Leyenda absoluta de la lucha libre mexicana. Máscara dorada del llanero solitario. Y ese mismo hombre, muerto en una asquerosa mesa de operaciones del hospital con tan solo 39 años de edad, nos contaron que murió. La verdad es que lo mataron. Como mataron a su propio hermano dentro de un ring de lucha libre.
20 días después, otra leyenda de la lucha libre mexicana caía muerta en una carretera del norte y una tercera leyenda terminaba paralítica, en silla de ruedas para el resto de su vida. Te lo adelanto, no fue casualidad. México lleva ocultando esta historia durante 38 años seguidos hasta hoy.
Hoy vas a saber la asquerosa verdad de lo que realmente le hicieron en esa mesa de operaciones y por qué le quitó la vida. Aún más oscuro, la oscura verdad de por qué tres leyendas de la lucha libre nacional cayeron destruidas en menos de un mes y por qué murió su hermano y lo más asqueroso de toda la historia de la lucha libre mexicana.
El documento que México sepultó durante 38 años en un archivo público y que un periodista publicó en diciembre del 2024, destrozando para siempre la versión oficial sobre la muerte del enmascarado de oro. Pero antes, antes de aquella madrugada del 6 de abril del 80 y 6 dentro del hospital de Guadalajara, antes del accidente en la carretera de Nuevo Laredo, que mató a otra leyenda y dejó paralítica a una tercera.
Antes del documento que México sepultó durante 38 años seguidos, hay que retroceder al 22 de mayo del 46, a una casa modesta del pueblo de Yauca, en el estado de Jalisco, donde una mujer humilde de provincia dio a luz al último de sus siete hijos. El niño que 40 años más tarde iba a convertirse en la tercera leyenda más grande de la historia de la lucha libre mexicana.
Era miércoles 22 de mayo del 46, Yahualica de González Gallo, municipio del estado de Jalisco. Una casa de adobe en el centro del pueblo, sin pavimento en las calles, sin agua corriente en las habitaciones del fondo. Un niño nació esa tarde de primavera en la habitación principal de la casa, asistido por una partera del pueblo.
Lo bautizaron con el nombre de el luchador jaliciense, el último de siete hermanos de una familia de clase trabajadora. Su padre, Francisco González trabajaba la tierra de los alrededores del pueblo durante los días de semana. Su madre, una mujer de carácter fuerte y profundamente religiosa, cuidaba a los siete hijos dentro de la casa modesta del centro de Yahwalláica.
Yawu a mediados de los años 40 era un pueblo polvoroso del altiplano jaliciense situado a casi 3 horas de camino de Guadalajara, sin electricidad estable, sin médico permanente, con un solo equipo de fútbol amater jugando los domingos al lado de la iglesia principal. El niño Roberto creció dentro de esa casa modesta junto con sus seis hermanos mayores.
Pero entre todos los hermanos González Cruz había uno que iba a marcar profundamente la vida del menor, su hermano mayor, Jesús González Cruz. Lo que le iba a ocurrir a Jesús González Cruz dentro de un cuadrilátero del estado de Jalisco 13 años después marcaría la decisión exacta que llevó al pequeño Roberto a convertirse en una de las leyendas más grandes del fútbol mexicano contemporáneo.

Jesús González Cruz tenía 14 años más que Roberto. Cuando Roberto apenas aprendía a caminar dentro de la casa modesta de Yahwualika, Jesús ya era un adolescente fuerte. alto, con cuerpo trabajado por las labores del campo y profundamente apasionado por el deporte más popular del estado de Jalisco durante los años 40 y 50. La lucha libre profesional.
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Jesús empezó a entrenar de manera amateur a los 16 años. Viajaba todos los fines de semana en autobús hasta Guadalajara para entrenar dentro de los gimnasios de la capital jaliciense. Volvía al pueblo los domingos por la tarde, cansado, con moretones en los brazos, y le contaba al pequeño Roberto las historias de los grandes luchadores profesionales del estado.
Y a los 12 años, Jesús empezó a enseñarle al hermano menor los movimientos básicos de la lucha libre dentro del patio trasero de la casa familiar de Yahwualik. Pero la decisión más importante que Jesús González Cruz tomó durante esos años, según los reportes posteriores, no fue enseñarle al hermano menor los movimientos básicos del cuadrilátero.
Fue convertirse él mismo en luchador profesional. Durante el verano del 57, según los archivos de la lucha libre jaliciense de aquella época, Jesús González Cruz firmó su primer contrato profesional con un promotor local de Guadalajara. Adoptó el nombre de batalla de Oton Bansika, un apodo derivado del alemán Oto Bansica que después se acortaría simplemente a El Sica, dentro del ambiente profesional.
y empezó a luchar todos los fines de semana en arenas pequeñas del interior del estado de Jalisco, llevando consigo una bolsa de viaje con dos máscaras de tela cocidas a mano por su propia madre. Roberto, con 11 años cumplidos, lo despedía cada viernes por la tarde desde la puerta de la casa de Yahuálica y cada domingo por la noche lo recibía con la misma frase repetida durante dos años seguidos.
Hermano, cuéntame todo lo que pasó hasta una noche específica del 59. Esa noche específica del 59, dentro de una arena de lucha libre del interior del estado de Jalisco, marcó el inicio de la tragedia familiar más oscura que iba a perseguir al pequeño Roberto durante los siguientes 27 años de su vida adulta profesional.
Era un sábado por la noche del año 59. una arena pequeña del interior del estado de Jalisco. Aproximadamente 200 personas dentro del recinto polvoroso. Jesús González Cruz, el SICA, subió al cuadrilátero esa noche para enfrentar a un luchador rival, del que la historia oficial no ha conservado el nombre exacto en sus archivos.
Llevaba puesta su máscara de tela cocida a mano por su madre. Pesaba 82 kg. tenía 27 años de edad recién cumplidos. Lo que ocurrió durante los siguientes 17 minutos de aquella lucha fue una combinación brutal de movimientos profesionales mal ejecutados, una caída desde la tercera cuerda calculada de manera equivocada y un golpe seco contra la base de madera del cuadrilátero que sonó en toda la arena polvorosa del interior del estado.
Jesús González Cruz cayó sobre la lona de la arena sin moverse. Los espectadores pensaron durante los primeros segundos que era parte del espectáculo. El árbitro contó hasta 10. El rival levantó los brazos celebrando la victoria y después, durante los siguientes 8 minutos completos, el sica no se movió de la lona del cuadrilátero.
La sangre empezó a salir lentamente desde la boca de su máscara de tela. Los promotores subieron al ring, lo cargaron en brazos, lo llevaron a la parte trasera del recinto, llamaron a un médico que tardó más de 40 minutos en llegar desde la cabecera municipal más cercana. Jesús González Cruz, el SICA, falleció esa misma noche dentro del consultorio improvisado de la Arena Polosa del interior del estado de Jalisco, a los 27 años de edad, sin haber recuperado nunca la conciencia. Tres
días después, según los reportes que han ido apareciendo, el cuerpo del hermano mayor fue trasladado de regreso al pueblo de Yahwálica y enterrado en el cementerio municipal junto a la tumba del abuelo paterno. El pequeño, el muchacho, con 13 años recién cumplidos asistió al funeral parado al lado de su madre y durante los siguientes 6 meses, el menor de los González Cruz no volvió a hablar dentro de la casa modesta de Yahwálica.
se sentaba durante las tardes en el patio trasero sobre la banca de madera donde su hermano mayor le había enseñado los movimientos básicos de la lucha libre profesional. Miraba el cielo durante horas seguidas, lloraba en silencio y una tarde específica del verano del 60, según se supo después, el muchacho de 14 años se acercó a su madre dentro de la cocina de la casa modesta del centro de Yahwálica y le pronunció una sola frase que su madre escucharía durante los siguientes 27 años seguidos. Mamá, voy a ser luchador
profesional y voy a hacerlo en honor a mi hermano Jesús. Esa decisión del muchacho de 14 años pronunciada dentro de la cocina de la casa modesta de Yahwualika marcó el inicio del camino que iba a llevar al menor de los González Cruz hasta el salón de la fama del American Wrestling Observer. Los padres de Roberto desaprobaron desde el primer momento la decisión del menor de la familia.
