con la paciencia de quien sabe que el horizonte no va a ningún lado. Era su lugar en el mundo.
No las alfombras rojas, no los festivales de cine, no los estudios de Televisa, ni las salas de espera de los productores. Rancho de Sonora, las 400 hectáreas de Pastizal, donde el ganado pastaba al ritmo que la naturaleza imponía y donde los caballos sabían quién era el jefe desde la primera vez que Mario entraba al corral.
La muerte de Mario Almada llegó en Cuernavaca, Morelos, el 22 de junio de 2016. Tenía 94 años. murió en paz en la casa que había adquirido años antes en la ciudad preferida por los retirados de la élite mexicana, que buscan el clima templado y la distancia suficiente de la capital para vivir tranquilos. Una casa que contrastaba en escala con el rancho de Sonora, pero que tenía el jardín amplio y el silencio que Mario necesitaba en los últimos años de su vida.
Para Fernando, perder a Mario fue un golpe que el tiempo no amortiguó del todo. Asistió a los homenajes, habló con la prensa con la cortesía de siempre, cumplió con todo lo que se esperaba de él, pero quienes lo conocían percibían el ajuste más profundo que ocurría lejos de los reflectores. Semanas después de la muerte de Mario, Fernando concedió una entrevista de radio que sus cercanos describen como la más honesta que dio en toda su vida.
La voz se le quebró, no de tristeza histriónica, no con las lágrimas calculadas de quien sabe que las cámaras están ahí. Se le quebró de la manera en que se quiebra la voz de un hombre de 90 años que acaba de perder al único compañero que conoció todo lo que él fue. Mi compañero de toda la vida lo llamó y en esas cuatro palabras estaba todo.
La herencia, el tema que Mario Almada nunca discutió públicamente con la claridad que hubiera sido necesaria. El rancho de altar, el patrimonio central de todo lo que Mario construyó, quedó bajo una estructura de herencia que sus cercanos describen como más complicada de lo que debería haber sido la hija, que había tenido esa relación difícil y distante con su padre durante los años de la separación matrimonial y que, sin embargo, siempre fue el centro emocional de la vida de Mario.

Tenía derechos sobre la propiedad que el tiempo y la historia legal habían enredado de maneras que tomaron años en resolverse. Las propiedades en la Ciudad de México y en Cuernavaca eran más fáciles de administrar, inmuebles urbanos con títulos claros y valores de mercado establecidos que los abogados de la familia pudieron distribuir sin las complicaciones que una propiedad ganadera de 400 haáreas en Sonora genera casi por definición.
Pero el rancho era otra historia. Un rancho ganadero en producción activa no es un bien que se divide. Es un organismo que funciona como un todo y que partido en partes deja de ser lo que era. Y Mario, que había aprendido eso de su padre en los corrales de Caborca, nunca dejó instrucciones suficientemente claras sobre cómo quería que se manejara esa transición.
Los detalles del proceso de herencia nunca llegaron a los medios con la claridad que hubiera satisfecho la curiosidad pública. Pero quienes conocen la industria ganadera del norte de Sonora y quienes estuvieron cerca de la familia en los años posteriores, a la muerte de Mario confirman que la administración del rancho generó tensiones que tomaron tiempo en resolverse.
inción es que Mario, si hubiera podido, hubiera resuelto a su manera, montándose en el sonorense, recorriendo las 400 hectáreas en silencio y llegando a la conclusión que llegaba siempre a las cosas importantes, que la Tierra dura más que los argumentos. El legado de Mario Almada en el cine mexicano es al mismo tiempo más y menos de lo que los números sugieren.
300 películas es una cifra que impresiona a cualquiera que la escucha. Pero los colegas y estudiosos del cine mexicano que han analizado su obra con más cuidado señalan algo que va más allá de la cantidad. Las películas de Mario Almada contaban historias de gente que el cine de la época de oro ignoraba sistemáticamente.
Campesinos, jornaleros, habitantes de los pueblos del norte que vivían en los márgenes de la legalidad, no por elección, sino por necesidad, hombres y mujeres para quienes la justicia era un concepto tan abstracto que habían aprendido a administrarla ellos mismos. Esas historias que los críticos de la Ciudad de México desestimaban como entretenimiento de segunda categoría.
