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Asi fue la LUJOSA vida de FERNANDO Y MARIO ALMADA — vida tranquila de los Íconos del cine mexicano

Hoy vas a descubrir cómo vivió Mario Almada, el hombre que filmó más de 300 películas, que construyó una fortuna en silencio mientras Media México lo veía disparar en la pantalla y que detrás de esa imagen de forajido indestructible tenía un rancho en Sonora donde vivió como lo que siempre fue en el fondo.

 Un hombre de campo que amaba la tierra más que los reflectores. Cuánto dinero generó Mario Almada durante 60 años de carrera ininterrumpida. ¿Cómo construyó ese patrimonio de ranchos, propiedades y automóviles que sus cercanos describen con admiración? ¿Qué quedó de esa fortuna cuando murió a los 94 años en Cuernavaca? ¿Y por qué la historia de su dinero es también la historia de una traición familiar que nunca llegó a los titulares, pero que partió en dos la herencia que dejó? Porque Mario Almada no fue solo el forajido más temido del

cine mexicano, fue también uno de los hombres de negocios más astutos y más discretos que el mundo del espectáculo nacional produjo en el siglo XX. Un hombre que aprendió desde niño que la tierra no engaña, que los contratos sí y que hay que proteger lo que uno construye antes de que otros vengan a reclamarlo.

 Acompáñanos en este recorrido por la vida y el patrimonio del actor que más tiempo estuvo frente a una cámara en la historia del cine mexicano. Primero vamos a descubrir cómo un niño de Sonora que creció entre polvo y vacas llegó a convertirse en la figura más prolífica del cine de acción latinoamericano con una carrera que generó ingresos estimados en más de 400 millones de pesos a lo largo de seis décadas.

 Segundo, vamos a entrar a su rancho, porque el rancho de Mario Almada en el norte de Sonora, es una de las propiedades más imponentes que un actor mexicano haya construido jamás con el dinero del cine, con caballos de pura raza valuados en cifras que dejarían sin palabras a más de uno, ganado de exportación y tierras que sus herederos todavía administran hoy.

 Y tercero, vamos a hablar de los conflictos, del matrimonio que se rompió en silencio, de la hija que creció lejos de su padre, de la herencia que no estaba tan clara como debería haber estado y del hermano Fernando, que lo sobrevivió 2 años y que reveló antes de morir cosas sobre Mario que cambian la manera de entender todo lo que uno creía saber sobre los Almada.

Al terminar este video, entenderás por qué Mario Almada fue mucho más que una leyenda del cine de acción. Fue un hombre que construyó y perdió y volvió a construir, que amó y cayó, que disparó 300 veces en pantalla y una sola vez en la vida real se quedó sin palabras. Comencemos.

 Para entender a Mario Almada hay que entender Sonora, no el Sonora de las postales, no. El desierto fotogénico que Oriuod usó como telón de fondo para sus westerns de los años 50. El Sonora real, el de los ranchos ganaderos que operan desde antes del amanecer, el de los jornaleros que conocen el nombre de cada res por el ruido que hace al caminar, el de los hombres que aprenden antes de aprender a leer que la Tierra es lo único que no te abandona si tú no la abandonas.

Mario and Fernando Almada: The Complete History of the Kings of Mexican Action Cinema" - YouTube

 Mario Almada nació en Caborca, Sonora, el 4 de agosto de 1922. Caborca era en esa época un municipio de ganado, de huertas de cítricos y de una historia violenta que el tiempo no había borrado del todo. Era también el tipo de lugar donde los niños crecen rápido porque no hay manera de crecer despacio cuando el trabajo del campo no espera.

Su padre era ranchero, no un gran ascendado, sino el tipo de hombre que tiene suficiente tierra para vivir con dignidad y suficientes deudas para nunca dormirse tranquilo. un hombre que enseñó a sus hijos el valor del trabajo con la misma naturalidad con que les enseñó a montar a caballo.

 No como una lección formal, sino como el idioma cotidiano de la vida. Mario fue el mayor de varios hermanos, entre ellos Fernando, que nacería en 1929 y que décadas después compartiría con él las polvorientas pistas de un cine que todavía no existía cuando los dos eran niños corriendo entre los corrales de Caborca. Desde pequeño Mario tenía una presencia física que llamaba la atención.

 No era el más alto ni el más fuerte del grupo. Era el que cuando entraba a un cuarto hacía que los demás giraran a verlo sin saber exactamente por qué. Una gravedad natural, una manera de ocupar el espacio que los maestros de actuación intentan enseñar durante años y que Mario traía de fábrica desde las tierras de Sonora.

Aprendió a montar antes de aprender a leer. Aprendió a cuidar el ganado antes de aprender a multiplicar. Y aprendió que el rancho no es un lugar donde se vive. Es una manera de entender el mundo. Esas lecciones nunca se fueron, ni cuando llegó la fama, ni cuando llegó el dinero, ni cuando el cine lo llevó tan lejos de Caborca que habría podido olvidar perfectamente de dónde venía.

Pero Mario Almada nunca olvidó y esa memoria fue al final lo que determinó cómo construyó su fortuna y lo que hizo con ella. La llegada de Mario Almada al cine no fue un plan, fue una avalancha. En los años 40, Mario había comenzado a trabajar como extra en algunas producciones de la Ciudad de México. No buscaba ser estrella, buscaba dinero.

 La diferencia entre buscar fama y buscar dinero es una diferencia que define el carácter de un hombre. Y en el caso de Mario Almada, esa diferencia estaba clara desde el primer día que pisó un set de filmación. Era un trabajador, no era un artista que esperaba ser descubierto. Era alguien que se presentaba puntual, hacía lo que le pedían sin protestas, aprendía mirando a los veteranos y preguntaba solo cuando era absolutamente necesario.

 En una industria llena de egos y caprichos y temperamentos de estrella, esa actitud de oficio sólido y cero drama abrió puertas más rápido de lo que él mismo esperaba. A principios de los años 50, Mario Almada ya tenía nombre propio en las producciones de segundo nivel del cine mexicano. Papeles de reparto que se fueron haciendo más grandes con cada película.

 Una reputación de actor confiable que los productores buscaban cuando necesitaban a alguien que llegara al set, se aprendiera el libreto, hiciera las escenas de acción sin quejas y se fuera a casa sin crear problemas. Y entonces llegó su hermano Fernando. Fernando llegó al cine en 1959 con 30 años, una edad a la que muchos actores ya están consolidados o ya se rindieron.

 Pero Fernando traía algo que lo diferenciaba de Mario de una manera que la cámara captaba de inmediato, donde Mario era instintivo y magnético, Fernando era metódico y profundo. Juntos formaban algo que ninguno de los dos era por separado. Y la industria lo supo desde la primera película en que aparecieron juntos. Los años 60 fueron el despegue.

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