Habían enterrado a un hijo dentro del cementerio de Yaoalik apenas un año antes. No estaban dispuestos a enterrar a otro. La madre lloró durante semanas seguidas dentro de la cocina de la Casa Modesta. El padre Francisco se negó a hablar del tema durante las cenas familiares. Los hermanos mayores intentaron convencer al muchacho de 14 años de que la lucha libre profesional no era para él, que el cuerpo del menor era demasiado pequeño para resistir los golpes profesionales del cuadrilátero, que el destino de Jesús podía repetirse
en cualquiera de las arenas del interior del país. Roberto no escuchó a ninguno. Durante el otoño del 61, el muchacho de 15 años empezó a entrenar en secreto dentro del gimnasio de un veterano luchador jaliciense llamado Joe el hermoso, que tenía un pequeño espacio de entrenamiento detrás del mercado municipal de Guadalajara.
Viajaba todos los sábados por la mañana desde Yahwálica hasta la capital jaliciense en un autobús destartalado que tardaba 3 horas en llegar. entrenaba durante seis horas seguidas con Joe el hermoso. Volvía al pueblo el sábado por la noche, agotado, con los músculos doloridos, y se acostaba sin cenar dentro de la habitación que había compartido durante años con su hermano mayor Jesús.
Y a principios del 62, según los archivos del entrenamiento profesional jaliciense, Joe el hermoso le dijo al muchacho de 15 años una frase que iba a cambiar el rumbo completo de su carrera profesional. Roberto, para ser luchador en serio tienes que irte a Tijuana. Aquí en Guadalajara no vas a llegar muy lejos.
Tres semanas después, según los reportes que han ido apareciendo, el menor de los González Cruz tomó una decisión que destrozó definitivamente la relación con sus padres dentro del pueblo de Yahwualica. Abandonó la casa familiar sin avisar. Cruzó solo el país en autobús durante 4 días seguidos y llegó a Tijuana, Baja California, el 12 de febrero del 62, cargando una sola maleta de cartón con dos camisetas dobladas, un par de zapatos viejos y una fotografía descolorida de su hermano mayor Jesús con la máscara de Otón Bancica
puesta sobre el rostro. El muchacho tenía 15 años recién cumplidos y empezaría profesionalmente 2 años más tarde bajo el nombre de batalla del Sica 2 en honor directo al hermano mayor enterrado dentro del cementerio del pueblo de Yahualica. Pero el nombre de El SICA 2, según los registros del fútbol mexicano, duró solamente 4 años seguidos dentro del cuadrilátero profesional, porque en 1966 dentro de una arena pequeña del estado de Jalisco, el joven luchador de 20 años de edad iba a tomar una decisión
profesional que lo convertiría durante los siguientes 20 años en el luchador enmascarado más importante de la historia moderna de México. Entre el 62 y el 66. Según los registros documentados del fútbol mexicano profesional, Roberto González Cruz luchó dentro de arenas pequeñas del norte del país y de la zona centro bajo distintos nombres de batalla que la historia oficial ha conservado con dificultad.
Primero fue el SIC 2 en honor directo al hermano mayor enterrado dentro del cementerio de Yahwualica. Después adoptó, sin permiso oficial de los promotores nacionales, el nombre de el hijo del santo, aprovechando que el legendario enmascarado de plata vivía durante esos años una etapa de máxima popularidad nacional.
Y poco tiempo después, también sin permiso oficial, adoptó el nombre de El hijo de Blue Demon, aprovechando la rivalidad histórica entre el Santo y el otro gran enmascarado del cuadrilátero mexicano. Ninguno de esos dos nombres falsos duró más de 6 meses seguidos, porque los promotores nacionales del fútbol mexicano descubrieron rápidamente que el joven luchador jaliciense no tenía relación familiar alguna con ninguno de los dos enmascarados legendarios.
Lo amenazaron con expulsarlo definitivamente del circuito profesional. le exigieron que adoptara un nombre original. Y a principios de 1966, según la historia oficial del cuadrilátero, Roberto González Cruz se sentó dentro del vestidor de una arena pequeña del estado de Jalisco junto con su entrenador Joe el hermoso y empezó a buscar un hombre de batalla nuevo que no pudiera ser disputado por ningún otro luchador del país.
La inspiración llegó durante una noche específica del invierno del 66. Roberto González Cruz vio en la televisión de blanco y negro del vestidor un episodio repetido del programa norteamericano El Llanero solitario, con un cowboy enmascarado montado sobre un caballo blanco y un antifaz negro cubriendo los ojos. Y al día siguiente por la mañana, Roberto González Cruz le pronunció a su entrenador una frase que iba a cambiar definitivamente el rumbo completo de la lucha libre mexicana contemporánea.
Joe, mi nombre va a ser el solitario, como el del cowboy de la televisión norteamericana, pero la máscara va a ser dorada como el oro de los anillos que mi mamá nunca pudo comprar. Dos meses después, según los registros del fútbol mexicano, Roberto González Cruz subió al cuadrilátero de la Arena Coliseo de Guadalajara con una máscara dorada cocida a mano, un antifaz negro cubriéndole los ojos al estilo del llanero solitario norteamericano y un par de mallas doradas que reflejaban la luz de los reflectores de la arena
durante cada uno de sus movimientos profesionales. Y empezó esa misma noche la carrera profesional más exitosa de toda la historia moderna de la lucha libre mexicana, después de la del Santo y la del Blue Demon. Durante los siguientes 19 años seguidos, según la historia oficial del cuadrilátero, el solitario iba a ganar campeonatos nacionales, internacionales, máscaras de rivales históricos, cabelleras de luchadores legendarios y todos los reconocimientos profesionales que la lucha libre mexicana podía ofrecerle a
un solo deportista durante una sola generación. hasta una tarde específica del primero de diciembre del 85 dentro de la plaza de toros monumental de la ciudad de Monterrey, cuando el muchacho de Yahwualica iba a protagonizar la victoria más importante de toda su carrera adulta profesional. una victoria que 4 meses después, sin que él mismo lo previera, lo llevaría directamente hacia la mesa de operaciones del hospital de Guadalajara, donde iba a morir asesinado por la asquerosa traición de los médicos que tenían su vida en sus
manos. Era domingo primero de diciembre del 85, plaza de toros monumental de Monterrey, Nuevo León. 42,000 personas dentro del recinto. Combate estelar de máscara contra máscara entre el solitario y el Dr. Wagner, dos de los luchadores enmascarados más importantes de la lucha libre mexicana de los últimos 20 años seguidos.