Eran para el público del norte de México y de toda América Latina algo muy diferente. Eran reconocimiento. Eran la pantalla finalmente diciéndole a la gente que siempre fue invisible, que su historia también valía la pena contarse. Mario Almada lo entendía y lo hacía con la misma naturalidad con que hacía todo, sin teorizarlo, sin el peso intelectual que los críticos añaden después.
Solo con la convicción del hombre de Sonora que sabe que esas personas existen y que merecen ser vistas. Hoy, en el año 2025, el rancho de altar sigue en pie, administrado por los herederos de Mario Almada, con un ato ganadero que ha mantenido la tradición de charolas y cruzas que Mario estableció décadas atrás, con caballos cuyos árboles genealógicos se remontan a los ejemplares que Mario compraba con el dinero de sus primeras grandes películas.
Las películas de Mario Almada están en plataformas de streaming que él nunca imaginó que existirían cuando filmaba sus primeras escenas en los estudios de la Ciudad de México. La banda del Carro Rojo, El Nido del Águila, Operación Marihuana, La Viuda Negra. Generaciones de espectadores en México, en América Latina y en la comunidad hispana de Estados Unidos que no nacieron cuando Mario filmaba esas películas las descubren hoy con la misma emoción que sus padres y abuelos sintieron en las salas de cine del norte de México y siguen generando royalties,
ingresos que llegan a los herederos de Mario almada de las mismas historias que él contó con la misma herramienta que había aprendido a usar desde los corrales de Caborca. La presencia, esa gravedad natural que hace que cuando alguien entra a un cuarto todos giren a verlo sin saber exactamente por qué. Fernando Almada sobrevivió a su hermano casi 7 años.
Murió el 30 de octubre de 2023. A los 94 años, con la misma edad con que había muerto Mario, en sus últimos años habló de su hermano de una manera que nunca había permitido durante los años de fama compartida, sin la armadura del mito, sin el cuidado de quien todavía tiene una carrera que proteger, habló del hombre real, del Mario que en casa era completamente distinto al Mario de la pantalla.
Amable, decía Fernando, un poco tímido, más cómodo en una noche, tranquila en el rancho que entre las multitudes que lo adoraban en los estrenos de sus películas. El hombre más duro del cine mexicano”, insistía Fernando. Fue en la vida real el hombre más bondadoso y honorable que había conocido. Esa contradicción que para los fans que solo conocían a Mario a través de balas y venganzas resulta casi desconcertante.
Es en realidad la clave de todo. Porque los hombres que de verdad saben lo que es la dureza no necesitan demostrarla. Los hombres que de verdad saben lo que vale la tierra no necesitan presumirla. Los hombres que de verdad aman a su familia no necesitan que la cámara los grabe haciéndolo. Mario Almada lo sabía.
Lo aprendió en los corrales de Caborca cuando tenía 5 años y todavía no sabía que algún día el mundo entero iba a conocer su cara. Mario Almada fue es y seguirá siendo una de las historias más completas y más honestas que el cine mexicano ha producido en su historia. Vino del norte. Vino del polvo y del ganado y de los hombres que se levantan antes del amanecer porque el trabajo no espera.
Construyó una fortuna que nadie le regaló. Compró la tierra que su padre nunca pudo comprar. Crió caballos que valían más de lo que él había ganado en sus primeras 10 películas. Filmó 300 historias de gente invisible y les devolvió la dignidad que el mundo les había quitado. Y al final, cuando los reflectores se apagaron y la industria se transformó en algo que ya no reconocía, volvió a donde siempre supo que era suyo, al rancho, a las 400 hectáreas de Sonora, al silencio de los pastizales al amanecer, a los caballos que sabían quién era el jefe desde el
primer día, el forajido más temido de México también fue el hombre más tierno. Y esa contradicción que Fernando reveló en sus últimas entrevistas, con la libertad de quien ya no tiene nada que perder, sino solo la verdad que decir. Es el mejor epitafio que alguien pudo haberle escrito.
Antes de despedirnos, necesitamos preguntarte algo. ¿Cuál fue el detalle de la vida de Mario Almada que más te sorprendió hoy? Las cifras del rancho de altar, los caballos valuados en 14 millones de pesos cada uno, la historia de la hija que creció lejos y el hermano que cubrió lo que el padre no pudo, o quizás lo que Fernando reveló antes de morir sobre el hombre real detrás del forajido indestructible.
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Nos vemos en el próximo video. Los que de verdad son de tierra nunca desaparecen del todo. Solo vuelven al polvo del que vinieron.