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EL SOLITARIO: LA MACABRA VERDAD DETRÁS DE SU MUERTE

Leyenda absoluta de la lucha libre mexicana. Máscara dorada del llanero solitario. Y ese mismo hombre, muerto en una asquerosa mesa de operaciones del hospital con tan solo 39 años de edad, nos contaron que murió. La verdad es que lo mataron. Como mataron a su propio hermano dentro de un ring de lucha libre.

20 días después, otra leyenda de la lucha libre mexicana caía muerta en una carretera del norte y una tercera leyenda terminaba paralítica, en silla de ruedas para el resto de su vida. Te lo adelanto,  no fue casualidad. México lleva ocultando esta historia durante 38 años seguidos  hasta hoy.

Hoy vas a saber la asquerosa verdad de lo que realmente le hicieron en esa mesa de operaciones y por qué le quitó la vida. Aún más oscuro, la oscura verdad  de por qué tres leyendas de la lucha libre nacional cayeron destruidas en menos de un mes y por qué murió su hermano y lo más asqueroso de toda la historia de la lucha libre mexicana.

El documento que México sepultó durante 38 años en un archivo público y que un periodista publicó en diciembre del 2024, destrozando para siempre la versión oficial sobre la muerte del enmascarado de oro. Pero antes, antes de aquella madrugada del 6 de abril del 80 y 6 dentro del hospital de Guadalajara, antes del accidente en la carretera de Nuevo Laredo, que mató a otra leyenda y dejó paralítica a una tercera.

Antes del documento que México sepultó durante 38 años seguidos, hay que retroceder al 22 de mayo del 46, a una casa modesta del pueblo de Yauca, en el estado de Jalisco, donde una mujer humilde de provincia dio a luz al último  de sus siete hijos. El niño que 40 años más tarde iba a convertirse en la tercera leyenda más grande de la historia de la lucha libre mexicana.

Era miércoles 22 de mayo del 46, Yahualica de González Gallo, municipio del estado de Jalisco. Una casa de adobe en el centro del pueblo, sin pavimento en las calles, sin agua corriente en las habitaciones del fondo. Un niño nació esa tarde de primavera en la habitación principal de la casa, asistido por una partera del pueblo.

Lo bautizaron con el nombre de el luchador jaliciense, el último de siete hermanos de una familia de clase trabajadora. Su padre, Francisco González trabajaba la tierra de los alrededores del pueblo durante los días de semana. Su madre, una mujer de carácter fuerte y profundamente religiosa, cuidaba a los siete hijos dentro de la casa modesta del centro de Yahwalláica.

Yawu a mediados de los años 40 era un pueblo polvoroso del altiplano jaliciense situado a casi 3 horas de camino de Guadalajara, sin electricidad  estable, sin médico permanente, con un solo equipo de fútbol amater jugando los domingos al lado de la iglesia principal. El niño Roberto creció dentro de esa casa modesta junto con sus seis hermanos mayores.

Pero entre todos los hermanos González Cruz había uno que iba a marcar profundamente la vida del menor, su hermano mayor, Jesús González Cruz. Lo que le iba a ocurrir a Jesús González Cruz dentro de un cuadrilátero del estado de Jalisco 13 años después marcaría la decisión exacta que llevó al pequeño Roberto a convertirse en una de las leyendas más grandes del fútbol mexicano contemporáneo.

Jesús González Cruz tenía 14 años más que Roberto. Cuando Roberto apenas aprendía a caminar dentro de la casa modesta de Yahwualika, Jesús ya era un adolescente fuerte. alto, con cuerpo trabajado por las labores del campo y profundamente apasionado por el deporte más popular del estado de Jalisco durante los años 40 y 50. La lucha libre profesional.

Jesús empezó a entrenar de manera amateur a los 16 años. Viajaba todos los fines de semana en autobús hasta Guadalajara para entrenar dentro de los gimnasios de la capital jaliciense. Volvía al pueblo los domingos por la tarde, cansado, con moretones en los brazos, y le contaba al pequeño Roberto las historias de los grandes luchadores profesionales del estado.

Y a los 12 años,  Jesús empezó a enseñarle al hermano menor los movimientos básicos de la lucha libre dentro del patio trasero de la casa familiar de Yahwualik. Pero la decisión más importante que Jesús González Cruz tomó durante esos años, según los reportes posteriores, no fue enseñarle al hermano menor los movimientos básicos del cuadrilátero.

Fue convertirse él mismo en luchador profesional. Durante el verano del 57, según los archivos de la lucha libre jaliciense de aquella época, Jesús González Cruz firmó su primer contrato profesional con un promotor local de Guadalajara. Adoptó el nombre de batalla de Oton Bansika, un apodo derivado del alemán Oto Bansica que después se acortaría simplemente a El Sica, dentro del ambiente profesional.

y empezó a luchar todos los fines de semana en arenas pequeñas del interior del estado de Jalisco, llevando consigo una bolsa de viaje con dos máscaras de tela cocidas a mano por su propia madre. Roberto, con 11 años cumplidos, lo despedía cada viernes por la tarde  desde la puerta de la casa de Yahuálica y cada domingo por la noche lo recibía con la misma frase repetida durante dos años seguidos.

Hermano, cuéntame todo lo que pasó hasta una noche específica del 59. Esa noche específica del 59, dentro de una arena de lucha libre del interior del estado de Jalisco, marcó el inicio de la tragedia familiar más oscura que iba a perseguir al pequeño Roberto durante los siguientes 27 años de su vida adulta profesional.

Era un sábado por la noche del año 59. una arena pequeña del interior del estado de Jalisco. Aproximadamente 200 personas dentro del recinto polvoroso. Jesús González Cruz,  el SICA, subió al cuadrilátero esa noche para enfrentar a un luchador rival,  del que la historia oficial no ha conservado el nombre exacto en sus archivos.

Llevaba puesta su máscara de tela cocida a mano por su  madre. Pesaba 82 kg. tenía 27 años de edad recién cumplidos. Lo que ocurrió durante los siguientes 17 minutos de aquella lucha fue una combinación brutal de movimientos profesionales mal ejecutados, una caída desde la tercera cuerda calculada de manera equivocada y un golpe seco contra la base de madera del cuadrilátero que sonó en toda la arena polvorosa del interior del  estado.

Jesús González Cruz cayó sobre la lona de la arena sin moverse. Los espectadores pensaron durante los primeros segundos que era parte del espectáculo. El árbitro contó hasta 10. El rival levantó  los brazos celebrando la victoria y después, durante los siguientes 8 minutos completos, el sica no se movió de la lona del cuadrilátero.

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