Manuel González Rivera, el hombre detrás de la máscara del Dr. Wagner, era originario de Coahuila. Tenía 49 años de edad esa noche y había pasado las últimas tres décadas profesionales acumulando rivalidades dentro del cuadrilátero mexicano. Roberto González Cruz, el hombre detrás de la máscara del solitario, tenía 39 años recién cumplidos.
Había pasado las últimas dos décadas profesionales acumulando títulos nacionales e internacionales y entraba a la plaza de toros monumental de Monterrey con un récord de 27 máscaras conquistadas a luchadores profesionales del país. La pelea duró 52 minutos seguidos. Durante los primeros 37 minutos, el Dr. Wagner dominó técnicamente la lucha.
Llaves clásicas, movimientos calculados. velocidad superior dentro del cuadrilátero. Pero a partir del minuto 38, según los archivos del fútbol mexicano profesional, el solitario empezó a remontar el combate con un patrón de ataques que el Dr. Wagner no logró anticipar dentro del cuadrilátero de la plaza de toros monumental.
A los 51 minutos, el solitario aplicó una llave de tornillo invertido sobre el cuello del Dr. Wagner. A los 52 minutos exactos, el árbitro contó hasta tres sobre la lona del cuadrilátero y el Dr. Wagner se quitó la máscara dentro del cuadrilátero de la plaza de toros Monumental frente a 42,000 espectadores, revelando por primera vez en 30 años de carrera profesional el rostro real de Manuel González Rivera, originario de Coahuila, 49 años de edad.
padre de dos hijos varones que iban a continuar la tradición familiar de la lucha libre durante las décadas siguientes. Antes de bajar del cuadrilátero esa noche, el Dr. Wagner se acercó al solitario, le extendió la mano abierta y le pronunció una sola frase que los cronistas presentes anotaron en sus libretas de trabajo.
Me ganaste por velocidad, hermano, pero hombre a hombre no me ganas. El luchador jaliciense salió de la plaza de toros Monumental esa noche del primero de diciembre del 85 como el luchador más importante del momento. Faltaban exactamente 4 meses y 5 días para su propia muerte. Lo que ocurrió durante esos 127 días entre el desenmascare del doctor Wagner y la madrugada del 6 de abril del 86 dentro del hospital marcó el inicio exacto del proceso por el cual la leyenda del enmascarado de oro iba a terminar muerta sobre una mesa de
operaciones por culpa de la asquerosa traición de los médicos que tenían su vida en sus manos. Era un viernes por la noche del 4 de abril del 86, Arena de la zona centro del estado de Jalisco. Combate profesional entre el solitario y el luchador mexicano conocido como Fishman, originario de Veracruz.
Una de las máximas figuras del estilo rudo del cuadrilátero mexicano de los últimos 15 años seguidos. El solitario llevaba 6 meses arrastrando lesiones acumuladas dentro del cuadrilátero profesional. Una rodilla derecha lastimada desde el combate del 10 de enero contra Pirata Morgan.
Una contusión persistente en la zona lumbar desde el encuentro del 14 de febrero contra Aníbal. infecciones gastrointestinales recurrentes que los médicos del fútbol profesional habían tratado durante los meses anteriores con antibióticos genéricos que no habían resuelto el problema de fondo. Esa noche del 4 de abril, durante el minuto 23 del combate contra Fishman, el solitario recibió una patada lateral en la zona abdominal derecha que lo derribó sobre la lona del cuadrilátero.
Se levantó 3 segundos después. Continuó la lucha durante 7 minutos seguidos. Pero a las 11:20 de la noche, dentro del vestidor de la arena, Roberto González Cruz se quejó de un dolor abdominal severo que no había sentido nunca antes durante toda su carrera profesional. El dolor irradiaba desde el lado derecho del estómago hacia la espalda baja.
La piel del muchacho de Yahwálica estaba pálida, fría, sudorosa. Dos compañeros del cuadrilátero lo llevaron de urgencia hasta el hospital civil de Guadalajara. esa misma noche del 4 de abril y a las 2:10 de la mañana del sábado 5 de abril del 86, según los reportes médicos que han salido a la luz durante los últimos años, ocurrió la asquerosa traición que iba a terminar matando al enmascarado de oro sobre una mesa de operaciones del hospital de Guadalajara durante las siguientes 28 horas seguidas. Los médicos de guardia
del hospital civil de Guadalajara esa madrugada del 5 de abril diagnosticaron al solitario erróneamente con un cuadro de gastritis aguda complicada por infección bacteriana. Le administraron antibióticos por vía intravenosa. Le recetaron analgésicos genéricos para controlar el dolor abdominal.
le ordenaron reposo absoluto dentro del cuarto de hospitalización del segundo piso del recinto y se equivocaron por completo en el diagnóstico inicial del paciente. Lo que Roberto González Cruz tenía dentro del abdomen durante esas horas críticas, según los reportes médicos posteriores documentados durante los meses siguientes a su muerte, era una hemorragia interna severa provocada por la patada lateral recibida durante el combate contra Fishman, complicada con una infección pulmonar bilateral que se había estado
desarrollando silenciosamente durante las semanas anteriores al ingreso hospitalario. Los médicos no detectaron la hemorragia interna durante las primeras 8 horas del ingreso. Los médicos no ordenaron radiografías abdominales hasta las 11 de la mañana del 5 de abril. Los médicos no convocaron al cirujano de turno hasta las 5:30 de la tarde del 5 de abril, cuando el dolor abdominal del paciente ya era insoportable y la presión arterial había caído por debajo de los niveles considerados estables por
la propia institución médica. Y a las 11:40 de la noche del sábado 5 de abril, cuando los médicos finalmente entendieron la magnitud real del problema dentro del abdomen del paciente, ordenaron una cirugía de emergencia que debió haberse realizado 18 horas antes durante el ingreso inicial del solitario al Hospital Civil de Guadalajara.
La operación comenzó a las 12:20 de la madrugada del 6 de abril del 86 y a las 4 de la madrugada del 6 de abril, según los registros oficiales del Hospital Civil de Guadalajara documentados durante las semanas posteriores al fallecimiento. Roberto González Cruz, el enmascarado de oro, el solitario.
La tercera leyenda más grande de la historia de la lucha libre mexicana contemporánea sufrió un paro cardiorrespiratorio sobre la mesa de operaciones del segundo piso del hospital durante el procedimiento quirúrgico de emergencia y falleció a los 39 años de edad sin haber recuperado nunca la conciencia. Los médicos lo habían dejado morir.
El silencio de la familia González Cruz, el dolor de la madre que había enterrado ya dos hijos dentro del cementerio del pueblo, la amistad histórica del solitario con Ángel Blanco y el Dr. Wagner, el pacto macabro que los tres luchadores enmascarados habían firmado en secreto años antes. y la revelación del segundo hiper gancho, la asquerosa verdad de por qué tres leyendas de la lucha libre mexicana cayeron destruidas en menos de un mes seguido.
La hora exacta del fallecimiento, según los registros oficiales del Hospital Civil de Guadalajara, fue las 4 de la madrugada del domingo 6 de abril del 86. Pero lo que ocurrió durante las 72 horas siguientes dentro del pueblo de Yahwallika, en el funeral del Enmascarado de Oro, marcó el inicio del proceso más oscuro de toda la historia de la lucha libre mexicana contemporánea.
Las 7:40 de la mañana del domingo 6 de abril, la noticia de la muerte del solitario llegó a Yauca a través de una llamada telefónica del Hospital Civil de Guadalajara, dirigida a la casa modesta de los padres González Cruz. La madre del solitario, una mujer de carácter fuerte y profundamente religiosa, recibió la llamada dentro de la cocina de la casa familiar.
Era la segunda vez que recibía una llamada como esa. La primera había sido el sábado por la noche del año 59, cuando los promotores de una arena pequeña del interior del estado de Jalisco habían informado a la familia González Cruz que el hermano mayor Jesús, el SICA, acababa de fallecer dentro del consultorio improvisado del recinto profesional.
27 años después, la madre del solitario escuchó la voz del médico de turno del Hospital Civil de Guadalajara. Pronunció una sola palabra durante la llamada telefónica y colgó el teléfono dentro de la cocina de la Casa Modesta. La palabra fue no. Y después, según los reportes posteriores, durante las siguientes 11 horas seguidas, la madre del solitario no volvió a pronunciar una sola palabra dentro de la casa familiar de Yahwualá.
El cuerpo del enmascarado de oro llegó al pueblo el lunes 7 de abril a las 4:30 de la tarde en una caravana funeraria que cruzó el estado de Jalisco desde la capital Guadalajara hasta el cementerio del Altiplano, donde 16 años antes habían enterrado al hermano mayor Jesús González Cruz. El funeral se celebró el martes 8 de abril dentro de la iglesia principal del pueblo.
Asistieron, según los registros del fútbol mexicano, las máximas figuras de la lucha libre nacional de aquellos años. El santo, el enmascarado de plata llegó desde Ciudad de México con su máscara puesta sobre el rostro. Blue Demon viajó desde Monterrey vestido completamente de negro. Kanek llegó desde la zona sureste del país.
1 máscaras estuvo presente durante toda la ceremonia religiosa y el Dr. Wagner, que había perdido su máscara 4 meses antes contra el propio solitario dentro de la plaza de toros monumental, viajó desde Coahuila para acompañar a la familia González Cruz durante el sepelio.
Pero entre las figuras presentes esa tarde dentro de la iglesia de Yahwualica había una específica que iba a marcar profundamente los siguientes 20 días de la historia de la lucha libre mexicana contemporánea. Su nombre era José Ángel Vargas Sánchez. José Ángel Vargas Sánchez, originario del pueblo de Atoyac, en el mismo estado de Jalisco, donde había nacido el solitario 40 años antes, llegó al funeral del enmascarado de oro, vestido completamente de blanco.
Y lo que él mismo le confesó a su esposa María Luisa durante los siguientes 14 días dentro de la casa familiar del puerto de Mazatlán marcó el inicio del proceso macabro, más perturbador que ningún cronista deportivo mexicano se atrevió a documentar a fondo durante los siguientes 38 años seguidos. José Ángel Vargas Sánchez tenía 47 años de edad esa tarde del funeral de Yahualica.
Durante los últimos 26 años seguidos, según la historia oficial del cuadrilátero, había construido una de las carreras enmascaradas más exitosas de toda la historia moderna de la lucha libre nacional bajo el nombre de batalla de ángel blanco. Máscara blanca con detalles plateados, mallas blancas con franjas doradas, capa blanca larga que arrastraba sobre la lona del cuadrilátero durante cada entrada profesional. Junto con el Dr.
Wagner, Ángel Blanco había formado durante los años 70 una de las parejas más temidas de la lucha libre mexicana profesional, conocida dentro del fútbol nacional como la ola blanca. Habían ganado 14 campeonatos en pareja durante esa década. Habían viajado a Japón cinco veces en gira profesional. Habían acumulado rivalidades históricas con todas las máximas figuras del cuadrilátero mexicano de aquellos años.
Y dentro de esas rivalidades, según los registros del fútbol mexicano, había una específica que había marcado profundamente los siguientes 14 años de la carrera profesional del propio Ángel Blanco. La rivalidad con el solitario, 14 años antes del funeral en Yahwualica, según los registros oficiales de la lucha libre mexicana durante una noche específica del verano del 72 dentro de la Arena Coliseo de la Ciudad de México.
El solitario había vencido a Ángel Blanco en un combate de máscara contra máscara que había marcado la consolidación profesional del enmascarado de oro dentro del cuadrilátero nacional. Ángel Blanco se había quitado la máscara dentro del cuadrilátero esa noche del 72. Había revelado su rostro frente a 12,000 espectadores de la Arena Coliseo.
Había pronunciado su nombre completo dentro del recinto profesional por primera vez en 12 años de carrera enmascarada. Y desde aquella noche del 72, José Ángel Vargas Sánchez había mantenido con Roberto González Cruz una de las relaciones más complejas que se habían conocido dentro del fútbol mexicano profesional contemporáneo.
rivales eternos dentro del cuadrilátero profesional, amigos cercanos fuera del cuadrilátero profesional, compañeros de viaje durante las giras internacionales del país y socios secretos de un pacto específico que los dos enmascarados habían firmado dentro de un hotel del puerto de Acapulco durante una madrugada del invierno del 79.
Ese pacto firmado durante una madrugada del invierno del 79 dentro de un hotel del puerto de Acapulco marcó el inicio del proceso macabro más perturbador que iba a destruir a tres leyendas de la lucha libre mexicana en menos de 20 días seguidos durante el mes de abril del 86. A las 10:40 de la mañana del miércoles 9 de abril del 86, Ángel Blanco abandonó el pueblo de Yaualica cargando una maleta de viaje pequeña y una fotografía descolorida del propio solitario tomada durante la gira profesional al estado de Japón del 77.
Viajó en automóvil hasta la capital jaliciense. Esa misma tarde. Tomó un autobús nocturno desde Guadalajara hasta el puerto de Mazatlán, en el estado de Sinaloa, donde vivía con su esposa María Luisa Hernández y su hijo mayor José Ángel Vargas Junior, que llevaba ya 4 años entrenando dentro del cuadrilátero profesional bajo el nombre de batalla de Ángel Blanco Junior.
Llegó al puerto de Mazatlán el jueves 10 de abril a las 6:20 de la mañana y durante los siguientes 14 días seguidos, Ángel Blanco habló muy poco dentro de la casa familiar del puerto de Mazatlán. Comía sin hambre, dormía sin descanso y todas las noches se sentaba dentro del jardín trasero de la casa familiar a fumar cigarrillos durante horas seguidas, mirando el cielo oscuro del puerto sinaloense sin pronunciar una sola palabra.
hasta una madrugada específica del lunes 14 de abril del 86. Esa madrugada específica del lunes 14 de abril del 86, dentro del dormitorio principal de la casa familiar de Mazatlán, marcó el inicio del proceso paranormal más perturbador que ningún cronista deportivo del país se había atrevido a documentar a fondo durante los siguientes 38 años seguidos.
Eran las 3:20 de la madrugada del lunes 14 de abril. Dormitorio principal de la casa familiar de Ángel Blanco, en el puerto de Mazatlán, Sinaloa. María Luisa Hernández dormía dentro del lecho matrimonial al lado de su esposo. A las 3:22 de la madrugada, según el testimonio documentado de la propia María Luisa, José Ángel Vargas se sentó sobre el hecho matrimonial pronunciando una sola frase que despertó a la esposa de inmediato. Roberto está aquí.
María Luisa Hernández encendió la lámpara de la mesa de noche dentro del dormitorio principal. Buscó dentro del cuarto con la mirada. No vio a nadie. le pidió a su esposo que se calmara, que volviera a recostarse sobre la cama, que había sido un sueño dentro de la madrugada del puerto sinaloense. Pero José Ángel Vargas, según el testimonio documentado de la propia esposa décadas después, le respondió esa madrugada del 14 de abril con una frase que María Luisa repetiría durante los siguientes 37 años seguidos dentro del
entorno familiar. María Luisa, el solitario está parado a la cabecera de la cama. Lo veo igual que como lo veíamos dentro del cuadrilátero con su máscara dorada y su antifaz negro. Me está hablando. Está cumpliendo el pacto que firmamos en Acapulco durante el 79. María Luisa Hernández, según el testimonio documentado, no le creyó esa madrugada a su esposo.
Pensó que era el cansancio acumulado durante los días del funeral en Yahwualica. Pensó que era el dolor de haber perdido a un compañero de profesión durante los últimos 14 años seguidos. Pensó que era el efecto del alcohol que el propio Vargas había estado consumiendo dentro del jardín trasero de la casa durante las noches anteriores al regreso desde el pueblo del altiplano jaliciense.
Le pidió que se acostara nuevamente sobre la cama matrimonial. apagó la luz de la lámpara de la mesa de noche y durante los siguientes 12 días seguidos, María Luisa Hernández y José Ángel Vargas no volvieron a hablar de aquella madrugada del 14 de abril del 86 dentro de la casa familiar del puerto de Mazatlán.
Pero el sábado 26 de abril, según la historia oficial del cuadrilátero, ocurriría algo dentro de una carretera del norte del país que iba a destruir definitivamente la última esperanza de María Luisa Hernández, de no creer en aquella aparición nocturna del enmascarado de oro junto a la cabecera del lecho matrimonial. Lo que ocurrió esa tarde del sábado 26 de abril del 86 dentro de una carretera del estado de Nuevo León.
Según los reportes que han ido apareciendo, marcó el cumplimiento exacto del pacto macabro que dos enmascarados habían firmado dentro de un hotel del puerto de Acapulco 7 años antes y destruyó a tres leyendas de la lucha libre mexicana contemporánea en menos de 20 días seguidos.
Era domingo 27 de abril del 86, carretera federal 45, tramo entre Nuevo Laredo y Monterrey, km 121. Aproximadamente las 7:30 de la tarde, hora del centro de México, un Ford Grand Marquis modelo 84, color blanco, placas RNM 620, viajaba a alta velocidad sobre la carretera del norte del país, cargando dentro del vehículo a cinco luchadores profesionales mexicanos que regresaban a la ciudad de Monterrey después de cumplir un compromiso laboral dentro de la arena principal del puerto fronterizo de nuevo Laredo, en el estado
de Tamaulipas. Al volante del automóvil iba el Dr. Wagner. A su lado, sobre el asiento del copiloto, viajaba José Ángel Vargas Sánchez, Ángel Blanco, que regresaba al norte del país después de pasar los últimos 20 días dentro de la casa familiar del puerto de Mazatlán, junto a su esposa María Luisa.
Sobre el asiento trasero del Ford Grand Marquis viajaban otros tres luchadores profesionales: Mano Negra, Jungla Negra y Solar 1, originario del estado de Yucatán, que llevaba puesto un chaleco delgado sobre el torso desnudo porque hacía calor dentro del vehículo durante el regreso por la carretera del norte mexicano.
A las 7:32 de la tarde, los cinco luchadores hablaban dentro del automóvil sobre la muerte reciente del solitario en el hospital de Guadalajara 21 días antes, a las 7:33 de la tarde, según los reportes posteriores, la llanta trasera derecha del Fort Grand Marquez explotó con un sonido seco que Solar 1 escuchó claramente desde el asiento trasero del vehículo.
A las 7:34 de la tarde, el Dr. Wagner intentó controlar el volante del automóvil dentro de la carretera del norte mexicano. El vehículo invadió el carril contrario. Por poco se impactó contra un tráiler de carga que viajaba en dirección opuesta sobre la carretera federal. El Dr. Wagner giró el volante hacia la derecha intentando evitar la colisión frontal.
Y a las 7:35 de la tarde del domingo 27 de abril del 86, el Ford Grand Marquis, modelo 84 placas RNM 620, volcó violentamente sobre el lateral derecho del kilómetro 121 de la carretera Nuevo Laredo a Monterrey, entre las poblaciones de Vallecillo y Sabinas Hidalgo, dando seis vueltas completas sobre el pavimento de la carretera del norte del país, antes de detenerse contra un poste de luz lateral con las cuatro llantas apuntando hacia el cielo.
José Ángel Vargas Sánchez, Ángel Blanco, murió en el impacto inicial del primer giro del vehículo sobre la carretera del norte del país a los 47 años de edad, cumpliendo exactamente la primera parte del pacto macabro que había firmado con Roberto González Cruz dentro de un hotel del puerto de Acapulco durante el invierno del 79. El Dr.
Wagner Manuel González Rivera sobrevivió al accidente con una fractura severa de la columna vertebral que requirió cirugía de emergencia dentro del Hospital Universitario de Monterrey. Durante las siguientes 11 horas seguidas, los cirujanos le colocaron alambres de acero quirúrgico dentro de la zona lumbar para estabilizar la fractura múltiple de las vértebras dorsales.
Los médicos le informaron tres días después dentro de la sala de recuperación del hospital que nunca volvería a caminar normalmente y que su carrera profesional dentro del cuadrilátero mexicano había terminado definitivamente esa tarde del 27 de abril sobre la carretera del norte del país, Mano Negra, Jungla Negra y Solar 1. Un.
Los tres pasajeros del asiento trasero del Ford Grand Marquez sobrevivieron al accidente con heridas menores que les permitieron regresar al cuadrilátero profesional durante los meses siguientes al impacto. Pero la lucha libre mexicana contemporánea dentro de las primeras 21 días del mes de abril del 86 había perdido a tres de las cuatro leyendas enmascaradas más importantes de toda su historia moderna.
Roberto González Cruz, el solitario. Muerto sobre una mesa de operaciones del Hospital Civil de Guadalajara el 6 de abril. José Ángel Vargas Sánchez, Ángel Blanco, muerto en el impacto inicial del accidente sobre la carretera Nuevo Laredo a Monterrey el 27 de abril. ymanuel González Rivera. El Dr. Wagner, paralítico de por vida sobre una silla de ruedas dentro del Hospital Universitario de Monterrey durante el mismo 27 de abril del 86.
Tres leyendas destruidas en 21 días seguidos. María Luisa Hernández recibió la noticia del fallecimiento de su esposo a las 11:20 de la noche del 27 de abril dentro de la casa familiar del puerto de Mazatlán. Y según el testimonio documentado de la propia esposa décadas más tarde, durante los siguientes 38 años seguidos dentro del entorno familiar, María Luisa Hernández no volvió a discutirle a su esposo aquella madrugada del 14 de abril del 86, cuando José Ángel Vargas Sánchez le había dicho dentro del dormitorio
principal del puerto sinaloense que el solitario estaba parado a la cabecera de la cama, cumpliendo el pacto macabro firmado en Acapulco, 7 años antes, blanco en Mazatlán, el silencio de la familia Vargas, la silla, de ruedas del Dr. Wagner durante las décadas siguientes, el encubrimiento de la verdadera causa de muerte del solitario por parte del hospital civil de Guadalajara.
los 38 años de silencio oficial sobre lo que realmente había ocurrido dentro de la sala de operaciones del segundo piso del recinto médico y la revelación del tercer hipergancho, el documento del registro civil del estado de Jalisco que el periodista de seguridad, Antonio Nieto, publicó en redes sociales el 11 de diciembre del 2024, destrozando para siempre la versión oficial sobre la muerte del enmascarado de oro.
Pero el accidente de la carretera federal 45 del 27 de abril del 86 fue apenas el principio del proceso oscuro, más perturbador que ningún cronista deportivo mexicano se atrevió a documentar a fondo durante los siguientes 38 años seguidos. El funeral de José Ángel Vargas Sánchez se celebró el martes 29 de abril del 86 dentro de la parroquia principal del puerto de Mazatlán en el estado de Sinaloa.
María Luisa Hernández, viuda del ángel blanco, asistió al funeral vestida completamente de negro con un velo cubriendo el rostro y los hombros, sostenida por sus dos hijos varones durante toda la ceremonia religiosa. El Dr. Wagner, recién operado de la columna vertebral dentro del Hospital Universitario de Monterrey, intentó asistir al funeral.
Los médicos del recinto regio montano se lo prohibieron de manera atajante. Le explicaron que cualquier movimiento brusco durante los primeros 14 días posteriores a la cirugía podía provocar un desplazamiento de los alambres de acero quirúrgico colocados dentro de la zona lumbar, Mano Negra, Jungla Negra y Solar Uno.
Los tres luchadores que habían sobrevivido al accidente sobre la carretera del norte del país viajaron juntos hasta el puerto sinaloense para acompañar a la familia Vargas durante el sepelio del compañero caído. Ninguno de los tres pronunció una sola declaración pública sobre las circunstancias exactas de la volcadura del Ford Grand Marquis.
24 horas antes, sobre el kilómetro 121 de la carretera federal del norte mexicano. Y después del funeral del 29 de abril, María Luisa Hernández cerró las cortinas del dormitorio principal de la casa familiar de Mazatlán durante los siguientes 14 años seguidos. Pero mientras la viuda de Ángel Blanco cerraba las cortinas de la casa familiar del puerto sinaloense durante el verano del 86, dentro del Hospital Universitario de Monterrey ocurría el proceso médico más doloroso que un luchador profesional mexicano
había vivido durante toda la historia moderna del fútbol nacional. Manuel González Rivera. El Dr. Wagner pasó los siguientes 182 días seguidos dentro del Hospital Universitario de Monterrey. Durante el segundo semestre del 86. Los médicos le practicaron cuatro cirugías de reconstrucción de la columna vertebral.
Le colocaron, según los reportes médicos documentados del recinto regio montano, un total de 14 alambres de acero quirúrgico dentro de la zona lumbar y dorsal de la espalda. Le informaron durante una consulta específica del mes de octubre del 86 que la fractura múltiple de las vértebras lumbares era permanente y que las posibilidades reales de volver a caminar de manera normal estaban por debajo del 5% durante los siguientes 10 años.
El Dr. Wagner abandonó el Hospital Universitario de Monterrey sobre una silla de ruedas el 12 de noviembre del 86. 8 meses después de haber subido al Fort Grand Marquis junto a Ángel Blanco para regresar desde la Arena de Nuevo Laredo a la ciudad regio Montana. Y durante los siguientes 18 años seguidos, según los registros del fútbol mexicano, Manuel González Rivera vivió dentro de una casa modesta del estado de Coahuila, lejos de los reflectores del cuadrilátero, sin haber vuelto a luchar profesionalmente dentro de una sola
arena del país hasta el 12 de septiembre del 2004, cuando falleció a los 68 años de edad dentro de un hospital de Coahuila, sin haber recuperado nunca el movimiento normal de las piernas, dejando como herencia profesional a sus dos hijos varones, el Dr. Wagner Junior y Silver King, que iban a continuar la tradición familiar del cuadrilátero durante las décadas siguientes del fútbol mexicano contemporáneo.
Pero mientras el Dr. Wagner pasaba sus últimos 18 años sobre una silla de ruedas dentro de la casa modesta del estado de Coahuila. Dentro del recinto médico jaliciense ocurría el encubrimiento médico más oscuro que la lucha libre mexicana contemporánea iba a sufrir durante los siguientes 38 años seguidos.
Un encubrimiento que un documento específico archivado dentro del Registro Civil del Estado de Jalisco desde el 7 de agosto del 86 iba a destrozar para siempre durante el mes de diciembre del 2024. Era miércoles 11 de diciembre del 2024, 10:47 de la mañana, hora del centro de México. Un periodista de seguridad mexicano llamado Antonio Nieto publicó dentro de su cuenta personal de la red social X, conocida anteriormente como Twitter, una fotografía digital de un documento oficial archivado dentro del Registro Civil del Estado de Jalisco
desde el 7 de agosto del año 1986. El documento era el acta de defunción original de Roberto González Cruz, El enmascarado de oro, El Solitario, registrada por el propio hospital civil de Guadalajara, dos meses y un día después del fallecimiento del muchacho de Yahwualica sobre la mesa de operaciones del segundo piso del recinto médico jaliciense.
Y lo que ese documento revelaba dentro del campo específico de la causa oficial de fallecimiento. Según la transcripción literal publicada por el periodista Antonio Nieto durante la madrugada del 11 de diciembre del 2024 destrozó para siempre la versión oficial que la familia González Cruz, los promotores del fútbol mexicano profesional, los compañeros del cuadrilátero y los cronistas deportivos del país habían sostenido durante 38 años seguidos dentro de los archivos documentados de la lucha libre nacional.
La causa oficial de fallecimiento dentro del acta original del Registro Civil del Estado de Jalisco no era una hemorragia interna provocada por la patada de Fishman dentro del cuadrilátero del 4 de abril del 86. La causa oficial de fallecimiento dentro del acta original del Registro Civil del Estado de Jalisco no era un paro cardíaco quirúrgico durante la operación de emergencia ordenada por los médicos del recinto hospitalario durante la madrugada del 6 de abril, la causa oficial de fallecimiento de Roberto
González Cruz, según el acta archivada dentro del Registro Civil de Jalisco, desde el 7 de agosto del 86 y publicada por el periodista Antonio Nieto. El 11 de diciembre del 2024 era un paro cardiorrespiratorio provocado por una neumonía bilateral severa que el propio solitario llevaba arrastrando dentro del cuerpo durante las semanas anteriores al combate contra Fishman.
Una neumonía bilateral que los médicos del Hospital Civil de Guadalajara, según el contenido literal del documento publicado por el periodista mexicano, habían detectado durante el ingreso inicial del paciente la madrugada del 5 de abril una neumonía bilateral que los médicos habían decidido tratar erróneamente con antibióticos genéricos por vía intravenosa, sin convocar a especialistas en enfermedades respiratorias dentro del recinto médico jaliciense durante las horas críticas posteriores al ingreso y una neumonía
bilateral que los médicos habían ocultado dentro del informe oficial entregado a la familia González Cruz durante las semanas posteriores al fallecimiento del muchacho de Yahwálica, sustituyéndola por la versión pública de la hemorragia interna provocada por la patada de Fishman dentro del cuadrilátero del 4 de abril, 38 años de mentira oficial dentro del fútbol mexicano profesional.
38 años de silencio dentro de los archivos médicos del Hospital Civil de Guadalajara, 38 años durante los cuales los compañeros del cuadrilátero, los cronistas deportivos del país, los hijos del propio solitario, los hermanos sobrevivientes de la familia González Cruz y la propia madre del enmascarado de oro creyeron una versión equivocada de los hechos reales que habían ocurrido dentro de la sala de operaciones del segundo piso del hospital.
civil de Guadalajara durante la madrugada del 6 de abril del 86 hasta el 11 de diciembre del 2024, cuando un solo periodista mexicano de seguridad publicó la fotografía digital del documento original archivado dentro del Registro Civil del Estado de Jalisco, destrozando para siempre la versión oficial sobre la muerte trágica del enmascarado de oro de la lucha libre mexicana contemporánea.
Pero la pregunta exacta que el periodista Antonio Nieto no logró responder dentro de su publicación de redes sociales del 11 de diciembre del 2024 fue otra. ¿Por qué tres leyendas de la lucha libre mexicana habían firmado entre ellos 7 años antes del mes de abril del 86 un pacto macabro que la propia esposa del ángel blanco había escuchado con sus propios oídos dentro del dormitorio principal de la casa familiar del puerto de Mazatlán? Durante la madrugada del 14 de abril, era una madrugada específica del
invierno del 79. Hotel Acapulco Princess, segundo piso, habitación número 214, aproximadamente las 3:40 de la madrugada, hora del puerto guerrerense. Roberto González Cruz, el solitario, había llegado al puerto de Acapulco 24 horas antes para participar dentro de una gira profesional de 5 días organizada por los promotores de la lucha libre mexicana durante la temporada navideña de fin de año.
Junto con él habían viajado al puerto guerrerense otros tres luchadores enmascarados del cuadrilátero nacional, el doctor Wagner, 1000 máscaras, y José Ángel Vargas Sánchez, Ángel Blanco. esta madrugada del invierno del 79. Según los reportes que han ido apareciendo dentro de los archivos del fútbol mexicano durante los últimos años, los cuatro luchadores estaban dentro de la habitación 214 del Hotel Acapulco Princess, tomando tequila y cerveza después de la lucha estelar del día anterior,
a las 3:40 de la madrugada, según los reportes posteriores publicados décadas más tarde, el solitario se levantó del sillón principal de la habitación, caminó hasta la ventana del segundo piso que daba al océano Pacífico y le pronunció a Ángel Blanco una sola frase que José Ángel Vargas Sánchez repetiría dentro de la casa familiar de Mazatlán durante los siguientes 7 años seguidos.
José Ángel, si alguno de los dos se muere antes que el otro, le tiene que venir a contar al que sigue vivo cómo es el más allá. Te juro que yo voy a venir a buscarte si me toca primero a mí. José Ángel Vargas Sánchez levantó su vaso de tequila esa madrugada del invierno del 79. Brindó con el solitario dentro de la habitación 214 del hotel Acapulco Princess y le respondió, según los reportes que aparecieron décadas después con la frase exacta que iba a marcar la tragedia macabra más perturbadora de la lucha libre mexicana contemporánea
durante los siguientes 7 años seguidos. Pacto firmado, hermano. El que se muera primero viene a contar al otro qué hay del otro lado. Mil máscaras y el Dr. Wagner, según los reportes que aparecieron después, habían sido testigos directos del pacto macabro pronunciado dentro de la habitación del segundo piso del hotel guerrerense durante aquella madrugada del invierno del 79.
Ninguno de los dos pronunció una sola declaración pública sobre el pacto durante los siguientes 45 años seguidos, pero la madrugada del 14 de abril del 86, dentro del dormitorio principal de la casa familiar del puerto de Mazatlán, María Luisa Hernández escuchó de la boca de su esposo, José Ángel Vargas Sánchez la confirmación exacta de que el primero de los dos enmascarados acababa de cumplir su parte del pacto firmado en Acapulco 7 años antes.
Pero dentro del Hospital Civil de Guadalajara, durante los siguientes 38 años seguidos, ocurría algo todavía más oscuro que el propio encubrimiento de la causa real de fallecimiento del enmascarado de oro. Los médicos de turno durante la madrugada del 5 al 6 de abril del 86 dentro del Hospital Civil de Guadalajara.
Según los registros del propio recinto médico jaliciense publicados décadas más tarde, eran tres profesionales jóvenes en formación que habían terminado sus estudios universitarios durante los primeros años de la década de los 70 dentro de la propia capital del estado de Jalisco. Ninguno de los tres pronunció una sola declaración pública sobre el caso del solitario durante los siguientes 38 años seguidos.
Ninguno de los tres acudió a los funerales del enmascarado de oro dentro del cementerio del altiplano jaliciense durante el martes 8 de abril del 86. Ninguno de los tres respondió jamás las solicitudes de entrevista de los cronistas deportivos del país durante las décadas siguientes al fallecimiento del muchacho de Yahwualica.
Y dentro del expediente médico oficial archivado en los registros internos del Hospital Civil de Guadalajara, según los reportes que han ido apareciendo durante los últimos años, había una omisión sistemática que llamó la atención del propio periodista Antonio Nieto durante el proceso de investigación realizado durante el 2024. Las primeras 8 horas del ingreso del solitario al recinto médico jaliciense, entre las 2:10 de la mañana del 5 de abril y las 10:40 del mismo día no aparecían registradas dentro del expediente médico interno del hospital.
8 horas completas de tratamiento del paciente, borradas del registro oficial del recinto, imposibles de reconstruir dentro de los archivos médicos del Hospital Civil de Guadalajara durante los siguientes 38 años. seguidos. Y dentro de esas 8 horas borradas, según los reportes que aparecieron durante el proceso de investigación del periodista mexicano durante el mes de diciembre del 2024, habían ocurrido los procedimientos médicos exactos que iban a determinar definitivamente la muerte del enmascarado de oro sobre la mesa de
operaciones del segundo piso del recinto durante la madrugada del 6 de abril del 86. El propio solitario había sentido los síntomas de la neumonía bilateral durante las últimas semanas de marzo del 86, tos persistente durante las noches dentro del hotel donde se hospedaba, fiebre intermitente durante los entrenamientos matutinos, dolor torácico cada vez que respiraba profundamente sobre la lona del cuadrilátero.
Pero el enmascarado de oro decidió continuar con sus compromisos profesionales firmados durante el primer trimestre del año. Subió al cuadrilátero contra Pirata Morgan el 10 de enero. Subió al cuadrilátero contra Aníbal el 14 de febrero. Subió al cuadrilátero contra Fishman el 4 de abril. Y la patada lateral recibida durante el combate del 4 de abril sobre el lado derecho del abdomen no fue la causa real de la muerte del muchacho de Yahwualika sobre la mesa de operaciones del Hospital Civil de Guadalajara 48 horas después.
La causa real de la muerte fue la neumonía bilateral que los médicos del recinto jaliciense detectaron durante el ingreso inicial del paciente la madrugada del 5 de abril y que decidieron tratar erróneamente con antibióticos genéricos por vía intravenosa, sin convocar a especialistas en enfermedades respiratorias.
Los médicos lo habían sabido durante las primeras 8 horas del ingreso. Los médicos habían tenido tiempo suficiente para salvarle la vida y los médicos habían decidido, según el documento original publicado por el periodista Antonio Nieto el 11 de diciembre del 2024, ocultar la verdadera causa de fallecimiento dentro de los archivos médicos del Hospital Civil de Guadalajara durante los siguientes 38 años seguidos.
El pacto macabro firmado en Acapulco durante el invierno del 79 entre el solitario y Ángel Blanco se había cumplido durante los días 14 y 27 de abril del 86 dentro de la casa familiar del puerto de Mazatlán y sobre el kilómetro 121 de la carretera del norte mexicano. El Dr. Wagner había pagado el precio del accidente con una silla de ruedas durante los siguientes 18 años seguidos.
María Luisa Hernández había cerrado las cortinas del dormitorio principal de la casa familiar de Mazatlán durante los siguientes 14 años seguidos. Y los hijos del propio solitario, los hermanos sobrevivientes de la familia González Cruz y la madre del enmascarado de oro habían enterrado al muchacho de Yahwallá dentro del cementerio del altiplano jaliciense, creyendo una versión equivocada de los hechos reales durante los siguientes 38 años.
seguidos hasta el 11 de diciembre del 2024, cuando un solo documento archivado dentro del Registro Civil del Estado de Jalisco destrozó para siempre la versión oficial sobre la muerte del enmascarado de oro de la lucha libre mexicana contemporánea. El hijo mayor del solitario, el hijo del solitario, debutó profesionalmente dentro del cuadrilátero mexicano durante el año 90, 4 años después del fallecimiento de su padre dentro del hospital civil de Guadalajara.
Llevaba una máscara dorada idéntica a la que su padre había usado durante los últimos 20 años de su carrera profesional. un antifaz negro cubriéndole los ojos al estilo del llanero solitario norteamericano y un par de mallas doradas que reflejaban la luz de los reflectores de la arena durante cada uno de sus movimientos profesionales.
Su hijo, el nieto del enmascarado de oro, debutó dentro del cuadrilátero mexicano durante los años recientes bajo el nombre de batalla de El Solitario Junior, continuando la tradición familiar del muchacho de Yahwualika, que había decidido convertirse en luchador profesional dentro de la cocina de la Casa Modesta del Altiplano Jaliciense durante el verano del año 59.
En honor directo al hermano mayor Jesús González Cruz, el SICA, enterrado dentro del cementerio del pueblo 27, años antes de su propia muerte, sobre la mesa de operaciones del segundo piso del hospital civil de Guadalajara. La madre del solitario, una mujer de carácter fuerte y profundamente religiosa, falleció dentro de la casa modesta de Yahwálik durante el invierno del 92, 6 años después de haber enterrado al menor de sus siete hijos dentro del cementerio del pueblo.
Según los testimonios documentados del entorno familiar publicados décadas más tarde dentro de los archivos de la lucha libre nacional, la madre del solitario había guardado durante los últimos 6 años de su vida. Dentro de una caja de cartón pequeña, debajo de la cama matrimonial del dormitorio principal de la casa familiar, dos fotografías descoloridas de sus dos hijos enterrados.
La primera fotografía era de Jesús González Cruz, Otón Bancica. El sica, vestido con la máscara de tela cocida a mano por la propia madre durante el verano del año 57. sonriendo dentro del patio trasero de la casa modesta de Yahwualika antes de viajar a su primera lucha profesional dentro de una arena pequeña del interior del estado de Jalisco.
La segunda fotografía era de Roberto González Cruz, el solitario, el enmascarado de oro, vestido con la máscara dorada y el antifaz negro al estilo del llanero solitario norteamericano, levantando sobre el cuadrilátero de la plaza de toros monumental de Monterrey, la máscara que le acababa de quitar al Dr.
Wagner durante la noche del primero de diciembre del 85, 4 meses antes de morir asesinado sobre la mesa de operaciones del Hospital Civil de Guadalajara por la asquerosa traición de los médicos que tenían su vida en sus manos. Dos hijos enterrados. 27 años de diferencia entre una tumba y la otra dentro del cementerio del altiplano jaliciense y una sola madre que pasó las últimas seis décadas de su vida dentro de la casa modesta de Yahwualika, esperando una verdad que México iba a tardar 38 años en revelar dentro de los archivos del
Registro Civil del Estado de Jalisco. María Luisa Hernández, la viuda del Ángel Blanco, falleció dentro de la casa familiar del puerto de Mazatlán durante el verano del 2018, 32 años después de aquella madrugada del 14 de abril del 86, cuando su esposo le había dicho dentro del dormitorio principal de la casa sinaloense que el solitario estaba parado a la cabecera del lecho matrimonial, cumpliendo el pacto macabro firmado en Acapulco, 7 años antes, antes de morir.
Según los reportes del entorno familiar publicados dentro de los archivos del fútbol mexicano durante los meses siguientes a su fallecimiento, María Luisa Hernández le pidió a uno de sus dos hijos varones que le acercara una caja de cartón pequeña que tenía guardada debajo del lecho matrimonial del dormitorio principal de la casa de Mazatlán.
Dentro de la caja, según los reportes posteriores, había una fotografía descolorida del propio solitario tomada durante una de las giras profesionales internacionales que el luchador jaliciense había realizado durante los años 70 junto con el ángel blanco y el Dr. Wagner. María Luisa Hernández miró la fotografía durante varios minutos seguidos esa tarde del verano del 2018 y después, según los reportes posteriores del entorno familiar, le pronunció a su hijo mayor una sola frase antes de cerrar los ojos definitivamente dentro del lecho
matrimonial, donde su esposo le había confirmado el cumplimiento del pacto macabro 32 años antes. Su padre tenía razón aquella madrugada del 14 de abril. El solitario sí vino a buscarlo y se lo llevó 20 días después dentro de la carretera del norte. Yo nunca debí dudarlo.
El periodista Antonio Nieto publicó la fotografía digital del acta de defunción de Roberto González Cruz dentro de su cuenta personal de redes sociales, 6 años después del fallecimiento de María Luisa Hernández dentro de la casa familiar. Deas de Mazatlán. Ella nunca llegó a leerla, pero la verdad oficial sobre la muerte del enmascarado de oro de la lucha libre mexicana contemporánea, archivada dentro del Registro Civil del Estado de Jalisco desde el 7 de agosto del año 1986, terminó destruyendo todo lo que la familia González Cruz, la familia
Vargas, los compañeros del cuadrilátero, los cronistas deportivos del país y la propia esposa del Ángel Blanco. habían creído durante 38 años seguidos. Tres leyendas enmascaradas destruidas en menos de un mes. Un pacto macabro firmado dentro de un hotel del puerto de Acapulco durante el invierno del 79.
una neumonía bilateral ocultada dentro de los expedientes médicos del Hospital Civil de Guadalajara durante casi cuatro décadas seguidas y 8 horas críticas borradas del Registro Interno del recinto médico jaliciense durante las primeras horas posteriores al ingreso del muchacho de Yahuálica al hospital de la capital del estado.
Cuatro lecciones oscuras dentro de la historia moderna del fútbol mexicano profesional que México pasó 38 años seguidos. sepultando dentro de archivos públicos cerrados hasta el 11 de diciembre del 2024, cuando un solo periodista mexicano de seguridad decidió publicar la verdad dentro de su cuenta personal de redes sociales. Y esta historia del enmascarado de oro te hizo pensar en alguien dentro de tu propia familia que también esperó durante años una verdad que nadie se atrevió a contar.
Compártele este video esta noche porque hay historias que México ocultó durante décadas seguidas dentro de archivos públicos cerrados y dentro del canal Estrellas Caídas las vamos a seguir revelando una por una.